La Médium XVII. El eco de los olvidados #4
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XVII. El eco de los olvidados #4

Miró directamente a Ian.

—Te vio correr hacia Astrid. Te vio abrazarla como si el mundo terminara.

Ian palideció apenas un instante. Y Lucien lo vio.

—Sí. Ahora lo entiendes.

Mayara sintió un escalofrío. Porque aquello ya no era una discusión. Era una herida abierta.

—Ella te necesitaba.

Lucien señaló el bosque.

—Y tú no estabas allí.

La mandíbula de Ian se tensó.

—No sabes de qué hablas.

—¿No?

Lucien soltó una carcajada amarga.

—Llevas semanas mirándola. Protegiéndola. Buscándola. Y cuando finalmente empezó a creer que significaba algo… la abandonaste.

—¡Basta!

La voz de Mayara atravesó el campamento. Firme. Autoritaria. Pero ninguno de los dos la escuchó.

Porque algo acababa de romperse dentro de Lucien. Y Mayara lo vio. Lo vio en sus ojos. Aquello ya no era únicamente rabia.

Ni frustración. Ni siquiera miedo. Era algo peor. Mucho peor.

Porque de pronto comprendió la verdad. Lucien no estaba furioso solamente porque Agatha hubiera desaparecido. Estaba furioso porque era Agatha quien había desaparecido. Y aquello la heló por dentro.

—Lucien… —dijo más suavemente.

Pero él ni siquiera giró la cabeza. Su mirada seguía clavada en Ian. Como una espada.

—Ella desapareció.

Su voz era apenas un susurro. Y precisamente por eso resultó más peligrosa.

—Y tú ni siquiera te diste cuenta.

Ian apretó la mandíbula.

—No sabes lo que ocurrió.

—Lo sé perfectamente.

Lucien soltó una carcajada amarga.

—Todo el campamento lo sabe.

Aquellas palabras hicieron que varios soldados intercambiaran miradas incómodas. Porque era verdad. Todos habían visto el reencuentro. Todos habían visto a Astrid correr hacia Ian.

Todos habían visto cómo él la había abrazado. Y algunos incluso habían visto mucho más. Ian dio otro paso.

—No la nombres.

—¿Por qué?

Lucien sonrió. Una sonrisa cruel. Desconocida.

—¿Porque arruina la imagen de la perfecta princesa perdida?

Astrid acababa de llegar. Y justo entonces escuchó la discusión. Su rostro perdió el color.

—Lucien…

—No.

Él levantó una mano.

—Tú no.

Astrid se quedó inmóvil. Sorprendida. Porque jamás lo había visto así. Jamás.

Lucien volvió a mirar a Ian.

—Mientras ella desaparecía… tú estabas revolcándote con la sagrada princesa Astrid.

El campamento entero quedó en silencio. Un silencio absoluto. Brutal. Porque la frase confirmó algo que muchos sospechaban.

Y que nadie se había atrevido a decir. Ian y Astrid no eran solamente amigos. Ni prometidos políticos. Ni compañeros de infancia.

Eran amantes. Astrid cerró los ojos. Ian dio un paso adelante. Peligroso.

—Retira eso.

—¿Por qué?

Lucien ya no parecía capaz de detenerse.

—¿Porque es mentira?

Su voz se quebró. Por primera vez. Y Mayara sintió el corazón encogerse. Porque ahora lo entendía.

Ahora veía lo que él mismo todavía se negaba a admitir. Lucien estaba enamorándose. Y Agatha acababa de desaparecer.

—¡Lucien!

Esta vez Mayara lo sujetó por el brazo. Él se soltó de inmediato.

—¡Ella estaba sola!

Su voz resonó entre las tiendas.

—¡Sola!

Todos lo escucharon. Todos.

—La vi —continuó.

—La vi intentando convencerse de que estaba feliz. La vi sonriendo. La vi romperse delante de todos vosotros.

Ian palideció. Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.

Porque también había visto aquella sonrisa. Y había decidido ignorarla.

—Y mientras ella se marchaba…

Lucien señaló la tienda de Ian.

—Tú estabas allí.

El golpe fue directo. Preciso. Señaló las faldas de Astrid con indiferencia. Y por primera vez Ian no encontró una respuesta inmediata.

Aquello fue suficiente. Suficiente para que la rabia terminara de consumir a Lucien. Su espada abandonó la vaina. El sonido del acero atravesó la noche.

Y todo el campamento contuvo la respiración. Ian desenvainó un instante después. No por orgullo. No por desafío.

Porque conocía a Lucien. Y supo inmediatamente que ya no estaba razonando.

—Baja la espada —dijo.

—Encuéntrala —respondió Lucien.

—Lo estamos intentando.

—¡No es suficiente!

El primer golpe llegó sin aviso. Un corte horizontal. Rápido. Violento.

Ian logró bloquearlo. El choque metálico resonó entre las tiendas. Algunos soldados avanzaron. Mayara levantó una mano.

—¡Nadie intervenga!

Porque comprendió algo. Si alguien intentaba detenerlos ahora… solo empeoraría las cosas. Las espadas volvieron a encontrarse.

Una. Dos. Tres veces. Ian retrocedió.

No quería luchar. Eso era evidente. Pero Lucien sí. Y aquello lo hacía peligroso.

Muy peligroso.

—¡Ella confiaba en ti!

Otro golpe. Ian bloqueó.

—¡Lo sé!

—¡No!

Lucien avanzó.

—¡No tienes idea de lo que significaba para ella!

Ian sintió la frase como una puñalada. Porque quizá tenía razón. Porque durante semanas había estado demasiado ocupado luchando contra sus propios sentimientos. Astrid.

Agatha. El deber. El deseo. Y ahora Agatha había desaparecido.

La culpa comenzó a abrirse paso. Pero Lucien no le permitió pensar. Otro ataque. Más rápido.

Más feroz. Mayara observó horrorizada. Porque ya no era una discusión. Ni siquiera una pelea.

Era dolor convertido en acero. Y entonces lo vio. Lo comprendió por completo. No era la desaparición.

No era el fracaso. No era únicamente el miedo. Lucien estaba aterrado de perder a Agatha.

Porque Agatha se había convertido en algo mucho más importante para él de lo que jamás había querido admitir.

Y quizá de lo que aún era capaz de reconocer.

—¡Lucien, basta! —gritó Astrid.

Pero él no escuchó. Sus ojos seguían clavados en Ian.

—¡Ella estaba sufriendo!

El siguiente golpe obligó a Ian a retroceder varios pasos.

—¡Y tú no lo viste!

—¡Porque estaba ocupado creyendo que habías muerto!

La respuesta salió de Ian como un rugido. El silencio cayó. Incluso Lucien vaciló. Apenas un segundo.

Solo uno. Pero fue suficiente. Porque Ian aprovechó para apartar su espada.

—¡Pensé que Astrid estaba muerta!

Su voz retumbó en todo el campamento.

—¡Pensé que Agatha iba a morir en Valdoren!

Respiró con dificultad.

—¡Estoy cansado de perder personas!

Por un instante nadie habló. Nadie se movió. Y entonces… Lucien atacó otra vez.

Más rápido. Más brutal. Más desesperado. Ian no esperaba el golpe.

Ni la estocada. Ni la furia que había detrás. La punta de la espada atravesó la defensa. Y se hundió en su costado.

El mundo se congeló. Ian abrió los ojos. Incrédulo. La sangre comenzó a extenderse sobre su ropa.

Astrid gritó. Un sonido desgarrador que pareció partir la noche en dos y atravesó todo el campamento.

No fue un grito humano. No del todo. Fue algo más. Algo antiguo.

Algo que parecía venir de muy lejos. El aire vibró. Las antorchas parpadearon. La tierra tembló bajo los pies de los presentes.

Y durante un instante todos sintieron la misma sensación. Como si una presencia invisible acabara de despertar. Mayara palideció.

—No… —susurró.

Porque sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Astrid cayó de rodillas junto a Ian. La sangre manchaba sus manos.

—¡Ian!

Él intentó incorporarse. Pero el dolor lo obligó a detenerse. Lucien permanecía inmóvil. La espada seguía en su mano.

La furia había desaparecido. Reemplazada por algo mucho peor. Horror. Porque acababa de comprender lo que había hecho.

—Ian…

Pero las palabras no salieron. Astrid levantó la cabeza. Y sus ojos brillaron. Literalmente.

Un resplandor dorado comenzó a extenderse bajo su piel. Por sus brazos. Por su cuello. Como ríos de luz recorriendo su cuerpo.

Los soldados retrocedieron. Algunos aterrados. Otros incapaces de apartar la vista. Porque jamás habían visto algo semejante.

Ian la observó. Y por primera vez comprendió que aquella parte de Astrid era real. No una leyenda. No un rumor.

No un cuento de nobles. Verdad. Pura verdad. Astrid colocó ambas manos sobre la herida.

Las lágrimas descendían por sus mejillas.

—No.

Su voz tembló.

—No voy a perderte.

La luz explotó. Suave. Hermosa. Y aterradora.

El resplandor envolvió a Ian. La sangre comenzó a detenerse. La herida, la carne abierta, los tejidos desgarrados… todo empezó a cerrarse lentamente, como si el tiempo retrocediera.

El campamento entero observó en silencio, incapaz de creer lo que estaba viendo. Y entre todos ellos… Mayara sintió que el destino acababa de cambiar.

Porque la magia había regresado.

Y ya no podían ocultarlo. Cuando la luz desapareció, Astrid cayó hacia adelante, agotada.

Ian logró sostenerla antes de que golpeara el suelo.

—Astrid.

Ella respiraba. Pero estaba completamente exhausta. Mayara corrió hacia ellos. Y entonces ocurrió.

Uno de los exploradores apareció entre las tiendas. Cubierto de barro. Sin aliento.

—¡Capitán!

Su voz rompió el silencio.

—¡La encontramos!

Ian levantó la cabeza de inmediato. El corazón le golpeaba las costillas.

—¿Agatha?

El explorador tragó saliva. Y negó.

—No.

El miedo recorrió el campamento.

—Encontramos sus huellas… y las de varios Disidentes.

El silencio volvió, más pesado que nunca. Para todos ellos, la conclusión fue la misma: Agatha no se había marchado por voluntad propia.

Creían que se la habían llevado.

Muy lejos de allí, Katherine Snow observaba el fuego de una pequeña fogata.

Y por primera vez en muchos años… Snow sonrió de verdad. Porque la pieza más importante del tablero ya estaba en sus manos.

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