La Médium XVII. El eco de los olvidados #2
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XVII. El eco de los olvidados #2

Una risa escapó de sus labios. Y antes de darse cuenta, tenía lágrimas en los ojos.

—Está viva… —susurró.

Ni siquiera intentó ocultar la sonrisa. Porque era su hermana. Porque durante semanas había temido encontrar únicamente un cuerpo.

Porque una parte de ella había comenzado a prepararse para el peor desenlace posible.

Y ahora estaba allí. Viva. Entonces Ian echó a correr. Y Astrid también.

Se encontraron a mitad de camino. Astrid prácticamente se lanzó a sus brazos. Ian la sostuvo con fuerza. Como si temiera que desapareciera de nuevo.

Como si todavía no terminara de creer que era real. Agatha observó la escena. Y la felicidad siguió allí, real y sincera.

Porque ver a Astrid viva era todo lo que había deseado desde que salió de Arcadia.

Pero junto a esa felicidad apareció otra cosa. Una sensación pequeña. Dolorosa. Difícil de ignorar.

Porque nunca había visto a Ian así. Jamás. No era el capitán. No era el héroe.

No era el hombre que cargaba el peso de un reino.

Era simplemente un hombre que acababa de recuperar a la mujer que amaba.

Y por primera vez Agatha comprendió algo. Era posible alegrarse por alguien… Y aun así sentir que el corazón se rompía un poco.

A su lado, Lucien observó cómo ella sonreía mientras intentaba contener las lágrimas.

Y comprendió que aquella era probablemente la expresión más triste que había visto jamás.

La llegada de Astrid transformó el campamento. Por primera vez en muchos días… las sonrisas regresaron. Los soldados hablaban.

Las fogatas parecían más cálidas. Incluso los hombres más cansados parecían caminar un poco más erguidos. Porque la princesa perdida había regresado. Y aquello se sentía como una victoria.

Una pequeña. Pero necesaria. Astrid pasó gran parte de la tarde respondiendo preguntas. Relatando fragmentos de su viaje.

Explicando cómo había logrado escapar. Qué había visto. Qué recordaba. Y qué prefería callar.

Agatha permaneció a su lado durante horas. Escuchándola. Abrazándola. Asegurándose una y otra vez de que era real.

Hubo momentos en que olvidó todo lo demás. La guerra. Los Disidentes. Ian.

Solo existía su hermana. Y durante un rato eso fue suficiente. Hasta que comenzó a notar algo. Ian.

Siempre Ian. Estaba cerca. Demasiado cerca. No de forma incómoda.

No de forma posesiva. Natural. Como alguien que había pasado semanas imaginando el peor final posible. Y ahora intentaba recuperar el tiempo perdido.

Astrid sonreía. Ian también. Compartían miradas. Pequeños gestos.

Palabras que nadie más parecía escuchar. Y poco a poco… Agatha empezó a sentirse fuera de lugar. La sensación apareció despacio.

Como una grieta diminuta. Casi imperceptible. Hasta que comenzó a crecer. Al caer la tarde se alejó de la multitud.

Necesitaba respirar. Encontró a Lucien sentado sobre una roca. Afilando una daga.

—Te escondes fatal —dijo ella.

Lucien ni siquiera levantó la vista.

—Y tú encuentras gente demasiado rápido.

Agatha sonrió. Aquello era fácil. Hablar con él siempre era fácil. Se sentó a su lado.

Durante unos segundos ninguno habló. El viento recorrió las colinas.

—Estás feliz —dijo Lucien finalmente.

—Lo estoy.

Y era verdad.

—Pero.

Agatha soltó una pequeña risa.

—Odio cuando haces eso.

—¿Hacer qué?

—Descubrir el resto de la frase.

Aquello arrancó una sonrisa auténtica de Lucien.

—Entonces dime el resto.

Agatha observó las fogatas a lo lejos. La silueta de Astrid. La de Ian. Y suspiró.

—Pensé que sería diferente.

Lucien guardó silencio. Porque entendía exactamente de qué hablaba.

—Es ridículo —continuó ella—. Astrid está viva. Debería ser suficiente.

—¿Y no lo es?

Agatha tardó en responder.

—Sí —admitió tras una pausa—. Y no.

Lucien dejó la daga a un lado.

—Eso tiene más sentido del que crees.

Agatha lo miró.

—¿Siempre eres así de insoportablemente sabio?

—No. Solo cuando alguien necesita escucharlo.

Aquello la hizo reír. Una vez más. Y Lucien descubrió que empezaba a esperar esas risas.

Más de lo que debería. A lo lejos, sin que ninguno lo notara, Alfred observaba.

Y memorizaba. Porque cada vez entendía mejor por qué Katherine estaba interesada en Agatha.

Y cada vez estaba más convencido de que aquella misión iba a cambiar muchas cosas.

Incluyendo las suyas. La noche terminó cayendo sobre el campamento. Y con ella… llegó una calma extraña.

Demasiado tranquila. Demasiado frágil. Como si todos supieran que la paz nunca duraba demasiado. Las fogatas iluminaban pequeños círculos de luz entre la oscuridad.

Los soldados comían. Reían. Comentaban la emboscada. La llegada de Astrid.

Las noticias del reino. Por primera vez en semanas parecía un campamento normal. Agatha observaba todo desde cierta distancia. Sentada sobre un tronco caído.

Con una manta sobre los hombros. El cansancio comenzaba a alcanzarla. Pero algo la mantenía despierta. Una sensación incómoda.

Como si estuviera observando una vida que ya no terminaba de pertenecerle. Al otro lado del campamento, Astrid reía. Ian estaba junto a ella.

No hablaban mucho. Ni siquiera parecía necesario. Simplemente disfrutaban estar cerca. Y cada vez que Astrid lo miraba…

Ian parecía olvidar por un instante el peso que cargaba sobre los hombros.

Agatha bajó la vista. Intentó convencerse de que aquello no importaba. Porque Astrid estaba viva. Eso era lo importante.

Eso era lo correcto. ¿Entonces por qué dolía?

—Porque eres humana.

Agatha levantó la cabeza. Lucien acababa de sentarse a su lado.

—Empiezas a dar miedo.

—Y tú empiezas a pensar demasiado en voz alta.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Siempre apareces cuando más te necesito?

—No.

Lucien observó la fogata.

—Solo cuando intentas convencerte de mentiras.

Agatha resopló.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

Por alguna razón aquello la hizo sonreír. Y durante unos minutos simplemente permanecieron allí. Sin hablar. Observando las llamas.

Cómodos. Tranquilos. Era extraño. Porque con Ian siempre había sentido mariposas.

Nervios. Expectativas. Sueños. Con Lucien… sentía paz. Y aquello la desconcertaba. A unos metros, Mayara los observó.

Y una sombra de preocupación cruzó su rostro. Porque empezaba a reconocer un patrón. Uno que ya había visto antes. Y que jamás terminaba bien.

Más tarde, cuando las fogatas comenzaron a apagarse y los soldados se retiraron a descansar, Agatha decidió volver a las carretas.

Necesitaba dormir. Necesitaba dejar de pensar. Pero al cruzar el campamento vio algo que la hizo detenerse. Ian.

Solo. Junto a una de las tiendas. Parecía estar esperando a alguien. Y entonces Astrid apareció.

Los ojos de ambos se encontraron. Y durante un segundo el resto del mundo dejó de existir. Agatha sintió un vuelco en el pecho. Porque conocía esa mirada.

Era la mirada de dos personas que habían sobrevivido a la distancia. Al miedo. A la pérdida. La mirada de dos personas que todavía se elegían.

Astrid tomó su mano. Ian sonrió. Una sonrisa suave. Casi vulnerable.

Y juntos desaparecieron dentro de la tienda. Agatha permaneció inmóvil. Observando la lona cerrarse detrás de ellos. Algo dentro de ella comenzó a quebrarse.

Muy despacio. Sin ruido. Sin que nadie pudiera verlo. Y sin saberlo… acababa de acercarse al momento que cambiaría el rumbo de todo lo que quedaba por vivir.

Agatha no debería estar allí. Lo supo en cuanto vio cerrarse la lona de la tienda. Debió marcharse. Volver a las carretas.

Dormir. Olvidarlo. Pero sus pies no se movieron. Porque una parte de ella seguía aferrándose a una esperanza absurda.

Una esperanza que ni siquiera sabía nombrar. Y entonces escuchó la risa de Astrid. Suave. Feliz.

La risa de alguien que había recuperado aquello que creía perdido.

Agatha cerró los ojos.

Durante semanas había imaginado aquel momento.

El reencuentro.

Cuando Agatha se acercó a la tienda de Ian, no necesitó mirar para saber lo que ocurría dentro.

Los sonidos que escapaban entre la lona eran inconfundibles.

Astrid e Ian no se estaban dando un simple reencuentro, sino algo mucho más profundo, mucho más carnal.

Eran dos amantes devorándose.

Los gemidos de ambos se entremezclaban en el aire nocturno, y no hizo falta invadir más esa intimidad: las sombras proyectadas en la pared de la tienda lo decían todo.

Él, con las manos firmes sobre sus nalgas, la levantaba con una pasión desbordante; ella, con la pierna enroscada en su cintura, se aferraba a él como si el mundo fuera a terminar en cualquier momento.

-Parece que tienen espectadores.

La voz de Lucien, burlona y divertida, cortó el aire como un latigazo.

Agatha dio un respingo.

El corazón le golpeó el pecho con fuerza.

No dijo nada.

No miró atrás.

Simplemente echó a correr.

Corrió.

Lejos de la tienda.

Lejos de las voces.

Lejos de los sonidos que parecían perseguirla incluso cuando ya no podía escucharlos.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Furiosas. Inesperadas. Y aquello la enfureció todavía más.

Porque Astrid estaba viva. Astrid era su hermana. Debería estar feliz. Y lo estaba.

Lo estaba. Entonces, ¿por qué sentía que le costaba respirar? ¿Por qué dolía tanto? Se detuvo cuando llegó al límite del campamento.

El pecho le ardía. Las manos le temblaban. Intentó convencerse de que era una tontería. Ian nunca le había prometido nada.

Nunca. Ni una palabra. Ni un gesto. Ni una declaración.

Todo había ocurrido únicamente dentro de su cabeza. Todas aquellas miradas. Todas aquellas conversaciones. Todos aquellos momentos compartidos durante el viaje.

Quizá habían significado algo para ella. Y nada para él. Una risa amarga escapó de sus labios. Qué estúpida había sido.

—Eso no parecía la reacción de alguien indiferente.

Agatha se sobresaltó. Una figura emergió de entre las sombras. Alfred. El joven disidente avanzó despacio.

Sin armas en las manos. Sin intención aparente de amenazarla.

—¿Me estabas siguiendo?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido. Y eso bastó para que ambos supieran que era mentira. Por primera vez, Alfred pareció avergonzado.

—Bueno… quizá un poco.

Agatha resopló. A pesar de todo. A pesar del dolor. Aquello estuvo a punto de arrancarle una sonrisa.

—Eres terrible mintiendo.

—Lo sé.