XIII. La sacerdotisa del templo #2
—Acabas de describirme su carácter.
Mayara dio un paso hacia él.
—No quién es.
El templo pareció quedarse más frío. Lucien sabía que insistir sería inútil. Mayara nunca hacía una pregunta cuya respuesta desconociera por completo. Solo necesitaba comprobar cuánto estaba dispuesto a revelar.
Finalmente habló.
—Su nombre es Agatha.
Mayara permaneció atenta.
—Creció en Arcadia. Eso es todo lo que sé.
La sacerdotisa arqueó apenas una ceja. No necesitaba más. La duda ya estaba en su rostro.
—¿Y Eleonora?
La pregunta cambió algo en Lucien. Fue mínimo. Pero Mayara lo notó. Su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre con ella?
—¿Te dijo por qué debías traer precisamente a esa muchacha?
Lucien bajó la vista durante un instante. No porque no recordara la conversación, sino porque la recordaba demasiado bien.
—No.
Mayara lo observó.
—¿Y no te pareció extraño?
Él soltó una breve risa sin humor.
—Con Eleonora todo es extraño.
La respuesta quedó suspendida en el aire. Mayara no respondió. No hacía falta. Conocía demasiado bien a Lucien.
Sabía leer aquello que otros pasaban por alto. El cansancio detrás de una frase. La duda detrás de una orden cumplida. Las primeras grietas en una lealtad.
—¿Vas a informar a la reina? —preguntó finalmente Lucien.
Mayara permaneció unos segundos en silencio. Después volvió la mirada hacia el valle. Allí abajo estaba Valdoren. El pueblo.
La gente. Agatha.
—Todavía no.
Lucien la miró con sorpresa.
—¿Por qué?
Mayara respondió con calma:
—Porque aún no tengo nada que decirle. Solo preguntas.
La sacerdotisa volvió la vista hacia él.
—Y Eleonora detesta las preguntas sin respuesta.
Lucien guardó silencio. Porque sabía que aquello era cierto. Mayara comenzó a caminar hacia la salida del santuario.
—Seguiré observándola.
Se detuvo un instante.
—Si realmente no es nadie…
Miró hacia las puertas.
—Lo descubriré.
—Y si resulta ser alguien…
Su expresión se volvió más seria.
—También.
Lucien permaneció inmóvil mientras ella se alejaba. Porque por primera vez desde que había aceptado aquella misión… Sintió algo que no había sentido antes. No era miedo.
No exactamente. Era la sensación de que la misión empezaba a pertenecerle menos. Y que Agatha… Empezaba a cambiar las reglas sin siquiera saberlo.
Mayara lo observó durante largos segundos. No como sacerdotisa. No como alguien que buscaba respuestas. Como su hermana.
La única persona que quedaba de aquello que ambos habían perdido.
—Eso no formaba parte de tu misión —dijo.
Lucien no respondió de inmediato. Porque sabía que Mayara no estaba hablando de la orden de Eleonora. Estaba hablando de él.
—No —dijo finalmente—. No formaba parte.
Mayara bajó la mirada. Ella conocía esa voz. La había escuchado antes. Después de una batalla.
Después de una pérdida.
Después de cada vez que Lucien intentaba convencerse de que solo estaba cumpliendo con su deber.
—Lucien…
Su voz cambió. Ya no era la sacerdotisa hablando con el servidor de la reina. Era su hermana. Él levantó la mirada.
Sabía reconocer ese tono.
El mismo que había usado años atrás, cuando eran más jóvenes y todavía tenían un hogar al que regresar.
Antes de los destierros. Antes de perderlo todo.
—No empieces —dijo él.
Mayara negó lentamente.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando demasiado fuerte.
Por un instante, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de ella. Una sonrisa antigua. Una que pertenecía a una época donde podían permitirse bromear.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues creyendo que puedes leerme.
—Puedo.
La respuesta fue inmediata.
—Porque soy tu hermana.
El silencio que siguió fue diferente. Más cercano. Más doloroso. Durante años habían sobrevivido sosteniéndose el uno al otro.
Los demás desterrados veían guerreros. Sacerdotes. Sirvientes de Eleonora. Pero ellos recordaban algo más.
Recordaban quiénes eran antes de convertirse en eso. Mayara volvió la vista hacia el valle. Hacia donde Agatha había desaparecido entre las calles del pueblo.
—Esa muchacha te preocupa.
Lucien no respondió. Y esa ausencia de respuesta fue suficiente. Mayara suspiró.
—Lucien.
Él apretó ligeramente la mandíbula.
—Estoy cumpliendo mi misión.
—No he preguntado eso.
La frase quedó suspendida. Porque ambos sabían que era verdad. Mayara no dudaba de su lealtad. Nunca había dudado.
Pero conocía la diferencia entre obedecer una orden… Y empezar a cuestionarla.
—Eleonora te pidió traerla —dijo Mayara—, no protegerla.
Lucien bajó la mirada. Porque esa era la parte que no quería admitir. Al principio Agatha había sido una misión. Un encargo.
Una responsabilidad. Pero después había visto otras cosas. No a la heredera. No al misterio.
No a la pieza que Eleonora buscaba. Había visto a una joven que no sabía aceptar ayuda.
A alguien que había pasado demasiado tiempo creyendo que estar sola era la única forma de sobrevivir.
Y eso era lo que complicaba todo.
—Ella no es lo que esperábamos —dijo finalmente.
Mayara lo observó.
—Eso ya lo sé.
Lucien levantó la mirada.
La sacerdotisa se acercó lentamente al relieve de piedra donde Agatha había estado.
Pasó los dedos sobre la superficie.
—Lo que no sé… Es por qué el templo la reconoció.
Lucien guardó silencio.
—Y por qué nuestra reina ya sabía que debía llegar hasta aquí.
Aquella frase cambió algo en Lucien. Porque esa era la verdadera pregunta. No quién era Agatha. Sino por qué Eleonora había estado esperándola.
Mayara retiró la mano de la piedra.
—Hermano…
Lucien la miró.
—Tengo miedo de que estemos protegiendo algo que nunca nos dijeron que debíamos proteger.
Y por primera vez en mucho tiempo… Lucien no tuvo una respuesta. Mayara permaneció junto al relieve de piedra. Sus dedos aún descansaban sobre la superficie fría.
Como si esperara que la piedra le respondiera aquello que nadie más podía decirle.
—Cuéntame exactamente qué ocurrió.
La voz de Mayara volvió a ser seria. No como sacerdotisa. Como alguien que necesitaba entender antes de tomar una decisión. Lucien guardó silencio unos segundos.
Sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. Y si había alguien a quien podía contarle la verdad… Era ella.
—La orden llegó directamente de Eleonora.
Mayara no apartó la mirada.
—Eso ya lo sé. Lo que no sé es por qué.
Lucien bajó la vista.
—Me dijo que debía encontrarla antes que otros.
Mayara frunció ligeramente el ceño.
—¿Otros quiénes?
Él negó despacio.
—No lo explicó.
El silencio fue inmediato. Porque ambos conocían a Eleonora. Y precisamente por eso aquello era extraño. La reina podía ser reservada.
Podía ocultar información. Podía mover piezas sin explicar el tablero completo. Pero cuando enviaba a alguien a una misión… Siempre había una razón.
Siempre había un objetivo claro.
—¿Y tú aceptaste sin preguntar? —preguntó Mayara.
Lucien levantó la mirada.
—Me dio una orden.
Mayara sostuvo sus ojos.
—Eso no responde mi pregunta.
Por un instante, Lucien pareció cansado. No físicamente. De otra forma. Como si llevara demasiado tiempo cargando algo que no sabía cómo explicar.
—Después de todo lo que perdimos…
Miró hacia el altar.
—Después de todo lo que hizo por nosotros… ¿Cómo podía negarme?
La expresión de Mayara se suavizó. Porque entendía esa respuesta. Quizá demasiado.
Eleonora había sido quien les había dado un lugar cuando ya no tenían ninguno.
Cuando fueron desterrados. Cuando su nombre dejó de significar algo. Cuando todos los demás los veían como una amenaza. Ella les dio una causa.
Un propósito. Una razón para seguir. Pero precisamente por eso… La duda era más peligrosa.
Porque cuestionar a Eleonora significaba cuestionar todo aquello que los había mantenido vivos.
—Lucien… —dijo Mayara lentamente.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué nosotros?
Él la miró.
—¿Por qué nos eligió a nosotros?
La pregunta quedó flotando.
Porque esa era la parte que ninguno de los dos quería decir en voz alta.
Eleonora no elegía personas al azar. Nunca.
—Somos desterrados —respondió Lucien—. Éramos útiles.
Mayara negó suavemente.
—No.
Él guardó silencio.
—Éramos leales —corrigió ella.
—Que no es lo mismo.
Lucien no respondió. Mayara caminó lentamente por el templo. Observando las antiguas paredes. Los símbolos tallados.
La historia que existía antes que Arcadia. Antes que cualquier reina.
—El templo reaccionó ante ella —dijo finalmente.
Lucien levantó la mirada.
—No ante su magia. No ante un hechizo. No ante un poder que pudiéramos reconocer.
Se giró hacia él.
—Ante ella.
La palabra quedó marcada. Lucien recordó la primera vez que vio a Agatha. Herida. Desconfiada.
Negándose a aceptar ayuda. Nada en ella parecía una amenaza. Nada parecía una leyenda. Y aun así…
Algo antiguo parecía conocerla.
—¿Qué estás pensando? —preguntó.
Mayara tardó en responder. Porque la respuesta era demasiado peligrosa.
—Que quizá hemos estado buscando una respuesta equivocada.
Lucien frunció el ceño.
—Explícate.
Mayara miró hacia la puerta por donde Agatha había salido.
—Quizá la pregunta no sea quién es Agatha. Quizá la pregunta sea por qué Eleonora tenía tanto miedo de que alguien más la encontrara primero.
El silencio que siguió fue absoluto. Y por primera vez… Lucien sintió que la misión que había aceptado no escondía un secreto. Escondía una verdad que alguien había intentado enterrar.
El silencio entre ambos se prolongó. No era un silencio incómodo.
Era uno de esos silencios que aparecen cuando dos personas han llegado al mismo pensamiento, pero ninguna quiere pronunciarlo primero.
Porque decirlo en voz alta significaba aceptar algo peligroso. Que quizá la reina no les había contado toda la verdad. Lucien apartó la mirada.
—No podemos sacar conclusiones todavía.
Mayara sonrió ligeramente. Pero no era una sonrisa divertida. Era cansancio.
—Sigues haciendo eso.
Él la miró.
—¿Qué?
—Buscar una explicación antes de aceptar que algo no encaja.
Lucien no respondió. Porque sabía que era cierto. Siempre había sido así. Desde que eran niños.
Mayara veía una tormenta en el cielo. Él buscaba una forma de atravesarla.
—Y tú sigues buscando una amenaza antes de saber si existe.