La Médium XIII. La sacerdotisa del templo
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XIII. La sacerdotisa del templo

CAPÍTULOXIIILA SACERDOTISA DEL TEMPLO

El templo despertaba antes que el pueblo.

Cuando las primeras chimeneas apenas comenzaban a humear en Valdoren, las lámparas de aceite ya ardían entre los antiguos pilares de piedra.

Mayara caminaba descalza sobre el suelo frío. Cada paso resonaba bajo las altas bóvedas. No había imágenes de santos. Ni coronas.

Ni estandartes de Arcadia. Solo árboles tallados en la roca. Raíces que ascendían por las columnas como si intentaran abrazar el techo. Vestigios de una fe mucho más antigua que cualquier reino.

Mayara dejó una pequeña ofrenda de hierbas sobre el altar. Después cerró los ojos. El silencio era parte del ritual. Siempre lo había sido.

El templo respiraba con ella. La piedra. La madera. El aire antiguo que permanecía atrapado entre aquellos muros.

Sin embargo… Aquella mañana el templo no estaba en silencio. Algo perturbaba la calma. No era un sonido.

Era una presencia. Sutil. Lejana. Pero imposible de ignorar.

Mayara abrió los ojos lentamente. Por primera vez en años… El templo parecía estar esperando. Se acercó al gran ventanal.

Desde allí observó el valle. Valdoren despertaba ajeno a todo. Niños corriendo. Campesinos preparando los carros.

Humo elevándose entre los tejados. Una mañana cualquiera. Y aun así… Sentía que una pieza había cambiado de lugar.

—No eres tú… —murmuró.

Su mirada recorrió el pueblo sin detenerse en nadie.

—Pero estás aquí.

Mayara giró sobre sus talones. Sin apresurarse. Si el templo había despertado… Era porque alguien debía escucharlo.

Y ella llevaba toda una vida preparándose para ese momento. Mayara descendió por el corredor oriental del templo.

A diferencia del santuario principal, aquel pasillo permanecía oculto para los habitantes de Valdoren.

No había altares. Ni bancos. Solo muros desnudos. Y una única puerta de piedra al final del recorrido.

Se detuvo frente a ella. Apoyó la palma de la mano sobre la superficie. Durante un instante… No ocurrió nada.

Después, antiguas inscripciones comenzaron a iluminarse bajo sus dedos. No era una luz intensa. Era tenue. Como el último aliento de algo que se negaba a desaparecer.

La puerta emitió un leve crujido. Mayara cruzó el umbral. El aire era distinto allí. Más frío.

Más antiguo.

En el centro de la estancia descansaba un pequeño pedestal de roca negra.

Sobre él… Un cuenco de plata. Vacío. Mayara dejó caer una gota de sangre sobre el metal.

El sonido fue casi imperceptible. La sangre no permaneció en el fondo.

Se extendió sola, formando delicadas líneas que comenzaron a dibujar un antiguo símbolo.

No pertenecía a la fe de Arcadia. Tampoco al reino humano. Era mucho más antiguo. Mayara observó el símbolo sin pestañear.

Esperó. Las líneas continuaron moviéndose. Durante un segundo creyó que el ritual respondería. Pero el dibujo se quebró.

La sangre perdió el brillo. Y volvió a convertirse en una simple gota. Silencio. Mayara cerró lentamente la mano.

—Otra vez… —susurró.

Era la tercera vez en su vida que aquel ritual quedaba incompleto. La primera ocurrió siendo una niña. La segunda… La noche en que el Velo nació.

Y ahora. Permaneció inmóvil. Respirando con calma. No había obtenido una respuesta.

Pero sí una certeza. El templo… Había reconocido una presencia. Aunque alguien o algo la estuviera ocultando.

Mayara levantó la vista. Por primera vez en muchos años… Sintió miedo de llegar demasiado tarde. Mayara abandonó la cámara oculta sin volver la vista atrás.

La pesada puerta de piedra se cerró con un sonido sordo. Como si aquel lugar jamás hubiera existido. Cuando descendió las escalinatas del templo, el pueblo ya estaba completamente despierto.

El mercado ocupaba el centro de la plaza. Campesinos descargaban sacos de cereal. Un pescador discutía el precio de sus redes.

Los niños corrían entre los puestos sin prestar atención a los regaños de sus madres.

Era una escena habitual. Mayara la había visto cientos de veces. El mismo movimiento. Las mismas voces.

La misma vida siguiendo su curso. Pero aquella mañana… No observaba el pueblo. Observaba a sus habitantes.

Uno por uno. Sus miradas. Sus gestos. Sus emociones.

Todo dejaba una huella. La alegría tenía una forma. El miedo tenía otra. La tristeza siempre dejaba un rastro más profundo.

Incluso las mentiras… Incluso los secretos… Todos dejaban algo. Todos…

Menos una persona. Mayara se detuvo. Frunció ligeramente el ceño. No era que no pudiera verla.

No era invisibilidad. No era un hechizo. No era una barrera. Era que…

No conseguía leerla.

Como si su presencia estuviera envuelta en una bruma demasiado fina para percibirla.

Como si existiera frente a ella y, al mismo tiempo, hubiera algo impidiendo que el mundo dejara una marca sobre ella.

No era magia. Era ausencia. Y aquello resultaba mucho más inquietante.

—Buenos días, sacerdotisa.

La voz de Marta la sacó de sus pensamientos. Mayara giró ligeramente la cabeza.

La anciana estaba frente a ella con un cesto de pan entre los brazos.

—Buenos días, Marta.

—Venía a dejar el pan del templo.

Mayara inclinó la cabeza.

—Gracias.

Marta sonrió con la familiaridad de quien repetía aquel gesto desde hacía años.

—Hoy tengo ayuda.

Mayara siguió la dirección de su mirada. Allí estaba. Agatha. Acomodaba unas hogazas sobre un pequeño carro.

Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y tenía harina en una mejilla.

Nada en ella parecía extraordinario. Nada que justificara la sensación del templo.

Discutía con el nieto de Marta porque el pequeño insistía en cargar un saco mucho más grande que él.

—Puedo hacerlo.

—No puedes.

—¡Claro que puedo!

Agatha terminó arrebatándole el saco con una sonrisa.

—Cuando seas tan alto como yo.

El niño resopló.

—Eso será dentro de mucho.

—Entonces tendrás tiempo para practicar.

El pequeño cruzó los brazos, ofendido. Mayara observó la escena en silencio. No había nada extraordinario. Solo una muchacha riendo.

Una joven ayudando con el pan. Alguien que parecía haber encontrado un lugar al que pertenecer. Y, sin embargo… Aquella misma sensación volvió a recorrerle la espalda.

Breve. Casi imperceptible. Desapareció antes de que pudiera comprenderla.

—¿Ocurre algo?

La voz de Marta la sacó de sus pensamientos. Mayara apartó la mirada de Agatha.

—No.

Mintió con una serenidad impecable.

—Solo recordaba a alguien.

Marta sonrió sin sospechar nada.

—Los años tienen esa costumbre.

—Nos hacen vivir entre recuerdos.

Mayara asintió. Pero sabía que aquello no era un recuerdo. Era una intuición. Y las intuiciones…

Rara vez se equivocaban. Mayara permaneció inmóvil unos instantes más. Esperó hasta que las voces de Marta y Agatha desaparecieron escaleras abajo. Solo entonces volvió la vista hacia el altar.

—Puedes salir.

El templo permaneció en silencio. Mayara no insistió. No era necesario. Sabía que estaba allí.

Lo había percibido mucho antes de que Marta cruzara la puerta. Finalmente, una figura abandonó la sombra de una de las columnas. Lucien. Avanzó despacio.

Con la serenidad de quien no tenía intención de ocultarse más.

—Cada vez eres más difícil de sorprender.

Mayara esbozó una leve sonrisa.

—Y tú sigues creyendo que las sombras bastan para esconderte de una sacerdotisa.

Lucien inclinó apenas la cabeza. No era una disculpa. Era una forma de reconocer que tenía razón.

Sus ojos se dirigieron hacia la puerta por la que Agatha acababa de marcharse.

—¿Qué viste?

Mayara no respondió enseguida. Caminó hasta el relieve que Agatha había tocado momentos antes. Apoyó la mano sobre la piedra. Fría.

Silenciosa. Exactamente igual que antes.

—Nada.

Lucien frunció el ceño.

—¿Nada?

Mayara retiró la mano lentamente.

—Nada que tenga sentido.

El silencio cayó entre ambos.

—La observé de cerca —dijo Mayara.

—Escuché el pulso de su magia.

—Busqué el rastro de su esencia.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—Y no encontré ninguna de las dos cosas.

Lucien permaneció callado. No porque no tuviera una respuesta. Porque no tenía ninguna.

—¿Eso es posible? —preguntó finalmente.

Mayara levantó la vista.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que incluso Lucien pareció sorprenderse.

—Precisamente por eso me preocupa.

El silencio volvió a instalarse entre ambos. Más pesado. Más antiguo. Lucien miró nuevamente hacia la puerta.

Recordó a Agatha unos minutos antes. Cubierta de harina. Discutiendo con un niño por un saco de pan. Riéndose.

Parecía… Completamente normal.

—Tal vez solo sea humana.

Mayara negó despacio.

—Los humanos también dejan huella.

La sacerdotisa sostuvo su mirada.

—Todos la dejan.

—Ella no.

Lucien no respondió. Porque una parte de él quería creer que Mayara estaba equivocada. Que todo aquello era simplemente una rareza. Una coincidencia.

Algo que con el tiempo tendría explicación. Pero otra parte… Recordaba la piedra. La forma en que había reaccionado ante Agatha.

La manera en que algunas cosas parecían encontrarla incluso cuando ella no las buscaba.

Mayara lo observó.

—¿Cuánto tiempo llevas con ella?

—Unos días.

La sacerdotisa entrecerró los ojos.

—¿Y no has visto nada fuera de lo normal?

Lucien tardó en responder. Solo un instante. Pero fue suficiente. Pensó en la primera noche.

En cómo Agatha había intentado seguir adelante aun herida. En la forma en que desconfiaba de cualquier mano extendida. En cómo había pasado de mirar el pueblo como una prisión…

A reír con unos niños bajo un árbol.

—No.

Mayara no apartó la mirada.

—Has dudado.

Lucien respondió con calma:

—He pensado. No es lo mismo.

La sacerdotisa desvió la vista hacia el valle.

—Explícamelo.

Lucien apoyó una mano sobre el respaldo de uno de los bancos de madera.

—Si esperas encontrar a una criatura salida de una profecía…

La miró.

—Te equivocas. Es una muchacha. Terca, desconfiada y demasiado orgullosa para pedir ayuda.

Su voz se suavizó apenas.

Mayara permaneció en silencio.

—También es compasiva —añadió Lucien.

—Aunque intente ocultarlo.

La sacerdotisa volvió la mirada hacia él.

—Hablas como si la conocieras.

Por primera vez… Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Lucien.

—Empiezo a hacerlo.

—Estás omitiendo algo.

Lucien no se movió.

—No.