La Médium XVIII. Entre enemigos #4
77%

XVIII. Entre enemigos #4

Una sola frase, pronunciada por un guardia al otro lado de la puerta, hizo que toda la sangre abandonara su rostro.

—El Rey viene hacia Arcadia.

Silencio. Agatha quedó inmóvil. El Rey. Su padre.

Vivo. Cerca. Y por primera vez desde que fue capturada… el miedo regresó.

Porque conocía a su padre. Conocía a Arcadia. Conocía a Armand.

Y sabía exactamente lo que ocurría cuando dos hombres convencidos de que luchaban por lo correcto terminaban frente a frente.

La guerra estaba a punto de dejar de ser una amenaza. La guerra acababa de llegar. La noticia se extendió por el campamento como fuego sobre aceite. Guardias corrían.

Mensajeros atravesaban las calles, capitanes reunían hombres y se gritaban órdenes desde todos los rincones. Y por primera vez desde que fue capturada…

Agatha escuchó miedo. No en los prisioneros. No en los civiles. En los soldados.

Porque una revolución podía enfrentarse a nobles. Podía enfrentarse a ciudades. Podía enfrentarse a ejércitos pequeños. Pero Arcadia no enviaba un destacamento.

Arcadia enviaba al Rey. Horas después, la puerta de la celda volvió a abrirse. Esta vez no eran dos guardias, sino seis. Y aquello fue suficiente para que Agatha comprendiera que algo había cambiado.

—Ponte de pie.

La voz fue seca. Nerviosa. Agatha obedeció. Nadie la golpeó.

Nadie intentó humillarla. Y aquello era peor. Porque significaba que ya no la veían como una prisionera cualquiera. La veían como una pieza importante.

Una moneda de cambio, una amenaza o ambas cosas. La condujeron fuera.

La lluvia finalmente había cesado. Por primera vez en días. Las nubes comenzaban a abrirse. Y el campamento entero parecía contener la respiración.

Agatha observó los preparativos. Carros en movimiento, barricadas reforzadas, arqueros tomando posiciones.

Hombres afilando espadas. La guerra se acercaba y todos lo sabían. Entonces vio a Snow.

La mujer estaba de pie sobre una muralla improvisada, observando el horizonte. Cuando vio pasar a Agatha… descendió de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Ninguno de los guardias respondió.

—¿A dónde la llevan?

Silencio. Snow observó sus rostros. Y comprendió la respuesta antes de escucharla.

—Armand.

Uno de los hombres bajó la mirada. Eso fue suficiente. Snow maldijo en voz baja. Porque sabía exactamente lo que significaba.

Armand esperaba en una antigua sala del consejo que antes había pertenecido a funcionarios de Arcadia y que ahora estaba cubierta por mapas, estandartes disidentes y planes de guerra.

Cuando Agatha entró… él no levantó la vista de inmediato.

Seguía observando el mapa, calculando, midiendo, preparándose. Finalmente habló.

—Tu padre está cerca.

Agatha permaneció en silencio.

—Tres días.

Armand levantó la vista.

—Quizá menos.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Y?

La respuesta sorprendió incluso a Armand. Porque no había miedo. No había esperanza. Solo agotamiento.

—¿Y?

Armand se acercó.

—¿Sabes cuántas personas morirán cuando llegue?

Agatha sostuvo su mirada.

—¿Sabes cuántas ya han muerto?

El golpe fue limpio, directo. Durante un segundo ninguno habló.

—Todavía crees que puede arreglarse, que existe una solución, que podemos sentarnos a hablar.

Agatha observó los mapas. Las rutas. Las ciudades marcadas. Las futuras tumbas.

—No.

Armand frunció el ceño.

—¿No?

—Creo que todos están tan ocupados ganando…

La voz de Agatha apenas fue un susurro.

—Que han olvidado por qué empezaron a luchar.

El silencio se hizo insoportablemente largo. Y por primera vez… Armand no tuvo una respuesta inmediata, porque una parte de él sabía que aquello era verdad.

Pero ya era demasiado tarde para detenerse. Demasiado tarde para retroceder. Demasiada sangre. Demasiados muertos.

Demasiados años. Entonces la puerta se abrió de golpe. Un explorador irrumpió en la sala, pálido y sin aliento.

—¡Arcano!

Armand giró.

—¿Qué ocurre?

El hombre tragó saliva. Y cuando habló… la habitación entera quedó en silencio.

—Han llegado.

Agatha sintió que el corazón se detenía.

—¿Quiénes?

El explorador apenas pudo responder.

—Las avanzadas de Arcadia.

Silencio.

—Y no vienen solos.

Armand se puso rígido.

—Habla.

El hombre levantó la vista.

—Ian Brooks lidera la vanguardia.

Y por primera vez desde que fue capturada… Agatha dejó de sentirse una prisionera.

Porque la guerra acababa de traer hasta ella el nombre que más había intentado olvidar.

El nombre quedó suspendido en el aire: Ian Brooks. Durante un instante nadie habló. Ni Armand, ni el explorador, ni siquiera Agatha. Porque escuchar su nombre era diferente. Era real.

Demasiado real. Y el corazón de Agatha la traicionó. Porque dolió. Más de lo que debería.

Más de lo que estaba dispuesta a admitir. Armand lo vio. Vio el cambio. La rigidez.

La respiración contenida. Entonces sonrió.

—Interesante.

Agatha apartó la mirada.

—No.

—Sí.

Armand caminó lentamente alrededor de la mesa, como un depredador.

—Así que ahí estaba.

Ella no respondió.

—La princesa sin miedo. La heroína de Valdoren. La salvadora de aldeas. Y al final solo eras una muchacha enamorada.

Aquello sí dolió. Porque era verdad. Y porque lo odiaba por decirlo.

—Vete al infierno.

Armand soltó una carcajada.

—Si Ian entra por esas puertas…

Se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Crees que vendrá por Arcadia?

Silencio.

—¿O vendrá por ti?

Agatha apretó los dientes con fuerza. No tenía respuesta.

Una parte de ella aún recordaba el calor de su mano, la forma en que la protegía, la forma en que siempre estaba allí.

Y otra parte recordaba a Astrid, aquella habitación, aquella noche, el instante en que comprendió por fin que nunca había sido ella. Nunca.

—Sáquenla de aquí.

La voz de Armand volvió a endurecerse. Los guardias avanzaron. Pero antes de que pudieran tocarla… un estruendo sacudió el edificio.

Toda la sala tembló. El polvo cayó del techo, los mapas se deslizaron sobre la mesa y durante un segundo todos quedaron inmóviles.

Otro impacto, más fuerte y más cercano. El explorador palideció.

—¿Qué demonios fue eso?

Un tercer estruendo respondió. Y entonces comenzaron los gritos. Desde fuera. Decenas de ellos.

Cientos de voces, órdenes, alarmas, caballos.

Metal chocando contra metal. La batalla había comenzado. El rostro de Armand se volvió de piedra.

—No.

Se acercó a la ventana, la abrió de golpe y observó el exterior. El color desapareció de su cara.

Porque en el horizonte… más allá de las murallas improvisadas…

ondeaban los estandartes de Arcadia. Docenas, cientos, como una marea azul y plata avanzando hacia la ciudad.

Y al frente, cabalgando por delante de todos, con la espada desenvainada, Agatha distinguió una figura.

Solo una. Pero la reconocería en cualquier lugar.

Ian. El comandante levantó la espada y la voz de miles de hombres respondió. El sonido atravesó toda Arcadia: las calles, las plazas, los edificios tomados. Y por primera vez desde el inicio de la rebelión… los Disidentes comprendieron algo. La Corona había venido. Y esta vez no pensaba negociar.

— ✦ —