XVII. El eco de los olvidados
CAPÍTULOXVIIEL ECO DE LOS OLVIDADOS
El camino se volvió más árido conforme avanzaban hacia el norte. Los campos aparecían vacíos, con las cercas derrumbadas y los molinos detenidos.
Aquí y allá podían verse antiguas granjas abandonadas. Como esqueletos de una prosperidad que ya no existía.
Agatha las contó. Ocho. Nueve. Diez. Cada granja abandonada era una pregunta sin respuesta. ¿Dónde estaban sus dueños? ¿Huyeron? ¿Murieron? ¿O simplemente se fueron porque ya no quedaba nada que cosechar?
Delante de ella, Ian avanzaba junto a la vanguardia. Siempre alerta. Siempre vigilando. Como si incluso cuando dormía, una parte de él continuara esperando el próximo ataque.
La columna avanzó entre dos elevaciones rocosas, por un paso estrecho e incómodo.
Lucien observó los riscos. Luego el camino. Luego nuevamente los riscos. Algo no le gustó.
Agatha lo notó.
—¿Qué ocurre?
Lucien entrecerró los ojos.
—Demasiados buenos lugares para esconderse.
No terminó la frase. Porque una flecha descendió desde las alturas. Y atravesó el hombro de un soldado.
—¡Emboscada!
El grito recorrió toda la columna. El caos explotó. Flechas cortaron el aire. Caballos relincharon. Soldados corrieron en todas direcciones buscando cobertura, chocando entre sí, gritando órdenes que nadie escuchaba.
Ian ya estaba dando órdenes.
—¡Escudos arriba!
—¡Proteged las carretas!
—¡Formad línea!
Agatha sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo. Su mano encontró la espada de entrenamiento que Ian le había permitido llevar. Todavía era torpe. Todavía inexperta. Pero ya no quería quedarse inmóvil.
Un grupo de figuras descendió por las rocas.
No parecían soldados. Vestían harapos, botas rotas, rostros curtidos por el sol y el hambre.
Campesinos. Cazadores. Padres. Quizás hermanos.
Sus armas eran herramientas de labranza adaptadas: hoces, hachas, una lanza hecha de un rastrillo.
Pero sus ojos no mentían. Eran hombres desesperados, y los desesperados no negocian.
Uno de ellos cargó directamente hacia ella.
Agatha sintió el pánico subirle por la garganta. Su primer impulso fue retroceder.
Entonces escuchó la voz de Lucien.
—¡Agatha, no mires la espada! ¡Mira el terreno!
Ella giró, confundida.
—¿Qué terreno?
El hombre estaba a diez pasos. Ocho. Seis.
—¿Dónde está tu salida? ¡Ahora!
Agatha observó alrededor por instinto. Esta vez de verdad.
Había una roca a la izquierda. Un desnivel a la derecha. Un árbol detrás.
Comprendió.
—La roca.
—Exacto. ¡Muévete!
Agatha obedeció. El atacante cambió de dirección para seguirla. Y durante una fracción de segundo perdió ventaja.
Lucien apareció desde la nada. Un giro. Un golpe seco contra la muñeca del atacante. La hoz voló por los aires. Una zancada, un empujón, y el hombre cayó de espaldas, aturdido. Todo en menos de tres segundos.
—La espada es lo último que debes mirar —le dijo, respirando apenas—. Primero analiza dónde estás. Después piensa cómo sobrevivir.
Aquellas palabras quedaron grabadas en su mente. Porque nadie le había enseñado jamás algo así.
Ian le enseñaba a defenderse. Lucien le enseñaba a sobrevivir. Y en ese momento, con el polvo aún flotando en el aire y el eco de los gritos muriendo entre las rocas, Agatha comprendió que había una diferencia enorme entre ambas cosas.
El atacante cayó al suelo con un gemido. Lucien ni siquiera lo miró; ya estaba observando el resto del campo de batalla, calculando.
Anticipando. Moviéndose.
—¿Qué haces? —preguntó Agatha.
—Lo mismo que hacen los jugadores de ajedrez.
Desvió una flecha con una daga.
—Pensar tres movimientos antes.
Y desapareció nuevamente entre el caos. Agatha se quedó inmóvil apenas un segundo. Luego comprendió algo. No podía seguir esperando a que otros decidieran por ella.
Tomó aire. Y observó. De verdad observó. Los soldados estaban concentrados en proteger las carretas.
Los atacantes intentaban romper la formación. Los caballos comenzaban a alterarse. Y entonces vio algo. Dos hombres avanzaban por el lateral.
No hacia los soldados. Hacia las provisiones.
—¡Allí! —gritó.
Uno de los arqueros giró. Demasiado tarde. Pero Lucien la escuchó. Siempre parecía escucharla.
Corrió hacia el flanco. Interceptó a uno de los atacantes. Un soldado alcanzó al otro. La línea resistió.
Agatha sintió una extraña satisfacción. No había ganado ninguna pelea. No había derrotado a nadie. Pero, por primera vez, había servido para algo.
Un cuerno sonó desde las alturas. Una vez. Dos.
Y tan rápido como había comenzado… la emboscada terminó. Los atacantes comenzaron a retirarse y desaparecieron entre las rocas.
Como fantasmas. Ian observó cómo huían. Su expresión se endureció.
—No querían matarnos.
Uno de sus oficiales se acercó.
—¿Capitán?
—Querían los suministros.
Miró las carretas.
—Y comprobar nuestra fuerza.
Aquello no le gustó. A ninguno de ellos. Cuando el silencio regresó, llegaron los gemidos.
Los heridos. Siempre los heridos. Agatha guardó la espada. Y comenzó a correr.
—¿Agatha? —la llamó Ian.
Pero ella ya no escuchaba. Había un soldado apoyado contra una rueda y otro en el suelo.
Un muchacho apenas mayor que ella sujetándose el brazo ensangrentado. Y más allá… un hombre vestido con los colores de los Disidentes. También herido.
También sangrando. Un soldado de Arcadia la vio acercarse.
—Déjalo.
Agatha se detuvo.
—¿Qué?
—Es uno de ellos.
La princesa observó al hombre. Estaba pálido. Temblando. Asustado.
No parecía un monstruo. Parecía un ser humano.
—Trae agua.
—Princesa…
—He dicho que traigas agua.
El soldado vaciló. Luego obedeció. Agatha se arrodilló junto al herido. El hombre abrió los ojos.
Y durante un instante pareció no comprender qué estaba ocurriendo.
—¿Por qué? —preguntó.
Su voz era apenas un susurro.
—Porque estás herido —respondió Agatha.
Como si fuera la respuesta más obvia del mundo. A pocos metros, Lucien observaba la escena y algo se removió dentro de él.
Una imagen. Una taberna. Una joven ayudando a desconocidos. Una sonrisa.
Unos ojos imposibles de olvidar. El recuerdo desapareció tan rápido como llegó. Pero dejó algo detrás. Una certeza.
Cada día que pasaba… Agatha se parecía menos a la princesa que todos creían conocer. Y más a la mujer que él recordaba. Sin saberlo.
A unos metros de distancia, otro hombre observaba la misma escena: Alfred, herido.
Permanecía silencioso y, por primera vez desde que había visto a la princesa, comenzó a preguntarse si Katherine Snow tenía razón sobre ella. Porque aquella mujer acababa de salvar la vida de un enemigo.
El hombre observó cómo Agatha terminaba de vendar la herida, como si no pudiera comprender lo que estaba viendo.
—Deberías dejarme morir —murmuró.
Agatha apretó el nudo de la venda.
—Eso te habría ahorrado decir una estupidez.
Por un instante el hombre pareció desconcertado. Luego soltó una risa breve. Y aquello sorprendió incluso a él. Porque probablemente era la primera vez que reía en días.
Cuando Agatha terminó, se puso de pie. Tenía sangre en las manos. En la ropa. En los antebrazos.
Ya no le importaba. Mayara apareció a su lado.
—Cada vez te pareces más a tu madre.
Agatha levantó la vista.
—¿Mi madre?
Mayara pareció arrepentirse inmediatamente.
—Es una forma de hablar.
Pero Agatha alcanzó a notar algo. Un destello. Una emoción demasiado rápida. Y antes de que pudiera preguntar…
Ian llegó. Su armadura estaba marcada por cortes recientes. El cabello húmedo por el sudor. Y una pequeña herida atravesaba su mejilla.
Agatha sintió un impulso irracional de acercarse. De comprobar que estaba bien. De tocarlo. La sensación desapareció tan rápido como llegó.
—¿Estás herida? —preguntó Ian.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Te pregunté si estás herida.
Agatha bajó la vista hacia la sangre que cubría sus manos.
—No es mía.
Ian soltó aire lentamente. Solo entonces pareció relajarse. Y aquello provocó algo extraño en el pecho de Agatha. Porque durante un segundo… pareció importarle. De verdad importarle.
—Deberías descansar —dijo él.
—Estoy bien.
—Eso dices siempre.
La respuesta salió tan natural que ambos quedaron sorprendidos. Porque sonó demasiado íntima. Demasiado familiar. Ian también pareció notarlo.
Durante un instante ninguno apartó la mirada. Hasta que Lucien apareció.
—El capitán tiene razón.
Agatha giró los ojos.
—¿Ahora trabajáis juntos?
—Solo cuando uno de los dos tiene razón.
—Entonces debe ser una ocasión histórica.
Ian resopló. Lucien sonrió. Y por primera vez en días… Agatha terminó riendo.
Una risa auténtica. Pequeña. Pero real. Ian la observó.
Y durante un instante olvidó todo lo demás. La guerra. Los Disidentes. Las órdenes.
Las responsabilidades. Solo existió aquella sonrisa. Y aquello fue un error. Porque Agatha también lo vio.
Y por primera vez desde Valdoren… se permitió creer. Quizá. Solo quizá.
Que algo estaba cambiando. Que aquellas miradas significaban algo. Que todos aquellos momentos compartidos no existían únicamente en su imaginación. Muy cerca de ellos, Alfred observaba.
Su mirada pasó de Ian a Lucien y después a Agatha, como si intentara armar una imagen más grande. Todavía no terminaba de comprenderla, pero una cosa sí tenía clara: Katherine Snow iba a querer conocer a aquella mujer. Y cuanto antes, mejor.
El sol comenzaba a descender cuando un centinela apareció galopando desde la retaguardia.
Venía tan deprisa que el caballo parecía a punto de desplomarse.
—¡Capitán!
Ian giró inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
El hombre apenas logró detener la montura. Y cuando habló… su voz temblaba.
—Hemos encontrado a alguien.
El silencio cayó sobre el campamento.
—¿Quién?
El soldado sonrió. Una sonrisa incrédula. Como si todavía no pudiera creerlo.
—La princesa Astrid. La encontramos. Está viva.
Durante un segundo el aire desapareció de sus pulmones. Astrid. Viva. La emoción la golpeó tan fuerte que casi perdió el equilibrio.
Todo el miedo. Toda la incertidumbre. Todas aquellas noches preguntándose dónde estaba. Si seguía respirando.
Si aún existía alguna esperanza. Y de pronto… todo aquello desapareció. Astrid estaba viva.