XVI. El filo y la herida #4
Muy lejos de allí, oculta entre los bosques, la figura permanecía inmóvil mientras observaba la columna avanzar por el viejo camino real.
Carretas. Banderas. Todo parecía exactamente igual que cualquier otra caravana de la Corona. Excepto por una persona.
Agatha. Incluso desde aquella distancia podía distinguirla. No por la ropa. Ni por el caballo.
Ni siquiera por el pequeño grupo que la rodeaba. Era otra cosa. La forma en que observaba. La forma en que escuchaba.
La forma en que parecía cuestionarse cada cosa que encontraba a su paso.
La figura sonrió apenas. Interesante. Muy interesante. A lo lejos, la columna comenzó a detenerse.
Los refugiados seguían recibiendo provisiones. Algunos soldados compartían agua. Otros ayudaban a reparar ruedas dañadas. Agatha desmontó.
Y casi de inmediato se acercó nuevamente a los supervivientes. No por obligación. Por decisión propia. Aquello tampoco pasó desapercibido.
La mayoría de los nobles hacían preguntas para confirmar lo que ya creían.
Agatha parecía hacerlas porque realmente quería entender. Y había una diferencia enorme entre ambas cosas. La figura observó unos instantes más. Luego desapareció entre los árboles.
Sin hacer ruido. Como si jamás hubiera estado allí. Mientras tanto… Agatha permanecía junto a una de las carretas.
Una mujer joven acomodaba mantas sobre dos niños pequeños. Los niños no tendrían más de seis años. Estaban demasiado delgados. Demasiado callados.
—¿Ellos también vienen de la aldea? —preguntó Agatha.
La mujer asintió.
—Perdieron a su padre hace dos inviernos.
Agatha bajó la vista.
—Lo siento.
La mujer soltó una risa amarga.
—Todos lo sentimos.
El comentario la tomó por sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
La mujer terminó de acomodar la manta.
—Que en algún momento uno deja de preguntar por qué ocurren estas cosas.
Agatha frunció el ceño.
—No deberíamos dejar de preguntarlo.
La mujer la observó. Durante unos segundos. Como si estuviera evaluándola.
—Entonces dime.
Su voz fue tranquila.
—¿Cuándo fue la última vez que Arcadia construyó algo aquí?
Agatha abrió la boca. Y no encontró respuesta. La mujer señaló el camino.
—¿Ves esas grietas?
Agatha miró. El viejo camino real estaba lleno de desperfectos. Piedras rotas. Hundimientos.
Tramos enteros deteriorados.
—Mi abuelo decía que ya estaban ahí cuando él era niño.
Agatha guardó silencio.
—Pagamos impuestos todos los años —continuó la mujer.
—Pagamos por nuestras tierras. Por nuestras cosechas. Por nuestros animales.
Su mirada se endureció.
—Y aun así seguimos esperando.
Agatha sintió una incomodidad creciente. Porque aquello no sonaba a rebelión. Sonaba a cansancio. Y el cansancio era mucho más difícil de combatir que el odio.
A unos metros de distancia, Ian observaba la escena. No escuchaba las palabras. Pero veía a Agatha. Y veía cómo algo estaba cambiando en ella.
Algo que ninguno de los dos comprendía todavía.
Algo que estaba empezando a empujarla hacia un camino del que quizá ya no habría regreso.
Y por primera vez… Agatha no respondió inmediatamente. Porque la respuesta era evidente. No lo sabía.
Y eso la molestó más de lo que debería. Había crecido dentro de la Ciudadela Real. Había estudiado historia. Política.
Religión. Geografía. Podía nombrar a todos los nobles del Consejo. Conocía los nombres de las grandes familias.
Los tratados. Las alianzas. Y sin embargo… no sabía cuándo se había reparado por última vez aquel camino.
La mujer pareció notar su silencio.
—Eso pensé.
No había burla en su voz. Solo cansancio. Y eso era peor. Porque la burla se combate.
El cansancio simplemente existe.
—No creo que todo sea tan sencillo —dijo Agatha finalmente.
La mujer asintió.
—Yo tampoco.
Aquello la sorprendió.
—Entonces…
—No odiamos Arcadia.
La interrumpió la mujer. Agatha parpadeó. Porque aquello tampoco encajaba. Los Disidentes odiaban Arcadia.
Eso era lo que todos repetían. ¿No? La mujer observó a los niños.
—Ojalá pudiéramos hacerlo. Sería más fácil.
Agatha sintió un escalofrío.
—Entonces ¿qué queréis?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Que nos recuerden.
El viento recorrió el camino. Agatha no supo qué decir. Porque aquella respuesta era demasiado humana. Demasiado simple.
Y por eso mismo resultaba tan difícil de rechazar.
Más tarde, cuando la columna volvió a ponerse en marcha, Agatha cabalgó en silencio.
Pensando. Demasiado.
Por primera vez desde que salió de Arcadia sentía que el mundo comenzaba a abrirse.
Y no le gustaba lo que encontraba dentro. Porque cada respuesta parecía traer tres preguntas nuevas. Delante de ella, Ian seguía guiando la marcha. Firme.
Seguro. Como si nada hubiera cambiado. Pero algo sí había cambiado. Ella.
Y empezaba a darse cuenta. El camino continuó durante horas. Hasta que el bosque comenzó a cerrarse alrededor de ellos. Los árboles crecían más altos allí.
Más antiguos. Sus ramas bloqueaban gran parte de la luz. Convirtiendo el sendero en una larga galería de sombras. Los soldados también lo notaron.
Las conversaciones desaparecieron. Las manos comenzaron a acercarse a las armas. La tensión regresó poco a poco. Ian levantó una mano.
La columna redujo la velocidad. Algo no le gustaba. Agatha lo vio inmediatamente. Conocía aquella expresión.
Era la misma que había visto en Valdoren antes de que todo se desmoronara.
Un presentimiento. Un instinto. Un soldado apareció galopando desde la vanguardia.
—Capitán.
Ian giró el caballo.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos huellas.
El silencio cayó de golpe.
—¿Cuántos?
—No lo sabemos.
La respuesta no gustó a nadie. Ian observó el bosque. Las sombras. Los árboles.
Y durante un instante Agatha tuvo la sensación de que alguien los observaba.
Una sensación absurda. Y aun así… no desapareció. Muy lejos de allí.
Oculta entre la espesura. La misma figura volvió a sonreír. Porque la presa comenzaba a acercarse exactamente hacia donde ella quería. El bosque se cerró a ambos lados del camino.
Los árboles parecían más altos allí. Más viejos.
Sus raíces deformaban la tierra y obligaban a los caballos a reducir la velocidad.
Ian no apartaba la vista del frente. Algo seguía sin gustarle. Demasiado silencio. Ni pájaros.
Ni insectos. Ni el ruido habitual del bosque. Solo el sonido de los cascos golpeando el suelo húmedo.
—Capitán.
Uno de los exploradores apareció entre los árboles.
—No encontramos el origen de las huellas.
Ian frunció el ceño.
—¿Se dispersan?
—Como si hubieran querido que las encontráramos.
Aquello no le gustó nada. A ninguno de los veteranos les gustó. Porque las trampas rara vez comenzaban con una flecha. Comenzaban con algo que parecía demasiado evidente.
Ian levantó una mano. La columna se detuvo.
—Doble vigilancia.
Los soldados obedecieron de inmediato. Agatha observó el movimiento. La rapidez. La coordinación.
Todo el mundo parecía entender que algo ocurría. Aunque nadie supiera exactamente qué. Lucien apareció junto a ella.
—Empiezas a poner esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—La de alguien que está pensando demasiado.
—Quizá porque cada vez entiendo menos cosas.
Lucien sonrió apenas.
—Bienvenida al mundo real.
Agatha le lanzó una mirada de advertencia.
—Hablo en serio.
—Yo también.
La sonrisa desapareció.
—Las personas que creen tener todas las respuestas suelen ser las más peligrosas.
Aquello la hizo pensar inmediatamente en la conversación con la refugiada.
«Que nos recuerden.» Seguía escuchando aquellas palabras. Una petición tan simple. Y tan difícil de ignorar.
—¿Tú qué piensas de ellos? —preguntó de pronto.
Lucien tardó unos segundos en responder.
—¿De los Disidentes?
Agatha asintió. Él observó el bosque. Las sombras. Los soldados.
El camino.
—Creo que una guerra nunca empieza porque un lado sea completamente bueno y el otro completamente malo.
—Eso no responde la pregunta.
—Es la única respuesta honesta que tengo.
Agatha suspiró.
Cada vez que hablaba con Lucien terminaba con más dudas de las que tenía antes.
Y empezaba a sospechar que él lo hacía a propósito. El campamento improvisado para el almuerzo se levantó cerca de un arroyo. Los caballos bebieron agua. Los soldados descansaron.
Mayara descansaba dentro de la carreta. Desde Valdoren estaba más pálida y callada de lo habitual, y eso inquietaba a Agatha.
Cuando terminó de comer, decidió alejarse unos minutos. Necesitaba pensar. Necesitaba respirar. Necesitaba estar sola.
Siguió el arroyo unos metros. Escuchando el agua correr entre las piedras. Por primera vez en días el silencio parecía agradable. Hasta que escuchó una voz.
—La mayoría no se aleja del campamento cuando cree que puede haber una emboscada.
Agatha se sobresaltó. Ian estaba apoyado contra un árbol. No parecía sorprendido de encontrarla allí. Como si hubiera sabido exactamente dónde buscarla.
—La mayoría tampoco me sigue —respondió ella.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Te estaba vigilando.
—Eso suena mucho peor de lo que pretendías.
—Probablemente.
Por un instante ambos rieron. Y por primera vez desde Valdoren… la tensión de los últimos días pareció aflojarse. Solo un poco.
Solo lo suficiente para olvidar la guerra. Durante unos segundos. Ian observó el arroyo. El agua descendía entre las piedras arrastrando hojas secas y pequeñas ramas.
Durante unos segundos ninguno habló. Y, extrañamente, el silencio no resultó incómodo. Agatha fue la primera en romperlo.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué cosa?
—Aparecer cuando necesito estar sola.
Ian soltó una pequeña risa.
—Podría preguntarte por qué siempre te alejas cuando sabes que podría haber problemas.
—Necesitaba pensar.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Agatha giró la cabeza.
—¿Pensar te preocupa?
—La dirección en la que estás pensando.
Aquello la hizo quedarse inmóvil. Porque no esperaba tanta sinceridad. Ian rara vez decía lo que realmente sentía. Y cuando lo hacía… solía ser importante.
—¿Y cuál crees que es esa dirección?
Ian tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Aquella respuesta la sorprendió aún más.
—Entonces no deberías preocuparte.
—Precisamente porque no lo sé.