XIV. La rutina
CAPÍTULOXIVLA RUTINA
El desayuno terminó en un silencio tranquilo.
No era un silencio incómodo.
Era uno de esos momentos raros en los que nadie sentía la necesidad de llenar el espacio con palabras.
La casa estaba impregnada del olor del pan recién hecho y la madera quemándose lentamente en la chimenea.
Marta recogía los platos mientras el pequeño salía corriendo al patio, incapaz de permanecer quieto demasiado tiempo.
Agatha permaneció sentada, con la mirada fija en la ventana. Lucien fue el primero en notarlo. Siempre lo hacía.
No porque Agatha fuera fácil de leer. Al contrario. Ella había convertido esconderse en una costumbre. Pero había pequeños detalles que no podía ocultar.
La forma en que apretaba los dedos cuando estaba preocupada. La manera en que evitaba mirar a alguien cuando algo le dolía. El silencio que aparecía cuando sus pensamientos estaban demasiado lejos.
—¿Qué ocurre?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Lucien arqueó una ceja.
—Nunca «nada».
Agatha suspiró. No le gustaba que la conociera tan rápido. Ni que pareciera darse cuenta de cosas que ella prefería ignorar.
—Solo…
Se frotó las manos. Un gesto pequeño. Pero él lo notó.
—No dejo de pensar en las personas que quedaron atrás.
Marta levantó la vista.
—¿Tu familia?
Agatha asintió despacio.
—Y mis amigos.
La palabra salió más baja. Más frágil. No era la princesa. No era la heredera.
No era la muchacha que discutía con Lucien por cualquier cosa.
Era simplemente alguien que no sabía si las personas que amaba seguían existiendo.
—No sé si lograron escapar —dijo.
—No sé si siguen con vida.
Bajó la mirada.
—Ni siquiera sé quién ganó.
El silencio cayó sobre la cocina.
Aquella era la primera vez que hablaba de la guerra desde que había llegado.
Marta dejó una taza frente a ella.
—Cuando una guerra empieza…
La anciana tomó asiento.
—Nunca hay vencedores.
Sus ojos se dirigieron hacia la ventana.
—Solo gente esperando volver a casa.
Agatha cerró los ojos un instante. Porque esa frase era precisamente lo que más miedo le daba. No perder una batalla. No perder un título.
No perder un reino. Perder la posibilidad de regresar.
—Eso es lo que más miedo me da —susurró.
—Que quizá ya no exista un hogar al que volver.
Lucien no dijo nada. Porque por primera vez desde que la conocía… Comprendió algo. Agatha no extrañaba un lugar.
No era el palacio. No eran las paredes de Arcadia. No era una corona. Extrañaba a las personas que había dejado atrás.
Y ninguna mentira podía aliviar ese tipo de dolor. Marta tomó el cesto vacío.
—Voy a llevar esto al horno.
Se acomodó el delantal mientras miraba hacia la puerta.
—¿Podéis acercar luego la leña al cobertizo?
—Claro —respondió Agatha.
La anciana salió de la casa acompañada por su nieto. Durante unos instantes solo quedó el sonido del fuego. El crujido de la madera. El viento golpeando suavemente las ventanas.
Y ese silencio extraño que aparecía cuando dos personas querían decir algo, pero ninguna encontraba la forma correcta de empezar.
Lucien terminó de limpiar la hoja de su cuchillo. Agatha lo observó de reojo. Era algo que había empezado a hacer sin darse cuenta. Mirarlo cuando creía que él no la veía.
Había algo desesperante en Lucien. Su calma. Su paciencia. La forma en que parecía saber cuándo hablar y cuándo simplemente quedarse.
Era muy diferente a ella. Y quizá por eso resultaba tan difícil ignorarlo.
—No tienes por qué sentirte culpable por estar a salvo —dijo él.
Agatha levantó la vista.
—¿Y cómo sabes que me siento culpable?
Lucien guardó el cuchillo.
—Porque llevas toda la mañana intentando convencerte de lo contrario.
Ella permaneció en silencio. Porque odiaba que tuviera razón. Odiaba aún más que no lo dijera para molestarla. Después dejó escapar el aire lentamente.
—No dejo de pensar en ellos.
Lucien comprendió enseguida a quién se refería. No necesitaba nombres. Astrid. Eleonora.
Su padre. Los soldados.
Todos aquellos que habían quedado en Arcadia mientras ella estaba allí, sentada frente a una mesa de madera, intentando acostumbrarse a una vida que no le pertenecía.
—Crees que siguen luchando.
—Lo sé.
Su voz apenas fue un susurro.
—Y yo estoy aquí. A salvo.
Aquellas palabras pesaban más que cualquier herida. Porque Agatha no estaba diciendo que quisiera volver. No exactamente.
Estaba diciendo que no sabía cómo aceptar estar viva mientras otros podían estar sufriendo.
Lucien la observó. Había visto soldados sentirse culpables por sobrevivir. Había visto personas creer que descansar era una traición. Pero en Agatha era diferente.
Ella no se sentía débil. Se sentía responsable.
—No puedes volver —dijo finalmente.
Agatha giró la cabeza de inmediato.
—¿Por qué?
Lucien dudó apenas un instante. Porque la respuesta completa era demasiado complicada. Porque había cosas que no podía decir. Porque incluso él todavía no entendía todo.
—Porque los caminos siguen siendo peligrosos.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Agatha lo supo. La forma en que evitó mirarla durante un segundo se lo confirmó.
Pero no insistió. No todavía.
—Entonces esperaré —dijo—. Pero no para siempre.
Fue la primera vez que Lucien escuchó algo distinto en su voz. No desesperación. Determinación. La princesa seguía ahí.
Aunque intentara esconderla. Agatha fue la primera en levantarse. Tomó el cesto de leña junto a la puerta.
—Yo me encargo.
Lucien la miró.
—No hace falta.
Pero Agatha ya estaba caminando.
—Necesito hacer algo.
Y esa frase explicó mucho más de lo que ella pretendía. No necesitaba leña. Necesitaba movimiento. Necesitaba cansarse.
Necesitaba algo que le impidiera pensar. Lucien no insistió. Solo la siguió con la mirada mientras ella salía.
Después dejó escapar un suspiro. Porque empezaba a conocer esa mirada.
La misma que tenía cuando Agatha estaba a punto de cargar con más peso del que podía soportar.
Agatha salió al patio. El aire de la mañana era frío.
Demasiado frío para alguien que llevaba varios minutos intentando convencer a su cuerpo de que no estaba agotada.
Inspiró profundamente. Frente a ella se extendía el valle. Todo era demasiado tranquilo. Demasiado perfecto.
Como si aquel lugar no supiera que, a pocos días de allí, un reino entero seguía sangrando.
En lugar de limitarse a llevar la leña al cobertizo, tomó el hacha y acercó el primer tronco. Después otro. Y otro. El movimiento se volvió constante.
Casi mecánico. No estaba pensando. O al menos eso intentaba. El golpe del hacha cortó el aire.
Luego la madera. Una vez. Otra. Otra más.
—Si sigues así…
La voz de Lucien llegó desde detrás.
—No va a quedar un árbol en todo Valdoren.
Agatha no se giró. Sabía exactamente dónde estaba. No porque lo hubiera visto. Porque ya había aprendido a reconocer su presencia.
Ese era uno de los problemas con Lucien. Siempre estaba demasiado cerca.
—Entonces tendrán que plantar más.
Otro golpe. La hoja quedó clavada en el tronco. Agatha apretó la mandíbula. No por el hacha.
Por él.
Por la forma en que siempre parecía ver más de lo que ella quería mostrar.
Lucien se acercó. Despacio. Sin prisa.
Como si supiera que cualquier movimiento brusco haría que ella levantara otra barrera.
—Ya has hecho bastante.
Agatha tiró del mango. Nada. Volvió a intentarlo. Nada.
—Marta habla demasiado.
Lucien quedó detrás de ella. Lo bastante cerca para que Agatha notara su presencia. El calor de su cuerpo contrastando con el aire frío.
El olor a cuero, madera y humo de la chimenea. Detalles que no debería notar. Y que, por desgracia, notaba. Sin decir nada, él tomó el hacha.
Sus manos rozaron las de ella apenas un instante. Fue algo mínimo. Un accidente.
Pero suficiente para que ambos se quedaran quietos un segundo más de lo necesario.
Lucien liberó el hacha con una sola mano. Se la tendió.
—Estás cansada.
Agatha tomó el hacha de vuelta con más brusquedad de la necesaria. No porque quisiera discutir.
Sino porque discutir era mucho más fácil que admitir que la cercanía de Lucien la había distraído.
—Estoy ocupada.
Otro golpe. Falló. Lucien levantó una ceja. No sonrió.
Aunque claramente quería hacerlo.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
Agatha lo miró.
—¿Qué?
—Que eres terrible fingiendo que no te importa nada.
Ella entrecerró los ojos.
—Y tú eres terrible fingiendo que no te das cuenta de nada.
El silencio cayó. Porque ambos sabían que la frase tenía más significado del que parecía. Lucien apartó la mirada primero. Y ese pequeño gesto no pasó desapercibido para Agatha.
Porque por primera vez vio algo que no esperaba. No era indiferencia. No era solo paciencia. Era control.
Él también estaba intentando mantener una distancia. Y eso, de alguna manera, era peor. Lucien dejó el hacha a un lado. No con fuerza.
No como una orden.
Simplemente la apartó porque sabía que, si se la devolvía, Agatha encontraría otro tronco sobre el que descargar todo aquello que no quería decir.
Ella extendió la mano.
—Devuélvemela.
—No.
Agatha levantó lentamente la mirada. Había muchas personas que habían intentado darle órdenes. Generales. Nobles.
Incluso su propia familia. Pero Lucien tenía una forma diferente de desafiarla. No buscaba imponerse. La obligaba a detenerse.
Y eso era mucho más peligroso.
—Lucien.
Él no apartó la mirada.
—No estás cortando leña.
Agatha apretó la mandíbula.
—Estás intentando dejar de pensar.
Aquellas palabras la alcanzaron más fuerte que cualquier golpe del hacha. Porque eran verdad. Y porque venían de él. Durante unos segundos ninguno se movió.
El espacio entre ambos parecía demasiado pequeño. Agatha podía sentir la tensión en el aire. La misma que aparecía cuando discutían. Solo que ahora era diferente.
Más silenciosa. Más difícil de ignorar.
—No sabes de qué hablas.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza. Ese gesto tranquilo que tanto la irritaba.
—¿No?
Dejó el hacha completamente a un lado.
—Desde que llegaste a Valdoren no has parado un segundo.
Agatha cruzó los brazos. Una defensa automática. Una barrera.
—Siempre encuentras otra tarea.
Lucien señaló los troncos partidos.