XVI. El filo y la herida
CAPÍTULOXVIEL FILO Y LA HERIDA
Adiós a Valdoren
El amanecer llegó envuelto en niebla. Una niebla espesa. Fría. Silenciosa.
Como si incluso el cielo se negara a despedirse de Valdoren. Las campanas no sonaban. No había niños corriendo por las calles. No había comerciantes abriendo sus puestos.
Ni el aroma del pan recién horneado que cada mañana escapaba de la pequeña panadería junto a la plaza.
Valdoren parecía un lugar distinto. Un pueblo vacío. Un pueblo herido. Agatha permanecía inmóvil frente a la pequeña piedra que los aldeanos habían levantado junto al río en memoria de Marta.
Las cenizas de la pira todavía oscurecían algunas piedras junto al agua. Marta.
Un nombre sencillo. Una persona que jamás debería haber muerto. Agatha observó la piedra improvisada en silencio.
No había grandes monumentos. Ni ceremonias. Ni discursos. Solo silencio.
Porque la guerra no daba tiempo para despedidas.
Agatha pasó los dedos por la superficie áspera de la piedra.
Recordó a Marta riendo. Recordó sus regaños. Sus historias.
La forma en que insistía en que nadie debía pasar hambre mientras ella tuviera comida en casa.
Y entonces recordó la sangre. Demasiada sangre. La forma en que se extendía bajo el cuerpo de Marta. Sus ojos perdiendo la luz.
Agatha sintió que el estómago se le revolvía.
—No deberías mirar tanto tiempo.
La voz la hizo girarse. Lucien permanecía unos pasos detrás. Su expresión era seria. Más seria de lo habitual.
Él también había cambiado desde Valdoren. Todos habían cambiado.
—Tengo miedo de olvidarla —murmuró Agatha.
Lucien observó la piedra.
—No lo harás.
—La gente siempre dice eso.
Su voz se quebró apenas.
—Y luego termina olvidando.
El silencio se instaló entre ambos. Porque ninguno tenía una respuesta para eso. Finalmente Agatha apoyó una mano sobre la piedra de Marta y la acarició una última vez.
—No voy a olvidarte —susurró.
Sabía que ninguna promesa podía llenar aquel vacío. Cuando se puso de pie, escuchó pasos acercándose. El nieto de Marta.
El niño se quedaría en Valdoren con su abuelo. Los vecinos ya se habían organizado para ayudar a ambos; ninguno de los dos tendría que atravesar aquel duelo completamente solo.
Agatha intentó sonreír.
—Yo…
No pudo terminar. Porque el niño la miró. Y en aquellos ojos ya no quedaba cariño. Solo dolor.
—¿Te vas? —preguntó él.
Agatha asintió lentamente.
—Sí.
El niño bajó la vista. Durante unos segundos pareció luchar contra las palabras. Luego habló.
—Abuela decía que eras buena.
Aquello dolió más que cualquier herida.
—Intentaba serlo —susurró Agatha.
El niño levantó la mirada.
—Entonces ¿por qué murió?
La pregunta la atravesó. Directamente. Sin piedad. Porque ella tampoco conocía la respuesta.
Porque llevaba días haciéndose exactamente la misma pregunta.
—No lo sé.
Fue la única verdad que pudo ofrecerle. El niño apretó los puños. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Yo sí.
Agatha sintió que el mundo se detenía.
—Si nunca hubieras venido…
El niño tragó saliva.
—Todavía estaría aquí.
Las palabras cayeron como una sentencia. Lucien dio un paso adelante. Pero Agatha levantó una mano. No.
Porque el niño tenía derecho a odiarla. Porque una parte de ella también se odiaba. El niño se marchó corriendo. Y Agatha permaneció inmóvil.
Observando cómo desaparecía entre las casas. Sin intentar detenerlo. Sin intentar defenderse. Porque no había defensa posible.
Mucho después… cuando el pueblo comenzó a despertar lentamente… los soldados terminaron de preparar la partida. Los caballos fueron ensillados.
Las provisiones cargadas. Las armas revisadas. Ian coordinaba todo desde el centro de la plaza. Su voz seguía siendo firme.
Segura. Pero algo en él se había roto. Agatha podía verlo incluso desde la distancia. Las sombras bajo sus ojos.
La rigidez de sus hombros. La forma en que vigilaba constantemente cada calle. Como si esperara otro desastre. Como si ya no confiara en ningún lugar.
Ian levantó la vista. Y sus ojos encontraron los de ella. Por un instante. Solo uno.
El mundo desapareció. No hubo soldados. Ni duelo. Ni guerra.
Solo Ian. Vivo. Allí. Después de todo lo ocurrido.
Después de tantas noches imaginando volver a verlo. Después de haber creído que estaba muerto. Algo se movió dentro de ella. Algo antiguo.
Algo que jamás había desaparecido. El impulso de correr hacia él. De abrazarlo. De decirle que estaba allí.
Pero esta vez no se movió. Y él tampoco. Porque ambos eran personas distintas a las que habían sido. Porque ahora existía una guerra entre ellos.
Aunque ninguno quisiera admitirlo todavía.
—Partimos en diez minutos —anunció Ian.
La plaza comenzó a moverse. Agatha montó su caballo y, antes de hacerlo, observó Valdoren una última vez.
Las chimeneas. Las casas. La plaza. Las tumbas.
El lugar donde había sido feliz. El lugar donde había encontrado un hogar. Y el lugar donde lo había perdido. El caballo avanzó.
La columna comenzó a alejarse. Y poco a poco Valdoren desapareció entre la niebla.
Sin que Agatha supiera que acababa de dejar atrás la última vida sencilla que tendría jamás.
El primer día de viaje transcurrió en silencio. Un silencio pesado. Incómodo. Como una herida que nadie quería tocar.
Valdoren había quedado atrás. Pero seguía viajando con ellos. En los pensamientos. En las miradas.
En los recuerdos. Agatha cabalgaba cerca del centro de la columna. Con la capucha levantada. Las manos aferradas a las riendas.
El viento frío le golpeaba el rostro. Pero agradecía aquella sensación. Porque le impedía pensar demasiado. O al menos lo intentaba.
Delante de ella avanzaban decenas de soldados. Hombres agotados. Cubiertos de barro. Algunos heridos.
Muchos demasiado jóvenes para llevar aquella expresión en los ojos. La expresión de quienes habían visto demasiada muerte. Agatha observó a uno de ellos. Tendría apenas diecisiete años.
Quizá dieciocho. Llevaba el brazo vendado. Y aun así seguía montando. No se quejaba.
No protestaba. Simplemente seguía adelante. La guerra parecía exigir eso de todos. Seguir.
Aunque doliera. Aunque ya no quedara fuerza. Aunque una parte de ti hubiera muerto en el camino. Sus dedos rozaron inconscientemente el hombro herido.
La cicatriz ya no estaba allí. Pero ella seguía recordando la espada atravesando la carne. Seguía recordando el dolor. Y seguía recordando el instante en que creyó que iba a morir.
Un estremecimiento recorrió su espalda. Apartó la mano. No quería pensar en eso. No quería pensar en lo que había ocurrido después.
Ni en la mirada preocupada de Mayara. Ni en las preguntas silenciosas de Lucien. Ni en aquella extraña sensación que había recorrido todo su cuerpo. Algo que todavía no lograba comprender.
Agatha levantó la vista. Ian cabalgaba varios metros por delante. Siempre delante. Siempre vigilando.
Siempre alerta.
Como si el mundo entero dependiera de que él no bajara la guardia.
Lo observó durante varios segundos. La espalda recta. La mano cerca de la espada. La mirada recorriendo constantemente el horizonte.
Y por primera vez comenzó a notar cosas que antes no veía. El cansancio. Las ojeras. Las cicatrices.
La forma en que apenas hablaba con nadie. Como si cargara solo con todo. Como si creyera que debía hacerlo. Lucien apareció a su lado.
—Llevas diez minutos mirándolo.
Agatha casi saltó sobre la montura.
—¿Por qué apareces siempre así?
—Porque es divertido.
—Voy a terminar golpeándote.
—Eso implicaría que sabes pelear.
Agatha le lanzó una mirada asesina. Lucien sonrió. Aquella sonrisa insolente que parecía sobrevivir incluso a las guerras. Durante unos segundos caminaron en silencio.
—Está peor de lo que parece —dijo Lucien finalmente.
Agatha volvió a mirar a Ian.
—Lo sé.
—No.
Lucien negó con la cabeza.
—No lo sabes.
Su tono había cambiado. Más serio.
—Se nota que apenas duerme.
Agatha frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco esa mirada.
Aquello la hizo callar. Lucien observó a la columna. A los soldados. A los hombres que seguían a Ian.
—Perdió a ochocientos hombres.
El viento pareció llevarse las palabras.
—Ochocientos —repitió.
—Y ahora cree que falló también en Valdoren.
Agatha bajó la vista. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Ian jamás hablaría de ello. Jamás pediría ayuda.
Jamás compartiría aquel peso. Simplemente seguiría cargándolo. Solo. Como siempre.
Y aquello le rompió un poco el corazón. Porque durante años había visto a Ian como un héroe. Pero los héroes también sangraban. También se rompían.
Y nadie parecía recordarlo. La columna continuó avanzando. Horas después atravesaron un pequeño paso entre montañas. El camino se volvió más estrecho.
Más peligroso. Los soldados tensaron la vigilancia. Ian dio varias órdenes rápidas. Cambios de posición.
Exploradores. Guardias adelantados. Todo ejecutado con precisión. Agatha observó aquello fascinada.
No era solo un guerrero. Era un líder. Y comprendió por qué tantos hombres seguían dispuestos a morir por él. Pero también comprendió otra cosa.
Cuando Marta murió… ella había comprendido algo. Había logrado proteger al niño, pero solo por instinto y a costa de casi morir. No sabía defenderse.
No sabía luchar. Y no siempre podría depender de que alguien llegara a tiempo. Porque toda su vida otros habían luchado por ella. Astrid.
Ian. Lucien. Mayara. Siempre alguien.
Siempre otro. Nunca ella. La idea se clavó dentro de su pecho. Y esta vez no desapareció.
Permaneció allí. Creciendo. Hasta convertirse en una certeza.
Esa noche, cuando el campamento comenzó a levantarse y los soldados descargaron las provisiones…
Agatha ya había tomado una decisión. Una decisión que cambiaría muchas cosas. Buscó a Ian entre las fogatas. Y caminó directamente hacia él.
Porque había llegado el momento de dejar de ser alguien que necesitaba ser salvada.
El campamento cobraba vida lentamente. Las fogatas comenzaban a encenderse. Los cocineros repartían raciones. Los centinelas cambiaban turnos.
Y por primera vez en todo el día, los soldados parecían relajarse un poco.