La Médium XIX. Las cenizas de la guerra
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XIX. Las cenizas de la guerra

CAPÍTULOXIXLAS CENIZAS DE LA GUERRA

El rugido de Arcadia sacudió la ciudad.

Como un trueno, una promesa, el regreso de algo que jamás había desaparecido. Agatha sintió un nudo en la garganta.

Conocía aquel sonido. Lo había escuchado de niña, durante los torneos y los desfiles.

También durante las victorias. Era el sonido de Arcadia avanzando y siempre había significado una sola cosa: el Rey había tomado una decisión.

Y cuando el Rey tomaba una decisión… el mundo se movía con él. Armand cerró la ventana de golpe.

—¡Posiciones defensivas!

La orden resonó por toda la sala. Los oficiales salieron corriendo. Las botas golpeaban el suelo. Las espadas chocaban.

Los mensajeros desaparecían por los pasillos y el caos comenzaba a devorarlo todo. Pero Agatha apenas escuchaba; seguía observando el horizonte.

Allá afuera estaba Ian. Y con Ian… también estaba su hogar, o lo que quedaba de él.

Entonces algo llamó su atención. Armand seguía inmóvil. Mirando el mapa. No parecía un hombre preparándose para defender una ciudad.

Parecía un hombre esperando algo.

—¿Qué estás haciendo?

Armand levantó la vista y sonrió. Aquella sonrisa hizo que Agatha sintiera frío.

—Ganando.

El estómago se le encogió.

—¿Qué significa eso?

Pero Armand ya caminaba hacia la puerta.

—Significa que tu padre acaba de entrar exactamente donde quería que entrara.

Y entonces comprendió: la emboscada, las murallas, la plaza, la posición de las tropas. No estaban defendiendo Arcadia; estaban atrayendo al Rey.

Como un cazador atrae a una presa.

—No.

La palabra escapó de sus labios. Armand se volvió. Y por primera vez en días… pareció verdaderamente satisfecho.

—Sí.

—Por fin.

Y se marchó. Dejándola sola. Con una certeza aterradora creciendo dentro de ella. Porque conocía a su padre.

Sabía cómo luchaba. Sabía que cuando veía una brecha… avanzaba. Cuando veía una oportunidad… la aprovechaba. Y si Armand había construido una trampa… El Rey iba directo hacia ella. Las puertas del edificio se abrieron violentamente.

Los guardias habían desaparecido. Todos corrían hacia las murallas y, por primera vez desde su captura, nadie estaba vigilándola. Agatha salió al pasillo. El corazón golpeaba con fuerza. Las calles estaban llenas de soldados.

Los hombres se armaban, los arqueros ocupaban posiciones y los médicos improvisaban puestos para heridos que aún no existían. La guerra ya había llegado.

Entonces escuchó una voz.

—Sabía que no te quedarías quieta.

Agatha giró. Era Snow, empapada y cubierta de barro, con una espada al cinto y una expresión que parecía más cansada que nunca.

—Armand preparó algo.

Agatha fue directa.

—Lo sé.

Snow no pareció sorprendida.

—Yo también.

Silencio.

—¿Qué hizo?

Snow observó las murallas, el horizonte y los estandartes de Arcadia. Entonces respondió.

—Lo mismo que hacen todos los hombres cuando creen que la victoria importa más que las personas.

Agatha sintió que el miedo regresaba.

—Snow.

La mujer cerró los ojos.

—Ha minado el acceso principal.

Silencio.

—¿Qué?

—Si el Rey entra por la avenida central…

Snow tragó saliva.

—Miles morirán.

El mundo pareció detenerse. Agatha sabía exactamente quiénes encabezarían una carga frontal: Ian, el Rey, los caballeros de Arcadia. Todos. Y por primera vez desde que comenzó la batalla…

Agatha echó a correr. Si todavía quedaba tiempo, si aún existía una oportunidad, debía llegar hasta ellos antes de que fuera demasiado tarde.

Agatha corrió como no lo había hecho desde Valdoren, casi como cuando era una niña, empujando soldados, esquivando carros, atravesando calles abarrotadas e ignorando los gritos que intentaban detenerla. Ya no importaba.

Nada importaba salvo una cosa: llegar a tiempo.

—¡AGATHA!

Snow la siguió, pero ella no se detuvo. Podía escuchar el estruendo de la batalla, cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Las murallas aparecieron frente a ella.

Y cuando alcanzó las escaleras… lo vio. El ejército de Arcadia. Miles de hombres.

Una marea azul y plata avanzaba por la avenida principal entre estandartes al viento, caballos, escudos, lanzas. Y al frente… el Rey. Su padre.

Montado sobre su caballo blanco, con la armadura real cubierta de lluvia y la espada alzada, avanzaba sin detenerse.

Como había hecho toda su vida. A su lado iba Ian, protegiendo el flanco derecho con la misma determinación, la misma lealtad y la misma estupidez. Ninguno de los dos sabía.

Ninguno.

—¡NO!

Agatha gritó. Pero la distancia era demasiado grande. Demasiado. Los tambores de guerra ahogaron su voz.

Las órdenes. Los cascos. El rugido de miles de hombres. Nadie podía escucharla.

Nadie. Entonces comprendió. No llegaría a tiempo. No desde allí.

No desde la muralla. Y por primera vez desde que comenzó a correr… sintió verdadero terror. Porque podía verlo.

Podía verlo claramente. La avenida principal. Demasiado despejada. Demasiado perfecta.

Demasiado fácil. Una invitación. Una trampa. Y el Rey estaba cayendo directamente en ella.

—Dioses…

Snow llegó a su lado. Y cuando observó el campo de batalla… también palideció. Porque ya era evidente.

Armand ni siquiera estaba escondiéndolo. La avenida estaba vacía. Las tropas disidentes se retiraban lentamente. Atrayéndolos.

Guiándolos. Llevándolos exactamente donde quería.

—No.

Snow murmuró.

—No puede ser tan estúpido.

Pero ambas sabían la verdad. Armand ya no estaba pensando como un líder. Estaba pensando como un hombre obsesionado. Y los hombres obsesionados rara vez distinguían entre victoria y destrucción.

Entonces sonó un cuerno. Una vez. Dos.

Tres veces. Agatha giró la cabeza y vio a Armand de pie sobre una plataforma, observando el avance del ejército real, esperando como un hombre que cuenta los segundos antes de una ejecución.

Y entonces sonrió. Agatha sintió que el corazón dejaba de latir. Porque comprendió exactamente qué estaba esperando. El punto exacto.

La distancia exacta. El momento exacto en que el Rey, Ian y la vanguardia completa de Arcadia estuvieran atrapados. Y en ese instante, por encima del rugido de la batalla, por encima de los tambores y los gritos, una voz resonó detrás de ella, calmada, fría e inconfundible.

—Llegas tarde.

Agatha se giró. Allí estaba la misma figura de la celda, la misma figura de la plaza, observando el campo de batalla como si hubiera sabido desde el principio que aquello ocurriría.

Como si hubiera estado esperando este momento mucho antes que todos los demás.

Y por primera vez… Agatha vio una preocupación real en sus ojos. Incluso él comprendía algo:

Si Armand activaba la trampa… Arcadia no perdería una batalla. Arcadia perdería un reino. La figura observó el campo de batalla.

No parecía sorprendido. No parecía asustado. Pero sí parecía furioso. Y eso inquietó a Agatha más que cualquier otra cosa.

Hasta ese momento, aquel hombre había parecido imposible de alterar.

—¿Quién eres?

La pregunta escapó de sus labios. Pero él no respondió. Sus ojos permanecían fijos en la avenida. En Armand.

En la trampa.

—No entiende lo que está haciendo.

La voz salió cargada de desprecio, como si hablara de un niño jugando con fuego.

—Miles morirán.

Agatha dio un paso adelante.

—Entonces ayúdame a detenerlo.

Por primera vez el hombre la miró. Directamente. Y durante un instante ella vio algo extraño. Dolor.

Un dolor antiguo, escondido, bien enterrado.

—No puedo detenerlo.

—¡Entonces haz algo!

—Ya estoy haciendo algo.

Agatha no entendió. Pero tampoco tuvo tiempo de preguntar. Porque en ese instante… un cuerno sonó desde las filas de Arcadia.

Uno largo y profundo: el sonido que anunciaba la carga. El ejército avanzó.

Miles de hombres, como una ola imposible de detener, con el Rey encabezando el avance.

Ian a su lado. Las banderas ondeando. La tierra temblando bajo los cascos de los caballos. Y Armand sonrió.

Agatha lo vio desde la muralla. Vio aquella sonrisa. Y comprendió que ya era tarde.

—No…

La palabra murió en su garganta. Porque Armand levantó una mano. Una sola mano. Y todos los hombres que lo rodeaban comenzaron a retroceder.

Ordenadamente. Como si conocieran exactamente lo que iba a ocurrir. Snow también lo comprendió. Su rostro perdió todo color.

—No…

Corrió hacia la escalera. Como si todavía pudiera hacer algo. Como si todavía hubiera tiempo. Pero no lo había.

Armand bajó la mano y el mundo explotó. La tierra rugió con un estruendo monstruoso, tan fuerte que hizo vibrar las murallas. Las ventanas estallaron, el suelo se abrió. Fuego.

Piedra. Madera. Polvo. La avenida desapareció bajo una nube de destrucción.

Los caballos relincharon. Los hombres gritaron. Y durante un instante nadie pudo distinguir nada. Absolutamente nada.

Solo humo. Solo fuego. Solo caos. Agatha cayó de rodillas.

El impacto la lanzó hacia atrás. Sus oídos zumbaban. Su visión se nubló. Y cuando logró volver a mirar…

La avenida había desaparecido. Había un cráter. Un enorme cráter atravesando el corazón de Arcadia. Cientos de hombres yacían inmóviles.

Otros gritaban. Otros intentaban levantarse. Otros simplemente no volverían a hacerlo. Agatha buscó desesperadamente.

Entre el humo. Entre el polvo. Entre la destrucción. Una bandera.

Un caballo. Algo. Cualquier cosa. Y entonces lo vio.

El estandarte real seguía en pie. Dañado. Inclinado. Pero seguía allí.

Y junto a él… Una figura sobre un caballo blanco. Herida. Pero viva.

El Rey. Agatha sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Solo por un instante. Porque entonces comprendió algo peor.

Aquello no había sido la emboscada. Aquello solo había sido el comienzo. Y mientras el humo cubría la ciudad… Armand observó la carnicería que había provocado.

Y sonrió.

Como un hombre que finalmente había decidido cruzar un límite del que ya no existía regreso.

El humo cubría la avenida, espeso, negro, irreal, como si la propia ciudad estuviera ardiendo desde dentro. Los gritos comenzaron después. Siempre llegaban después: los heridos, los caballos, los hombres llamando a sus compañeros, los médicos, las órdenes desesperadas.