La Médium XV. El precio del deber #3
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XV. El precio del deber #3

Mayara levantó la vista. Por un instante vio a alguien diferente. No al hombre tranquilo que había acompañado a Agatha. No al protector.

Sino al guerrero. Al hombre entrenado para descubrir mentiras. Y aquello la preocupó todavía más.

—¿Agatha corre peligro?

La pregunta llegó de repente. Directa. Sin rodeos. Mayara sintió un nudo en el estómago.

Porque esa era precisamente la pregunta que no quería hacerse.

—No lo sé.

Esta vez era verdad. Y quizá por eso fue la respuesta que más miedo le dio. Lucien guardó silencio. Después miró hacia la habitación donde descansaba Agatha.

—Está cambiando —dijo Lucien—. Lo veo desde Valdoren. Desde antes.

Mayara no respondió.

Sus ojos se suavizaron.

—Antes creía que solo estaba asustada.

Miró sus propias manos.

—Ahora ya no estoy seguro.

Mayara sintió una punzada de culpa. Porque ella también lo veía. Agatha estaba cambiando. No por la magia.

No por las runas. No por aquella herida imposible. Estaba cambiando porque había visto la guerra de cerca. Porque había sostenido a una mujer moribunda entre sus brazos.

Porque un niño la había culpado de destruir su vida. Porque el mundo había dejado de ser simple. Y esa transformación era mucho más peligrosa que cualquier otra.

—Mañana partirán —dijo finalmente.

Lucien levantó la cabeza.

—¿Tan pronto?

—Si permanecen aquí más tiempo, el pueblo no podrá sanar.

Y ambos sabían que era cierto. Cada vez que los aldeanos vieran a Agatha… recordarían a Marta. Cada vez que vieran los estandartes de Arcadia… recordarían la sangre en la plaza. Valdoren ya nunca volvería a ser igual. Ni ellos tampoco. Lucien apoyó una mano sobre el respaldo de uno de los bancos.

Parecía agotado.

—No quiere volver.

Mayara lo observó.

—¿Y tú?

Aquella pregunta lo tomó por sorpresa. Porque no hablaba de Arcadia. Ni del viaje. Ni siquiera de la misión.

Hablaba de Agatha. Lucien tardó demasiado en responder. Y Mayara obtuvo su respuesta sin necesidad de escucharla. Al otro lado del templo… detrás de una puerta cerrada… Agatha dormía. Pero incluso dormida parecía inquieta. Como si estuviera luchando contra algo que no lograba comprender.

Y muy lejos de allí… en algún lugar del reino… las consecuencias de lo ocurrido en Valdoren ya habían comenzado a extenderse. Sin que ninguno de ellos lo supiera… aquella muerte. Aquella herida. Aquella decisión. Serían recordadas como el primer paso hacia una guerra mucho mayor.

La madrugada llegó envuelta en niebla. Valdoren apenas durmió. Las campanas del templo habían sonado hasta bien entrada la noche.

Las mujeres preparaban el cuerpo de Marta. Los hombres levantaban una pira funeraria junto al río. Y cada martillazo. Cada tabla colocada.

Cada oración susurrada. Era un recordatorio de lo ocurrido. Agatha despertó antes del amanecer. Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Luego regresó todo. La plaza. La sangre. El niño.

Marta. El peso cayó sobre su pecho tan fuerte que le costó respirar. Se incorporó lentamente. La habitación estaba vacía.

La venda seguía rodeando su hombro. Pero el dolor era extraño. Más débil de lo que debería. Como si el cuerpo hubiera decidido ignorar la gravedad de la herida.

Agatha apartó el pensamiento. No tenía fuerzas para preguntarse nada más. Salió de la habitación. El templo permanecía en silencio.

Solo encontró a Mayara. Sentada frente a una vela consumida. Parecía cansada. Mucho más cansada que el día anterior.

Cuando vio a Agatha sonrió. Pero la sonrisa no alcanzó sus ojos.

—Deberías seguir descansando.

—No puedo.

Mayara asintió. Porque entendía perfectamente. Había heridas que no sanaban acostadas en una cama. Agatha se sentó a su lado.

Durante varios minutos ninguna habló. Simplemente observaron las llamas. Finalmente Agatha rompió el silencio.

—¿Crees que me odian?

Mayara tardó en responder.

—No.

—El niño sí.

La voz salió apenas audible.

—Y tiene razones.

Mayara giró la cabeza.

—Está herido.

—Yo también estoy herida —respondió Agatha.

Por primera vez había rabia en su voz. Una rabia pequeña. Dolorosa.

—Y aun así no quiero culpar a nadie.

Mayara la observó. Porque aquella frase sonaba noble. Pero también ingenua. Algo que Agatha estaba empezando a perder.

—La gente necesita culpables cuando sufre.

—¿Y tú?

La sacerdotisa parpadeó.

—¿Yo qué?

—¿A quién culpas?

Mayara no respondió. Porque la respuesta era demasiado complicada.

Y porque una parte de ella temía que, si seguía haciendo preguntas, Agatha terminaría descubriendo cosas que aún no debía conocer.

Un golpe en la puerta interrumpió el momento. Lucien apareció.

—Los preparativos terminaron.

Su expresión era seria.

—Van a despedirse de Marta.

El nombre cayó entre ellos como una piedra. Agatha se puso de pie inmediatamente. Aunque el movimiento hizo que el hombro protestara. No le importó.

Necesitaba estar allí. Por Marta. Por el pueblo. Y quizá también por ella misma.

Cuando llegaron al río, prácticamente toda Valdoren estaba reunida. Nadie hablaba. El cuerpo de Marta descansaba sobre la pira. Cubierto por flores silvestres.

Las mismas flores que ella cultivaba detrás de su casa. El abuelo permanecía de pie junto a ella. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche. El nieto sostenía su mano.

Y esa imagen hizo más daño a Agatha que cualquier otra cosa. Porque ahora había un vacío donde antes existía una familia. La ceremonia comenzó. Sencilla.

Humana. Sin reyes. Sin coronas. Sin títulos.

Solo personas despidiendo a una de las suyas. Y por primera vez desde que abandonó Arcadia… Agatha comprendió algo. Aquella gente no necesitaba castillos.

No necesitaba nobles. No necesitaba grandes salones. Su mundo era mucho más pequeño. Y precisamente por eso… cada pérdida era devastadora. Porque todos se conocían. Todos importaban. Todos tenían nombre.

Cuando el fuego comenzó a consumir la madera, algunos aldeanos lloraron. Otros simplemente observaron. Y Agatha sintió algo moverse dentro de ella. No era magia.

Era convicción. Una idea. Una pregunta. Una que no conseguía apartar de su mente.

Si la Corona debía proteger a su pueblo… ¿Por qué el pueblo era siempre quien terminaba pagando el precio? Y por primera vez… aunque no lo dijo en voz alta… comenzó a preguntarse si los Disidentes estaban completamente equivocados.

O si ella llevaba toda su vida escuchando una sola versión de la historia.

A unos metros de distancia… Ian observaba exactamente la misma escena. El fuego consumía lentamente la pira. Las llamas ascendían hacia el cielo gris.

Y por primera vez desde que encontró a Agatha… no supo qué decirle.

Porque la princesa que había venido a rescatar ya no parecía la misma.

Y él tampoco. Sin embargo, cuando ella levantó la vista entre la multitud… sus ojos encontraron los suyos. Solo fue un instante.

Pero bastó para que Ian recordara a la muchacha que corría por los jardines de Arcadia.

La que se escondía detrás de él cuando tenía miedo. La que siempre sonreía al verlo regresar. Y durante un breve momento… quiso creer que aún quedaba algo de aquello.

Entonces el humo volvió a elevarse entre ellos. Y la ceremonia continuó.

El último tronco terminó de consumirse cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas.

Los aldeanos fueron regresando a sus hogares poco a poco. En silencio. Nadie tenía fuerzas para hablar. Nadie tenía fuerzas para llorar más.

Solo quedaron las brasas. El humo. Y los recuerdos. Agatha permaneció junto al río mucho después de que todos se marcharan.

Observando el lugar donde Marta había desaparecido para siempre.

—La echaremos de menos.

La voz de Lucien sonó a su lado. Agatha asintió.

—Nunca debería haber llegado aquí.

Lucien la miró.

—No digas eso.

—Es verdad.

Su voz era apenas un susurro.

—Si no hubiera aparecido en Valdoren… seguiría viva.

—Y si no hubieras aparecido… muchas otras personas estarían muertas.

Agatha no respondió. Porque aquella era la clase de verdad que no aliviaba nada. El ruido de unos pasos los hizo girarse. Ian se acercó despacio.

La armadura seguía manchada de barro. Y de sangre. Durante un instante ninguno habló. Los tres parecían agotados.

Más viejos. Como si aquel único día hubiera durado años. Finalmente Ian rompió el silencio.

—Partiremos al amanecer.

Agatha bajó la vista. Sabía que aquel momento llegaría. Aun así… escucharlo en voz alta le produjo una sensación extraña.

Valdoren se había convertido en un refugio. Y ahora debía abandonarlo. Como había abandonado todo lo demás.

—Entiendo.

Ian asintió. Luego dudó. Algo poco habitual en él.

—Lo que ocurrió hoy…

La frase quedó suspendida. Porque ninguna palabra parecía suficiente. Agatha observó las brasas.

—Marta está muerta.

Ian cerró la boca. Porque no había respuesta para eso. Ninguna. El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Y por primera vez desde que se reencontraron… Agatha sintió que no sabía cómo acercarse a él. Como si una distancia invisible hubiera aparecido entre ambos. Pequeña.

Todavía salvable. Pero real. El viento agitó las últimas cenizas. Y en algún lugar del pueblo sonó una campana.

La noche había llegado. Al amanecer abandonarían Valdoren.

Sin saber que el camino de regreso a Arcadia cambiaría sus vidas para siempre.

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