La Médium XVI. El filo y la herida #3
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XVI. El filo y la herida #3

Pero ocurrió. Sus espadas chocaron con fuerza. El impacto hizo vibrar los brazos de Agatha. Pero consiguió mantener la posición.

Ian arqueó una ceja.

—Eso estuvo mejor.

Aquellas cuatro palabras provocaron más satisfacción de la que estaba dispuesta a admitir.

Porque era Ian. Porque siempre había sido Ian.

Porque una parte de ella seguía buscando su aprobación incluso cuando intentaba convencerse de que ya no importaba.

Volvió a atacar. Ian retrocedió un paso. Luego otro. Y Agatha sonrió.

—Estás cediendo terreno.

—Estoy siendo amable.

—Mentiroso.

Ian sonrió. Y ahí fue cuando todo salió mal. Porque Agatha se distrajo. Solo un segundo.

Un segundo observando aquella sonrisa. Aquellos ojos. Aquella versión de Ian que aparecía tan pocas veces. Y fue suficiente.

Ian giró la espada. Desvió la suya. Y Agatha perdió el equilibrio. Un instante después cayó hacia atrás.

Con un pequeño grito. Pero nunca llegó a tocar el suelo. Porque Ian la atrapó. Un brazo alrededor de su cintura.

El otro sosteniendo su muñeca. La caída se detuvo. El mundo también. Durante un segundo.

Dos. Tres. Nadie habló. Nadie se movió.

Agatha podía sentir el latido de su corazón. Demasiado rápido. Demasiado fuerte. Y por la expresión de Ian… él tampoco parecía completamente inmune. Sus rostros estaban demasiado cerca. Mucho más cerca de lo que deberían. Agatha sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

Porque durante años había imaginado besarlo. Miles de veces. Y ahora estaba allí. Tan cerca que podía distinguir las pequeñas cicatrices junto a su mandíbula.

Tan cerca que podía sentir el calor de su piel. Tan cerca que por un instante olvidó cómo respirar. Los ojos de Ian descendieron involuntariamente hacia sus labios. Solo un segundo.

Un segundo demasiado largo. Y ambos lo notaron.

—Capitán.

La voz de Lucien cayó como una espada entre ellos. Ian soltó a Agatha inmediatamente. Demasiado rápido. Como si acabara de recordar quién era.

Y dónde estaban. Agatha sintió una inesperada punzada de decepción. Una tan intensa que la avergonzó. Lucien observó la escena.

Y por primera vez… su sonrisa había desaparecido. Porque acababa de ver algo que ya no podía ignorar. Ian Brooks estaba enamorándose de Agatha.

Y quizá lo más peligroso de todo… era que Agatha todavía no se había dado cuenta de cuánto seguía enamorada de él.

La mañana continuó.

Pero ninguno de los tres volvió a ser exactamente el mismo después de aquel instante.

El entrenamiento terminó poco después. O al menos Ian decidió que había terminado.

Agatha sospechaba que era porque ninguno de los dos sabía cómo actuar después de aquello.

Lo cual era absurdo. Completamente absurdo. Porque no había ocurrido nada. Nada.

Excepto que él la había sostenido entre sus brazos. Excepto que ella había olvidado respirar. Excepto que durante un segundo había pensado… No.

Se obligó a cortar aquel pensamiento. Inmediatamente.

—Creo que sobreviviré un día más —dijo Lucien cuando comenzaron a caminar de regreso al campamento.

—Qué alivio —respondió Agatha.

—Temía convertirme en una víctima accidental de tu entrenamiento.

—Todavía puede ocurrir.

—Eso es lo que me preocupa.

La conversación era ligera. Pero Agatha apenas escuchaba. Porque podía sentir los ojos de Ian delante de ellos. O quizá imaginaba que podía.

Y aquello era aún peor. Los soldados comenzaron a desmontar parte del campamento. La columna partiría de nuevo antes del mediodía. Todo el mundo parecía tener algo que hacer.

Todo el mundo menos ella. Y por primera vez desde que abandonaron Valdoren… aquello le molestó. Antes habría esperado.

Antes habría observado. Antes habría dejado que otros tomaran decisiones. Ahora no. Ahora sentía una inquietud constante.

Una necesidad de moverse. De actuar. De convertirse en alguien diferente. Mientras caminaba entre las tiendas escuchó varias voces.

Soldados. Creían que ella ya se había alejado.

—¿Lo viste?

—Todos lo vimos.

—El capitán está perdido.

Una carcajada recorrió el grupo.

—Cállate antes de que te escuche.

—No digo nada que no sea verdad.

Agatha siguió caminando. Las orejas ardiendo. Sin atreverse a mirar atrás. Porque una parte de ella quería saber exactamente qué habían dicho.

Y otra parte tenía miedo de confirmarlo.

Cuando llegó a la carreta de Mayara encontró a la mujer sentada en la entrada.

Envuelta en una manta oscura. Su cabello negro caía sobre los hombros. Y aunque seguía pálida… parecía encontrarse mejor.

—Te ves feliz —dijo Mayara.

Agatha casi tropezó.

—¿Qué?

—Feliz —repitió.

—No estoy feliz.

Mayara arqueó una ceja.

—Claro.

—Acabo de abandonar mi hogar.

—Y aun así sonríes.

Agatha abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Y volvió a cerrarla.

Mayara soltó una pequeña risa.

—Eso pensaba.

—Eres insoportable.

—Y tú eres terrible ocultando lo que sientes.

Agatha se dejó caer a su lado. Durante unos segundos ninguna habló. El viento agitó las telas de las carretas. A lo lejos los soldados preparaban los caballos.

Todo parecía normal. Y sin embargo Mayara seguía observándola. Demasiado.

—¿Qué? —preguntó Agatha.

—Nada.

Mentira. Mayara rara vez decía «nada» cuando quería decir nada.

—Mayara.

La mujer sonrió.

—Solo me preguntaba cuánto tardarás en darte cuenta.

—¿Darme cuenta de qué?

—De que crecer duele más que cualquier herida.

Aquello la dejó confundida. Pero antes de que pudiera insistir… una voz atravesó el campamento.

—¡Capitán!

El tono fue suficiente. Todos se giraron. Todos. Ian apareció inmediatamente.

Su mano ya descansaba sobre la empuñadura de la espada. Un explorador acababa de llegar. Cubierto de polvo. Con el caballo agotado.

Y la expresión de quien había visto algo preocupante. El corazón de Agatha dio un vuelco. Porque había aprendido algo durante las últimas semanas. Los exploradores nunca traían buenas noticias.

Nunca. Ian escuchó el informe. Su expresión se endureció. Luego tomó una decisión.

Rápida. Militar. Precisa. Y cuando levantó la vista… sus ojos encontraron brevemente los de Agatha. Aquello fue suficiente para que ella lo supiera. Algo iba mal. Y el viaje hacia Arcadia estaba a punto de complicarse.

Mucho más de lo que cualquiera de ellos imaginaba. El explorador apenas tuvo tiempo de desmontar. Su caballo estaba cubierto de espuma. Agotado.

Como si hubiera corrido durante horas sin detenerse. Ian lo sostuvo antes de que cayera.

—Habla.

El hombre tragó saliva. Miró alrededor. Demasiadas personas escuchando.

—Encontramos refugiados.

El campamento entero pareció quedarse inmóvil. Ian no reaccionó. Pero Agatha lo conocía lo suficiente para notar el cambio. La tensión en la mandíbula.

La forma en que sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada.

—¿Cuántos?

—Unas cuarenta personas. Quizá más.

—¿Ataque?

—Sí, capitán.

El explorador guardó silencio un instante.

—¿Disidentes?

El explorador dudó. Y aquella duda llamó inmediatamente la atención de Ian.

—Responde.

—No estamos seguros.

Eso era peor. Mucho peor. Ian frunció el ceño.

—¿Cómo que no estáis seguros?

—Porque no coincide.

—¿Qué no coincide?

El hombre respiró hondo.

—La aldea fue atacada.

Ian asintió.

—Continúa.

—Pero después aparecieron los Disidentes y dejaron comida.

Aquello provocó algunas miradas confusas.

—¿Qué?

—Dejaron comida, capitán. Granos. Medicinas. Herramientas.

Ahora sí el silencio fue absoluto.

Porque aquello no tenía sentido. Ningún ejército saqueaba una aldea para luego dejar provisiones. Ninguno.

—¿Los supervivientes qué dicen? —preguntó Ian.

El explorador volvió a dudar.

—Dicen que los Disidentes estuvieron allí.

Agatha sintió algo extraño. Porque no era la respuesta que esperaba.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —dijo uno de los soldados.

El explorador lo miró.

—Que los supervivientes les dieron las gracias.

Nadie habló. Nadie. Porque aquello resultaba absurdo. Completamente absurdo.

Los Disidentes eran rebeldes. Traidores. Eso era lo que todos sabían. ¿No?

Ian permaneció inmóvil. Pensando. Analizando. Como siempre.

Finalmente habló.

—Traed a los refugiados.

El explorador asintió. Y se alejó. La conversación terminó. Pero no para Agatha.

Porque las palabras seguían resonando dentro de su cabeza. Les dieron las gracias. No tenía sentido. Ninguno.

Horas después los refugiados llegaron. Hombres. Mujeres. Niños.

Agatha observó sus rostros. Estaban agotados. Hambrientos. Pero vivos.

Y algo llamó inmediatamente su atención. No parecían aterrados. No como la gente que había sobrevivido a una masacre. Parecían enfadados.

Y aquello era diferente. Muy diferente. Una anciana bajó de una carreta. Cojeaba.

Su vestido estaba roto. Pero sus ojos seguían llenos de fuego. Uno de los oficiales se acercó.

—¿Los Disidentes hicieron esto?

La mujer escupió al suelo.

—Los Disidentes nos salvaron.

El oficial quedó congelado.

—¿Cómo dice?

—Lo que escuchaste.

La anciana señaló a los niños.

—Nos habríamos muerto de hambre sin ellos.

Varias personas comenzaron a murmurar. Ian observaba. Escuchaba. Sin intervenir.

La mujer continuó.

—Llevamos años enviando impuestos. Años. Grano, dinero, ganado.

Su voz empezó a elevarse. Señaló hacia el norte, hacia Arcadia.

—Y cuando pedimos ayuda nadie vino.

El oficial intentó responder.

—La Corona…

—¡La Corona no hizo nada!

El silencio cayó de nuevo. Porque aquellas palabras rozaban la traición. Y aun así… nadie la arrestó.

Porque era una anciana. Porque estaba llorando. Porque todos podían ver que hablaba desde el dolor.

—Los Disidentes sí vinieron —continuó.

—Nos ayudaron a reconstruir. Nos dieron comida. Nos dejaron herramientas.

Agatha sintió que algo comenzaba a resquebrajarse dentro de ella. No sus lealtades. No todavía. Sus certezas.

Porque toda su vida le habían enseñado una historia. Y ahora estaba escuchando otra. Una completamente distinta. Cuando levantó la vista descubrió que Lucien también observaba a la anciana.

Muy serio. Demasiado serio. Como si aquellas palabras también lo hubieran golpeado. Y por primera vez…

Agatha comenzó a preguntarse si realmente entendía la guerra en la que había nacido.

O si apenas estaba viendo la superficie.

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