La Médium X. Las cenizas del Primer Batallón #3
45%

X. Las cenizas del Primer Batallón #3

—Tu esposa embarazada —añadió Agatha.

Lucien la miró.

—Es necesario.

Ella arqueó una ceja.

—¿También era necesario añadir eso?

—Evita preguntas.

Agatha soltó una pequeña risa.

—Claro.

Miró hacia el pueblo.

—Porque una mujer sola viajando con un sacerdote sería más interesante que una esposa esperando un hijo.

Lucien no respondió. Porque era cierto. Entraron más profundo en Valdoren. La gente saludaba a Lucien.

Algunos sonreían. Otros preguntaban por el viaje. Nadie cuestionaba su presencia. Nadie dudaba de la historia.

Porque para ellos Lucien era Lucien. Un sacerdote. Un hombre al que conocían. Y la mujer que estaba a su lado…

Era Saekeri. La casa de Marta apareció al final del camino. Pequeña. Sencilla.

Con humo saliendo de la chimenea. Agatha se quedó mirándola unos segundos. No sabía explicar por qué.

Pero había algo en ese lugar que no había sentido en mucho tiempo.

No era grandeza. No era poder. Era tranquilidad. La puerta se abrió antes de que llamaran.

Una anciana apareció con un paño en las manos. Sus ojos fueron primero hacia Lucien. Después hacia Agatha. No hubo sorpresa.

Solo una sonrisa tranquila.

—Así que tú eres Saekeri.

Agatha sintió algo extraño al escuchar ese nombre. Hasta ese momento había sido una máscara. Una herramienta. Pero allí…

En la voz de otra persona… Parecía una vida posible.

—Sí —respondió.

Marta asintió.

—Entonces entra.

Agatha parpadeó.

—¿Eso es todo?

La anciana frunció el ceño.

—¿Esperabas que te dejara en la puerta después de un viaje así?

Agatha no supo qué responder. Marta tomó una de las bolsas.

—Primero comida. Después preguntas.

Agatha cruzó el umbral. Y por primera vez en mucho tiempo… Nadie estaba esperando que demostrara quién era.

Nadie estaba esperando una respuesta política. Nadie estaba mirando su apellido. Solo estaban recibiendo a Saekeri. Dentro de la casa hacía más calor del que Agatha esperaba.

No por el fuego. Por la sensación. Era algo que no podía explicar.

Había vivido en salones enormes donde decenas de personas caminaban alrededor de ella, pero pocas veces había sentido que alguien realmente esperaba su llegada.

Marta cerró la puerta detrás de ellos.

—Siéntate.

Agatha obedeció sin discutir. Eso ya era extraño. Lucien levantó ligeramente una ceja al notarlo. Ella lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando descubres algo que no vas a decir.

Lucien apartó la mirada.

—No sé de qué habláis.

Agatha sonrió.

—Exactamente esa cara.

Marta dejó un plato caliente frente a ella. Agatha miró la comida. Era sencilla. Pan.

Sopa. Algunas verduras. Nada que se pareciera a los banquetes de Arcadia. Y aun así…

Su estómago reaccionó antes que su orgullo. Marta lo notó.

—Come.

Agatha tomó la cuchara.

—No iba a rechazarlo.

—Bien.

La anciana se sentó frente a ella.

—Las personas orgullosas suelen olvidar que también necesitan alimentarse.

Agatha bajó la mirada. La frase parecía simple. Pero le había dado justo donde dolía. Lucien permanecía de pie.

Marta lo miró.

—Tú también.

Él negó.

—Estoy bien.

—Lucien.

Silencio.

—Siéntate.

Agatha tuvo que contener una sonrisa.

Era extraño ver al hombre que había enfrentado enemigos sin pestañear obedecer una orden tan sencilla.

Lucien terminó sentándose. Durante unos minutos nadie habló. Y por primera vez en días… El silencio no era una amenaza.

No era la espera antes de una emboscada. No era el momento antes de una mala noticia. Era simplemente silencio. Agatha no recordaba la última vez que había tenido uno así.

Marta fue la primera en romperlo.

—Entonces…

Miró a Agatha.

—¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

Agatha abrió la boca. Pero no tenía respuesta. Porque esa era la verdad más incómoda. No sabía.

No sabía cuándo volvería a Arcadia. No sabía si había algo a lo que volver. No sabía si todavía tenía un lugar allí. Lucien respondió antes que ella.

—El tiempo que sea necesario.

Marta asintió. Como si esa respuesta fuera suficiente. Después de la cena, Marta mostró la habitación. Era pequeña.

Una cama. Una ventana. Un armario viejo. Agatha se quedó en la puerta.

—¿Es para mí?

Marta frunció el ceño.

—No veo a quién más podría estar esperando.

Agatha sonrió débilmente.

—Pensé que quizá…

No terminó la frase. Marta entendió.

—Que alguien como tú necesitaría algo más grande.

Agatha no respondió. Porque era cierto.

Había pasado toda su vida asociando el valor con el tamaño de una habitación.

Con la cantidad de sirvientes. Con los objetos alrededor. Pero aquel pequeño cuarto… Tenía algo que los salones de palacio nunca tuvieron.

Era suyo.

—Descansa, Saekeri —dijo Marta antes de irse.

Otra vez ese nombre. Pero ya no le pesaba igual. Cuando la puerta se cerró… Agatha se quedó sola.

Miró sus manos. Todavía podía sentir la tierra del campo de batalla. La piedra. La espiral.

El mensaje de Ian. Todo aquello seguía allí. Pero por unas horas… Podía dejarlo afuera.

En el pasillo, Lucien esperaba. Marta apareció detrás de él. Lo observó durante unos segundos.

—Ha sufrido mucho.

Lucien no respondió.

—Y aun así sigue intentando sonreír.

Él bajó la mirada.

—Lo sé.

Marta cruzó los brazos.

—Eso es lo que puede ser más peligroso.

Lucien la miró.

—¿Por qué?

La anciana suspiró.

—Porque las personas que cargan demasiado peso suelen olvidar que pueden soltarlo.

Lucien permaneció en silencio. Porque sabía que Marta no hablaba solamente de Agatha. Esa misma noche, mientras Valdoren dormía… En lo alto de la montaña, las luces del templo seguían encendidas.

Mayara esperaba. No porque dudara de Lucien.

Sino porque conocía demasiado bien las consecuencias de traer algo desconocido a un lugar protegido por antiguos juramentos.

Y cuando finalmente sintió su presencia acercarse… Comprendió algo. Lucien no había vuelto solo. Había traído una pregunta.

Una que quizá ni siquiera Eleonora estaba preparada para responder. El templo se encontraba en la parte más alta del valle. No era un edificio enorme.

No tenía la imponencia de los templos de Arcadia. Era más antiguo. Más silencioso.

Sus piedras estaban cubiertas de símbolos que parecían haber sobrevivido a una época que nadie recordaba.

Lucien cruzó las puertas sin anunciarse. No era necesario. El templo ya sabía que había llegado. Las velas iluminaban el corredor principal.

El aire era diferente allí. Más pesado. Más frío. Como si las paredes hubieran guardado demasiadas conversaciones durante demasiado tiempo.

Lucien caminó hasta la sala interior. Y allí estaba ella. Mayara. De pie frente al altar.

No se giró inmediatamente.

—Has tardado.

Lucien permaneció quieto.

—El camino fue más largo de lo esperado.

Mayara sonrió apenas.

—Eso no suele detenerte.

Silencio. Entonces ella se volvió. Sus ojos se posaron en él. Después en la puerta detrás de él.

Como si pudiera ver más allá de la madera. Como si supiera que alguien más había llegado con él.

—La trajiste.

No fue una pregunta. Lucien no respondió. Y eso fue suficiente. Mayara caminó lentamente alrededor del altar.

—¿Quién es?

Lucien mantuvo la expresión tranquila.

—Saekeri.

Mayara lo miró. No al nombre. A él.

—No te pregunté cómo la llamas.

Silencio.

—Te pregunté quién es.

Lucien apartó la mirada. Por un instante pareció recordar la piedra. La espiral. La forma en que había respondido a ella.

—Una mujer que necesita protección.

Mayara observó su rostro. Y algo en su expresión cambió. Porque conocía a Lucien. Sabía cuándo estaba evitando una respuesta.

—Eso no responde mi pregunta.

Él suspiró lentamente.

—Es lo único que puedo decir por ahora.

Mayara se acercó unos pasos.

—¿Y ella sabe quién eres tú?

Lucien la miró. La pregunta era más profunda de lo que parecía.

—Sabe lo suficiente.

Mayara negó ligeramente.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

—Entonces sabes que traerla aquí cambia todo.

Silencio. Lucien no respondió. Porque lo sabía. Mayara caminó hasta una de las ventanas.

Desde allí podía verse el pueblo. Las casas. Las luces. La tranquilidad de Valdoren.

—Una esposa —dijo finalmente.

Lucien no se sorprendió.

—Era necesario.

Mayara giró la cabeza.

—Una buena mentira.

Pausa.

—Pero las buenas mentiras suelen ser las más difíciles de sostener.

Lucien permaneció en silencio. Porque no era la mentira lo que empezaba a preocuparle. Era que cada día que pasaba… Saekeri se parecía menos a una máscara.

Y más a una persona real. Mayara volvió al altar. Sus dedos rozaron una de las antiguas inscripciones.

—¿Qué ocurrió en el camino?

Lucien dudó. Muy poco. Pero Mayara lo notó.

—Lucien.

Él finalmente respondió:

—Encontramos una marca.

El rostro de Mayara cambió ligeramente.

—¿Qué marca?

Lucien la miró.

—La espiral.

Por primera vez… La calma de Mayara desapareció. Fue solo un instante. Pero estuvo allí.

Miedo. No sorpresa. Miedo.

—¿Dónde?

—En unas ruinas antiguas.

—¿Y ella?

Lucien no respondió inmediatamente. Eso fue suficiente. Mayara cerró los ojos.

—La tocó.

No era una pregunta. Lucien asintió.

—Y respondió.

El silencio que siguió fue absoluto. Porque ambos entendían el peso de esa palabra. Mayara volvió a mirar hacia el pueblo. Hacia la casa donde Agatha dormía.

Donde Saekeri descansaba. Sin saber que algunas cosas antiguas no despiertan porque alguien las encuentra. Despiertan porque han encontrado a quien estaban esperando.

—No debes decirle nada todavía —dijo Mayara.

Lucien frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Ella lo miró.

—Porque si Eleonora sabe exactamente lo que tienes delante…

Pausa.

—Ya no será una mujer buscando refugio. Será una pieza en un tablero.

Lucien no respondió. Pero sabía que Mayara tenía razón. Y esa era precisamente la parte que más le incomodaba.

La mañana llegó sin pedir permiso. Sin trompetas. Sin órdenes. Sin pasos de soldados recorriendo los pasillos.

Solo con el sonido de los pájaros y el olor del fuego encendido.

Agatha abrió los ojos lentamente. Durante unos segundos permaneció quieta. Esperando. No sabía qué esperaba exactamente.

Quizá una voz llamándola. Quizá alguien recordándole quién era. Pero no llegó nada. Solo el silencio de una casa pequeña.