XV. El precio del deber #2
Agatha se puso en pie. Con dificultad. La herida de su hombro ardía. Cada movimiento enviaba una descarga de dolor a través de su cuerpo.
Pero apenas lo notaba. Nada dolía tanto como lo que acababa de perder. Levantó la vista. Y encontró los ojos de Ian.
Durante noches enteras había soñado con volver a verlo. Había imaginado aquel momento una y otra vez. Creyó que cuando ocurriera se sentiría completa. Segura.
Feliz. Ahora solo sentía vacío. Un vacío inmenso. Porque el hombre frente a ella seguía siendo Ian.
Y al mismo tiempo… Ya no era el mismo.
—Agatha…
La voz de Ian apenas fue un susurro. Ella negó con la cabeza. No quería escucharlo. No todavía.
No mientras la sangre de Marta seguía sobre sus manos. No mientras el niño lloraba detrás de ella. No mientras aquella plaza parecía un campo de batalla. Entonces se giró.
Y comenzó a caminar. Lucien la observó alejarse. Vio la sangre que seguía deslizándose por su brazo. Vio cómo se tambaleaba.
Y comprendió algo: Agatha estaba a punto de derrumbarse. Y cuando eso ocurriera, nadie podría impedirlo.
Mayara tendría que verla. Había algo en aquella herida, en sus ojos y en la forma en que su sangre parecía reaccionar que Lucien no lograba explicar.
También había algo en el aire que rodeaba a Agatha: una sensación antigua, olvidada.
Y profundamente peligrosa. La plaza quedó atrás. Pero la sangre no. Agatha podía sentirla.
En sus manos. En su ropa. Bajo las uñas. Por más que caminara… seguía allí. Lucien avanzaba a su lado. En silencio. No intentó hablarle.
No intentó consolarla. Porque algunas heridas eran demasiado recientes para las palabras. El pueblo entero parecía diferente. Las mismas calles.
Las mismas casas. Las mismas ventanas. Pero algo había muerto junto con Marta. Y todos lo sabían.
Las miradas seguían a Agatha mientras cruzaba Valdoren. No había odio. Eso habría sido más fácil. Había tristeza.
Y eso era mucho peor. Cuando llegaron al templo, Mayara ya los esperaba. Como si hubiera sabido que algo iba mal. La sacerdotisa bajó los escalones apresuradamente.
Entonces vio la sangre. Y palideció.
—Por los dioses…
Agatha apenas reaccionó cuando la tomaron por los brazos y la condujeron al interior. Las puertas del templo se cerraron y, por primera vez desde la plaza, quedaron solos.
Solo estaban Mayara, Lucien y Agatha. El silencio se volvió insoportable.
—Siéntate —dijo Mayara suavemente.
Agatha obedeció. Como una niña cansada. Como alguien que ya no tenía fuerzas para luchar. Mayara apartó con cuidado la tela rasgada del hombro.
Lucien observó. Y frunció el ceño. La herida seguía allí. Pero algo no estaba bien.
La espada había entrado profundamente. Él lo había visto. Había visto la sangre. Había visto la hoja atravesar la tela.
Aquella herida debería estar peor. Mucho peor. Sin embargo… La inflamación era menor.
La hemorragia se había detenido sola. Y la piel alrededor comenzaba a cerrarse. Demasiado rápido. Mayara también lo vio.
Y por un instante… sus ojos reflejaron algo parecido al miedo. Un miedo verdadero. Pero desapareció tan rápido que Lucien dudó haberlo imaginado.
—Necesita reposo —dijo ella.
Agatha soltó una risa vacía. Reposo. Como si dormir pudiera devolverle a Marta. Como si descansar pudiera borrar la voz del niño.
«Tú los trajiste.» Las palabras regresaron una y otra vez, como una cuchilla.
Agatha cerró los ojos y volvió a ver la plaza, la sangre.
Volvió a ver a Marta cayendo. Volvió a escuchar el sonido roto del abuelo. Volvió a escuchar llorar al niño. Algo dentro de ella comenzó a agrietarse.
—Agatha.
La voz de Lucien sonó lejana.
—Respira.
Pero ella ya no estaba escuchando. Porque el dolor seguía creciendo. Y creciendo. Y creciendo.
Hasta ocupar cada rincón de su pecho. Las lágrimas comenzaron a caer. Primero una. Luego otra.
Y después ya no pudo detenerlas.
—Yo solo quería volver a casa…
La frase salió rota. Pequeña. Desesperada.
—Solo quería volver con Ian…
Lucien permaneció inmóvil.
—Pensé que todo terminaría.
Su voz tembló.
—Pensé que si lo encontraba… todo estaría bien.
Mayara dejó de vendar la herida. Porque algo estaba cambiando. El aire. El templo.
El silencio. Las antiguas piedras comenzaron a vibrar. Tan débilmente que cualquier humano lo habría ignorado. Pero ellos no.
Mayara levantó la cabeza. Lucien también. Las velas titilaron. Una.
Dos. Tres. Hasta que todas las llamas del santuario se inclinaron hacia Agatha. Como si algo invisible respirara a través de ellas.
Mayara sintió que el corazón se le detenía. No. No podía ser. No tan pronto.
No allí. No después de tantos siglos. Agatha seguía llorando. Sin darse cuenta.
Y el aire comenzó a volverse más pesado. Más antiguo. Más vivo. Las runas grabadas en los pilares del templo emitieron un brillo tenue.
Apenas visible. Un destello. Nada más. Pero suficiente.
Lucien dio un paso atrás.
—¿Mayara…?
La sacerdotisa ya estaba de pie. Su rostro había perdido todo color. Porque reconocía aquella sensación. Aunque jamás la hubiera experimentado personalmente.
La había estudiado. La había leído. La había temido. Y sabía exactamente lo que significaba.
Algo estaba intentando despertar. Y si despertaba completamente… nada volvería a ser igual. Las runas volvieron a apagarse.
El brillo desapareció tan rápido como había llegado. El silencio regresó al templo. Pero algo había cambiado. Mayara lo sentía.
Lo sentía en las piedras. En el aire. En su propia sangre. Como una vibración antigua.
Como el eco de una puerta que había intentado abrirse. Y eso la aterraba. Agatha seguía llorando. Ajena a todo.
Con las manos cubriéndose el rostro.
—Debería haber llegado antes…
Su voz se rompió.
—Debería haber hecho algo.
Mayara cerró los ojos. No. Aquello no había ocurrido por la herida. No había ocurrido por el miedo.
Había ocurrido por el dolor. Y eso era mucho peor. Lucien observó las velas. Las llamas ya estaban quietas.
Sin embargo… Él también había visto lo que ocurrió. Y no lograba explicarlo.
—Mayara.
La sacerdotisa levantó la vista.
—¿Qué fue eso?
Ella tardó demasiado en responder. Demasiado. Lucien lo notó.
—No lo sé.
Mentira. Y ambos lo sabían.
—Mayara.
Esta vez insistió.
—Las runas brillaron.
La sacerdotisa apartó la mirada.
—Quizás una reacción del templo.
—¿Una reacción a qué?
No hubo respuesta. Agatha respiró profundamente. Intentando recuperar el control.
—¿De qué habláis?
Los dos se volvieron hacia ella. Y por primera vez Mayara comprendió algo. Agatha no había visto nada. No había sentido nada.
No recordaría nada. Eso era bueno. Debía ser bueno. Entonces ¿por qué sentía tanto miedo?
Mayara volvió a concentrarse en la herida. Y fue entonces cuando lo vio. Su respiración se detuvo. La piel comenzaba a cerrarse.
No lentamente. No como debería. Sino delante de sus ojos. Una línea roja.
Una cicatriz reciente. Transformándose. Desapareciendo. Lucien también lo vio.
—Eso…
Dio un paso hacia delante.
—Eso no estaba así hace un momento.
Agatha bajó la vista. Confundida. La herida seguía allí. Pero era mucho más pequeña.
Muchísimo más pequeña.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió. Porque ninguna respuesta parecía correcta. Mayara apartó la tela rápidamente. Como si quisiera ocultarla.
Como si la propia herida pudiera verla observándola.
—Necesitas descansar.
La voz sonó demasiado brusca. Demasiado tensa. Lucien frunció el ceño.
—Mayara…
—Ahora.
Esta vez fue una orden. Y aquello sorprendió incluso a Agatha. La sacerdotisa nunca daba órdenes. Nunca.
Lucien permaneció inmóvil unos segundos. Luego asintió. Pero no porque estuviera convencido. Sino porque comprendió que insistir en ese momento no serviría de nada.
Agatha estaba agotada. Destrozada. Y Mayara parecía al borde de un ataque de pánico. Algo que jamás había visto.
Ayudó a Agatha a ponerse en pie. Ella se tambaleó. Instintivamente se aferró a él. Y por primera vez desde la plaza… se permitió derrumbarse. Escondió el rostro contra su pecho. Y comenzó a llorar de verdad. No por la herida.
No por el dolor. Sino por Marta. Por el niño. Por Ian.
Por la sensación de que algo acababa de romperse entre ella y el mundo.
Lucien la sostuvo. Sin decir nada. Mientras al otro lado del templo… Mayara observaba la cicatriz desaparecer.
Y por primera vez en muchos años… rezó. No para pedir ayuda. Sino para que aquello que había sentido no volviera a despertar.
Porque si estaba en lo cierto… El mundo aún no estaba preparado para ello. Y Agatha menos que nadie. Mayara esperó hasta que la puerta de la pequeña habitación se cerró.
Hasta que Agatha dejó de verla. Hasta que Lucien estuvo ocupado ayudándola a acostarse. Solo entonces permitió que el miedo apareciera en su rostro. Sus manos temblaban.
Y eso no ocurría nunca. Jamás. Apoyó ambas palmas sobre el altar de piedra. Necesitaba respirar.
Necesitaba pensar. Porque nada de aquello tenía sentido. La magia había desaparecido hacía generaciones. Los templos ya no respondían.
Las runas eran simples adornos. Los antiguos relatos eran exactamente eso. Relatos. Historias para recordar un tiempo que nunca volvería.
Entonces… ¿Por qué habían reaccionado? La pregunta la perseguía. Una y otra vez.
Y ninguna respuesta le gustaba.
—Mayara.
La voz de Lucien la sacó de sus pensamientos. Ella se volvió. Él había regresado. Solo.
Y eso era peor. Porque significaba que venía con preguntas.
—Está dormida —dijo.
Mayara asintió.
—Lo necesita.
Lucien la observó durante varios segundos. Demasiados.
—Ahora dime la verdad.
Mayara guardó silencio.
—No sé de qué hablas.
—Mayara.
Su tono se endureció.
—Te conozco.
Ella apartó la mirada. Error. Porque aquello confirmó todas sus sospechas. Lucien avanzó un paso.
—La herida. Las runas. Las velas. Tu cara.
Otro.
Mayara cerró los ojos. Maldita sea.
—No puedo responderte.
—No puedes o no quieres.
La diferencia era importante. Y ambos lo sabían. La sacerdotisa tardó en responder.
—Hay conocimientos que existen por una razón.
—Y secretos que matan por la misma razón —respondió Lucien.