XVII. El eco de los olvidados #3
El silencio regresó. Más suave esta vez. Menos incómodo. Hasta que Alfred volvió a hablar.
—Ella quiere verte.
Agatha levantó la cabeza.
—¿Quién?
—La mujer del camino.
El corazón le dio un vuelco. Aquella mujer. La desconocida que había sembrado dudas imposibles de ignorar. La que le había mostrado una realidad distinta.
La que parecía conocer respuestas que nadie más quería darle.
—¿Por qué?
Alfred sostuvo su mirada.
—Porque cree que todavía haces preguntas.
El viento recorrió la colina. Agatha permaneció inmóvil. Detrás de ella, a lo lejos, las luces de las fogatas continuaban brillando en el corazón del campamento.
Allí estaban Astrid, Ian, Lucien y Mayara: su hogar, o lo más parecido a uno que tenía en aquel momento.
Y, sin embargo, por primera vez desde que había abandonado Arcadia, sintió que el camino correcto quizá no se encontraba detrás de ella, sino delante.
En la oscuridad. Esperándola. Agatha permaneció inmóvil. El viento agitó algunos mechones de su cabello.
A lo lejos, el campamento seguía vivo. Las risas. Las voces. Las fogatas.
Todo aquello seguía allí. Y, sin embargo…
Por primera vez desde que había salido de Arcadia, no estaba segura de querer regresar.
Porque el dolor seguía demasiado reciente. Demasiado abierto. Alfred esperó. No insistió.
No la presionó. Aquello la sorprendió. La mayoría de las personas intentaban convencerla de algo. Empujarla.
Guiarla. Protegerla. Controlarla. Alfred simplemente esperaba.
—¿Está cerca? —preguntó finalmente.
El joven asintió.
—Más de lo que imaginas.
Aquella respuesta no le gustó.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Y por alguna razón aquello hizo que Agatha resoplara.
—Empiezo a entender por qué os lleváis bien.
—¿Con quién?
—Con Lucien.
Alfred soltó una carcajada. Una carcajada auténtica.
—Créeme. Lucien diría exactamente lo contrario.
Por primera vez en varios minutos, Agatha sonrió. Solo un poco. Lo suficiente para recordar que seguía viva.
—Si voy contigo y resulta ser una trampa…
—Entonces seré el hombre más estúpido de este continente.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Aquello arrancó otra pequeña sonrisa. Y antes de que pudiera pensarlo demasiado… dio un paso adelante. Luego otro.
Y comenzó a caminar. Lejos del campamento. Lejos de las fogatas. Lejos de todo lo que conocía.
No sabía que cada paso la acercaba más a Katherine Snow. Ni que detrás de ella… las cosas estaban a punto de desmoronarse. Porque mientras Agatha desaparecía entre los árboles… una figura cruzaba el campamento con expresión sombría. Lucien había ido a buscar a Agatha.
Había pensado encontrarla junto a las carretas. O con Mayara. O escondida en algún rincón intentando ordenar sus pensamientos. Pero no estaba.
Y aquello comenzó a inquietarlo. Primero revisó las fogatas. Después las carretas. Luego el perímetro.
Nada. Absolutamente nada. El mal presentimiento regresó. El mismo que había sentido durante la emboscada.
El mismo que aparecía justo antes de que todo saliera mal. Y por primera vez aquella noche… Lucien sintió miedo. Porque Agatha de Arcadia no era una mujer que desapareciera sin avisar.
Y en ese instante… muy lejos del campamento… una mujer de cabello oscuro observaba la llegada de dos siluetas desde lo alto de una colina.
Katherine Snow sonrió. Por fin. La princesa había llegado. La sonrisa de Katherine Snow no fue cálida.
Tampoco cruel. Era peor. Era la sonrisa de alguien que acababa de confirmar una teoría. Agatha la reconoció inmediatamente.
La mujer del camino. La mujer de las preguntas. La mujer que había logrado hacerla dudar. Y ahora estaba allí.
Esperándola. Como si hubiera sabido desde el principio que aquel encuentro ocurriría.
—Princesa.
—No me llames así.
Katherine arqueó una ceja.
—Interesante.
Agatha cruzó los brazos.
—¿Por qué querías verme?
—Porque sigues haciendo preguntas.
—Y porque no me gustó que desaparecieras después de sembrarlas.
La mujer sonrió apenas.
—Eso también.
Alfred permanecía unos pasos detrás. En silencio. Como si entendiera que aquella conversación no le pertenecía. El viento agitó las capas.
Y durante varios segundos nadie habló. Fue Katherine quien rompió el silencio.
—¿Qué viste hoy?
Agatha frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Durante la emboscada.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Vi personas muriendo.
—No.
Katherine negó con suavidad.
—Eso ya lo habías visto antes.
Sus ojos permanecieron clavados en ella.
—¿Qué viste realmente?
Agatha guardó silencio. Porque sabía la respuesta. Los aldeanos. Las armas viejas.
La desesperación. Los niños. Los heridos. El hombre que ella había ayudado.
—Vi que no parecían monstruos.
Por primera vez la sonrisa de Katherine desapareció.
—No.
Su voz se volvió más seria.
—No lo son.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellas. Y por alguna razón… pesaban más que cualquier acusación. Muy lejos de allí.
Lucien acababa de regresar al centro del campamento. La inquietud ya se había convertido en alarma.
—No está.
Mayara levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—He revisado todo el campamento.
Su voz era más dura de lo normal.
—Agatha no está.
El silencio cayó de golpe. Y por primera vez aquella noche… Mayara sintió miedo. Miedo real.
Porque una parte de ella llevaba semanas esperando algo así.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
Lucien se pasó una mano por el rostro.
—Hace una hora, quizá dos.
Mayara cerró los ojos. Maldición. Al otro lado del campamento, Ian acababa de despedirse de Astrid para atender algunos asuntos pendientes cuando encontró a Lucien buscándolo. No caminando: buscándolo.
Con una expresión que hizo que el estómago se le cerrara inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Lucien sostuvo su mirada. Y por primera vez no hubo ironía. No hubo sarcasmo. No hubo ninguna de las barreras habituales.
Solo una verdad brutal.
—Agatha ha desaparecido.
Ian sintió que el mundo se detenía. La sangre abandonó su rostro.
—¿Qué?
—No está.
Aquellas palabras golpearon más fuerte que cualquier espada. Porque inmediatamente supo que algo iba mal. Muy mal. Y mientras el campamento comenzaba a agitarse… mientras los soldados encendían antorchas… mientras la búsqueda empezaba… Katherine Snow observó a Agatha. Y comprendió algo.
La princesa había llegado creyendo que buscaba respuestas. Pero estaba a punto de descubrir preguntas mucho más peligrosas. Porque las palabras de Katherine seguían resonando dentro de ella. Y era verdad.
Desde Valdoren. Desde Arcadia. Desde mucho antes. Todo parecía una enorme historia construida por otras personas.
Una historia donde ella nunca había podido decidir nada.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente.
Katherine la observó. Durante unos segundos. Como si estuviera valorando la respuesta.
—Porque eres la primera de ellos que se ha detenido a escuchar.
—¿Ellos?
—La Corona.
Agatha soltó una risa amarga.
—No soy la Corona.
—No —respondió Katherine.
—Pero la Corona te pertenece más de lo que imaginas.
Aquello no le gustó. Porque sonaba demasiado parecido a una amenaza. O a una profecía. Y no estaba segura de cuál era peor.
—No he venido para escuchar acertijos.
—Lo sé.
Katherine comenzó a caminar.
—Ven.
Agatha dudó. Solo un segundo. Después la siguió. El sendero descendía por una ladera rocosa.
Hasta un pequeño valle oculto entre las colinas. Y cuando lo vio… se quedó inmóvil. Había gente.
Mucha gente. Familias enteras. Niños. Ancianos.
Heridos. Más de los que esperaba. Muchos más. No era un campamento militar.
Era un refugio. Uno improvisado. Uno desesperado. Las tiendas estaban remendadas.
Las mantas desgastadas. Los suministros escasos. Y sin embargo… todos parecían protegerse unos a otros.
Agatha observó a una mujer repartir pan entre varios niños. A un anciano ayudando a vendar una pierna. A un grupo de jóvenes reparando herramientas.
Aquello no parecía el ejército monstruoso que describían los nobles. Y eso la inquietó más de lo que debería. Mientras tanto, en el campamento real, el caos ya era imposible de ocultar.
Los soldados recorrían los alrededores con antorchas. Los exploradores habían partido en todas direcciones. Nadie encontraba nada.
Absolutamente nada. Ian avanzaba entre los hombres con el rostro endurecido.
—¿Rastros?
—Ninguno.
—¿Testigos?
—Nadie la vio marcharse.
Cada respuesta empeoraba las cosas.
Porque, para ellos, aquello solo podía significar que quien se la hubiera llevado sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Lucien observaba desde unos metros. Cada minuto que pasaba alimentaba algo oscuro dentro de él. Culpa. Rabia.
Miedo. No sabía cuál era peor. Hasta que vio salir a Ian de la tienda de mando. Y algo terminó de romperse.
Porque en su cabeza apareció una imagen. Agatha corriendo. Agatha sola. Agatha destruida.
Mientras Ian estaba en otra parte. Y ya no pudo contenerse.
—¿Dónde estabas?
La voz atravesó el campamento. Ian giró.
—¿Qué?
Lucien avanzó. Lento. Peligroso.
—Cuando desapareció.
Los soldados comenzaron a callar. Porque algo estaba ocurriendo. Algo malo.
—La estamos buscando —respondió Ian.
—No te pregunté eso.
El silencio se volvió pesado. Mayara cerró los ojos. Porque ya sabía adónde se dirigía aquello.
—Lucien.
—¿Dónde estabas? —repitió.
Ian apretó la mandíbula.
—No voy a darte explicaciones.
—No.
Lucien soltó una risa sin humor.
—Porque ni siquiera las tienes.
Y por primera vez aquella noche… el campamento entero comprendió que la desaparición de Agatha estaba a punto de desencadenar algo mucho peor.
—Mientras ella desaparecía… tú estabas con Astrid.
El silencio cayó sobre el campamento. Varios soldados bajaron la mirada. Ian dio un paso al frente.
—Retira esas palabras.
—¿Por qué? ¿Porque son verdad?
—Lucien.
La voz de Mayara fue más firme.
—Basta.
—¡No!
Aquello sorprendió incluso a algunos de los presentes. Lucien rara vez perdía así el control, pero ahora parecía incapaz de detenerse.
—¡Agatha desapareció!
Su voz resonó entre las tiendas.
—¡Y ninguno de vosotros se dio cuenta!
Mayara intentó acercarse.
—Lucien…
—¡No!
Se apartó de ella. La rabia llevaba demasiado tiempo acumulándose.
—Ella estaba rota. ¿Lo entendéis?