X. Las cenizas del Primer Batallón #4
Una casa que no le pertenecía. Y aun así… No se sentía como una intrusa. Cuando bajó, encontró a Marta en la cocina.
La anciana estaba amasando pan mientras murmuraba algo que Agatha no alcanzó a entender.
—Buenos días.
Marta levantó la vista.
—Buenos días, Saekeri.
Otra vez ese nombre. Pero esta vez no sintió que le estuvieran quitando algo. Sintió que le estaban dando un lugar.
—¿Dormiste bien?
Agatha dudó. Era una pregunta sencilla. Pero nadie se la hacía así. No como cortesía.
No como obligación. Realmente querían saberlo.
—Sí —respondió.
Después añadió:
—Más de lo que esperaba.
Marta sonrió.
—Eso suele pasar cuando uno deja de dormir esperando que alguien intente matarlo.
Agatha se quedó callada. Marta siguió amasando como si no hubiera dicho algo demasiado acertado.
—¿Puedo ayudar? —preguntó Agatha.
Marta la miró sorprendida.
—¿Tú?
Agatha arqueó una ceja.
—¿Eso era una duda sobre mi capacidad?
—Era una duda sobre si alguna vez has hecho pan.
Silencio. Agatha miró la masa. Después a Marta.
—No exactamente.
La anciana soltó una carcajada.
—Entonces empezamos por ahí.
La escena era absurda. La futura vida que jamás había imaginado.
Una princesa bastarda de Arcadia, escondida bajo el nombre de Saekeri, intentando aprender a amasar pan en una cocina pequeña.
Y lo extraño… Era que no se sentía humillante. Se sentía tranquila. Desde la puerta, Lucien observó durante unos segundos.
No interrumpió. No porque no tuviera nada que decir. Porque no quería romper aquel momento. Marta lo vio.
—Vas a quedarte ahí mucho tiempo.
Lucien entró.
—No quería molestar.
Agatha levantó la mirada.
—¿Desde cuándo te preocupa molestar?
Él la observó.
—Desde que descubrí que algunas personas hablan más cuando no las interrumpes.
Ella sonrió.
—Eso fue casi un cumplido.
—No exageres.
Marta negó con la cabeza.
—Los dos sois demasiado complicados.
Agatha y Lucien se miraron. Y por primera vez… Ambos parecieron estar de acuerdo. Durante el desayuno, Agatha empezó a escuchar historias del pueblo.
Cosas pequeñas. El hijo del herrero que siempre rompía herramientas. La vecina que discutía con sus gallinas.
El niño de Marta que insistía en subir a los árboles más altos.
Detalles sin importancia. Y precisamente por eso… Eran importantes. Porque en Arcadia todo tenía una razón.
Cada palabra. Cada gesto. Cada silencio. Aquí las personas simplemente vivían.
—Valdoren es extraño —dijo Agatha.
Marta la miró.
—¿Extraño?
—Sí.
Agatha pensó la respuesta.
—La gente parece feliz.
Marta sonrió con suavidad.
—No.
Agatha levantó la vista.
—¿No?
—La gente aquí también sufre.
Pausa.
—También pierde. También tiene miedo.
Marta dejó la taza sobre la mesa.
—La diferencia es que aquí nadie espera que seas perfecta mientras sufres.
La frase quedó con Agatha. Porque quizá ese era el problema de toda su vida. Nunca le habían permitido ser una persona. Solo un apellido.
Una imagen. Una consecuencia de las decisiones de otros. Lucien permaneció en silencio. Pero escuchó.
Porque entendió que Marta acababa de decir algo que él no había podido decir.
Más tarde, cuando Agatha salió al pueblo con Marta… Lucien volvió a mirar hacia la montaña. Hacia el templo. Hacia la conversación que todavía pesaba sobre él.
Mayara tenía razón. Agatha no podía quedarse escondida para siempre. Pero tampoco podía entregarla como una pieza más. No después de verla reír.
No después de verla mirar una casa pequeña como si fuera algo que nunca había tenido.
Y esa era la parte que más lo inquietaba. Porque protegerla era su misión. Pero cada día que pasaba… Le resultaba más difícil recordar dónde terminaba la misión…
Y dónde empezaba él. La noche había caído sobre Valdoren.
El pueblo dormía con una tranquilidad que Agatha ya casi había olvidado que existía.
No había guardias recorriendo pasillos. No había voces detrás de puertas hablando de ella. No había personas calculando qué podía o no podía hacer. Solo había silencio.
Un silencio que no pesaba. Agatha permaneció sentada junto a la ventana. Observando las pequeñas luces del pueblo perderse entre la oscuridad. Era extraño.
Había pasado toda su vida queriendo escapar de una jaula. Y ahora que estaba fuera… No sabía qué hacer con la libertad.
—Sigues despierta.
La voz de Lucien llegó desde la puerta. Agatha no se giró inmediatamente.
—Y tú sigues entrando sin hacer ruido.
—Es una costumbre.
—Una costumbre bastante molesta.
Lucien se acercó unos pasos. No respondió. Porque ambos sabían que era cierto. Durante unos segundos ninguno habló.
Hasta que Agatha miró hacia él.
—¿Siempre es así?
Lucien frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
Ella señaló la ventana. El pueblo. Las casas. La tranquilidad.
—Esto.
Pausa.
—La gente viviendo sin miedo.
Lucien siguió su mirada.
—No siempre.
Agatha bajó la vista.
—Parece imposible.
Lucien no dijo nada. Porque sabía que para ella lo era. Agatha no venía de un lugar donde las personas simplemente vivían. Venía de un lugar donde cada palabra podía tener consecuencias.
Donde una sonrisa podía esconder una intención. Donde incluso la familia podía convertirse en un campo de batalla.
—Mañana tendrás que acostumbrarte —dijo Lucien.
Agatha levantó una ceja.
—¿A qué?
—A esto.
Una pausa.
—A que nadie aquí sabe quién eres.
Ella sonrió apenas.
—Saekeri.
Lucien asintió.
—Saekeri.
La palabra ya no sonaba como una mentira. Y eso era lo más extraño. Porque al principio había sido solo una protección. Un nombre prestado.
Una historia inventada. Pero ahora… Cuando alguien la llamaba así… No sentía que desaparecía.
Sentía que podía respirar.
—Nunca pensé que tendría que fingir ser alguien más —dijo Agatha.
Lucien la observó.
—Todos fingen ser alguien más alguna vez.
Ella lo miró.
—¿Incluso tú?
Silencio. Solo un instante. Pero suficiente. Agatha lo notó.
Como siempre.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa cara.
Lucien suspiró.
—No sé de qué hablas.
—La cara que pones cuando la respuesta es demasiado complicada.
Por primera vez… Lucien dejó escapar una pequeña sonrisa. Tan breve que casi parecía imaginada. Pero Agatha la vio.
Y decidió no señalarlo. Todavía. Porque había algo que empezaba a entender. Lucien no era un hombre sin emociones.
Era un hombre que había aprendido a esconderlas. Afuera, Valdoren seguía dormido. Sin saber que bajo sus montañas se cruzaban secretos demasiado antiguos.
Sin saber que aquella mujer llamada Saekeri no era quien decía ser.
Y sin saber que la llegada de ambos cambiaría el destino del valle para siempre.
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