X. Las cenizas del Primer Batallón
CAPÍTULOXLAS CENIZAS DEL PRIMER BATALLÓN
El valle parecía interminable.
Cuanto más descendían… Más extraño resultaba. No había saqueadores. No había carroñeros.
Ni siquiera cuervos. Como si aquel lugar hubiera sido abandonado incluso por la muerte. Agatha volvió a detenerse. Frente a ella aparecía una hilera de piedras.
No eran naturales. Alguien las había colocado. Una. Tras otra.
Siguiendo una línea perfecta. Lucien recorrió la formación con la mirada. No necesitó acercarse.
—Escudos.
Agatha lo miró. Él señaló las piedras.
—Ahí estaba la primera línea.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo podéis saberlo?
Lucien se agachó. Retiró un poco de tierra. Debajo apareció un fragmento de cuero endurecido. Parte de una correa.
—Cuando un escudo permanece demasiado tiempo apoyado…
Pasó los dedos sobre la marca.
—La humedad deja esta señal.
Agatha guardó silencio. Observó toda la línea. Había decenas. Quizá cientos.
—Resistieron aquí —murmuró.
Lucien negó lentamente.
—No.
Se incorporó.
—Esperaban aquí.
Continuaron avanzando. Las marcas seguían apareciendo. No estaban desordenadas. No eran restos de una retirada desesperada.
Todo seguía una lógica. Una formación. Un plan.
Como si alguien hubiera colocado un ejército entero siguiendo un dibujo invisible sobre la tierra.
Agatha comenzó a comprenderlo poco a poco. No era un campo de batalla abandonado. Era una respuesta. Una respuesta escrita con acero y sangre.
—Ian… —susurró.
Lucien levantó apenas la vista. Ella seguía observando el terreno.
—Esto lo hizo Ian.
No era una pregunta. Era una certeza.
—Nunca improvisaba.
Agatha pasó la mirada por las posiciones.
—Mi padre decía que era incapaz de mover un solo hombre sin saber dónde estaría el siguiente.
Lucien no respondió. Porque conocía esa clase de comandante. Los hombres como Ian no ganaban por fuerza. Ganaban porque veían el campo de batalla antes de que empezara.
Entonces algo llamó la atención de Agatha. Una segunda línea. Más atrás. Mucho más irregular.
Se acercó. El terreno era diferente. Había tierra removida. Pisadas cruzadas.
Restos de flechas. Demasiadas. Lucien caminó hasta allí. Se agachó.
Tocó la tierra. Después miró alrededor. Por primera vez desde que habían llegado al valle… Pareció necesitar más de un segundo para encontrar una respuesta.
—La primera línea nunca retrocedió.
Agatha lo observó. Él seguía mirando el suelo.
—La segunda sí.
El silencio cayó sobre ellos. Agatha terminó la conclusión.
—Eso significa…
Lucien levantó la mirada. Ella continuó:
—Que alguien rompió la formación.
Él asintió. No dijeron la palabra. Todavía no. Pero ambos pensaron exactamente lo mismo.
Traición. Agatha siguió caminando. Cada paso aumentaba su incomodidad. Había algo que no encajaba.
No era la batalla. No era la derrota. Era la forma. Se detuvo otra vez.
Giró lentamente. Miró la colina. Después el río. Luego el paso estrecho que cerraba el valle.
Su respiración cambió.
—No…
Lucien levantó la cabeza. Agatha seguía mirando el terreno. Como si acabara de descubrir algo terrible.
—No los rodearon.
Lucien no habló. Esperó.
—Los hicieron avanzar.
El viento atravesó el valle. Ella señaló la pendiente.
—Si el enemigo hubiera querido destruirlos…
Caminó unos pasos.
—Los habría obligado a bajar.
Miró alrededor.
—Pero Ian nunca habría aceptado luchar aquí.
Señaló las montañas.
—Es un valle cerrado.
Pausa.
—No hay salida.
Lucien siguió la dirección de su mirada. Y entonces lo vio. Agatha continuó.
—Los trajeron.
Su voz era cada vez más segura.
—Los convencieron de venir.
Una retirada. Una falsa ventaja. Una información que parecía demasiado buena para ignorarla.
—Y cuando estuvieron aquí…
Bajó la voz.
—Ya era demasiado tarde.
Lucien permaneció inmóvil. Porque aquella explicación era la única que tenía sentido.
Entonces Agatha dijo algo que cambió la forma en la que ambos mirarían aquella batalla.
—Ian no perdió la batalla…
Miró las líneas de soldados que ya no estaban.
—Le mintieron.
El silencio fue más pesado que cualquier grito. Porque ambos comprendieron la misma verdad. Arcadia no había caído por falta de fuerza. Había caído porque alguien había movido una pieza desde dentro.
Lucien levantó la mano. No para detener a Agatha. Para señalar algo. A unos cincuenta metros.
Entre la hierba alta. Había una tienda de campaña. Pequeña. Improvisada.
Agatha entrecerró los ojos.
—Eso no pertenece al Primer Batallón.
Lucien negó.
—No.
Se acercaron con cuidado. La lona estaba desgarrada por el viento. Pero no por el tiempo. Alguien había estado allí después de la batalla.
Alguien había regresado. Lucien entró primero. Dentro solo había una manta. Un cuenco de hierro.
Y ceniza. Nada más. Agatha recorrió el pequeño espacio. No buscaba objetos.
Buscaba señales. Costumbres. Hábitos. Entonces se detuvo.
Cuatro piedras. Colocadas formando un cuadrado perfecto. No sostenían nada. No protegían nada.
Parecían inútiles. Agatha sonrió muy despacio.
—No.
Lucien levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Ella señaló las piedras.
—Ian.
Lucien observó las piedras. Cuatro. Colocadas con una precisión casi obsesiva.
Cualquier otro habría pensado que eran restos de algo que había estado allí antes.
Pero Agatha no. Ella conocía esa forma de pensar. Porque había visto a Ian hacerlo muchas veces.
—Cuando tenía un problema…
Se agachó. Tomó una de las piedras.
—No empezaba buscando la respuesta.
Lucien la observó.
—¿Qué hacía?
Agatha colocó la piedra exactamente donde estaba.
—Construía las preguntas.
El Sacerdote de Mármol permaneció en silencio. Agatha tomó otra piedra. La movió unos centímetros.
—Ian decía que los errores más grandes no ocurrían porque alguien no supiera luchar.
Miró la pequeña formación.
—Ocurrían porque alguien hacía la pregunta equivocada.
Lucien miró alrededor de la tienda. Después volvió a las piedras.
—Entonces esto no es una marca.
Agatha negó.
—No.
Pausa.
—Es un pensamiento.
El viento entró por la abertura de la tienda. La ceniza del pequeño fuego apagado se levantó durante un instante. Agatha miró el suelo. Había algo más.
No era visible al principio. Pero ahora que sabía dónde mirar… Lo encontró. Una línea trazada en la tierra.
Después otra. No eran dibujos. Eran movimientos. Rutas.
Posiciones.
—Dioses… —susurró.
Lucien se acercó.
—¿Qué veis?
Agatha señaló.
—La batalla.
Él frunció el ceño.
—No hay nada.
Ella negó.
—Sí hay.
Pasó el dedo sobre la tierra.
—Ian reconstruyó lo que ocurrió.
Las líneas eran simples. Casi infantiles. Pero tenían una lógica. Un ejército.
Un movimiento. Una trampa. Agatha comenzó a seguirlas.
—Aquí estaban ellos.
Señaló una marca.
—Aquí estaba el enemigo.
Después tocó otra.
—Y aquí…
Se detuvo. Lucien notó el cambio.
—¿Qué?
Agatha levantó la mirada.
—Aquí falta algo.
Silencio. Lucien se inclinó. Observó las marcas. No entendía lo que ella veía.
No porque fuera menos inteligente. Sino porque no conocía a Ian. Agatha sí. Sabía cómo pensaba.
Cómo ordenaba las cosas. Cómo dejaba pistas para sí mismo.
—Un comandante nunca deja un espacio vacío —dijo.
—Si falta una pieza…
Miró alrededor.
—Es porque la movió.
Lucien recorrió la tienda. Esta vez con otros ojos. No buscaba restos de batalla. Buscaba intención.
Encontró una pequeña abertura detrás de una de las telas. Allí había algo oculto. Un trozo de cuero doblado. Agatha contuvo la respiración.
Lucien lo tomó. No lo abrió. Se lo entregó a ella. Agatha reconoció la letra antes incluso de leer.
La escritura era firme. Ordenada. Como Ian. Sus manos temblaron ligeramente.
No de miedo. De alivio. Porque durante días había tenido que imaginarlo muerto.
Ahora tenía una prueba de que alguien había pensado en dejar un camino.
Desdobló el cuero. Solo había una frase. Una sola.
«Si encontraste esto, significa que la primera versión de la historia era mentira.»
Agatha volvió a leer la frase. Una vez. Y otra.
Como si las palabras fueran a cambiar si las miraba el tiempo suficiente.
Pero no cambiaron. Seguían allí. Firmes. Frías.
Como Ian. Lucien tomó el cuero entre sus dedos y lo giró lentamente.
—No escribió esto para un soldado.
Agatha levantó la mirada.
—¿Qué queréis decir?
—Un soldado necesita órdenes.
Sus ojos recorrieron la escritura.
—Un comandante necesita información.
Pausa.
—Pero esto…
Miró nuevamente la frase.
—Esto es una advertencia.
Agatha sintió un peso en el pecho. Porque Ian no era alguien que exagerara. Nunca había sido impulsivo. Nunca había buscado provocar miedo.
Si había escrito aquellas palabras… Era porque estaba seguro de algo. Algo que podía cambiarlo todo.
—La primera versión de la historia… —murmuró Agatha.
—¿La versión que dice que Arcadia perdió?
Lucien permaneció en silencio. Ella continuó:
—¿La versión donde el Primer Batallón fue destruido?
Ninguna respuesta. Y esa ausencia de respuesta fue suficiente. Agatha volvió a mirar la pequeña tienda. La ceniza apagada.
Las piedras. Los restos abandonados. Todo parecía igual. Pero ahora lo veía diferente.
No era un lugar donde un ejército había muerto. Era un lugar donde alguien había intentado dejar una verdad.
—Ian sabía que alguien iba a encontrar esto —dijo.
Lucien asintió.
—Sí.
—Entonces sabía que alguien lo perseguiría.
Otra pausa.
—O que alguien intentaría borrar lo ocurrido.
El viento entró por la abertura de la tienda. La llama de la pequeña lámpara tembló. Lucien dobló el cuero con cuidado. Demasiado cuidado.
Agatha lo notó.
—Hay algo más.
Él no respondió.
—Siempre hacéis eso.
Lucien levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Cuando sabéis algo.
Ella cruzó los brazos.
—Os quedáis demasiado quieto.
Por un instante… El silencio fue incómodo. Porque había dado en el punto exacto. Lucien apartó la mirada.
—Sé que Ian era un buen comandante.
Agatha frunció el ceño.
—Eso no es lo que pregunté.
—Lo sé.
Una pausa.
—Pero es lo único que puedo responder ahora.
Agatha lo observó. Antes habría discutido. Habría exigido. Habría intentado arrancarle la verdad.
Pero algo había cambiado. Había aprendido que Lucien era una puerta cerrada. Y golpearla más fuerte no siempre hacía que se abriera. Guardó el mensaje dentro de su ropa.