La Médium XIV. La rutina #2
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XIV. La rutina #2

Sus ojos recorrieron los troncos partidos alrededor. Después volvieron a ella.

—¿Qué será después?

¿Buscar piedras para moverlas de sitio? Contra todo pronóstico… Agatha soltó una risa. No una risa feliz.

Más bien una que llevaba cansancio dentro.

—Al menos las piedras no hacen preguntas.

Lucien dio un paso hacia ella.

—Yo tampoco.

Ella levantó la vista. Porque eso era lo que más la confundía. Lucien preguntaba. Insistía.

La provocaba. Pero nunca la obligaba a hablar. Siempre parecía estar esperando.

Como si supiera que, tarde o temprano, ella bajaría la guardia por voluntad propia.

Agatha desvió la mirada. Él habló más bajo.

—Pero sí veo que estás agotada.

Agatha no respondió. No era cansancio físico. Eso habría sido fácil: dormir.

Comer. Descansar. Era otro tipo de agotamiento.

El de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo una versión de sí misma que ya empezaba a pesar demasiado.

—No tienes que demostrarle nada a nadie.

Y esa fue la frase equivocada.

Porque Lucien no sabía que acababa de tocar la herida más antigua de Agatha.

Toda su vida había tenido que demostrar. Que era digna. Que era capaz. Que no era solamente un apellido.

Que podía soportar lo mismo que cualquiera. Demostrar que no necesitaba ayuda. Su expresión cambió apenas. Pero Lucien lo vio.

Siempre lo veía. El pecho de Agatha comenzó a cerrarse. No quería llorar. No delante de él.

No cuando él la estaba mirando de esa manera. Lucien dio otro paso.

—Agatha…

Ella levantó una mano.

—No.

Su voz salió más frágil de lo que quería.

—No me mires así.

Lucien se detuvo.

—¿Así cómo?

Agatha tragó saliva.

—Como si fueras a sentir pena por mí.

La respuesta de Lucien llegó sin dudar.

—No siento pena. Me preocupas.

Y esas dos palabras fueron más peligrosas que cualquier otra cosa. Porque no había lástima. No había obligación. No había deber.

Solo verdad.

Y Agatha no sabía qué hacer con alguien que la miraba como si importara.

Aquellas palabras quedaron entre ellos. Me preocupas. Dos palabras sencillas. Pero para Agatha fueron mucho más difíciles de soportar que cualquier acusación.

Porque podía defenderse de un enemigo. Podía discutir contra una orden. Podía responder a una amenaza.

Pero no sabía qué hacer cuando alguien se preocupaba por ella sin pedir nada a cambio.

Lucien no avanzó más. No intentó tocarla. No intentó convencerla. Solo permaneció allí.

Esperando.

Y quizá eso fue lo que terminó de romper algo dentro de ella.

Porque incluso ahora… Incluso cuando estaba a punto de derrumbarse… Él seguía dándole la oportunidad de elegir. Agatha apartó la mirada.

Las lágrimas empezaban a acumularse. No quería que ocurriera. No delante de él.

No después de haber pasado tantos días intentando demostrar que podía manejarlo todo.

Apretó los dientes. Respiró hondo. No. No iba a llorar.

Pero Lucien seguía allí. Mirándola no como una princesa. No como una misión. No como alguien que debía proteger.

Como Agatha. Y eso era mucho más peligroso. Dio un paso. Después otro.

Lucien no se movió. Aunque por dentro cada instinto le decía que debía hacerlo. Que debía decir algo.

Que debía detener aquello antes de que ella hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.

Pero entonces Agatha agarró su chaleco. El gesto lo tomó por sorpresa. No por la fuerza. Sino por la desesperación escondida detrás de él.

Durante un segundo quedaron demasiado cerca. Lo suficiente para que ambos fueran conscientes de la respiración del otro. Del silencio. De todo aquello que llevaban días ignorando.

Lucien apenas tuvo tiempo de reaccionar. Y Agatha lo besó. No fue un beso delicado. No fue pensado.

No fue una confesión. Fue una interrupción.

Una forma de detener todo lo que estaba sintiendo antes de que las lágrimas ganaran.

Fue torpe. Desesperado. Como si pudiera esconderse detrás de ese instante. Y Lucien…

Durante un segundo olvidó todo. La misión. Las órdenes. El peligro.

Respondió por puro instinto. Pero entonces entendió. No porque no quisiera. Sino porque la conocía lo suficiente.

Sintió el temblor en sus manos. La tensión en sus hombros. La forma en que intentaba mantenerse firme incluso mientras se estaba rompiendo. No era un beso nacido de la seguridad.

Era un refugio.

Y Lucien no quería convertirse en otro lugar donde Agatha tuviera que esconderse.

Por eso se detuvo. No la apartó. No la rechazó. Solo apoyó una mano en su mejilla.

Con cuidado. Dándole tiempo. Dándole espacio. Agatha abrió los ojos.

Y durante un instante pareció más asustada por esa ternura que por cualquier batalla.

Porque un enemigo podía enfrentarse. Pero alguien que cuidaba de ella… Eso era algo para lo que no tenía defensa. Cuando retrocedió, lo primero que hizo fue girar el rostro.

Como si mirar a Lucien fuera demasiado. Se pasó el dorso de la mano por los ojos con rabia.

—No…

Respiró hondo.

—No digas absolutamente nada.

Lucien obedeció. Por una vez. Y eso casi la hizo enfadarse más. Porque esperaba una provocación.

Una sonrisa. Algún comentario insoportable. Algo que le permitiera volver a pelear. Pero él simplemente respetó su silencio.

Después de unos segundos, Agatha recuperó esa máscara que llevaba usando toda su vida.

La ironía. El orgullo. La actitud desafiante. Sin mirarlo, murmuró:

—Y más te vale no creerte especial.

Lucien no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—Claro.

Agatha finalmente lo miró.

—¿De qué te ríes?

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—De que acabas de besarme… y aun así has encontrado la forma de convertirlo en una amenaza.

Ella resopló. Pero esta vez no había verdadera molestia. Solo vergüenza.

Y algo más que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar todavía.

—No te emociones —dijo.

—Sigo pensando que Marta hace un pan mucho mejor.

Lucien soltó una carcajada. Y, contra toda lógica… Agatha también. Porque era más fácil reír.

Mucho más fácil. Que admitir que, por unos segundos… Había dejado de sentirse sola.

—¡Saekeri!

La voz de Marta llegó desde la casa. Los dos se separaron al instante. Demasiado rápido.

Como si ambos acabaran de recordar que existía un mundo fuera de aquel pequeño espacio entre los árboles.

Agatha carraspeó. Se acomodó el cabello. Después miró hacia cualquier lugar menos hacia Lucien.

—¿Sí?

—¿Habéis terminado ya con la leña?

La pregunta era completamente inocente.

Pero para Agatha, en ese momento, sonó como si Marta hubiera aparecido justo cuando menos debía.

Miró alrededor. Los troncos partidos estaban esparcidos por todo el patio. El hacha seguía clavada en el tocón. Demasiada leña.

Demasiado caos. Y demasiadas posibilidades de que alguien hubiera notado algo.

—Más o menos.

Marta apareció en el umbral. Sus ojos recorrieron primero la leña. Después a Agatha. Después a Lucien.

No dijo nada. Y eso fue peor. Agatha conocía esa mirada.

Era la misma que usaban algunas personas cuando sabían algo pero estaban esperando a que tú mismo te delataras.

La anciana miró otra vez los troncos.

—Veo que el trabajo ha sido…

Hizo una pausa. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Entretenido.

Agatha sintió cómo el calor subía hasta sus orejas.

—¡No es lo que parece!

El silencio fue inmediato. Lucien giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Y qué parece exactamente?

Agatha le lanzó una mirada asesina.

—Ni una palabra.

Lucien tuvo que contener una sonrisa. Porque era increíble. Podía enfrentarse a soldados. A peligros que ni siquiera comprendían.

A todo un reino.

Pero una anciana con una sonrisa tranquila era suficiente para dejarla completamente indefensa.

Marta soltó una risa suave.

—Tranquila, hija —dijo mientras recogía el cesto.

—Hace muchos años que dejé de sacar conclusiones precipitadas.

Agatha deseó desaparecer. Lucien, en cambio, parecía demasiado entretenido. Y eso era peligroso. Porque cuanto más cómodo se sentía…

Más insoportable se volvía.

—¿Nos necesitabas para algo? —preguntó él.