XVIII. Entre enemigos #3
Y por primera vez desde que fue capturada… Agatha no se dejó caer contra el suelo. Permaneció de pie. Respirando.
Pensando. Porque algo había cambiado. Y Armand también lo sabía.
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Muy lejos de allí, en una habitación iluminada por una única lámpara, el Arcano observaba un mapa extendido sobre una mesa. Pero no veía caminos. No veía ciudades.
No veía estrategias. Veía a Agatha. Escuchaba su voz. Veía los rostros de la multitud.
Y comprendía la magnitud de su error. Había querido destruir un símbolo. Y había creado uno nuevo. La puerta se abrió.
Snow entró sin pedir permiso.
—Ha sido un desastre.
Armand no levantó la vista.
—No para ella.
Snow guardó silencio. Porque ambos sabían exactamente de quién hablaba. Y por primera vez desde que comenzó la rebelión…
Armand empezó a preguntarse si había cometido el peor error de toda la guerra.
Snow permaneció inmóvil. La lluvia golpeaba los cristales. El silencio se instaló entre ambos, pesado e incómodo, porque los dos sabían que la plaza había cambiado algo. Las revoluciones rara vez sobrevivían cuando aparecían las dudas.
—Deberías liberarla.
Armand soltó una risa seca.
—¿Liberarla?
—La has convertido en una mártir.
—No.
Armand levantó por fin la vista.
—Ella sola lo hizo.
Snow observó el mapa: las marcas, las ciudades, las rutas de suministro, los nombres de hombres que morirían antes de terminar el mes. Y por primera vez sintió un cansancio profundo, porque aquello ya no se parecía a la revolución que había imaginado.
—Esto no era el plan.
Armand sonrió.
—Los planes cambian.
—No.
Snow negó lentamente.
—Las personas cambian.
Aquello hizo que la sonrisa desapareciera.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Que antes querías salvar a esta gente.
Silencio.
—Ahora solo quieres ganar.
Los ojos de Armand se endurecieron.
—Sal de aquí.
Snow no se movió.
—Armand…
—¡Sal!
La palabra resonó en la habitación. Snow sostuvo su mirada unos segundos más. Luego se marchó. Y cuando la puerta se cerró…
Armand quedó solo. Completamente solo. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa hasta ponerse blancos.
Odiaba admitirlo, pero Snow tenía razón. En algún momento había dejado de luchar por las personas y había comenzado a luchar contra sus enemigos. Y ambas cosas no eran lo mismo.
— ✦ —
Muy lejos de allí, en la oscuridad de la celda, Agatha observaba el techo.
No podía dormir. No después de todo lo ocurrido, de la plaza, de haber visto aquellas miradas.
Y por primera vez desde su captura… pensó en el futuro. No en escapar ni en sobrevivir.
En qué ocurriría cuando la guerra terminara, si es que alguna vez terminaba. Cerró los ojos.
Y recordó Valdoren. La panadería. El olor del pan caliente. Las discusiones con Marta.
Los niños corriendo por las calles. Aquella vida sencilla que ahora parecía pertenecer a otra persona.
—Interesante.
La voz surgió desde la oscuridad. Agatha abrió los ojos de golpe. Su corazón dio un salto. La celda estaba vacía.
O eso creyó. Hasta que distinguió una silueta sentada en una esquina. Tranquila. Como si hubiera estado allí todo el tiempo.
Como si la oscuridad misma la hubiera ocultado. Agatha se incorporó lentamente.
—¿Quién eres?
La figura permaneció inmóvil.
—Esa es una pregunta complicada.
La voz era la misma de la plaza: calmada, observadora, peligrosamente tranquila.
—Los nombres tienen la costumbre de significar cosas distintas dependiendo de quién los pronuncie.
Agatha entrecerró los ojos.
—¿Cómo has entrado aquí?
Una pequeña sonrisa apareció en la oscuridad.
—Esa es una pregunta mucho más interesante.
Y por primera vez desde que fue capturada… Agatha sintió algo diferente al miedo. Curiosidad. Porque de pronto comprendió algo.
Aquel hombre no había venido a verla como prisionera. Había venido a verla por algo mucho más peligroso. Y por alguna razón… parecía haber estado buscándola desde hacía mucho tiempo.
La silueta permaneció inmóvil. Como si la oscuridad le perteneciera. Como si aquella celda fuera tan suya como de los guardias. Como si las cerraduras y los muros no significaran nada.
Agatha lo observó, intentando distinguir su rostro. Pero la única luz provenía de una pequeña ventana cerca del techo y apenas alcanzaba para dibujar su figura.
—¿Llevas mucho tiempo ahí?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—El suficiente.
—Eso no responde nada.
—La mayoría de las respuestas importantes nunca lo hacen.
Aquello le recordó a alguien. A Eleonora. A una de esas respuestas imposibles que terminaban significando algo días después. Y por alguna razón eso la irritó.
—Si has venido a hablar en acertijos puedes marcharte.
La sombra soltó una pequeña risa. No burlona. Sincera. Como si hubiera encontrado divertida la respuesta.
—Ahora sí pareces tú.
Agatha frunció el ceño.
—¿Perdón?
—En la plaza vi a una mujer intentando recordar quién era.
Silencio.
—Ahora veo a una que empieza a recordarlo.
Aquello la hizo tensarse. Eran demasiadas personas hablando de lo mismo: Snow, ahora él.
Como si todos supieran algo que ella ignoraba.
—No sabes nada de mí.
Por primera vez la figura se movió. Apenas un poco. Lo suficiente para que un reflejo de luz alcanzara sus ojos. Y durante un segundo…
Agatha sintió algo extraño. Como una sensación de familiaridad. Como si hubiera visto aquella mirada antes. En algún lugar.
En algún momento. Pero desapareció antes de que pudiera atraparla.
—Sé más de lo que crees.
La respuesta llegó tranquila. Demasiado tranquila.
—Entonces dime quién soy.
La frase salió cargada de cansancio, de rabia, de años enteros preguntándose lo mismo. La figura guardó silencio durante un largo instante, como si estuviera considerando cada palabra. Finalmente habló.
—Eso no puedo hacerlo.
Agatha soltó una carcajada amarga.
—Conveniente.
—Porque si te lo dijera…
La voz se volvió más suave.
—No serviría de nada.
El silencio volvió a instalarse.
—Las personas siempre creen que la verdad cambia algo.
—Y normalmente no lo hace.
Agatha apoyó la espalda contra la pared. Agotada.
—Entonces ¿para qué estás aquí?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Durante varios segundos. Pareció que el hombre no respondería. Hasta que finalmente dijo:
—Porque quería verte con mis propios ojos.
Aquello no era la respuesta que esperaba.
—¿Por qué?
La sonrisa regresó, pequeña, extraña, casi triste.
—Porque durante mucho tiempo pensé que eras igual que ellos.
—¿Ellos?
—Los reyes.
—Los nobles.
—Las personas que creen que el mundo les pertenece.
Agatha no respondió. Porque ella misma había pensado algo parecido muchas veces.
—Y hoy descubrí que estaba equivocado.
Hubo un silencio. La lluvia seguía golpeando la ventana, marcando el ritmo de la conversación.
—¿Y eso te parece tan importante?
La figura se puso de pie lentamente.
Por primera vez Agatha comprendió que era más alto de lo que había imaginado.
—Más de lo que imaginas.
Se acercó a la puerta. Y entonces se detuvo apenas un instante.
—Prepárate.
Agatha sintió un escalofrío.
—¿Para qué?
La sombra permaneció inmóvil. Y cuando respondió… su voz había perdido toda la ligereza anterior.
—Porque la guerra está a punto de llegar a Arcadia.
El silencio cayó como una piedra.
—¿Qué significa eso?
Pero el hombre ya estaba girándose. Ya estaba desapareciendo entre las sombras.
—Significa…
Su voz llegó desde la oscuridad. Lejana. Casi un susurro.
—Que muy pronto tendrás que decidir quién quieres ser cuando todo empiece a arder.
Y entonces desapareció, sin ruido, sin despedirse, como si jamás hubiera estado allí.
Dejó a Agatha sola, con el corazón acelerado y una sensación imposible de ignorar: aquel hombre no había venido a advertirla.
Había venido a comprobar si valía la pena salvarla. Agatha permaneció inmóvil, observando la oscuridad donde el hombre había desaparecido, esperando quizá un sonido, quizá un paso, quizá la prueba de que no estaba perdiendo la cabeza. Pero no hubo nada.
Solo silencio y lluvia. Siempre lluvia. Lentamente volvió a sentarse.
Apoyó la cabeza contra la pared de piedra. Y cerró los ojos.
«Tendrás que decidir quién quieres ser cuando todo empiece a arder.» La frase permaneció allí. Como una espina. Porque una parte de ella sabía que tenía razón.
Algo estaba cambiando. Lo había sentido en la plaza, en los rostros, en las dudas.
Incluso en Armand. Por primera vez desde que lo conoció… había visto miedo. No mucho.
Apenas un instante. Pero había estado allí. Y eso la inquietaba más que cualquier amenaza. Porque los hombres convencidos de tener razón eran peligrosos.
Pero los hombres asustados eran impredecibles.
— ✦ —
Muy lejos de la celda, Armand no dormía. La mesa frente a él estaba cubierta de informes: exploradores, movimientos de tropas, mensajes interceptados, rutas de abastecimiento.
Nada nuevo. Nada que justificara el peso que sentía sobre el pecho. La puerta volvió a abrirse; esta vez fue uno de sus exploradores, empapado, cubierto de barro y respirando con dificultad.
—Arcano.
Armand levantó la vista. El hombre tragó saliva.
—Han sido vistos.
Silencio.
—¿Quiénes?
—Los estandartes de Arcadia.
El corazón de Armand se endureció. Porque sabía exactamente lo que aquello significaba.
—¿Cuántos?
—Miles.
La habitación quedó inmóvil.
—¿Quién los dirige?
El explorador dudó. Y esa duda fue suficiente.
—Dilo.
—El Rey.
Por primera vez en semanas… Armand sonrió. Pero aquella sonrisa no contenía alegría, solo odio: antiguo, profundo, personal.
—Por fin.
El explorador bajó la cabeza porque reconocía aquella expresión: la de un hombre que había esperado demasiado tiempo, la de alguien que estaba a punto de cometer un error.
— ✦ —
En la celda, Agatha se despertó sobresaltada. No sabía cuánto tiempo había pasado: minutos, horas. Pero algo era distinto. Escuchó muchos pasos, demasiados, además de gritos, órdenes y personas corriendo.
La actividad fuera de la prisión aumentaba con cada segundo. Algo estaba ocurriendo. Se puso de pie. Y entonces escuchó una frase.