La Médium IX. Después de la caída #3
42%

IX. Después de la caída #3

Era alguien que necesitaba comprender. Ella recogió una piedra del suelo. La lanzó cuesta abajo. Ambos observaron cómo desaparecía entre los árboles.

—¿Sabéis cuál era el problema de vivir en el palacio?

Lucien guardó silencio. Agatha continuó.

—Todo el mundo pensaba que protegerme significaba mantenerme ignorante.

Otra piedra. Otro lanzamiento.

—Pero nadie protege realmente a alguien quitándole la posibilidad de elegir.

Aquellas palabras quedaron suspendidas. Porque Lucien no podía negar que había hecho exactamente eso. No por maldad. Por miedo.

Y esa diferencia empezaba a incomodarlo. Reanudaron la marcha. Esta vez… Agatha caminó delante.

No como desafío. No como rebeldía. Simplemente porque quería ver el camino. Y Lucien la dejó hacerlo.

Porque empezaba a comprender algo: Agatha no necesitaba que alguien le mostrara el camino. Necesitaba entender por qué debía tomarlo. El sendero comenzó a descender lentamente.

A medida que avanzaban, el bosque volvía a mostrar señales de vida. Pájaros. Ardillas. El sonido del agua corriendo entre las piedras.

Era extraño. Después de todo lo ocurrido…

Después de ver caer un reino en un mensaje escrito sobre un pedazo de pergamino…

El mundo seguía funcionando. El sol seguía saliendo. Los árboles seguían creciendo. Como si la tierra no entendiera que algunas personas habían perdido todo.

Fue Agatha quien rompió el silencio.

—No iremos a Arcadia.

Lucien no respondió. Esperó. Ella continuó.

—No todavía.

Siguió caminando.

—Si el mensaje era cierto…

Respiró lentamente.

—Solo encontraremos una ciudad ocupada.

Una pausa.

—O un cementerio.

Lucien la observaba en silencio. No porque no tuviera nada que decir. Porque quería escuchar lo que ella estaba construyendo. Agatha no estaba hablando desde la desesperación.

Estaba pensando.

—Ian desapareció durante el avance del primer batallón.

Su voz se mantuvo firme.

—Nadie confirmó su muerte.

Miró el camino frente a ella.

—Eso significa que el último lugar donde alguien pudo verlo… es también el último lugar donde debo empezar a buscar.

Lucien levantó apenas la mirada. No hizo preguntas. No interrumpió.

—Si vive…

Agatha cerró la mano alrededor de la correa de su mochila.

—Lo encontraré.

Silencio.

—Si murió…

Tragó saliva.

—Encontraré a quienes lo vieron caer.

Lucien notó algo. La diferencia entre la Agatha que había salido de Arcadia… Y la mujer que estaba delante de él ahora. Antes quería volver porque no podía aceptar perderlos.

Ahora estaba pensando cómo encontrarlos. Agatha se detuvo junto a una roca. Con un pequeño palo comenzó a dibujar sobre la tierra. Primero un círculo.

Después cuatro nombres. Arcadia. Debajo: Alaric.

Lo observó unos segundos. Después negó. Con la palma borró el nombre.

—No… —susurró.

—No puedo contar con algo que no sé.

Lucien permaneció en silencio. Ella escribió otro. Ian. El palo quedó quieto.

Más tiempo. Después trazó un círculo alrededor.

—Mientras no vea un cuerpo…

Levantó la mirada.

—Ian sigue siendo una posibilidad.

Lucien no pudo evitar notar algo. No era negación. Era estrategia. Después escribió:

Astrid. Esta vez no dudó. La rodeó también. Finalmente…

Escribió: Eleonora. La mano se detuvo. No había odio.

No había rabia. Solo una evaluación. Como si estuviera colocando una pieza peligrosa sobre un tablero.

—Yo sola no puedo recuperar Arcadia.

Lucien levantó la vista.

Era la primera vez que escuchaba a Agatha hablar del reino sin querer destruirlo ni escapar de él.

Lo estaba analizando.

—Pero Ian puede reunir soldados.

Pausa.

—Astrid puede reunir al pueblo.

El viento movió las ramas sobre ellos.

—Y si mi madre sigue viva… aunque no quiera verla… también moverá piezas.

Lucien no dijo nada. Agatha continuó.

—Así que buscar Arcadia sería un error.

Él arqueó ligeramente una ceja.

—¿Por qué?

Ella miró el dibujo en la tierra.

—Porque no encontraría un reino.

Una pausa.

—Encontraría ruinas.

Levantó la mirada.

—Lo correcto es encontrar primero a quienes todavía pueden levantarlo.

El silencio que siguió fue diferente. Lucien había esperado dolor. Rabia. Impulsividad.

Pero no eso. No cálculo. No una visión. Por primera vez desde que la conocía…

Agatha estaba pensando como alguien que podía cargar una corona. No porque la deseara. Porque entendía el peso de sostenerla. Agatha volvió a mirar el suelo.

Esta vez no escribió un nombre. Dibujó un símbolo. Un círculo rodeado por ocho rayos. Lucien lo reconoció.

Y por dentro algo se tensó. La antigua religión. Los símbolos que hablaban de los elegidos. De aquellos que recibían el favor de los dioses.

—Cuando era niña… —dijo Agatha.

—Los sacerdotes decían que los dioses elegían a ciertas personas.

Lucien permaneció inmóvil.

—Que las bendecían.

Ella sonrió ligeramente.

—Nunca les presté atención.

Miró el símbolo.

—Pensaba que eran historias para que los niños se portaran bien.

Sus dedos tocaron la tierra.

—Pero si Astrid fue elegida…

Lucien sintió algo extraño. No por la frase. Por la certeza con la que ella la dijo.

—Tal vez esos textos no hablaban de milagros.

Agatha levantó la mirada.

—Tal vez hablaban de otra cosa.

Lucien no respondió. Porque una pieza acababa de encajar: Agatha estaba empezando a mirar las antiguas palabras de una forma distinta.

Y, sin saberlo, acababa de acercarse demasiado a una verdad que podía cambiarlo todo.

—Si existe una forma de despertar aquello que los sacerdotes llamaban «el favor de los dioses»…

Agatha cerró el puño.

—Tengo que encontrarla.

Lucien la observó.

—¿Por vos?

Ella negó.

—Por ella.

Miró hacia donde estaba el norte. Hacia Arcadia.

—Si Astrid se convierte en el símbolo que el reino necesita…

Respiró profundamente.

—Los hombres volverán a luchar.

Pausa.

—No por una princesa.

Sus ojos se endurecieron.

—Por una esperanza.

Lucien bajó lentamente la mirada. Porque por primera vez desde la caída de Arcadia… Volvía a tener una dirección. No una solución.

No una victoria. Pero sí un camino. Lucien permaneció unos segundos observando el símbolo dibujado sobre la tierra. Después…

Agatha pasó la mano y lo borró. Como si entendiera que algunas cosas no debían permanecer expuestas.

—No sé si es real —dijo.

—No sé si los dioses existen.

Miró sus dedos manchados de tierra.

—Pero sé que Astrid cree en algo.

Una pausa.

—Y a veces eso basta para que otros crean también.

Lucien no respondió.

Porque esa frase decía más de Agatha de lo que ella misma comprendía.

No necesitaba creer en profecías. No necesitaba una corona. No necesitaba que alguien le dijera que era especial. Solo necesitaba una razón para levantarse.

Y ya la tenía. El sol continuó elevándose cuando abandonaron aquel claro.

Durante un largo rato… solo caminaron. Agatha iba varios pasos delante.

No porque quisiera dirigir. Simplemente porque necesitaba pensar. Lucien la seguía en silencio. Sin interrumpirla.

Sin apresurarla. El sendero descendía hacia el valle. El bosque se hacía menos oscuro. Más vivo.

Estaba hablando como alguien que había elegido. Llegaron a un viejo puente de piedra. Parte del arco había cedido. El río corría debajo con fuerza.

Agatha fue la primera en detenerse. Observó el puente. Después el agua. Después la estructura.

Lucien notó el cambio en su expresión.

—¿Qué ocurre?

Ella tardó unos segundos.

—No me gusta.

Él miró el puente. No vio nada extraño. No había huellas. No había enemigos.

No había señales evidentes.

—¿Por qué?

Agatha frunció el ceño.

—No lo sé.

Y eso fue suficiente. Lucien no avanzó. Agatha lo miró sorprendida.

—¿Me vais a hacer caso?

—No.

Pausa.

—Voy a comprobarlo.

Ella sonrió.

—Eso es casi lo mismo.

Lucien se acercó al borde del puente. Observó las piedras. La tensión de la estructura. El agua.

Después miró hacia los árboles. Nada. Pero algo no encajaba. Agatha tenía razón.

No porque supiera qué peligro había. Sino porque sabía cuándo algo no pertenecía allí. Continuaron. Más despacio.

Más atentos. Y Lucien comprendió algo que no esperaba: Agatha no era una persona que necesitara ser protegida de todo. Era alguien que podía proteger a otros.

De una manera distinta. No con una espada. No con un ejército. Con una mirada capaz de encontrar lo que los demás ignoraban.

Cuando hicieron una pausa al final del día… Agatha se sentó junto al fuego. Tomó un palo y comenzó a dibujar otra vez. Lucien la observó.

—¿Otra estrategia?

Ella levantó la mirada.

—Intento ordenar mis pensamientos.

—¿Funciona?

—A veces.

Pausa.

—La mayoría de veces solo hago dibujos hasta que encuentro una respuesta.

Lucien miró la tierra.

—Eso parece poco eficiente.

Agatha sonrió.

—Y aun así funciona.

El fuego iluminó su rostro. Por un instante no parecía una princesa. No parecía una fugitiva. No parecía alguien que hubiera perdido un reino.

Solo parecía Agatha. La mujer que había elegido una mula que nadie quería. La mujer que había cruzado un bosque sin saber si sobreviviría.

La mujer que ahora estaba planeando cómo salvar algo que todavía no sabía si existía.

Lucien apartó la mirada. Porque había algo peligroso en aquella conclusión. Agatha no estaba buscando recuperar la vida que perdió. Estaba construyendo una nueva.

Y eso podía ser mucho más poderoso. A la mañana siguiente…

El camino hacia el lugar donde desapareció el primer batallón estaría delante de ellos.

Y con él… Las respuestas que ambos habían estado evitando.

— ✦ —