XIX. Las cenizas de la guerra #3
Y por primera vez Agatha comprendió algo: Armand no la odiaba solo por ser princesa o hija del Rey.
La odiaba porque representaba lo que él nunca había conseguido destruir: la posibilidad de reconciliación, la posibilidad de que ambos bandos dejaran de odiarse.
Para un hombre construido sobre la venganza, eso era más peligroso que cualquier ejército.
Agatha cayó de rodillas junto a su padre.
No le importó el barro. No le importó la guerra. No le importó quién estuviera mirando. Porque estaba vivo.
Vivo. El Rey la observó y durante un instante ninguno habló. Habían pasado demasiadas cosas, demasiados años, demasiados errores, demasiadas heridas. Pero cuando el Rey vio los moretones en su rostro, las heridas en sus brazos y las marcas en sus muñecas, algo cambió en sus ojos. Algo peligroso.
Algo que Agatha rara vez había visto: furia. Furia auténtica.
—¿Quién te hizo esto?
La pregunta salió en voz baja. Demasiado baja. Como si temiera la respuesta. Agatha sintió un nudo en la garganta.
Porque de repente volvió a ser una niña. Una niña que se había caído del caballo. Una niña que corría a buscar a su padre cuando tenía miedo.
—Estoy bien.
Mentira. Y ambos lo sabían. El Rey levantó una mano temblorosa y la apoyó sobre su mejilla, como si necesitara asegurarse de que era real.
—No.
Su voz se quebró apenas.
—No lo estás.
Agatha sintió las lágrimas quemando detrás de los ojos. Pero no lloró. Todavía no. Porque alrededor de ellos el mundo seguía derrumbándose.
Entonces Ian apareció, cubierto de sangre, polvo y barro, respirando con dificultad. Se detuvo al verla. El tiempo pareció detenerse.
Solo un segundo. Uno. Pero Agatha lo sintió. Porque durante meses había imaginado ese momento.
Meses. Y ahora que estaba ocurriendo… No sabía qué decir. No sabía qué sentir.
No sabía quién era él para ella. Ni quién era ella para él. Ian abrió la boca. Pero ninguna palabra salió.
La guerra seguía rugiendo a su alrededor, los soldados seguían muriendo y Arcadia seguía ardiendo. Aquel no era el momento para hablar de corazones rotos.
Entonces un cuerno sonó. Desde el otro extremo de la ciudad. Uno largo. Urgente.
Alarmado. Todos giraron, incluso Armand, el Rey e Ian.
Y lo que vieron hizo que el silencio cayera sobre el campo de batalla.
Desde el corazón de Arcadia comenzaba a elevarse humo: demasiado, demasiado negro, demasiado denso, como si algo más estuviera ocurriendo, algo que ninguno de ellos había planeado. Y por primera vez aquel día…
Armand pareció confundido. Lo cual era mucho más aterrador que verlo sonreír. Porque significaba que aquello… No formaba parte de su plan.
El humo siguió elevándose, negro, espeso, demasiado rápido.
No era el humo de una casa incendiándose. No era el humo de una barricada. Era algo peor. Mucho peor.
Porque nacía desde el corazón de Arcadia. Desde el distrito central. Desde donde aún quedaban miles de civiles. El Rey fue el primero en reaccionar.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió. Porque nadie lo sabía. Ni siquiera Armand. Y eso era lo más preocupante.
El Arcano observaba aquella columna oscura, inmóvil y confundido, como si estuviera viendo algo imposible, como si alguien hubiera movido una pieza del tablero sin avisarle. Entonces sonó otro cuerno, más cerca, más desesperado.
Un jinete apareció entre las calles destruidas, cabalgando tan rápido que casi derribó a varios soldados. Llevaba los colores de los Disidentes y su caballo estaba cubierto de espuma.
Y el terror en su rostro era evidente.
—¡ARCANO!
Armand giró inmediatamente.
—¿Qué sucede?
El hombre apenas podía respirar.
—¡El distrito central!
—¡Está ardiendo!
—¡La gente está atrapada!
Silencio.
—¿Qué?
—¡El fuego se está extendiendo!
—¡Hay niños!
—¡Familias!
—¡No podemos contenerlo!
La noticia golpeó a ambos bandos por igual. Porque ya no hablaban de soldados. Ya no hablaban de combatientes. Hablaban de civiles.
Del pueblo, de las mismas personas por las que supuestamente estaban luchando. Agatha vio cómo el rostro de Snow se volvía completamente blanco.
—No… —murmuró.
Y entonces comprendió algo. Aquello no era una batalla. Era una catástrofe. Porque el fuego no preguntaría si eras leal a Arcadia.
No preguntaría si eras Disidente. No preguntaría si apoyabas al Rey. Solo consumiría todo a su paso. El Rey observó la columna de humo.
Y tomó una decisión. La misma que siempre tomaba. La única que sabía tomar. Espoleó su caballo.
—¡Majestad!
Ian intentó detenerlo.
—¡Los civiles!
La respuesta fue inmediata. Como si la pregunta misma fuera absurda.
—¡Hay civiles atrapados!
Y entonces salió al galope. Directamente hacia el incendio. Sin pensar en la batalla. Sin pensar en Armand.
Sin pensar en la guerra. Solo en las personas. Agatha lo observó alejarse. Y algo cambió.
Porque vio a varios Disidentes bajar sus armas. Vio a soldados de Arcadia detenerse. Vio hombres confundidos. Porque el Rey acababa de abandonar una batalla que podía ganar.
Para salvar a personas que quizá ni siquiera lo apoyaban. Entonces ocurrió algo inesperado. Armand bajó lentamente su espada. Observó la ciudad.
Observó el humo. Observó a los hombres que lo seguían. Y durante un segundo pareció viejo. Terriblemente viejo.
Como si de repente pudiera ver el resultado de todo aquello: las tumbas, las ruinas, los huérfanos.
Y por primera vez… No pareció un revolucionario. No pareció un líder. Solo pareció un hombre cansado.
Un hombre que llevaba demasiado tiempo luchando. Entonces Snow avanzó. Se colocó frente a él. Y habló.
Habló lo bastante alto para que muchos la escucharan.
—Todavía estamos a tiempo.
Silencio.
—¿Tiempo para qué? —preguntó Armand.
Snow lo miró directamente a los ojos.
—Para recordar por qué empezamos todo esto.
Y por primera vez desde que comenzó la rebelión… Armand no tuvo una respuesta inmediata.
No tenía un discurso. No tenía un enemigo al que culpar.
Porque el humo seguía elevándose. Y detrás de aquel humo había personas. Las mismas personas por las que había iniciado la rebelión. Snow dio un paso más.
—Míralos.
Armand no respondió.
—Míralos de verdad.
Los Disidentes observaban, confundidos, agotados, cubiertos de sangre.
Muchos habían perdido amigos aquella mañana. Otros habían perdido hermanos.
Y ahora veían cómo la ciudad que juraron liberar ardía frente a ellos.
—Esto no era lo que queríamos.
La voz de Snow se quebró. Apenas un poco. Pero se quebró.
—No empezamos esto para quemar Arcadia.
Silencio.
—No empezamos esto para matar niños.
Silencio.
—No empezamos esto para convertirnos en aquello que odiábamos.
Aquello golpeó más fuerte que cualquier espada. Porque nadie podía negarlo. Nadie. Armand cerró los ojos.
Y durante un instante… pareció derrotado. No por el Rey ni por Arcadia, sino por sí mismo. Entonces un grito atravesó la plaza.
—¡AYUDA!
Todos giraron. Una mujer corría con una niña en brazos; la pequeña estaba cubierta de hollín, lloraba y tosía. Detrás de ellas… el fuego avanzaba como una bestia hambrienta, sin distinguir bandos ni uniformes. Agatha reaccionó primero.
Siempre reaccionaba primero cuando alguien necesitaba ayuda. Corrió sin pensar, como había hecho en Valdoren, como había hecho toda su vida. La mujer tropezó, la niña cayó de sus brazos y, antes de que pudiera golpearse contra las piedras…
Agatha la atrapó. La pequeña se aferró a ella de inmediato, temblando, llorando, aterrada. Aquel simple gesto provocó algo inesperado, algo que nadie había planeado: un soldado de Arcadia avanzó.
Luego otro. Después un Disidente y otro más. Comenzaron a ayudar: a mover escombros, sacar personas y formar cadenas para transportar agua. Primero unos pocos, luego decenas, después cientos. Y por primera vez desde que comenzó la batalla… las espadas comenzaron a bajar.
No por una orden. No por una tregua. Porque había gente muriendo. Y en ese momento eso importaba más.
El Rey llegó al incendio. Saltó de su caballo incluso antes de detenerse por completo. Ian detrás de él. Los caballeros.
Los Disidentes. Todos mezclados. Todos trabajando. Todos intentando salvar lo que aún podía salvarse.
Y desde la distancia… Agatha vio algo que jamás olvidaría. Su padre. El Rey de Arcadia.
Cubierto de ceniza, cargaba a un niño herido entre los brazos. Sin corona. Sin gloria.
Sin aplausos. Simplemente ayudando, como un hombre, como un padre.
Y entonces comprendió por qué tanta gente lo seguía. Por qué tanta gente seguía creyendo en él. No porque fuera perfecto. No porque siempre tuviera razón.
Sino porque cuando llegaba el momento… siempre elegía a las personas. Y mientras Arcadia ardía… Agatha sintió que algo estaba cambiando.
No en la guerra, todavía no, sino en los corazones de quienes la estaban librando. Porque por primera vez…
Arcadia y los Disidentes estaban luchando por la misma causa: salvar su hogar. El fuego siguió rugiendo, pero ya no estaba solo.
Ahora lo acompañaban voces, manos y personas que se negaban a dejar morir a su ciudad.
Agatha entregó a la niña a una mujer que improvisaba un puesto de auxilio.
La pequeña no soltó su mano inmediatamente. La sujetó con fuerza. Como si tuviera miedo de que desapareciera.
—Todo estará bien.
La mentira salió sola. Porque Agatha no sabía si aquello era cierto. Pero la niña asintió. Y eso fue suficiente.
Entonces escuchó una voz familiar.
—¡Agatha!
Su corazón dio un vuelco. Ian. Corriendo hacia ella. Cubierto de hollín.
Con una herida en la frente, la armadura dañada y una expresión que nunca le había visto: puro alivio.
Se detuvo frente a ella. Como si quisiera abrazarla. Como si quisiera comprobar que seguía viva. Como si quisiera decir mil cosas.
Pero ninguna salió. Porque alrededor de ellos la ciudad seguía ardiendo. Porque seguían muriendo personas. Porque el momento correcto nunca parecía llegar.
—Estás viva.
Aquello fue lo único que consiguió decir. Agatha tragó saliva.
—Parece que sí.