La Médium XI. Un lugar al que volver
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XI. Un lugar al que volver

CAPÍTULOXIUN LUGAR AL QUE VOLVER

El olor a pan recién horneado llegó antes que la luz del amanecer.

Agatha abrió los ojos despacio. Durante unos segundos permaneció quieta, intentando recordar dónde estaba. No había piedra fría bajo su espalda. No había pasillos interminables.

No había voces detrás de una puerta hablando de ella.

Desde la planta baja llegaban voces apagadas y el golpeteo de la leña contra el hogar.

—Ya está despierta —oyó decir a Marta.

Agatha sonrió sin darse cuenta. Hacía tiempo que nadie notaba algo tan sencillo. Si había dormido. Si estaba cansada.

Si simplemente necesitaba descansar. Se vistió deprisa y bajó la escalera.

Los ancianos ya ocupaban sus lugares alrededor de la mesa mientras el nieto de Marta perseguía a una gallina que había conseguido colarse en la cocina.

—¡Ven aquí, condenada! —protestó el niño entre risas.

—Primero atrápala y luego te quejas —rió Marta mientras dejaba una hogaza de pan sobre la mesa.

Agatha no pudo evitar reír también. Era un caos. Pero uno agradable. Uno que no exigía nada de ella.

—¿Podrías traer agua del pozo? —preguntó Marta.

—Claro.

Tomó los cubos de madera y salió de la casa.

El aire de la mañana era fresco y el pueblo ya comenzaba a despertar.

El herrero levantó una mano al verla.

Una mujer barría la entrada de su casa mientras dos niños corrían detrás de un perro.

Por un instante… Parecía imposible que existiera una guerra. Al llegar al pozo encontró a Lucien llenando otro cubo. Al verla, levantó apenas la mirada.

—Buenos días, Saekeri.

Agatha sostuvo su mirada durante un segundo. Ese nombre todavía era extraño. Una identidad prestada. Una historia que ambos sostenían.

Pero allí… En ese pueblo… Era el nombre que todos conocían. Sonrió.

—Buenos días… Sacerdote de Mármol.

Una sonrisa casi imperceptible cruzó el rostro de Lucien. Por primera vez, no respondió con una mueca. Solo negó con la cabeza, resignado.

—Empiezo a creer que jamás aprenderás mi nombre.

—¿Y perder la oportunidad de molestarte?

—Sería una tragedia.

Agatha soltó una risa breve. Lucien la observó unos segundos. No recordaba haberla visto reír así. Sin miedo.

Sin tristeza. Solo… Libre. Tomó uno de los cubos antes de que Agatha pudiera protestar.

—No hacía falta.

—Lo sé.

La respuesta la tomó por sorpresa. Porque, viniendo de Lucien, aquello casi parecía una broma. Comenzaron a caminar de regreso. El pueblo ya estaba completamente despierto.

Y por primera vez desde que había llegado allí… Agatha sintió que no estaba huyendo. Solo estaba caminando.

El sonido del martillo contra el hierro llegó desde la herrería antes de que alcanzaran la plaza.

—¡Lucien! —gritó una voz al otro lado del camino.

Un hombre robusto salió del taller con los brazos cubiertos de hollín.

—¿Vienes luego? Tengo una bisagra que se resiste más que mi mujer.

Lucien soltó una risa baja. Agatha se quedó mirándolo. No porque fuera una gran reacción. Precisamente por lo contrario.

Porque era pequeña. Natural. Algo que no esperaba ver en él.

—Eso tiene fácil arreglo.

El herrero arqueó una ceja.

—¿La bisagra?

Lucien lo miró con absoluta seriedad.

—No… tu mujer.

El hombre resopló mientras negaba con la cabeza.

—Lárgate antes de que te oiga.

Agatha lo observó de reojo mientras continuaban caminando.

—No pareces muy temido.

Lucien levantó la mirada.

—No suelo serlo.

—Qué decepción.

Una pausa.

—Puedo intentarlo si eso mejora tu opinión de mí.

Agatha sonrió.

—Llegas tarde.

Siguieron avanzando por las calles del pueblo. Una anciana regaba unas macetas junto a la puerta de su casa. Al ver a Agatha, se detuvo.

Después de unos segundos, tomó una pequeña flor blanca y se la tendió.

—Para ti, muchacha.

Agatha dudó antes de aceptarla. No estaba acostumbrada a recibir cosas sin una razón detrás.

—Gracias.

La anciana sonrió.

—Hace falta un poco de color por aquí.

Le guiñó un ojo y volvió a sus plantas. Agatha observó la flor entre sus dedos. Era pequeña. Sencilla.

Pero por alguna razón no quería soltarla.

—La gente de aquí es… extraña.

Lucien la miró.

—¿Extraña?

—Demasiado amable.

Él tardó un instante en responder.

—Quizá solo están acostumbrados a abrir la puerta antes de preguntar quién llama.

Agatha bajó la vista hacia la flor. No estaba acostumbrada a aquello. En Arcadia, cada gesto amable solía esconder una intención. Una petición.

Una estrategia. Una deuda. Aquí… No encontraba ninguna.

Solo personas. Continuaron hasta la plaza.

Era poco más que un espacio de tierra rodeado por unas cuantas casas de piedra.

En el centro, un viejo roble extendía sus ramas sobre un banco desgastado por los años.

—¡Lucien! —gritó una mujer desde un puesto de verduras.

Tenía el cabello recogido bajo un pañuelo y los brazos cruzados sobre el delantal.

—Dile a Marta que todavía le debo los huevos de la semana pasada.

Lucien miró hacia ella.

—Te está escuchando desde aquí, Elina.

La mujer giró la cabeza.

—¡Pues mejor! Así no tendrá excusa.

Lucien sonrió de lado. Agatha lo observó. Era extraño. Muy extraño.

No esperaba encontrar a alguien como él bromeando con los habitantes del pueblo.

Mientras avanzaban, un hombre apoyado contra un carro los observó sin disimular. Su mirada se detuvo en Agatha.

—¿Es ella?

Lucien asintió. El hombre frunció el ceño.

—No me gusta.

Agatha bajó ligeramente la mirada. No porque la frase le doliera. Sino porque era una reacción que conocía demasiado bien. Lucien dio un paso al frente.

—No te he preguntado.

—Y yo no necesito permiso para desconfiar de una desconocida.

Hubo un instante de silencio.

Después, el hombre tomó el saco que llevaba al hombro y siguió su camino.

Agatha esperó a que se alejara.

—No parece muy contento de verme.

—Se llama Edric.

—¿Siempre recibe así a la gente?

—Solo a los que no conoce.

Agatha acarició distraídamente la flor que llevaba entre los dedos.

—Entonces tiene sentido.

Lucien la miró de reojo.

—¿Te molesta?

Ella negó con la cabeza.

—No.

Pausa.

—Desconfiar de un extraño en tiempos de guerra… es lo más sensato que he visto esta mañana.

Lucien no respondió. Pero por alguna razón… Aquella respuesta le arrancó una sonrisa. Lucien empujó la puerta de la casa de Marta con el hombro.

—Ya volvimos.

—¿Y el agua? —preguntó Marta desde el interior.

Agatha levantó los cubos.

—Ni una gota se perdió.

Marta sonrió satisfecha.

—Entonces sírvete otro trozo de pan. Hoy tendrás fuerzas para ayudar.

Agatha parpadeó.

—¿Ayudar en qué?

La anciana sonrió con cierta picardía.

—Eso lo descubrirás en un momento.

Y no tardó en descubrirlo. Apenas terminaron de desayunar, comenzaron a llamar a la puerta. Primero fue una mujer con un cesto de ropa.

Después un anciano que necesitaba leña para el invierno. Luego una joven embarazada que buscaba unas hierbas para aliviar las náuseas. Agatha observó en silencio cómo Marta atendía a todos.

No preguntaba quiénes eran. No preguntaba qué podían ofrecerle a cambio. Simplemente ayudaba.

—¿Siempre vienen tantas personas? —preguntó Agatha.

—Todos los días.

Agatha miró alrededor.

—Pensé que eras panadera.

Marta soltó una pequeña risa.

—También.

—¿Y curandera?

—Cuando hace falta.

Agatha inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Consejera?

La carcajada de Marta llenó la habitación.

—Eso dicen ellos.

El anciano que estaba sentado junto al fuego levantó un dedo.

—Porque nunca te equivocas.

Marta lo miró.

—Claro que me equivoco.

—Pero lo haces con mucha seguridad.

Las risas llenaron la casa. Y algo dentro de Agatha se relajó. No era una sala de consejo. No era un lugar donde debía medir cada palabra.

No era una habitación donde todos esperaban algo de ella. Era simplemente una casa. Sin darse cuenta, empezó a ayudar. Alcanzaba frascos.

Molía hojas secas. Ordenaba vendas. Aprendía dónde estaban las cosas. Era un trabajo sencillo.

Nada que tuviera que ver con política. Nada que tuviera que ver con sangre o coronas. Y, por primera vez en mucho tiempo… Sentía que servía para algo más que sobrevivir.

Mientras tanto, al otro extremo del pueblo, una mujer permanecía inmóvil frente a una pequeña mesa cubierta de plantas.

Sus dedos trituraban unas hojas dentro de un mortero. Pero su atención estaba puesta en otro lugar. En la ventana podía ver la casa de Marta. El día avanzó entre pequeñas tareas.

Agatha descubrió que Valdoren funcionaba de una forma que le resultaba casi incomprensible.

Las personas se ayudaban porque sí. Sin esperar favores. Sin guardar una cuenta pendiente. Sin preguntarse qué ganaban a cambio.

Al caer la tarde, Marta dejó el último cuenco sobre la mesa y se limpió las manos en el delantal.

—Vamos.

Agatha levantó la vista.

—¿A dónde?

—Al templo.

La respuesta la tomó por sorpresa.

—¿Ahora?

Marta asintió.

—La sacerdotisa siempre recibe a quienes llegan al pueblo.

Agatha dudó un instante.

—¿Es una costumbre?

—Es una forma de saber quién comparte nuestro techo.

No sonó como una amenaza. Solo como una vieja tradición. Lucien dejó la taza sobre la mesa.

—Las acompaño.

Marta negó con una sonrisa.

—No hace falta.

—No era una pregunta.

La anciana resopló.

—Tan terco como siempre.

El sendero ascendía entre robles y grandes piedras cubiertas de musgo. A medida que ganaban altura, el pueblo quedaba atrás.

Desde allí podían verse los tejados de madera, las columnas de humo elevándose lentamente y los campos que rodeaban el valle.

Valdoren parecía pequeño desde esa distancia. Pero vivo. En lo más alto se alzaba el templo. Sencillo.

Antiguo. Sus muros de piedra parecían formar parte de la misma montaña. No había estandartes. Ni soldados.

Ni la ostentación de los templos de Arcadia. Solo el sonido del viento moviendo las campanas de bronce. Agatha levantó la vista.

—Es… diferente.

—Lo construyeron mucho antes que el pueblo —respondió Marta.

Agatha observó las paredes cubiertas por los años.

—¿Cuánto hace?

Marta sonrió ligeramente.

—Nadie lo recuerda.

Lucien guardó silencio. Él sí lo sabía. Pero no dijo nada. Como tantas otras veces.

La gran puerta de madera se abrió antes de que Marta pudiera llamar.

Una joven novicia inclinó la cabeza.

—La sacerdotisa os espera.

Agatha frunció ligeramente el ceño.