La Médium X. Las cenizas del Primer Batallón #2
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X. Las cenizas del Primer Batallón #2

Cerca de ella. No porque fuera un simple papel. Porque era una prueba. Ian había sobrevivido a la batalla.

O al menos… había estado vivo después de ella. Y eso era suficiente. Por ahora.

Salieron de la tienda. El campo del Primer Batallón se extendía frente a ellos. Cientos de huellas. Cientos de historias.

Cientos de hombres que habían luchado creyendo que sabían contra quién peleaban. Agatha miró el valle.

—Quiero encontrar a Ian.

Lucien ajustó la correa de su espada.

—Lo sé.

—No.

Ella negó.

—No como antes.

Él la miró. Agatha respiró profundamente.

—Antes quería encontrarlo porque era alguien que conocía.

Pausa.

—Ahora quiero encontrarlo porque él descubrió algo.

Lucien no respondió. Pero entendió. La búsqueda ya no era solo personal. Ian se había convertido en una pieza de algo mucho más grande.

Una verdad que alguien había intentado enterrar. Entonces Agatha vio algo. En la distancia. Entre las hierbas altas.

Una marca. Pequeña. Casi invisible. Se acercó.

Lucien fue detrás de ella. Agatha se agachó. No tocó nada. Solo observó.

—Otra vez… —susurró.

Lucien se tensó.

—¿Qué?

Ella señaló la tierra. Una espiral. La misma que habían visto en las ruinas. Durante unos segundos ninguno habló.

Porque ambos entendieron lo mismo. No era una coincidencia. Ian había encontrado algo. Algo antiguo.

Algo que conectaba la caída de Arcadia con un misterio mucho más viejo que la guerra.

Agatha levantó la vista hacia Lucien.

—¿Qué significa?

Él miró el símbolo. Durante unos segundos… No respondió. Y esa ausencia de respuesta fue más inquietante que cualquier palabra.

Porque Lucien siempre tenía una respuesta. Incluso cuando no quería decir la verdad. Incluso cuando ocultaba algo. Siempre encontraba una forma de responder.

Pero ahora… Ahora parecía estar buscando una. Agatha dio un paso hacia él.

—Lucien.

Él apartó la mirada de la espiral.

—No lo sé.

Esta vez ella no dudó. Le creyó. Y eso fue precisamente lo que la preocupó. Porque si Lucien no sabía algo…

Entonces aquello era mucho más grande de lo que habían imaginado. Se agachó nuevamente. Observó la marca. No era perfecta.

Tenía pequeñas interrupciones. Como si quien la hubiera dibujado hubiera tenido que hacerlo deprisa. Agatha pasó la vista por el suelo.

—No fue dejado aquí por casualidad.

Lucien la miró.

—¿Cómo lo sabéis?

Ella señaló las marcas alrededor.

—Porque Ian nunca dejaba algo sin una razón.

Una pausa.

—Si quería que alguien encontrara esto… no habría elegido un lugar fácil. Habría elegido un lugar donde solo alguien que lo conociera pudiera entenderlo.

Lucien observó la escena. Y por primera vez comprendió algo incómodo.

Agatha no estaba siguiendo las pistas de Ian. Estaba pensando como Ian. Eso era mucho más peligroso. Agatha se levantó.

Miró hacia el valle. Después hacia la montaña. Después al río.

—La batalla ocurrió aquí porque alguien quería que ocurriera aquí.

Lucien asintió.

—Sí.

—Pero Ian no murió aquí.

—No lo sabemos.

Ella negó.

—Si hubiera muerto…

Miró la tienda abandonada.

—No habría dejado una advertencia.

Silencio.

—Habría dejado una despedida.

Esa frase golpeó más fuerte de lo esperado. Porque era verdad. Los hombres como Ian no escribían para ser recordados. Escribían para que otros terminaran lo que ellos no pudieron.

Lucien volvió a mirar el símbolo. La espiral. La misma de las ruinas. La misma que había respondido a Agatha.

Y una pregunta comenzó a formarse. Una que no quería hacerse. Si Ian había encontrado aquel símbolo… ¿También había descubierto lo que significaba?

¿Y por eso lo habían perseguido? Agatha notó el cambio en su expresión.

—Sabéis algo.

Lucien cerró los ojos un instante.

—Sé que debemos irnos.

Ella suspiró.

—Eso no responde.

—Lo sé.

—Entonces decidme la verdad.

Lucien la miró. Y durante un segundo… Agatha vio algo diferente. No al Sacerdote de Mármol.

No al hombre que parecía tener siempre el control. Vio cansancio. Un cansancio antiguo.

—Hay cosas que es mejor descubrir cuando estamos preparados.

Agatha sostuvo su mirada.

—Eso es exactamente lo que todos me han dicho durante toda mi vida.

Pausa.

—Y siempre significó que tenían miedo de que supiera demasiado.

Lucien no tuvo respuesta. Porque ella tenía razón. Guardaron todo lo que pudieron encontrar. La tienda.

Las marcas. La ubicación. Pero antes de marcharse… Agatha volvió una última vez la mirada hacia el campo.

Miles de hombres habían llegado allí pensando que luchaban una batalla. Pero quizá… La batalla real nunca estuvo allí. Quizá solo era una puerta.

Caminaron hacia el norte. Siguiendo la única pista que Ian había dejado. La espiral. El símbolo.

El camino invisible. Después de varias horas encontraron algo más. Una piedra. No una cualquiera.

Tallada. Antigua. Con la misma marca grabada en ella. Agatha se acercó.

Lucien levantó una mano.

—Espera.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

Lucien miró la piedra. Después a ella.

—Porque la última vez que tocasteis algo así…

No terminó la frase. Agatha lo entendió. Las ruinas. La respuesta de la piedra.

Aquello que él todavía no comprendía. Pero esta vez… No fue Agatha quien tocó la piedra. Fue Lucien.

Y no ocurrió nada. Nada. La piedra permaneció fría. Silenciosa.

Vacía. Lucien retiró la mano. Agatha lo observó. Y entonces dijo algo que lo dejó sin respuesta:

—No os respondió.

Él la miró.

—No.

—Pero a mí sí.

Silencio.

—¿No os parece extraño?

Por primera vez… Lucien no tuvo una explicación. Y eso era más peligroso que cualquier enemigo. Porque si las antiguas piedras no respondían a él…

Pero respondían a Agatha… Entonces quizá la pregunta nunca había sido: ¿Quién era Agatha? Sino…

¿Por qué la estaban esperando? Lucien apartó la mirada. No porque tuviera una respuesta.

Porque no quería que ella viera las preguntas que acababan de aparecer en él.

—Tenemos que irnos.

Agatha frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperáis que diga?

Ella señaló la piedra.

—No lo sé.

Pausa.

—Por una vez me gustaría que no pareciera que sois la única persona en la habitación que sabe algo.

Lucien la observó. Esa frase habría molestado a cualquier otro. Pero él sabía que no era una acusación. Era cansancio.

Agatha había pasado toda su vida rodeada de personas que decidían qué podía saber y qué no.

Reyes. Consejeros. Sacerdotes. Todos creyendo que ocultarle la verdad era una forma de protegerla.

Y ahora él estaba haciendo exactamente lo mismo.

—No intento engañaros —dijo finalmente.

Agatha arqueó una ceja.

—Eso no significa que no lo hagáis.

Silencio. Lucien casi sonrió. Casi. Porque, de alguna manera…

Ella siempre encontraba la forma de decir aquello que nadie más se atrevía.

Guardaron silencio durante el resto del camino. Pero algo había cambiado. Antes Lucien veía a Agatha como una responsabilidad. Una persona que debía mantener con vida.

Una misión. Ahora era diferente. Porque la misión se había vuelto una pregunta. Y las preguntas eran mucho más difíciles de proteger que las personas.

Cuando llegaron al límite del bosque, el valle apareció frente a ellos. Valdoren. Pequeño. Sencillo.

Ajeno a todo aquello. Las chimeneas dejaban escapar humo. Las luces de las casas comenzaban a encenderse.

La gente volvía a sus hogares sin saber que, en medio de sus montañas, algo antiguo acababa de despertar.

Agatha se quedó mirando el pueblo. Por unos segundos no dijo nada. Lucien la observó.

—¿Qué ocurre?

Ella negó suavemente.

—Nada.

Pero esta vez era diferente. No era una mentira. Era simplemente que no sabía cómo explicar lo que sentía. Había visto palacios.

Había vivido entre mármol y oro. Pero aquel pequeño pueblo… Con sus calles imperfectas. Sus casas humildes.

Sus personas sin títulos ni coronas… Le parecía más real que todo lo que había dejado atrás. Lucien comenzó a caminar. Agatha lo siguió.

Pero antes de entrar al pueblo… Él se detuvo. La miró.

Y por un instante volvió a recordar la razón por la que habían llegado allí.

No podía permitir que nadie supiera quién era ella. No todavía.

—Recordad —dijo en voz baja.

Agatha lo miró.

—¿Qué?

Lucien sostuvo su mirada.

—Aquí no sois Agatha.

Pausa.

—Aquí sois Saekeri.

La palabra quedó entre ambos. No como un nombre. Como una promesa. Agatha bajó la mirada un instante.

Porque entendía lo que significaba. Mientras cruzara esas puertas… Dejaría atrás la corona. El apellido.

El peso de Arcadia. Levantó la vista y sonrió ligeramente.

—Espero que al menos Saekeri pueda conseguir una comida decente.

Lucien negó con la cabeza.

—Esa es vuestra mayor preocupación.

—Después de casi morir varias veces en una semana, creo que me la he ganado.

Y por primera vez en mucho tiempo… Lucien dejó escapar una pequeña risa. Casi imperceptible. Pero real.

Entraron juntos en Valdoren. Sin saber que aquel pequeño pueblo cambiaría sus vidas para siempre. Y entonces ocurrió algo que Agatha no esperaba.

Lo reconocieron.

—¡Lucien!

Un hombre salió de la herrería y levantó una mano a modo de saludo.

Lucien respondió con una inclinación leve de cabeza. Nada exagerado. Nada ceremonial. Solo la familiaridad de alguien que ya había caminado esas calles antes.

Agatha lo miró de reojo.

—Así que no eres un extraño aquí.

—No.

—Nunca pensé que tendrías un lugar donde la gente te saludara sin miedo.

Lucien la observó.

—No todos tienen razones para temerme.

Ella sonrió.

—Eso suena exactamente como algo que diría alguien al que deberían temer.

Por un instante, la expresión de Lucien cambió. Casi parecía divertido. Casi. Mientras avanzaban, algunos habitantes miraron a Agatha con curiosidad.

No por quién era. Sino porque era nueva. Lucien notó su tensión. Se acercó ligeramente.

—Recuerda.

Agatha bajó la voz.

—Lo sé.

Una pausa.

—Saekeri.

Lucien asintió. Pero esta vez añadió:

—Mi esposa.

La palabra quedó entre ambos. No porque fuera difícil fingirla. Sino porque era una mentira más grande que un simple nombre. Agatha ya no era Agatha de Arcadia.

No era la hija de Eleonora.

No era la joven marcada por un apellido que le daba sangre real y al mismo tiempo la dejaba sin un lugar claro dentro de la corte.

Aquí no era un símbolo. Aquí era alguien común.