La Médium XVI. El filo y la herida #2
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XVI. El filo y la herida #2

Ian estaba junto a una mesa improvisada. Estudiando mapas. Corrigiendo rutas. Calculando provisiones.

Siempre trabajando. Siempre pensando en el siguiente problema antes de que apareciera. Agatha lo observó durante unos segundos. Recordó cuando era niña.

Recordó las veces que lo había seguido por los pasillos del castillo. Las veces que había inventado excusas absurdas para estar cerca de él. Y sintió ganas de reír.

Porque después de tantos años… seguía poniéndose nerviosa. Ridículo. Absolutamente ridículo.

Respiró hondo. Y caminó hacia él. Ian levantó la vista apenas ella se acercó.

—¿Ocurre algo?

Directo. Siempre directo. Agatha cruzó los brazos.

—Quiero hablar contigo.

—Eso suele implicar problemas.

—Gracias por la confianza.

—Es experiencia.

Aquello arrancó una pequeña sonrisa a Agatha. Una sonrisa que desapareció enseguida. Porque no había ido hasta allí para bromear.

—Quiero aprender a luchar.

Ian tardó unos segundos en responder. Demasiados.

—No.

Agatha parpadeó.

—¿No?

—No.

—Ni siquiera vas a pensarlo.

—Ya lo pensé.

—¿Y?

—No.

Agatha lo observó incrédula.

—Eres increíblemente irritante.

—Eso me han dicho.

—Ian.

Ahora sí la miró. Directamente. Y el humor desapareció de ambos.

—No —repitió.

—Acabas de sobrevivir a una herida que casi te mata.

—No me mató.

—Porque tuviste suerte.

Agatha sintió la irritación subirle al pecho.

—¿Marta también tuvo suerte?

El silencio cayó entre ellos. Pesado. Brutal. La expresión de Ian cambió.

Porque ambos sabían que había sido un golpe bajo. Pero Agatha ya no podía detenerse.

—¿Sabes qué es lo peor?

Su voz tembló. No de miedo. De rabia.

—No que muriera.

Ian permaneció inmóvil.

—Lo peor fue que no pude hacer nada.

La plaza apareció nuevamente en su mente. La espada. La sangre. Los gritos.

—Nada.

Sus ojos comenzaron a humedecerse. Pero no apartó la mirada.

—Toda mi vida alguien ha luchado por mí.

Astrid. Lucien. Ian. Siempre alguien.

Siempre otro. Nunca ella.

—Estoy cansada —susurró.

—Estoy cansada de ser la persona que necesita ser salvada.

Aquellas palabras golpearon más fuerte de lo que Agatha esperaba. Porque eran verdad. Y porque por primera vez las estaba diciendo en voz alta. Ian la observó durante largos segundos.

Sin responder. Sin moverse. Como si estuviera viendo algo que jamás había querido aceptar. La niña había desaparecido.

Y en algún momento del camino… se había convertido en una mujer. Una mujer capaz de interponerse entre una espada y un niño. Una mujer capaz de sangrar por otros.

Una mujer que empezaba a decidir quién quería ser.

—Aprender a luchar no te devolverá a Marta —dijo finalmente.

Agatha cerró los ojos. Porque una parte de ella sabía que tenía razón.

—Lo sé.

—No hará que la guerra desaparezca.

—Lo sé.

—Ni evitará que vuelvas a tener miedo.

Agatha volvió a abrir los ojos.

—No quiero dejar de tener miedo.

Aquello sorprendió a Ian.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ella tardó apenas un segundo en responder.

—Quiero tener una oportunidad.

El viento atravesó el campamento. Moviendo las llamas de las fogatas. Moviendo el cabello oscuro de Agatha. Moviendo algo dentro de Ian que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.

Porque aquella mirada… La determinación. La fuerza. No pertenecían a una princesa.

Pertenecían a alguien dispuesto a cambiar el mundo. Y eso era tan admirable como aterrador. Ian soltó lentamente el aire. Como quien acepta una batalla que sabe perdida.

—Al amanecer.

Agatha parpadeó.

—¿Qué?

—Si vas a hacerlo… lo harás bien.

Por primera vez en días una sonrisa auténtica apareció en su rostro. Una sonrisa luminosa. Viva. Y el efecto sobre Ian fue inmediato.

Como una flecha. Como un recuerdo. Como un problema. Un problema muy serio.

Porque durante años había pensado en Agatha como alguien a quien proteger. Y últimamente… cada vez le resultaba más difícil seguir viéndola de esa forma.

—No sonrías así —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque voy a arrepentirme de haber aceptado.

Agatha soltó una carcajada. Y por primera vez desde Valdoren… Ian también sonrió.

Sin darse cuenta de que aquel entrenamiento estaba a punto de cambiar mucho más que la forma en que Agatha sostenía una espada.

Primera lección

El amanecer llegó antes de lo que Agatha habría deseado. La niebla cubría el campamento. Los soldados aún dormían.

Solo algunos centinelas permanecían despiertos. Y en medio del silencio… Ian ya la estaba esperando. Por supuesto que la estaba esperando.

Agatha bajó de la carreta intentando aparentar seguridad. No funcionó.

Porque en cuanto vio la espada de entrenamiento apoyada contra un tronco sintió que el estómago se le encogía.

Ian cruzó los brazos.

—Llegas tarde.

—Mentiroso.

—¿Perdón?

—Tu cara dice que llevas aquí al menos media hora.

Por primera vez una sonrisa apareció en los labios de Ian. Pequeña. Breve. Pero real.

—Veo que empiezas a conocerme.

Aquello provocó algo extraño dentro de Agatha. Algo cálido. Algo peligroso. Y decidió ignorarlo.

Tomó la espada. Pesaba más de lo esperado. Mucho más.

—¿Quién demonios decidió que esto era una buena idea?

Ian arqueó una ceja.

—Las personas que no querían morir.

—Empiezo a entender por qué todos parecen tan amargados.

—Habla menos. Sujeta mejor la espada.

Agatha obedeció. Mal. Muy mal.

Ian observó la postura durante tres segundos.

—Eso es terrible.

—Gracias.

—Intento ayudarte.

—Estás destruyendo mi autoestima.

—Todavía no he empezado.

Agatha intentó golpearlo. La espada silbó en el aire. Ian la esquivó sin esfuerzo. Ni siquiera levantó su propia arma.

—Otra vez.

Agatha atacó. Volvió a fallar.

—Otra vez.

Atacó. Falló.

—Otra vez.

—Empiezo a odiarte.

—Eso suele pasar durante los entrenamientos.

—¿Y después?

—Después también.

Agatha intentó golpearlo directamente en la cabeza. Ian bloqueó el ataque. Giró la muñeca. Y la espada salió despedida.

Aterrizó varios metros más allá. El silencio fue absoluto.

—Voy a fingir que eso no ocurrió.

—Yo también.

Una carcajada resonó detrás de ellos. Dos soldados observaban desde una fogata cercana.

—Capitán, creo que la princesa intenta asesinarlo.

—Lo está intentando desde hace diez minutos —respondió Ian.

Las risas aumentaron. Agatha sintió que quería enterrarse viva.

—No ayudáis.

—Nosotros nos estamos divirtiendo mucho.

—Me alegro por vosotros.

Ian negó con la cabeza. Pero esta vez estaba sonriendo. Y Agatha se quedó observándolo un segundo más de lo debido. Porque cuando sonreía… parecía otra persona. Menos soldado. Menos capitán. Más Ian.

El Ian que recordaba. El Ian del que nunca había conseguido olvidarse.

—Concéntrate.

La voz la devolvió a la realidad. Demasiado tarde. Porque Ian ya se había acercado. Mucho.

Demasiado. Se colocó detrás de ella.

—Las piernas más separadas.

Agatha obedeció.

—No tanto. No estás montando un caballo.

—Estoy haciendo lo que me dices.

—Lo estás haciendo mal.

—Empiezo a detectar un patrón.

Ian soltó una pequeña risa. Luego tomó suavemente su brazo. Corrigiendo el ángulo. Después su muñeca.

Acomodando la espada. Nada extraordinario. Nada indebido. Y aun así…

Agatha sintió que cada punto de contacto quemaba. Porque llevaba años imaginando cosas tan simples como aquella. Y la realidad resultaba mucho peor. O mucho mejor.

Dependía de cómo quisiera verlo.

—Relaja los hombros.

Su voz sonó cerca. Muy cerca. Agatha tragó saliva. Intentó concentrarse.

No pudo. Porque podía sentir su respiración. El calor de su cuerpo. La firmeza de sus manos.

—Estás tensa.

—Estoy intentando aprender.

—Parece que intentas sobrevivir a una ejecución.

—Quizá porque tu método de enseñanza es horrible.

Ian volvió a reír. Y aquella risa le atravesó el pecho. Levantó la vista. Mal movimiento.

Porque Ian también la estaba mirando. Y por un instante ninguno apartó los ojos. El mundo desapareció. No hubo soldados.

No hubo guerra. No hubo campamento. Solo aquella distancia ridículamente pequeña entre ambos. Y la sensación de que algo estaba cambiando.

Algo que ninguno sabía cómo nombrar.

—Espero no estar interrumpiendo.

La voz llegó como una pedrada. Ambos se separaron inmediatamente. Lucien estaba apoyado contra un árbol. Con los brazos cruzados.

Y una sonrisa imposible de interpretar.

—Sí —respondió Agatha demasiado rápido.

Lucien sonrió más.

—Interesante.

Ian carraspeó. Recuperando instantáneamente la compostura. La armadura emocional volvió a su sitio.

—¿Necesitas algo?

—Solo quería ver cómo iba el entrenamiento.

Su mirada pasó de Ian a Agatha. Y luego de vuelta a Ian.

—Veo que va bastante bien.

Agatha tuvo la sospecha de que Lucien estaba disfrutando aquello demasiado. Y por desgracia… tenía razón. Lucien permaneció apoyado contra el árbol.

Tranquilo. Como si no acabara de interrumpir algo. Algo que ni siquiera Agatha entendía del todo. Ian fue el primero en apartar la mirada.

Siempre era él. Como si existiera una línea invisible que se negaba a cruzar.

—Si has venido a burlarte, vuelve cuando termine el entrenamiento —dijo Ian.

—No me burlaría jamás de una princesa indefensa.

Agatha levantó la espada.

—Puedo golpearte con esto.

—No —respondió Ian.

—Todavía no puedes.

Los dos hombres intercambiaron una mirada. Y por primera vez Agatha sintió algo extraño. Una especie de competencia silenciosa. Pequeña.

Imperceptible. Pero presente. Lucien sonrió.

—Veo que progresas.

—Llevo media hora intentando no morir.

—Entonces ya progresaste.

Agatha rodó los ojos. Ian recogió otra espada de entrenamiento.

—Otra vez.

Esta vez adoptó una postura ofensiva.

—Atácame.

—¿Seguro?

—No me hagas arrepentirme.

Agatha respiró hondo. Y atacó. Ian bloqueó. Ella volvió a intentarlo.

Bloqueó otra vez. Una tercera. Una cuarta. Una quinta.

El choque de la madera resonó por el campamento. Agatha comenzó a cansarse. Ian no. Ni siquiera parecía respirar más rápido.

Lo odiaba. Un poco. Quizá mucho.

—¿Te divierte esto? —preguntó jadeando.

—Muchísimo.

—Eres una mala persona.

—Eso también me lo han dicho.

Lucien soltó una carcajada. Agatha intentó aprovechar la distracción. Lanzó un ataque lateral. Más rápido.

Más decidido. Y por primera vez… Ian tuvo que esforzarse. Solo un poco.