La Médium XIX. Las cenizas de la guerra #2
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XIX. Las cenizas de la guerra #2

El sonido de una batalla que había dejado de ser gloriosa. Y se había convertido en una tragedia. Agatha permaneció inmóvil. Observando.

Sin poder apartar la vista. Porque allí abajo había hombres de Arcadia. Y hombres Disidentes. Y la explosión no había distinguido entre unos y otros.

Como la guerra nunca distinguía. Entonces ocurrió algo. Algo que Armand no esperaba. Algo que cambió el rostro del campo de batalla.

El estandarte real avanzó. No se retiró. No retrocedió. Avanzó.

A través del humo. A través de los cadáveres. A través del fuego. Como si la propia muerte hubiera intentado detenerlo y hubiera fracasado.

Y detrás de él… Los hombres de Arcadia rugieron. No con entusiasmo. Con rabia.

Con dolor. Con la furia de quienes acababan de ver caer a sus hermanos.

—No…

Armand dio un paso hacia adelante. Porque comprendió inmediatamente lo que estaba pasando. La explosión debía romper al ejército. Sembrar el caos.

Obligarlos a retirarse. Pero había conseguido algo distinto. Los había unido. Los había enfurecido.

Y un ejército enfurecido podía ser más peligroso que uno disciplinado.

En el horizonte, el Rey seguía cabalgando, herido y cubierto de polvo.

A su lado, Ian Brooks gritaba órdenes con la espada empapada de barro, reorganizaba las filas y levantaba hombres del suelo, convirtiendo el desastre en una formación de combate.

Agatha sintió un nudo en la garganta. Incluso desde aquella distancia podía reconocer la forma en que Ian luchaba, protegía a los demás y avanzaba siempre primero. Entonces la figura a su lado habló.

—Ahí está.

Agatha giró la cabeza.

—¿Quién?

El hombre observó a Ian.

—El hombre por el que habrías cruzado medio reino.

El corazón de Agatha se tensó, pero no respondió. La verdad era demasiado evidente. Abajo, los cuernos de guerra volvieron a sonar. Una vez. Dos. Tres.

Y entonces las puertas exteriores cedieron. El estruendo recorrió toda Arcadia. Los Disidentes comenzaron a retroceder. Las líneas se rompieron.

Los primeros combates estallaron en las calles. Y la ciudad se convirtió en un infierno. Armand observó todo aquello. Y por primera vez…

Dudó. Solo un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente.

Porque Snow lo vio. Y comprendió algo aterrador. Armand ya no tenía un plan después de la victoria. Solo sabía destruir.

Y los hombres que solo saben destruir… terminan destruyéndose a sí mismos.

La batalla por Arcadia acababa de comenzar y, en algún lugar de aquella ciudad que se desmoronaba, el destino de un reino entero avanzaba hacia su inevitable colisión.

Las calles de Arcadia ardían, aunque todavía no por el fuego.

Ardían por el miedo. Por la rabia. Por años de resentimiento explotando al mismo tiempo. Los Disidentes retrocedían.

Pero no huían. Luchaban. Casa por casa. Calle por calle.

Ventana por ventana. Y cada metro conquistado costaba sangre. Desde la muralla, Agatha observaba impotente. Porque ya no era una batalla.

Era una guerra civil. Lo peor de una guerra. Familias contra familias. Vecinos contra vecinos.

Hombres que habían crecido juntos intentando matarse. Entonces escuchó el cuerno. Uno distinto. Más profundo.

Más antiguo. La figura a su lado levantó la cabeza inmediatamente. Y por primera vez… Agatha vio verdadera preocupación en su rostro.

—No… —murmuró.

—¿Qué ocurre?

El hombre no respondió. Sus ojos buscaban algo entre el humo. Y entonces lo encontró. Armand.

El Arcano había abandonado la retaguardia. Ya no observaba. Ya no dirigía. Cabalgaba.

Directamente hacia el centro del combate. Hacia donde avanzaba el Rey. Hacia donde avanzaba Ian. Como un hombre que ya había tomado una decisión.

Y Agatha sintió que el estómago se le hundía. Porque reconoció aquella mirada. La había visto antes. En hombres desesperados.

En hombres rotos. En hombres que habían dejado de preocuparse por sobrevivir.

—Quiere matarlo.

La frase salió sola. La figura permaneció en silencio. Porque ambos sabían que era verdad. Armand ya no quería ganar la guerra.

Quería matar al Rey aunque todo lo demás se hundiera con él. Abajo, Ian también lo vio.

Reconoció el estandarte. Reconoció la armadura. Reconoció al hombre.

—¡Proteged al Rey!

Su voz atravesó el caos. Los caballeros reaccionaron inmediatamente. Pero ya era tarde. Porque Armand estaba avanzando demasiado rápido.

Atravesando la batalla. Atravesando a sus propios hombres. Como si nada más existiera. Como si toda la guerra se hubiera reducido a una única persona.

Y el Rey también lo vio. Por supuesto que lo vio.

Porque había sido rey demasiado tiempo para no reconocer el odio cuando lo tenía delante.

Desenvainó la espada y avanzó, sin retroceder ni esconderse.

Como siempre hacía. Como siempre había hecho. Y Agatha sintió terror. Porque conocía a ambos hombres.

Y ninguno iba a detenerse. Ninguno. Entonces comenzó a correr. No pensó.

No dudó. Simplemente corrió, bajando las escaleras y atravesando la muralla, empujando soldados e ignorando los gritos de Snow y la voz del hombre misterioso. Ya no veía la batalla.

Ya no veía Arcadia. Ya no veía la guerra. Solo veía a su padre. Y por primera vez desde que era una niña…

Tuvo miedo de perderlo. Miedo de verdad.

Porque detrás de las coronas y los títulos, detrás de los errores y de años de dolor, seguía siendo su padre: el hombre que la había llevado sobre los hombros por los jardines, el hombre que le enseñó a montar y el hombre que la eligió una y otra vez cuando todo el reino le decía que no debía hacerlo.

Y mientras corría hacia el corazón del combate… Agatha comprendió algo. Si quería salvar Arcadia.

Primero tendría que salvar al hombre que la había convertido en su hija.

Agatha corrió. El barro salpicaba sus piernas. La lluvia convertía las calles en trampas resbaladizas. Los gritos la rodeaban.

Pero ella seguía avanzando. Porque cada segundo importaba. Cada segundo acercaba a Armand al Rey. Cada segundo acercaba la tragedia.

Los combates estallaban a su alrededor: Disidentes, soldados de Arcadia, acero, sangre, muerte. Y por primera vez desde que comenzó aquella guerra… Agatha estaba en medio de ella.

De verdad: no observándola ni sobreviviéndola, sino dentro de ella.

Entonces vio a un niño de no más de doce años, atrapado entre dos barricadas derrumbadas, llorando, paralizado, mientras los soldados luchaban a pocos metros. Agatha se detuvo.

Solo un instante. El niño levantó la vista. Aterrado. Y ella recordó a los niños de Valdoren.

Recordó sus nombres, sus risas, sus juegos. Maldición.

Corrió hacia él. Lo sacó de entre los escombros. Lo empujó hacia un callejón seguro.

—Corre. No te detengas.

El niño desapareció. Y Agatha siguió avanzando.

Porque aquella era exactamente la razón por la que todo aquello debía terminar.

Porque siempre eran los inocentes quienes pagaban.

Siempre. Entonces escuchó acero contra acero, más fuerte, más cercano, y supo que había llegado a la avenida central, el corazón de la batalla, el lugar donde todo convergía.

Y allí los vio: el Rey y Armand, frente a frente por fin, como si el mundo entero hubiera estado empujándolos hacia aquel instante.

Los hombres alrededor parecían haberse detenido. No por órdenes. Por instinto. Porque incluso los soldados comprendían que aquello era más que un duelo.

Era el choque de dos ideas, dos visiones, dos hombres que creían estar salvando Arcadia y estaban dispuestos a destruirla para lograrlo.

Agatha sintió el corazón golpeando contra sus costillas. Porque conocía a ambos. Y ninguno iba a rendirse. Ninguno iba a escuchar.

Ninguno iba a detenerse. Armand levantó la espada. El Rey hizo lo mismo. Y entonces chocaron.

El sonido atravesó toda la calle. Un golpe. Dos. Tres.

Furia contra experiencia, rabia contra disciplina, años de resentimiento descargados sobre el acero. Agatha intentó avanzar.

Pero la multitud de combatientes se lo impidió. Demasiados cuerpos. Demasiado caos. Demasiada guerra.

—¡PADRE!

Su voz se perdió entre los gritos. Nadie la escuchó. Nadie. Y entonces vio algo peor.

A varios metros. Entre el humo. Ian. Abriéndose paso desesperadamente hacia el Rey.

Intentando llegar. Intentando protegerlo. Intentando evitar exactamente lo mismo que ella. Pero él tampoco llegaría a tiempo.

Y Agatha comprendió con horror que todo estaba ocurriendo demasiado rápido. Demasiado rápido para detenerlo. Demasiado rápido para salvarlos. Demasiado rápido para cambiar el destino que llevaba años construyéndose.

Y en medio de aquella batalla… el Rey y Armand siguieron luchando. Sin saber que una hija corría hacia uno. Y un hijo corría hacia el otro.

Mientras Arcadia contenía la respiración.

—¡PADRE!

Esta vez la voz sí atravesó el caos. Porque el Rey la escuchó. Aunque fuera apenas un instante. Aunque solo fuera una fracción de segundo.

Pero la escuchó. Y cometió un error. Miró hacia ella. La vio.

Empapada, cubierta de barro, más delgada, llena de heridas.

Viva. Y durante un instante dejó de ser Rey. Durante un instante volvió a ser simplemente su padre.

—Agatha…

Ese segundo fue suficiente. Armand aprovechó la apertura. Su espada descendió. El Rey logró bloquearla.

Pero el impacto lo obligó a retroceder varios pasos.

Ian llegó como una tormenta.

Los últimos soldados que separaban al Rey de Armand apenas tuvieron tiempo de reaccionar.

Su espada chocó contra la del Arcano. Una vez. Dos. Tres.

Con violencia y desesperación, con la fuerza de un hombre que acababa de ver cómo casi asesinaban a la persona que había jurado proteger.

—¡ATRÁS!

Los caballeros de Arcadia rodearon inmediatamente al Rey. Escudos levantados. Lanzas preparadas. Formando un muro de acero.

Armand retrocedió varios pasos, no por miedo, sino por necesidad. Los Disidentes se reagruparon a su alrededor para protegerlo. La batalla continuaba, pero algo había cambiado: el momento había pasado.

La oportunidad se había perdido y Armand lo sabía. Sus ojos encontraron a Agatha entre el humo, entre los soldados y los cuerpos. La vio correr hacia el Rey y algo oscuro se quebró dentro de él.