XIV. La rutina #3
Marta les tendió un pequeño cesto.
—Sí. Se me ha terminado la harina. Necesito que bajéis al pueblo.
Agatha tomó el cesto casi demasiado rápido. Una excusa. Una salida. Cualquier cosa que la alejara de esa conversación.
—Vamos.
Dio media vuelta sin esperar a Lucien. Él la siguió unos segundos después. Con esa calma que empezaba a irritarla. Y a gustarle.
Aunque jamás lo admitiría. Caminaron por el sendero en silencio. Durante un rato ninguno mencionó lo ocurrido. Y ambos estaban demasiado conscientes de eso.
Agatha llevaba el cesto colgado del brazo. Lucien caminaba a su lado. No demasiado cerca. No demasiado lejos.
Como si incluso él entendiera que ahora había una distancia nueva entre ambos.
Una que ninguno sabía cómo cruzar. Pasaron varios minutos. Hasta que Lucien decidió romper el silencio.
—Así que el pan de Marta sigue ganando.
Agatha siguió caminando.
—No pienso responder.
—Eso significa que sí.
Ella resopló.
—Significa que eres muy pesado.
Lucien sonrió. Y aunque Agatha no lo miró directamente… Lo notó. Ese era otro problema.
Empezaba a notar demasiadas cosas de él.
—¿Y el beso?
Agatha se detuvo en seco. Y durante un instante Lucien pensó que quizá había cruzado la línea. Ella lo miró. Seria.
Completamente seria.
—Si vuelves a mencionarlo… voy a empujarte al río.
Lucien sonrió.
—Ya me habías amenazado con eso.
—Lo repetiré hasta que funcione.
Y aunque ella siguió caminando como si nada hubiera pasado… Los dos sabían que sí había pasado algo. Algo pequeño. Algo que ninguno quería nombrar todavía.
Agatha siguió caminando. Durante unos segundos ninguno habló.
El sendero se extendía bajo sus pies, cubierto de hojas secas y pequeñas ramas que crujían con cada paso.
Lucien la observaba de reojo. No quería admitirlo. Pero había algo diferente en ella. No porque hubiera cambiado.
Sino porque por primera vez había dejado de intentar parecer completamente inquebrantable. Seguía siendo orgullosa. Seguía respondiendo a todo con una amenaza. Seguía fingiendo que nada la afectaba.
Pero ahora él había visto lo que había detrás. Y eso era algo que Agatha no parecía saber cómo perdonar.
—Deja de mirarme —dijo ella de repente.
Lucien giró la vista hacia el camino.
—No te estaba mirando.
Agatha soltó una pequeña risa.
—Mientes fatal.
Él sonrió.
—¿Y tú?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Yo llevo toda la vida practicando.
La respuesta hizo desaparecer la sonrisa de Lucien. Porque no sonó como una broma. Sonó como una confesión. Agatha continuó caminando.
Como si no hubiera dicho nada importante.
Como si aquella frase no explicara más de ella que cualquier historia que hubiera contado.
Lucien no insistió. Había aprendido algo. Con Agatha, las heridas no se abrían porque alguien empujara. Se abrían cuando ella decidía dejar de sostenerlas.
El sendero descendía entre robles y castaños. El aire olía a tierra húmeda. El pueblo ya podía verse entre los árboles. Agatha miró las casas a lo lejos.
Las columnas de humo saliendo de las chimeneas. Las personas moviéndose por las calles. La vida sencilla de Valdoren. Todavía le parecía extraño.
Un lugar tan pequeño. Tan tranquilo. Tan diferente a todo lo que había conocido.
—¿Siempre eres así de insoportable? —preguntó.
Lucien no dudó.
—Solo cuando alguien amenaza con tirarme al río.
Agatha negó con la cabeza.
—Te lo has ganado.
—Todavía no sé por qué.
Ella soltó un resoplido.
—No hace falta una razón. A veces simplemente me apetece.
Lucien rió por lo bajo.
—Pobre río.
Agatha lo miró.
—¿Por qué?
—Porque tendrá que soportarme.
Ella negó con la cabeza.
—Eres idiota.
—Eso me lo habías dicho antes.
—Y lo seguiré diciendo.
Volvieron a guardar silencio. Pero esta vez era diferente. No era tensión. No era distancia.
Era tranquilidad. Hasta que Agatha habló de nuevo. Sin mirarlo.
—Gracias.
Lucien volvió la cabeza.
—¿Por qué?
Ella tardó unos segundos. Como si decirlo fuera más difícil que cualquier discusión.
—Por no obligarme a explicar nada.
Lucien entendió. No necesitaba más explicación. No exigir una explicación por el beso. No preguntar por sus lágrimas.
No pedirle que nombrara aquello que todavía no podía decir.
Porque a veces respetar el silencio de alguien era una forma de protegerlo.
Siguieron caminando. Entonces Agatha añadió:
—No te acostumbres.
Lucien sonrió.
—¿A qué?
—A que dé las gracias.
—Demasiado tarde.
Ella puso los ojos en blanco.
—Voy a arrepentirme de haberte besado.
Lucien fingió pensarlo.
—Puede ser.
Agatha se detuvo.
—¿Puede ser?
Él la miró con una calma que consiguió irritarla inmediatamente.
—Sí. Porque ahora sé cómo hacer que dejes de discutir.
El silencio fue absoluto. Agatha lo miró.
Después levantó el cesto.
—¿Quieres comprobar si también sirve para dejarte inconsciente?
Lucien echó a correr.
—¡Eso no cuenta!
—¡Vuelve aquí, cobarde!
Por primera vez en muchos días… La risa de Agatha volvió a llenar el bosque. Y durante unos instantes… La guerra dejó de existir.
Pero el bosque era demasiado silencioso. Y Lucien lo sabía. La paz nunca duraba demasiado.
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