XVI. El filo y la herida #6
Una figura descendía silenciosamente desde las colinas. Sin armadura. Sin antorchas. Sin hacer ruido.
Como una sombra. Como un fantasma. Observando el campamento desde la oscuridad. Buscando.
Esperando. Y cuando sus ojos encontraron la tienda donde descansaba Agatha… Sonrió.
Porque la mujer que había venido a encontrar estaba finalmente al alcance de su mano.
El viento silbaba entre las piedras derruidas de la vieja torre. Las fogatas proyectaban sombras deformes sobre los muros rotos. La mayoría de los soldados dormía. O al menos lo intentaba.
La tensión seguía allí. Invisible. Pesando sobre todos. Agatha tampoco conseguía dormir.
Se removió sobre el catre improvisado. Observando el techo de lona. Pensando. Siempre pensando.
Valdoren. Marta. Los refugiados. Los Disidentes.
Ian. Todo parecía mezclarse dentro de su cabeza. Finalmente soltó un suspiro. Necesitaba aire.
Otra vez. Se puso una capa sobre los hombros y salió de la tienda. La noche era fría. Una de las guardias la reconoció.
—¿No puede dormir, alteza?
Agatha sonrió con cansancio.
—Empiezo a creer que dormir dejó de ser una habilidad que poseo.
El hombre soltó una pequeña risa. Y volvió a su puesto. Agatha caminó entre las ruinas. Sin rumbo.
Escuchando el crepitar lejano de las fogatas. Hasta que llegó a la antigua torre. Solo quedaban dos pisos en pie. El resto había colapsado hacía décadas.
Quizá siglos. Se sentó sobre una piedra caída. Y cerró los ojos.
Durante un instante imaginó cómo habría sido aquel lugar antes de la guerra.
Antes de las ruinas. Antes del abandono.
—No deberías estar sola.
Agatha abrió los ojos. Lucien descendía por una escalera parcialmente derrumbada.
—¿Vosotros habéis firmado algún pacto para perseguirme?
Lucien sonrió.
—Empiezo a pensar que tú firmas pactos con los problemas.
—Eso es injusto.
—¿Lo es?
Agatha terminó riendo. Por primera vez en días. Una risa verdadera. Lucien se sentó a su lado.
No demasiado cerca. Pero tampoco lejos. Y aquello resultó extrañamente cómodo.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —preguntó ella.
—Estoy de guardia.
—Mentira.
—Qué poca fe tienes en mí.
—Te conozco.
Lucien observó las estrellas.
—Eso me preocupa más de lo que debería.
El comentario arrancó otra sonrisa de Agatha. Y por un momento… la guerra pareció muy lejos. Hasta que una piedra cayó desde algún lugar de las ruinas.
Los dos se giraron por instinto. No vieron nada.
Lucien se puso de pie. Toda diversión desapareció de su rostro.
—Quédate aquí.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé.
Y precisamente por eso desenfundó la espada. Agatha sintió un escalofrío. Porque aquella voz era distinta. La voz de un hombre acostumbrado a detectar peligro.
Lucien avanzó unos pasos. Las sombras se movían entre las piedras. El viento agitaba la hierba alta. Nada más.
O eso parecía. Porque desde la oscuridad… una figura emergió lentamente. Con las manos visibles.
Sin arma desenvainada. Sin intención aparente de atacar. Una mujer. Alta.
Cabello oscuro. Rostro cubierto parcialmente por una capucha. Sus ojos se posaron directamente sobre Agatha. Y sonrió.
Como si por fin hubiera encontrado exactamente a quien buscaba. Lucien levantó la espada.
—Da un paso más y te atravieso.
La desconocida ni siquiera pareció impresionarse.
—Si hubiera querido matarla… lo habría hecho hace horas.
El silencio cayó de golpe. Agatha se puso de pie. El corazón acelerándose. Porque algo en aquella mujer resultaba inquietante.
Pero también familiar. No su rostro. Su presencia. Como si supiera cosas que no debería saber.
Durante un instante nadie habló.
—¿Quién eres? —preguntó Agatha.
La mujer sonrió. Una sonrisa pequeña. Difícil de interpretar.
—Alguien que lleva mucho tiempo observando.
Lucien avanzó un paso. La espada seguía levantada.
—Última advertencia.
La desconocida ni siquiera lo miró. Sus ojos permanecieron clavados en Agatha. Como si Lucien no existiera. Como si nada más existiera.
Agatha sintió un escalofrío. No miedo. Algo peor.
La sensación de estar frente a alguien que sabía más de ella de lo que debería.
—No sabes quién eres todavía —dijo la mujer.
El corazón de Agatha se detuvo un instante.
—¿Qué?
Pero la desconocida ya retrocedía. Una sombra entre las sombras.
—Dile a la Corona que el pueblo está cansado de esperar.
Lucien dio un paso hacia adelante.
—¡Detente!
Demasiado tarde. La mujer desapareció entre los árboles. Como si el bosque la hubiera tragado. El silencio volvió.
Pesado. Inquietante. Agatha permaneció inmóvil. Porque aquellas palabras seguían resonando dentro de su cabeza.
«No sabes quién eres todavía.» Lucien observó la oscuridad durante varios segundos. Después bajó lentamente la espada. Y por primera vez desde que lo conocía… parecía preocupado. Realmente preocupado.
—Vamos —dijo—. Tenemos que despertar a Ian.
Agatha no se movió.
Porque algo dentro de ella le decía que aquel encuentro no había sido casual.
Que aquella mujer había aparecido por una razón. Y que, de algún modo que todavía no comprendía… acababa de dar el primer paso hacia una verdad que cambiaría su vida para siempre.
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