XVIII. Entre enemigos
CAPÍTULOXVIIIENTRE ENEMIGOS
La lluvia caía sobre Arcadia.
La multitud rugía, pero Agatha apenas escuchaba nada. Dos hombres la sujetaban por los brazos mientras sus pies descalzos se arrastraban sobre el barro.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde su captura. Tres días. Quizá cuatro. Tal vez más.
Había dejado de contarlos. El tiempo no importaba cuando cada amanecer era igual al anterior: dolor, hambre, golpes, oscuridad. La empujaron hacia delante y la plaza apareció ante ella.
La plaza estaba repleta de miles de personas: Disidentes, campesinos, artesanos, viudas y huérfanos. Gente que había sufrido.
Gente que odiaba. Gente que necesitaba un culpable. Y aquel día el culpable era ella. Agatha levantó la vista apenas un instante.
Lo suficiente para ver las banderas, las barricadas y las estatuas derribadas. La Arcadia que conocía había desaparecido.
Y entonces le arrancaron lo último que le quedaba. No la ropa. No las joyas. No el título.
La dignidad. Porque aquello no era un interrogatorio. No era una ejecución. Era una exhibición.
Un espectáculo. Una advertencia: mirad. Hasta la hija del Rey puede terminar aquí.
Atada. Humillada. Sola. La sujetaron al poste.
Las cuerdas mordieron sus muñecas. La lluvia recorría su piel. El viento era frío. Pero Agatha ya no sentía vergüenza.
Ni miedo. Ni rabia. Solo cansancio. Un cansancio tan profundo que parecía haberle vaciado el alma.
Alguien gritó. Luego otro. Después llegó una piedra que le golpeó el costado.
Luego otra. Y otra más. La multitud comenzó a rugir. Y Agatha bajó la cabeza.
Porque por primera vez en toda su vida… no quería seguir luchando. Recordó el castillo, los pasillos, las voces, aquellas conversaciones que nadie creía que una niña escuchara.
«No es realmente una princesa.»
«La verdadera heredera es Astrid.»
«El Rey siente lástima por ella.»
«Es la hija bastarda de Eleonora.»
«Una recogida.» Y de repente aquellas palabras dolieron más que cualquier golpe. Porque allí, atada frente a toda Arcadia, abandonada y derrotada, era fácil creerlas. Muy fácil.
Ian apareció en su mente. Y el dolor se volvió insoportable. Porque ni siquiera podía odiarlo. Nunca le prometió nada.
Nunca la engañó. Simplemente eligió a Astrid. Como todos. Como siempre.
Astrid. La hija. La princesa. La elegida.
Y ella… Solo Agatha. Solo la bastarda. Las lágrimas comenzaron a caer.
Sin control. Sin dignidad. Sin fuerza para ocultarlas. Y por primera vez desde Valdoren…
Agatha lloró delante de todos. No por los golpes. No por la guerra. No por la humillación.
Lloró porque estaba empezando a creer que quizá nunca había importado.
Cuando finalmente la multitud se cansó, cuando el espectáculo terminó, cuando dejaron de verla como persona y volvieron a verla como símbolo…
la llevaron de regreso a la celda. Allí, acurrucada contra una pared, con las rodillas contra el pecho, temblando y vacía, la Bastarda de Arcadia desapareció.
Y cuando la puerta volvió a abrirse horas después… Snow encontró únicamente a una muchacha que había olvidado quién era. La puerta se abrió lentamente.
El chirrido del metal resonó en toda la celda. Agatha no levantó la cabeza. No tenía fuerzas. No quería mirar.
No quería escuchar. No quería seguir siendo Agatha. Los pasos avanzaron despacio, firmes, sin prisa y sin miedo, hasta detenerse frente a ella. Silencio.
Un silencio largo e incómodo. Entonces una voz habló.
—Esperaba más de ti.
Agatha no respondió. Porque aquella voz no pertenecía a un guardia. No pertenecía a Armand. Era Snow.
—¿Has venido a reírte también?
Su voz salió rota. Áspera. Como si llevara días sin hablar. Snow permaneció inmóvil.
—No.
Agatha soltó una risa amarga, pequeña y vacía.
—Entonces has venido tarde.
Snow frunció el ceño.
—¿Tarde?
—Sí.
Agatha apoyó la frente sobre las rodillas.
—Porque ya han ganado.
Aquello hizo que Snow guardara silencio.
—¿Quiénes?
Agatha cerró los ojos.
—Todos.
La palabra apenas fue un susurro.
—Armand. Los Disidentes. La Corte. Eleonora. Ian.
Snow observó a la muchacha acurrucada frente a ella y, por primera vez, no vio una princesa. Vio a una niña. Una niña agotada.
—Ian no está aquí.
Aquello golpeó más fuerte que cualquier piedra. Agatha tragó saliva.
—Exacto.
La respuesta apenas fue audible. Snow comprendió. No todo. Pero suficiente.
—Te equivocas.
Agatha soltó otra risa. Más triste esta vez.
—¿Sí?
—Sí.
Snow se agachó frente a ella. A su misma altura. No por respeto a una princesa. Sino por respeto a una persona.
—Porque la mujer que conocí en Valdoren jamás habría permitido que unas cuantas piedras la derrotaran.
Silencio. Agatha apretó los brazos alrededor de sus piernas.
—Esa mujer no existe.
—Claro que existe.
—No.
La respuesta llegó inmediata y dolorosa.
—Era una mentira.
Snow negó con la cabeza.
—No.
—Era fácil ser ella.
Por primera vez Agatha levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, hinchados y cansados.
—Era fácil porque nadie sabía quién era.
—Era fácil porque no era la bastarda de Arcadia, porque no tenía una hermana perfecta ni un reino entero esperando que fracasara. Era fácil porque podía fingir que era alguien más.
Snow la observó. Y entonces preguntó algo inesperado.
—¿Marta era una mentira?
Agatha parpadeó.
—¿Qué?
—La panadera.
Silencio.
—¿Era una mentira?
Agatha negó lentamente.
—No.
—¿Y los niños?
Silencio.
—¿También eran una mentira?
—No.
—¿Valdoren?
—No.
—¿Las personas que ayudaste?
—No.
—¿Las vidas que salvaste?
Agatha sintió que algo se rompía dentro de ella. Porque sabía hacia dónde iba. Y no quería escucharlo. No quería.
Pero Snow continuó.
—Entonces Saekir era real.
La celda quedó en silencio.
—No.
La voz de Agatha tembló.
—No entiendes.
—No.
Snow sostuvo su mirada.
—Tú no entiendes.
Aquello la hizo callar.
—La plaza vio una princesa. Armand ve una princesa. Los nobles ven una princesa. Todos siguen viendo una princesa.
Snow señaló el pecho de Agatha.
—Pero las personas de Valdoren jamás siguieron a una princesa.
Agatha sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.
—Siguieron a una mujer. A una mujer que cargaba sacos de harina, ayudaba a los enfermos, se sentaba a comer con ellos y no necesitaba una corona para hacer lo correcto.
Las lágrimas volvieron. Pero esta vez eran distintas. Porque dolían. Mucho.
—Ya no queda nada de ella.
Snow sonrió con tristeza.
—Entonces dime algo.
Se inclinó un poco hacia delante.
—¿Por qué Armand sigue teniendo miedo de ti?
Agatha abrió la boca. Pero no respondió. Porque no tenía respuesta.
—Porque no le preocupa la princesa, ni la hija del Rey, ni una corona.
Snow se puso de pie.
—Le preocupa la mujer capaz de hacer que ambos lados escuchen.
Snow caminó hacia la puerta y, cuando estaba a punto de salir… se detuvo.
—Mañana volverán a llevarte a la plaza.
Agatha cerró los ojos.
—Lo sé.
—Entonces decide quién va a caminar hasta allí.
La princesa, la bastarda o Saekir de Valdoren. La puerta volvió a cerrarse.
Y por primera vez desde que la capturaron… Agatha no pensó en Ian. No pensó en Astrid. No pensó en Eleonora.
No pensó en el Rey. Pensó en una pequeña panadería. En una mujer llamada Marta. En las risas de unos niños corriendo por una calle embarrada.
Y lentamente… muy lentamente… algo comenzó a despertar dentro de ella otra vez. La noche cayó sobre el campamento, y por primera vez desde su captura… nadie vino. No hubo interrogatorios ni golpes.
No hubo amenazas. Solo silencio. Agatha permaneció sentada contra la pared mientras las palabras de Snow seguían dando vueltas en su cabeza.
«¿Quién va a caminar hasta allí?» La princesa, la bastarda o Saekir.
Durante horas quiso convencerse de que no importaba, de que nada importaba.
Pero los recuerdos seguían regresando: Marta riéndose mientras la regañaba por quemar el pan, los niños corriendo detrás de ella por las calles, las noches junto al fuego, las personas que jamás le preguntaron quién era su madre ni quién era su padre ni si llevaba sangre real.
Para ellos solo había sido Agatha. Y de repente comprendió algo: Valdoren jamás la había querido por ser princesa.
Ni por ser heredera. Ni por ser la hija del Rey. La habían querido por ella. Y aquello le hizo más daño que cualquier golpe.
Porque significaba que Snow tenía razón. Saekir nunca había sido una mentira. La mentira era todo lo demás. La mentira era creer que necesitaba un título para ser importante.
La mentira era pensar que solo valía si alguien la elegía. Si el Rey la elegía. Si Ian la elegía. Si Arcadia la elegía.
Las lágrimas volvieron, pero esta vez fueron distintas. Ya no nacían de la derrota, sino de la rabia.
Una rabia lenta y profunda contra sí misma por haber olvidado quién era.
La puerta se abrió antes del amanecer. Agatha ya estaba despierta. Escuchó los pasos y las voces, el sonido de las cadenas. Esta vez no sintió miedo. Solo una extraña calma.
—Levántate.
Uno de los guardias se acercó. Esperando encontrar a la misma mujer de ayer. La misma mujer rota. La misma mujer derrotada.
Pero Agatha se puso de pie sola, sin ayuda, sin protestar y sin temblar.
Aquello hizo que el hombre frunciera el ceño. Algo había cambiado. Todavía estaba cubierta de heridas y seguía débil.
Todavía era una prisionera, pero sus ojos eran diferentes. La condujeron fuera. El campamento comenzaba a despertar.
Las fogatas. Los refugiados. Los soldados. Las familias.
Y por primera vez desde que llegó allí… Agatha los observó de verdad. No como enemigos, no como una multitud, sino como personas. Vio el hambre y el cansancio.
Vio la desesperación. Vio exactamente lo mismo que había visto en Valdoren. Entonces comprendió por qué aquella guerra era tan peligrosa. Porque ambos bandos tenían razones para odiarse.
Y ninguno parecía dispuesto a escuchar. La plaza apareció nuevamente frente a ella, más grande y más llena, más hostil. Armand ya estaba allí, esperándola como un juez antes de dictar sentencia.