XVI. El filo y la herida #5
El viento agitó las ramas sobre ellos. Ian observó el bosque. Como si vigilara algo. O como si buscara las palabras correctas.
—Desde Valdoren has cambiado.
Agatha bajó la vista hacia el agua.
—La gente murió.
—Lo sé.
—Marta murió.
La voz se le quebró ligeramente.
Y por primera vez desde que abandonaron el pueblo pronunció su nombre en voz alta.
Marta. No la anciana. La panadera. Marta.
La mujer que la había acogido. La mujer que había creído en ella. La mujer que había muerto delante de sus ojos. Ian permaneció en silencio.
—No pude salvarla —murmuró Agatha.
—No era tu responsabilidad.
—¿Y de quién era entonces?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Porque los dos conocían la respuesta. Y ninguno estaba satisfecho con ella. Agatha respiró profundamente.
—Todo el mundo sigue diciendo que los Disidentes son monstruos.
Ian no respondió.
—Pero la gente que hemos encontrado no habla de monstruos.
Aquello sí captó toda su atención.
—Agatha…
—Solo digo que algo no encaja.
Ian pasó una mano por su nuca. Un gesto extraño en él. Cansado. Humano.
—La guerra nunca encaja.
—Eso no responde nada.
—Porque no tengo todas las respuestas.
Aquello la hizo levantar la vista. Ian Brooks. El hombre que siempre parecía saber qué hacer. El hombre que jamás dudaba.
Acababa de admitir que no tenía respuestas. Y de alguna forma eso la acercó más a él. Mucho más.
—Pensaba que los héroes sí las tenían —dijo con una leve sonrisa.
Ian soltó una risa breve.
—Entonces te han contado historias equivocadas.
Por primera vez desde que se conocían… Agatha sintió que estaba viendo a Ian de verdad. No al capitán. No al símbolo.
Al hombre. Y eso resultó peligrosamente fácil. El viento movió algunos mechones de su cabello. Ian los observó.
Solo un instante. Luego otro. Demasiado tiempo. Agatha lo notó.
El corazón le golpeó las costillas. Porque aquella mirada ya no era la misma de Arcadia. No era la misma de años atrás. Había algo diferente.
Algo nuevo. Algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.
—Capitán.
La voz llegó desde la distancia. Ian cerró los ojos un segundo. Como si maldijera internamente la interrupción. Agatha tuvo que contener una sonrisa.
Un soldado apareció entre los árboles.
—Encontramos algo.
La expresión de Ian cambió de inmediato. La cercanía desapareció. El capitán regresó.
—¿Qué encontrasteis?
—Un puesto de vigilancia abandonado.
Ian frunció el ceño.
—¿Abandonado?
—Hace poco.
Agatha sintió un escalofrío. Porque algo en aquella respuesta no sonaba bien. En absoluto. Ian ya se dirigía de regreso al campamento.
Pero antes de marcharse se volvió hacia ella.
—No te alejes.
Era una orden. Pero la forma en que la dijo… sonó demasiado parecida a una preocupación.
Y eso hizo que el corazón de Agatha se comportara de manera completamente ridícula mientras lo veía alejarse entre los árboles.
Sin saber que, en algún lugar de aquel bosque, unos ojos seguían observándola.
Esperando. Pacientemente. El momento adecuado para acercarse. Ian desapareció entre los árboles acompañado por el soldado.
Y Agatha permaneció sola junto al arroyo. O al menos eso creyó. Porque la sensación regresó. Aquella misma sensación.
La misma que había experimentado en el camino. Como si alguien la observara. Como si unos ojos invisibles siguieran cada uno de sus movimientos. Giró la cabeza.
Árboles. Sombras. Nada más. El bosque parecía completamente vacío.
Y aun así… No logró librarse de la inquietud. Finalmente regresó al campamento. Los soldados estaban reunidos alrededor de una mesa improvisada.
Mapas. Marcas. Rutas. Ian estudiaba el terreno junto a varios oficiales.
Lucien también estaba allí. Y por la expresión de todos… las noticias no eran buenas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Agatha al acercarse.
Ian levantó la vista. Pareció debatirse un instante entre responder o no. Finalmente habló.
—Encontramos un puesto de vigilancia.
—Ya me lo dijeron.
—Era Disidente.
Aquello provocó un pequeño silencio.
—¿Estáis seguros? —preguntó ella.
Uno de los exploradores asintió.
—Había símbolos.
Marcas. Mensajes codificados. Lucien observó el mapa.
—¿Y estaba vacío?
—Completamente.
—¿Abandonado hace cuánto?
—Horas.
Aquello hizo que varios hombres intercambiaran miradas. Demasiado reciente. Demasiado cerca. Agatha sintió cómo la tensión se extendía por el campamento.
—Entonces saben que estamos aquí.
Nadie respondió. Porque todos pensaban exactamente lo mismo. Ian señaló una zona del mapa.
—Si continúan observándonos desde las colinas podrían seguir nuestros movimientos durante días.
—¿Van a atacarnos? —preguntó Agatha.
—No lo sé.
La respuesta llegó demasiado rápido. Como si Ian llevara horas repitiéndosela a sí mismo. Y aquello la inquietó más que cualquier otra cosa. Porque Ian siempre parecía saber.
Siempre. La reunión terminó poco después. Los soldados comenzaron a preparar la marcha. Más guardias.
Más exploradores. Más vigilancia. Todo el mundo esperaba algo. Aunque nadie supiera exactamente qué.
Al caer la tarde el bosque empezó a transformarse. Las sombras se alargaron. El aire se volvió más frío. Y la sensación de ser observados no desapareció.
Ni para Agatha. Ni para Ian. Ni para los veteranos.
Cuando el sol terminó de ocultarse tras las montañas, la columna encontró un lugar donde pasar la noche.
Un antiguo puesto de descanso. Abandonado. Solo quedaban algunos muros derruidos. Y los restos de una vieja torre de vigilancia.
Los soldados encendieron fogatas. Los caballos fueron atados. Las guardias comenzaron a rotar. Todo parecía normal.
Demasiado normal. Y las noches demasiado tranquilas rara vez traían algo bueno. Horas después… Mientras la mayoría dormía…