La Médium XV. El precio del deber
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XV. El precio del deber

CAPÍTULOXVEL PRECIO DEL DEBER

A simple vista, Valdoren parecía una aldea cualquiera.

Pero Ian no podía olvidar una cosa: los Disidentes también sabían esconderse entre gente inocente. Y esa duda sería la chispa que cambiaría Valdoren para siempre.

Al otro lado del bosque, Agatha sonrió. Hacía semanas que no veía aquellos colores.

El estandarte azul y plata ondeaba entre los árboles, visible incluso desde la colina.

Arcadia. Su hogar. Su gente. Su corazón dio un salto.

—Nos encontraron.

Lucien siguió la dirección de su mirada. No parecía tan tranquilo.

—O nosotros los encontramos a ellos.

Agatha apenas lo escuchó. Por primera vez desde la caída del castillo sintió que podía respirar. Todo había terminado. Astrid estaba viva.

Ian estaba vivo. La guerra seguía allí, sí. Pero ella ya no estaba sola. Comenzó a bajar la colina casi corriendo.

—Agatha.

—Vamos.

Lucien suspiró. Y la siguió.

A medida que se acercaban al pueblo, los sonidos empezaron a llegar hasta ellos.

Voces. Gritos. Caballos. La sonrisa de Agatha vaciló.

Algo no iba bien. Aceleró el paso. Entonces atravesó los primeros árboles. Y vio la plaza.

El mundo se detuvo. Soldados. Aldeanos. Espadas desenvainadas.

Niños llorando. Y sangre. Mucha sangre. Agatha sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

No entendía qué estaba viendo. Entre la multitud distinguió una figura conocida. Armadura ennegrecida. Cabello brillante y rubio.

Postura rígida. Ian. Su corazón reaccionó antes que su mente.

—Ian.

Él levantó la cabeza. La vio. Y por un segundo… el capitán desapareció.

El cansancio desapareció. La guerra desapareció. Los muertos desaparecieron. Solo quedó ella.

—¿Agatha?

Ella corrió. Corrió como si todo lo ocurrido pudiera desaparecer durante unos segundos. Como si aún estuvieran en los jardines de Arcadia.

Ian apenas tuvo tiempo de desmontar. Agatha se lanzó contra él. Y él la atrapó. La fuerza del impacto casi los hizo perder el equilibrio.

—Estás viva…

La voz de Ian se quebró. Por primera vez. Agatha enterró el rostro contra su pecho.

—Pensé que nunca volvería a verte.

Sintió los brazos de Ian rodearla. Fuertes. Seguros. Familiares.

Y durante unos segundos… todo estuvo bien. Hasta que escuchó un grito. Un grito de dolor.

Agatha se apartó. Confundida. Y entonces lo vio. Marta.

La anciana estaba de rodillas. Sosteniéndose el costado. La sangre empapaba su vestido.

—No…

El susurro escapó de los labios de Agatha. Marta. La mujer que le había dado un hogar. La mujer que le enseñó a hacer pan.

La mujer que la regañaba por no comer suficiente. Marta estaba herida. Y a su lado… su esposo intentaba sostenerla mientras los soldados mantenían las armas levantadas.

La alegría desapareció. Como si nunca hubiera existido.

—¿Qué ha pasado?

Nadie respondió. Agatha miró a Ian. Y por primera vez vio algo que no reconoció. Dolor.

Rabia. Desconfianza. Un hombre roto.

Y comprendió que el Ian que había abandonado Arcadia no era el mismo que había regresado de la guerra.

—Ian, dime qué ha pasado.

La pregunta de Agatha cayó sobre la plaza. Pero nadie respondió. Los aldeanos evitaban mirarla. Los soldados mantenían las manos cerca de las empuñaduras.

El miedo se había instalado en Valdoren. Y el miedo siempre volvía peligrosas a las personas. Fue uno de los oficiales quien habló.

—Encontramos provisiones. Vendajes. Armas. Refugios.

Agatha frunció el ceño.

—¿Y?

—Ayudaron a los Disidentes.

La palabra cayó como una sentencia. Agatha miró a Marta. La anciana apenas podía mantenerse erguida.

—Ayudamos a heridos.

Su voz salió débil.

—No preguntamos bandos. Preguntamos quién necesitaba ayuda.

Algunos aldeanos asintieron.

—Eran personas —dijo el esposo de Marta—, no animales.

El rostro de varios soldados se endureció. Porque ellos sí recordaban quiénes habían sido aquellos hombres. Recordaban la emboscada. Recordaban los cadáveres.

Recordaban los gritos. Ian cerró los ojos un instante. Ochocientos. Ochocientos hombres.

Ochocientas familias. Ochocientas vidas. Cuando volvió a abrirlos, el cansancio seguía allí.

—Nadie ha sido condenado —dijo—. Solo estamos investigando.

Pero ya era tarde. Porque la tensión había comenzado a crecer. Y las tensiones rara vez obedecían órdenes. Entonces ocurrió.

El nieto de Marta apareció entre la multitud. Quizás había estado escondido. Quizás alguien intentó retenerlo. No importaba.

Porque era un niño. Y cuando vio a su abuela cubierta de sangre… corrió.

—¡Abuela!

El grito atravesó la plaza. Marta levantó la cabeza.

—¡No!

Todo ocurrió en un instante. Un soldado giró. Vio una figura corriendo. Un movimiento brusco.

Un posible ataque. Semanas de guerra reaccionaron antes que la razón. Desenvainó la espada. Agatha lo vio.

Lo comprendió. Y el terror le atravesó el pecho.

—¡No!

Lucien también lo vio. Y vio a Agatha moverse.

—¡Agatha, espera!

Intentó sujetarla. Pero ella se soltó. No pensó. No dudó.

Corrió. Corrió tan rápido como pudo. El niño seguía avanzando. La espada descendió.

Y Agatha se lanzó. El impacto fue brutal. Sintió el golpe. Luego el dolor.

Un dolor tan intenso que durante un segundo creyó que no podía respirar.

La hoja le abrió el hombro. La tela se rasgó y la sangre brotó de inmediato, caliente y espesa.

Agatha cayó de rodillas sobre el barro, pero consiguió alcanzar al niño y lo envolvió con ambos brazos, protegiéndolo contra su pecho.

La plaza quedó en silencio. El soldado soltó la espada, horrorizado.

Ian dio un paso hacia adelante.

—¡Basta!

Su voz retumbó en toda la plaza. Pero Agatha ya estaba hablando. La sangre descendía por su brazo. Manchaba su vestido.

Caía sobre la tierra húmeda. El dolor era insoportable. Aun así se levantó. Lentamente.

Temblando. Y se colocó delante del niño. Delante de Marta. Delante del pueblo entero.

Miró a los soldados. Miró a Ian. Y por primera vez en toda su vida… nadie vio a una princesa.

Vieron a una mujer.

—¿Cuánta sangre más necesitáis?

Nadie respondió.

—¡Miradlos!

Señaló a los aldeanos.

—¡Miradlos de verdad!

Su voz se quebró.

—No son soldados.

Señaló a Marta.

—No son enemigos.

Señaló al niño.

—Son personas.

El silencio fue absoluto. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de algunos aldeanos.

—Si ayudar a un herido es un crimen… entonces todos somos culpables.

Respiró con dificultad. La herida ardía. Pero continuó.

—Y si proteger a un niño es traición…

Sus ojos encontraron los de Ian.

—Entonces este reino perdió la guerra mucho antes de llegar aquí.

El golpe fue peor que cualquier espada. Porque nadie podía responder a eso. Nadie. Entonces Marta cayó.

Su cuerpo cedió de repente. Como si las pocas fuerzas que le quedaban hubieran desaparecido.

—¡Marta!

Agatha corrió hacia ella. La sostuvo antes de que golpeara el suelo. La anciana respiraba con dificultad. La sangre seguía extendiéndose bajo su cuerpo.

Demasiada sangre. Agatha comprendió de inmediato que la herida era demasiado grave.

—No…

Su voz se rompió.

—No, no, no…

Marta levantó una mano temblorosa. La apoyó sobre la mejilla de Agatha. Y sonrió. Una sonrisa pequeña.

Cansada. Pero llena de ternura.

—Mira cómo lloras por una vieja gruñona.

Agatha soltó una risa rota. Y luego volvió a llorar.

—Lo siento.

—No.

Marta negó lentamente.

—Nunca te disculpes por tener un buen corazón.

Su mirada buscó la del niño. Luego volvió a Agatha.

—No permitas que te enseñen a odiar.

La voz apenas era un susurro.

—Prométemelo.

Agatha asintió. Llorando. Incapaz de hablar. Y entonces Marta cerró los ojos.

Y no volvió a abrirlos. El silencio que siguió fue insoportable. Nadie se movió. Nadie habló.

Ni siquiera el viento parecía atreverse a cruzar la plaza. Agatha seguía arrodillada. Con el cuerpo de Marta entre los brazos. La sangre de la anciana se mezclaba con la suya.

Manchaba sus manos. Su vestido. Su piel. Todo aquello era real.

Demasiado real. No era una pesadilla. No era una historia leída junto al fuego. No era una tragedia lejana.

Marta estaba muerta. Y nada iba a devolverla. El esposo de Marta soltó un sonido extraño. No era un grito.

Era peor. El ruido de un hombre al que acababan de arrancarle el corazón. Cayó de rodillas junto a ellas. Tomó la mano de su esposa.

La besó. Una vez. Dos veces. Tres.

Como si aún pudiera sentirlo. Como si todavía estuviera allí. Las lágrimas corrían por su rostro envejecido.

—Marta…

Su voz se quebró.

—No me dejes solo.

Agatha sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse. Porque aquella guerra no había matado a una soldado. No había matado a una reina. No había matado a una estratega.

Había matado a una mujer que hacía pan. A una mujer que alimentaba a los niños del pueblo. A una mujer que la había acogido cuando no era nadie. Una mujer buena.

Simplemente buena. Y eso era lo más injusto de todo. El nieto apareció entonces. Temblando.

Con el rostro cubierto de lágrimas. Miró a su abuela. Luego a su abuelo. Y finalmente a Agatha.

Durante un segundo ella creyó que iba a abrazarla. Que iba a buscar consuelo. Que iba a llorar contra su pecho. Pero no lo hizo.

Sus ojos estaban llenos de algo peor que el dolor. Estaban llenos de rabia.

—Tú los trajiste.

Agatha se quedó inmóvil. El niño señaló los estandartes de Arcadia. Señaló los soldados. Señaló la plaza cubierta de sangre.

—Tú los trajiste.

La voz se le quebró.

—Desde que llegaste…

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Todo se destruyó.

Aquellas palabras atravesaron a Agatha con más fuerza que la espada. Porque una parte de ella sabía que el niño tenía razón. Si nunca hubiera llegado a Valdoren… Marta seguiría viva.

El pueblo seguiría en paz. Y aquella plaza no estaría cubierta de sangre. Agatha bajó la cabeza. No encontró ninguna respuesta.

Porque no existía ninguna. A pocos pasos de distancia… Ian observaba la escena. Sin moverse.

Sin hablar. Sintiendo cómo cada palabra del niño se clavaba también en él. Porque él había venido a rescatar a la princesa.

Y había destruido el único lugar donde ella había encontrado un hogar. Por primera vez desde que llegó a Valdoren… Ian se preguntó si realmente había cumplido su deber.