La Médium XVIII. Entre enemigos #2
75%

XVIII. Entre enemigos #2

La multitud comenzó a gritar. Pero esta vez Agatha no bajó la cabeza. Porque aquella niña escondida detrás de las puertas del castillo seguía existiendo. La bastarda de Arcadia seguía existiendo.

La mujer que había amado a Ian seguía existiendo. Todo aquello era parte de ella. Pero no era todo lo que era. Y mientras avanzaba entre los gritos… recordó algo que Marta le había dicho una vez.

«La gente siempre va a decirte quién cree que eres.»

«La parte difícil es decidir quién eres tú.» Agatha levantó el mentón. Y caminó hacia la plaza. No como princesa.

No como la bastarda de Arcadia.

Sino como una mujer que finalmente estaba cansada de permitir que otros escribieran su historia.

Y fue entonces… cuando una voz atravesó la multitud. Una voz tranquila. Una voz peligrosa.

Una voz que hizo que incluso Armand girara la cabeza.

—Interesante.

La voz surgió desde algún punto de la multitud. No fue un grito. No fue una orden. Simplemente una observación.

Agatha levantó la vista. Vio varias figuras moviéndose entre la gente. Capuchas. Abrigos empapados.

Rostros ocultos por la lluvia. No distinguió quién había hablado. Pero sí vio algo extraño. Snow giró la cabeza.

Y Armand también. Durante apenas un instante. Como si ambos reconocieran aquella voz. Como si supieran exactamente quién acababa de llegar.

Y aquello fue suficiente para inquietarla. Porque por primera vez desde que había sido capturada… alguien no la estaba mirando como princesa. No la estaba mirando como rehén.

No la estaba mirando como símbolo. La estaba observando como si intentara resolver un problema. Como si acabara de descubrir algo inesperado. Y eso despertó la curiosidad de Agatha.

No admiración. No atracción. No romance. Curiosidad.

La lluvia continuó cayendo. Lenta. Persistente. Como si quisiera borrar las huellas de todo lo que estaba ocurriendo.

La multitud también había cambiado. Ya no gritaba ni se reía igual. Algo se había roto.

O quizá algo se había despertado. Agatha no estaba segura. Pero podía sentir las miradas. Ya no eran las mismas.

Porque las personas esperaban una princesa derrotada y ella había llegado caminando: herida, humillada, destrozada, pero caminando.

Armand también lo notó. Lo vio en los rostros, en los murmullos y en las dudas.

Aquello lo enfureció, porque la plaza debía servir para destruir un símbolo, no para crear uno nuevo.

Subió a la plataforma improvisada, alzó las manos y poco a poco las voces fueron apagándose.

—Miradla.

Su voz resonó sobre la plaza.

—Mirad bien.

Agatha permaneció inmóvil. La lluvia corría por su rostro. Por sus hombros. Por los moretones que cubrían su cuerpo.

—Esta es Arcadia.

Algunos comenzaron a asentir.

—Esta es la Corona.

—La familia que os abandonó.

—La nobleza que se enriqueció mientras vosotros pasabais hambre.

La multitud respondió con gritos, rabia y años de resentimiento acumulado. Y por un instante…

Agatha comprendió que muchas de aquellas personas tenían razones para odiar. Razones reales. Razones legítimas. Eso era lo más terrible.

Porque Armand no estaba construyendo una mentira. Estaba construyendo una verdad incompleta. Y las verdades incompletas eran las más peligrosas de todas.

—¿Dónde estaba Arcadia cuando vuestros hijos morían?

Un hombre levantó el puño.

—¿Dónde estaba el Rey cuando os quitaron las tierras?

Una mujer comenzó a llorar.

—¿Dónde estaba la Corte?

La plaza rugió. Y Agatha cerró los ojos. Porque conocía la respuesta. Demasiadas veces no habían estado.

Demasiadas veces habían fallado. Pero entonces escuchó otra voz. No en la plaza. No entre la multitud.

En su memoria. Marta.

«Cuando alguien tiene hambre, no le importa quién tiene razón.» Agatha recordó aquella tarde. La harina. El horno.

Las manos manchadas de masa. Y los niños esperando pan caliente. Valdoren. Siempre Valdoren.

Porque allí había aprendido algo que ningún noble enseñaba: la gente no necesitaba discursos. Necesitaba esperanza. Armand continuó hablando.

Pero Agatha ya no lo escuchaba. Observaba a la multitud: a los ancianos, a las madres, a los niños. Y de repente los vio, no como enemigos ni como rebeldes, sino como había visto a Valdoren. Y entendió algo: si aquella guerra continuaba… no ganaría nadie.

Ni Arcadia ni los Disidentes. Solo crecerían más tumbas, más huérfanos, más odio, más Armand. Entonces levantó la cabeza por completo.

Directamente hacia la multitud. Y por primera vez desde que había sido capturada… sus ojos dejaron de buscar el suelo. Porque Saekir de Valdoren estaba regresando.

Y aquella mujer… todavía tenía algo que decir. La multitud guardó silencio, aunque no por completo, porque nunca existe un silencio absoluto cuando hay cientos de personas reunidas. Pero fue suficiente.

Suficiente para que las palabras de Armand dejaran de ser lo único que llenaba la plaza.

Suficiente para que todos notaran que Agatha había levantado la cabeza. Armand también lo notó. Y no le gustó.

—¿Tienes algo que decir?

La pregunta estaba cargada de burla. De desprecio. Como si ya conociera la respuesta. Como si esperara verla quebrarse otra vez.

Agatha lo observó durante un largo instante y comprendió algo: Armand quería que defendiera a la Corona.

Quería que hablara como una princesa, que justificara a los nobles, que eligiera un bando. Entonces sería fácil destruirla.

Pero Agatha estaba cansada de elegir entre dos verdades incompletas.

—Sí.

Su voz salió ronca. Débil. Pero llegó. Y eso bastó para que toda la plaza girara hacia ella.

—Tengo algo que decir.

Un murmullo recorrió la multitud. Armand sonrió.

—Entonces habla.

Agatha respiró lentamente. Por primera vez no hablaba como hija del Rey ni como miembro de la Corona, ni siquiera como prisionera. Hablaba como alguien que había vivido en ambos mundos.

—Arcadia les falló.

La plaza quedó inmóvil. Algunos Disidentes asintieron de inmediato. Otros sonrieron. Como si finalmente hubiera admitido la derrota.

—Les falló muchas veces, más de las que debería. Los ignoró, los olvidó y permitió que personas inocentes pagaran por decisiones tomadas lejos de sus hogares.

Armand observó a la multitud. Satisfecho. Pero Agatha no había terminado.

—Y por eso están aquí. Por eso existen esta guerra y este odio.

Las gotas de lluvia descendían por su rostro.

—Porque cuando la gente deja de ser escuchada… termina gritando.

Varias personas bajaron la mirada. Porque aquello también era verdad.

—Pero vosotros…

La palabra atravesó la plaza.

—Vosotros también estáis empezando a fallar.

El silencio fue inmediato. Armand perdió la sonrisa.

—Cuidado con tus palabras.

Agatha ni siquiera lo miró. Seguía observando a la gente. A los niños. A las madres. A los ancianos.

—Porque el hambre no desaparece cuando cambias una bandera.

Nadie respondió.

—La injusticia no desaparece cuando cambias de líder.

Más silencio.

—Y la crueldad no deja de ser crueldad simplemente porque crees tener razón.

Aquello golpeó porque muchos recordaban lo que había ocurrido aquella misma mañana: la plaza, las piedras, la humillación. Algunas personas comenzaron a apartar la mirada.

—Si hoy me convertís en un monstruo… mañana necesitaréis otro. Y después otro. Y después otro.

La lluvia golpeaba los tejados. Las banderas. Los rostros.

—¿Y cuándo termina?

Nadie respondió.

—¿Cuándo termina el odio?

Silencio.

—¿Cuándo termina la venganza?

Silencio.

—¿Cuándo termina la guerra?

Por primera vez… nadie tenía una respuesta, porque era mucho más fácil señalar culpables que construir un futuro.

Y Agatha comprendió que algunos comenzaban a escucharla. No porque fuera princesa. No porque fuera la hija del Rey. Sino porque estaba diciendo algo que nadie más se atrevía a decir.

Entonces, desde algún lugar entre la multitud, volvió a escucharse aquella voz. Tranquila. Observadora. Casi divertida.

—Ahora sí.

Agatha giró apenas la cabeza. No logró distinguir el rostro; solo una figura inmóvil entre decenas de personas que la observaba.

Parecía haber encontrado exactamente aquello que había ido a buscar. La figura no se movió, no avanzó ni volvió a hablar.

Simplemente permaneció allí, observando, y aquello inquietó a Agatha más de lo que debería. En aquellos ojos no había odio.

Tampoco admiración. Solo interés. Como si estuviera observando una pieza de un tablero. Como si acabara de confirmar una teoría.

Armand también lo notó. Por una fracción de segundo. Solo una. Su mirada viajó hasta el lugar donde estaba aquella persona.

Y algo oscuro cruzó su rostro. Algo parecido al disgusto. Algo parecido al miedo. Pero desapareció tan rápido que Agatha pensó que quizá lo había imaginado.

—Basta de esto.

La voz de Armand volvió a resonar por la plaza.

—La función ha terminado.

Los guardias avanzaron. Agatha esperaba que la empujaran. Que la arrastraran. Que la golpearan otra vez.

Pero ocurrió algo extraño. Nadie lanzó piedras. Nadie gritó. Nadie celebró.

La multitud se abrió lentamente. Y mientras caminaba entre ellos… Agatha comenzó a notar las miradas. Ya no eran las mismas.

Una anciana bajó la cabeza cuando ella pasó. Un hombre apartó la vista. Una mujer abrazó a su hijo con más fuerza. Eran pequeños gestos, insignificantes, pero suficientes. Porque por primera vez… no vio odio.

Vio dudas. Y las dudas eran peligrosas. Mucho más peligrosas que la rabia. Los guardias la condujeron nuevamente hacia los edificios tomados por los Disidentes.

La lluvia seguía cayendo. Las calles estaban vacías. Los refugios improvisados se alzaban donde antes había comercios. Arcadia parecía una ciudad enferma.

Una ciudad que ya no sabía quién era. Mientras avanzaba…

Agatha comprendió algo: aquella gente no necesitaba otro rey ni otra revolución.

Necesitaba esperanza: la misma que había encontrado en Valdoren, la misma que había sentido junto a Marta, la misma que parecía imposible encontrar en una guerra.

La puerta de la celda se cerró tras ella y el sonido del cerrojo resonó en la oscuridad.