XIII. La sacerdotisa del templo #3
Esta vez fue Mayara quien guardó silencio. Porque también era cierto. Eran iguales en eso. Los dos habían sobrevivido porque uno dudaba y el otro avanzaba.
Uno veía lo que podía romperse. El otro veía cómo seguir caminando. Pero ahora… Por primera vez…
Ambos estaban mirando hacia la misma dirección. Hacia Eleonora. Un sonido leve interrumpió la conversación. No vino de las puertas.
Ni de las escaleras. Vino del altar. Mayara se giró de inmediato. Su expresión cambió.
Lucien lo notó.
—¿Qué ocurre?
Ella no respondió. Se acercó lentamente a la piedra central. La misma donde durante siglos habían realizado antiguos rituales. Una pequeña llama apareció sobre la superficie.
No era fuego. Era magia. Una señal. Lucien se tensó.
Reconocía aquel símbolo.
—La reina.
Mayara asintió. Durante un instante permaneció inmóvil. No porque no quisiera responder. Sino porque sabía exactamente lo que significaba.
Eleonora no contactaba con ellos sin motivo. Mayara extendió la mano. La luz envolvió sus dedos. Después cerró los ojos.
El templo desapareció. No físicamente. Pero durante un instante dejó de escuchar el viento. El pueblo.
El mundo. Solo quedó aquella presencia. La voz llegó con la misma calma de siempre. Segura.
Imponente. La voz de alguien acostumbrado a que el mundo obedeciera.
—Mayara.
Ella inclinó la cabeza.
—Mi reina.
Lucien permaneció a unos pasos. No podía escuchar la conversación completa. Pero conocía demasiado bien la expresión de su hermana. Y no le gustaba.
—Has examinado a la muchacha.
No era una pregunta. Mayara tardó un instante.
—Sí.
—¿Y qué has encontrado?
Mayara guardó silencio un instante. Ese pequeño retraso fue suficiente. Eleonora lo notó.
—Mayara.
La sacerdotisa cerró los ojos.
—Nada.
Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Y eso… Eso fue lo que más la inquietó. Porque Eleonora siempre tenía una respuesta.
Siempre tenía un plan.
—Explícate.
Mayara miró hacia la piedra bajo sus dedos.
—No puedo identificar su esencia. No puedo leer su magia.
Respiró lentamente.
—Es como si no dejara huella.
El silencio de Eleonora fue más revelador que cualquier palabra. Lucien observó a su hermana. Vio cómo su postura cambiaba.
Cómo la sacerdotisa que siempre parecía tener respuestas empezaba a medir cada palabra.
—Continúa observándola —dijo finalmente Eleonora.
Mayara abrió los ojos.
—¿Eso es todo?
—Sí —respondió Eleonora tras un instante.
Pero algo en la voz de la reina hizo que Mayara sintiera un escalofrío.
No era preocupación. No era sorpresa. Era reconocimiento. Como si Eleonora hubiera estado esperando exactamente esa respuesta.
La comunicación comenzó a apagarse. Pero antes de desaparecer, la voz de la reina volvió a escucharse.
—Mayara.
—¿Sí, mi reina?
—No permitas que abandone Valdoren.
La luz desapareció. El templo volvió a quedar en silencio. Mayara permaneció inmóvil. Lucien dio un paso hacia ella.
—¿Qué te dijo?
Ella no respondió inmediatamente. Miró la piedra vacía. Después el valle. Después la dirección donde Agatha había desaparecido.
Porque ahora tenía una certeza. Eleonora no estaba esperando descubrir quién era Agatha. Eleonora ya sabía que Agatha era importante. Y eso era mucho más peligroso.
El templo permaneció en silencio. Pero ya no era el mismo silencio de antes. Antes era paz. Ahora era una pregunta.
Lucien observó a Mayara.
Ella seguía mirando el altar, como si esperara que la piedra le explicara aquello que acababa de ocurrir.
—Mayara.
Ella no respondió.
—Hermana.
Esa palabra consiguió que finalmente apartara la vista. No porque fuera una orden. Sino porque era él.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucien.
Mayara bajó lentamente la mano. La marca de la comunicación con Eleonora ya había desaparecido. Pero la sensación permanecía.
—Me dio una orden.
Lucien frunció el ceño.
—Eso no es extraño.
Mayara lo miró.
—No. Lo extraño es cuál fue.
El silencio volvió.
—No quiere que Agatha abandone Valdoren.
Lucien permaneció inmóvil.
—¿Eso fue todo?
Mayara asintió.
—Eso fue todo.
Y precisamente por eso era preocupante. Lucien caminó unos pasos por el templo.
—Quizá solo quiere mantenerla protegida.
Mayara permaneció frente al altar durante unos segundos más. La orden de Eleonora seguía repitiéndose en su mente. No permitas que abandone Valdoren. No había sido una petición.
No había sido una advertencia. Había sido una orden. Lucien esperaba en silencio. La conocía demasiado bien para interrumpirla cuando estaba pensando.
—No sé qué hacer con esto —admitió finalmente.
Aquella frase sorprendió a Lucien. No porque fuera una duda. Sino porque Mayara casi nunca la pronunciaba.
—Siempre tienes una respuesta —dijo él.
Ella sonrió levemente.
—No siempre. Solo intento que parezca que la tengo.
Durante un instante volvieron a ser los dos niños que habían perdido todo demasiado pronto.
No sacerdotes. No guerreros. Solo hermanos. Lucien se acercó al altar.
—Quizá estamos buscando problemas donde no los hay.
Mayara lo miró. No discutió. Y eso fue lo que más le preocupó. Porque antes habría respondido.
Habría defendido su punto. Habría intentado demostrar que tenía razón. Pero esta vez… También estaba dudando.
—Puede ser —dijo finalmente.
Lucien la observó.
—Pero no lo crees.
Mayara bajó la mirada.
—No.
El silencio volvió a ocupar el templo. Afuera, Valdoren seguía igual. La gente seguía trabajando. Los niños seguían jugando.
Agatha seguía caminando entre ellos como si siempre hubiera pertenecido allí. Y quizá ese era el detalle que más inquietaba a Mayara. No que hubiera algo extraño en ella.
Sino que, por primera vez en mucho tiempo… Algo extraño se sentía completamente natural.
—Ten cuidado con ella —dijo Mayara.
Lucien levantó la mirada.
—¿Con Agatha?
Ella negó suavemente.
—Con lo que pueda cambiar.
Lucien no respondió. Porque esa era la única certeza que tenían. Desde que Agatha había llegado a Valdoren… Algo había empezado a moverse.
No solo en el templo. No solo en la magia. En ellos mismos. Mayara se dirigió hacia la salida.
—Voy a seguir observando.
Lucien asintió.
—Y yo voy a seguir protegiéndola.
Ella se detuvo. No se giró.
—Lo sé. Ese es precisamente mi miedo.
Lucien frunció el ceño. Pero antes de poder preguntar, Mayara ya había salido del templo. El sacerdote permaneció solo entre las antiguas piedras. Miró hacia el valle.
Hacia el pueblo.
Hacia la casa donde Agatha comenzaba a encontrar algo parecido a un hogar.
No sabía qué significaba ella. No sabía por qué Eleonora había ordenado protegerla. No sabía qué secretos se escondían detrás de todo aquello. Pero sí sabía una cosa.
Por primera vez desde que había jurado servir a la reina… Había una pregunta que no podía dejar de hacerse. ¿Estaban protegiendo a Agatha del mundo… o al mundo de Agatha?
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