La Médium XXII. Los recuerdos de una reina #5
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XXII. Los recuerdos de una reina #5

Mayara sintió miedo de ella. Verdadero miedo. No por sí misma. Por Agatha.

Por Lucien. Por todos aquellos que aún creían que Eleonora tenía un límite. Porque acababa de descubrir que no lo tenía. Y cuando intentó dar un paso atrás…

Comprendió que era demasiado tarde. Mayara retrocedió un paso. Solo uno. Pero fue suficiente.

Porque Eleonora lo vio. Vio el miedo. Y comprendió algo que no esperaba comprender. Mayara había dejado de estar de su lado.

Por completo. No quedaba nada que recuperar. Ninguna discusión. Ninguna negociación.

Ninguna promesa. Solo una decisión.

—¿Desde cuándo?

La pregunta tomó a Mayara por sorpresa.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo dudas de mí?

Durante un instante recordó a la mujer que había conocido años atrás. La mujer que hablaba de restaurar la magia. De reparar errores. De devolver el equilibrio.

La mujer a la que siguió. Y sintió una tristeza profunda. Porque ahora comprendía que aquella mujer nunca existió. O quizás había existido.

Y se había perdido en el camino.

—Desde que vi a Agatha llorar por Marta.

Eleonora permaneció inmóvil.

—Desde que vi lo que ese dolor provocó.

La voz de Mayara comenzó a quebrarse.

—Desde que entendí que para ti eso no fue una tragedia.

Fue una prueba. El golpe fue certero. Porque por primera vez Eleonora apartó la mirada. Solo un instante.

Pero Mayara lo vio.

—Cuando todos lloraban… tú estabas observando.

Silencio.

—Midiendo.

Calculando. Esperando.

—Porque era importante.

—¡Era una niña!

La furia explotó al fin. Años de silencio. Años de obediencia. Años justificando lo injustificable.

—¡Era una niña que acababa de perder a alguien que amaba!

El viento sacudió los estandartes de la torre.

—Y aun así sobrevivió.

Aquellas palabras fueron peores que cualquier confesión. Porque no había crueldad en ellas. Solo convicción. Una convicción absoluta.

Inquebrantable. Eleonora creía cada palabra que decía. Y eso era lo aterrador.

—Ya no la ves.

Mayara dio otro paso.

—Ya no ves a Agatha.

—Veo exactamente lo que es.

—No.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.

—Ves lo que quieres que sea.

Silencio.

—Una llave.

Otro paso.

—Una herramienta.

Otro.

—Un sacrificio necesario.

Eleonora no respondió. Y aquella ausencia de respuesta fue suficiente. Porque confirmó todo. Todo aquello que Mayara había temido durante el viaje.

Todo aquello que había intentado negar.

Todo aquello que había visto reflejado en los ojos de Lucien cuando comprendió que estaba enamorado.

Agatha nunca había sido una persona para Eleonora. Había sido un proyecto. Una posibilidad. Un camino.

—Voy a sacarla de aquí.

Las palabras resonaron entre ambas. Firmes. Definitivas.

—Voy a llevarla lejos de ti.

La temperatura pareció descender.

—No.

—Sí.

—No puedes.

—Mírame intentarlo.

Durante un segundo interminable ninguna se movió. Y entonces Mayara vio algo. Algo que jamás había visto en veinte años. O quizá siempre estuvo allí.

Y ella no quiso verlo. Desprecio. No ira. No odio.

Desprecio. Como si la decisión ya estuviera tomada. Como si la conversación hubiera terminado antes de comenzar. Entonces comprendió.

No iba a salir de aquella torre. La certeza llegó antes que el miedo. Antes que el instinto. Antes que cualquier intento de huida.

Porque Eleonora jamás permitiría que alguien arruinara veinte años de trabajo. Ni siquiera Mayara. Especialmente Mayara. Porque ella sabía demasiado.

Porque conocía cada secreto. Cada mentira. Cada cadáver enterrado bajo el camino. Y porque por primera vez estaba dispuesta a contarlo.

—Lo siento.

La voz de Eleonora sonó extrañamente suave. Aquello fue lo último que hizo temblar a Mayara. Porque comprendió que sí lo sentía. No por ella.

Por tener que hacerlo. Como un cirujano lamentando la amputación. Como alguien eliminando un obstáculo necesario. Y en la mente de Eleonora…

Mayara acababa de convertirse en uno. Mayara sintió que algo dentro de ella se rompía. No porque creyera aquella disculpa. Sino porque comprendió que Eleonora sí la consideraba sincera.

Aquello era lo más aterrador. Que después de todo… Después de las mentiras. Las manipulaciones.

Los años. Seguía convencida de que actuaba por el bien mayor.

—No.

Mayara negó lentamente.

—No lo sientes.

El viento agitó los cabellos de ambas.

—Hace mucho tiempo que dejaste de sentirlo.

Eleonora permaneció inmóvil. La expresión serena. Controlada. La misma máscara que había utilizado durante décadas.

—Mírate.

Mayara sintió las lágrimas resbalar por sus mejillas.

—¿Sabes qué es lo peor?

Silencio.

—Que todavía crees que eres la heroína de esta historia.

Aquello sí golpeó. No en el rostro. En algo mucho más profundo. Pero duró apenas un instante.

Porque Eleonora ya había tomado una decisión. Y las decisiones de Eleonora rara vez cambiaban.

—No entiendes lo que está en juego.

—No.

Mayara soltó una risa rota.

—Por fin lo entiendo.

Y dio un paso más.

—Nunca fue por la magia.

Otro.

—Nunca fue por Arcadia.

Otro.

—Nunca fue por Agatha.

Los ojos de Eleonora se oscurecieron.

—Cuidado.

—Fue por ti.

El silencio cayó sobre la torre. Pesado. Definitivo.

—Todo este tiempo. Todo este sufrimiento. Todas estas muertes.

Mayara sintió el corazón acelerarse. Porque ya no tenía miedo.

Ya no.

—Solo querías volver.

Eleonora no respondió.

—Volver y demostrarle a tu padre que tenía razón al elegirte.

Silencio.

—Demostrar que eras mejor que todos los demás.

Silencio.

—Demostrar que eras digna de una corona.

Y entonces ocurrió. Por primera vez. La máscara se rompió. Solo un segundo.

Pero Mayara lo vio. La rabia. Pura. Visceral.

Y comprendió que había alcanzado el centro de la herida. La herida que llevaba veinte años gobernando cada decisión.

—Cállate.

La voz de Eleonora salió fría. Demasiado fría.

—¿Por qué?

Mayara dio otro paso.

—¿Porque sabes que es verdad?

El poder respondió. No hubo advertencia. No hubo amenaza. Solo una explosión de energía.

Mayara apenas logró levantar una barrera. El impacto la lanzó contra la piedra. El aire abandonó sus pulmones. Dolor.

Un dolor insoportable. Y comprendió algo terrible. Estaba agotada. El esfuerzo realizado en Valdoren la había dejado demasiado débil.

Demasiado vulnerable. Demasiado humana. Eleonora también lo sabía. Por supuesto que lo sabía.

Por eso había esperado. Por eso no la había enfrentado antes. Por eso había dejado que regresara. Porque una Mayara debilitada era una Mayara que podía eliminar.

Mayara intentó incorporarse. La sangre descendía por una comisura de sus labios.

—¿Vas a matarme?

La pregunta quedó suspendida entre ambas. Eleonora la observó durante largos segundos. Como si estuviera calculando. Como si evaluara posibilidades.

Alternativas. Consecuencias. Y aquello fue peor que cualquier respuesta. Porque significaba que no sentía nada.

No dolor. No culpa. Nada. Solo cálculo.

—Ya tomaste tu decisión.

Mayara soltó una carcajada amarga.

—No.

Tosió sangre.

—La que tomó una decisión fuiste tú.

Intentó ponerse de pie. Las piernas temblaron. Pero lo consiguió. Porque todavía quedaba algo que decir.

Algo importante. Algo que Eleonora necesitaba escuchar.

—Agatha jamás te perdonará.

Aquellas palabras sí atravesaron la armadura. No mucho. Pero lo suficiente. Porque por un instante la mirada de Eleonora vaciló.

Solo un instante. Y Mayara sonrió. Una sonrisa triste. Victoriosa.

Porque entendió algo. Eleonora podía engañar al mundo. Podía engañarse a sí misma. Pero no podía cambiar una verdad.

Agatha nunca elegiría aquello. Nunca elegiría convertirse en el sacrificio de nadie. Nunca elegiría el camino de Eleonora. Y cuando descubriera la verdad…

Todo lo que había construido se derrumbaría. La rabia regresó al rostro de Eleonora. Y esta vez no hubo vacilación. No hubo duda.

No hubo cálculo. Solo decisión. Y Mayara supo que iba a morir. Pero también supo otra cosa.

Lucien ya había elegido. Aunque todavía no lo comprendiera. Y algún día… Cuando llegara el momento…

Elegiría a Agatha por encima del sueño de Eleonora. Y eso sería el principio del fin. La última sonrisa de Mayara fue para esa esperanza.

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