La Médium IX. Después de la caída #2
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IX. Después de la caída #2

Nada. Agatha frunció el ceño.

—Juraría que…

Lucien negó despacio.

—El cansancio puede engañar a los sentidos.

Ella lo miró. Sabía que probablemente tenía razón. Pero algo dentro de ella no estaba convencido. Aun así, aceptó la explicación.

O quiso aceptarla. Se levantó lentamente.

—Voy a dar una vuelta.

Lucien alzó la mirada. Su expresión cambió apenas.

—No salgáis del círculo de columnas.

Agatha arqueó una ceja.

—¿Hay lobos?

Silencio.

—¿Sacerdote de Mármol?

Él sostuvo su mirada.

—No salgáis del círculo.

Nada más. Y precisamente por eso… Agatha sintió curiosidad. Porque Lucien nunca prohibía algo sin motivo.

Y cuando lo hacía…

Era porque el motivo era mucho peor de lo que estaba dispuesto a decir.

Caminó hasta el borde del círculo de piedras. Se detuvo. Observó el bosque. Nada.

Ni movimiento. Ni sombras. Nada que justificara aquella advertencia. Dio un paso.

Nada. Otro. Seguía sin ocurrir absolutamente nada. Agatha rodó los ojos.

—Paranoico… —murmuró.

Se giró para volver. Y entonces la vio. Una piedra. Pequeña.

Casi completamente cubierta por el musgo. No habría llamado la atención de nadie. Excepto porque no parecía pertenecer allí. No era una piedra rota por el tiempo.

Era una piedra trabajada. Pulida. Como si alguien hubiera querido que permaneciera. Agatha se agachó.

Apartó un poco de tierra. Y apareció. Una espiral. Simple.

Antigua. Grabada en la superficie. Sus dedos recorrieron el dibujo sin pensar. No por magia.

No por intención. Solo por curiosidad. Y entonces… Nada.

Absolutamente nada. Agatha sonrió para sí.

—Definitivamente estoy demasiado cansada.

Retiró la mano. Se levantó. Y regresó al fuego. Sin darle más importancia.

Pero no todo había quedado igual. Porque la piedra… Seguía brillando. Muy débilmente.

Tan poco que cualquier persona habría pensado que era un reflejo de la luna.

Excepto una. Lucien. Desde la oscuridad de las columnas. No dijo una palabra.

Solo observó. La luz desapareció en cuanto Agatha se alejó. Su expresión no cambió. Pero algo dentro de él acababa de romperse.

Porque aquello no debía ocurrir. No así. No con ella. Durante siglos había estudiado aquellas marcas.

Había visto responder a personas preparadas. Sacerdotes. Guardianes. Descendientes de antiguas líneas.

Pero las piedras del umbral… No respondían por curiosidad. No respondían por accidente. Y mucho menos a alguien que no sabía lo que estaba tocando.

Lucien buscó una explicación. Una lógica. Algo que pudiera encajar.

«Sangre de la Casa de Eleonora.» Era la respuesta más sencilla. La única que tenía sentido. Tenía que ser eso.

Porque cualquier otra posibilidad… Era demasiado peligrosa. Cerró los ojos. No hablaría de ello.

No todavía. Los secretos antiguos no debían perseguirse. Debían esperar. Porque un hombre que busca respuestas antes de tiempo…

Puede encontrar verdades para las que no está preparado. Las brasas siguieron consumiéndose. Agatha dormía. Lucien esperó.

Uno. Dos. Tres. Hasta escuchar que su respiración se volvía profunda.

Entonces se levantó. Sin hacer ruido. No tomó el caballo. No tomó la espada.

Solo caminó entre las columnas. Al extremo norte de las ruinas… Las piedras cambiaban. Ya no eran bloques cubiertos de musgo.

Eran enormes losas negras. Lisas. Antiguas. Formaban un círculo imperfecto.

Lucien se detuvo frente a ellas. Durante unos segundos no hizo nada. Solo observó. Como si esperara una respuesta.

No llegó. Apoyó lentamente la mano sobre una de las piedras. Cerró los ojos. Y habló.

No era una oración. No era un hechizo. Era una contraseña.

Una palabra antigua pronunciada en una lengua que ningún humano de Arcadia habría reconocido.

El viento respondió. No con una voz. Con un cambio. Las hojas comenzaron a moverse.

Todas en la misma dirección. Lucien permaneció inmóvil. Esperando. Entonces llegó.

Un pulso. Breve. Casi imperceptible. Pero suficiente.

Lucien abrió los ojos. Había funcionado. Alguien seguía al otro lado. No había recibido una respuesta.

Solo una confirmación. La red seguía viva. Y si la red seguía viva… Los antiguos caminos todavía existían.

Y si los antiguos caminos existían… Los Desterrados también. Lucien apretó ligeramente la mandíbula. Porque eso significaba algo que no quería aceptar.

La caída de Arcadia no era el final. Era el comienzo de algo mucho más antiguo. Algo que había esperado siglos para despertar. Volvió al campamento.

Agatha seguía dormida. Y entre sus manos… Seguía sosteniendo la pequeña talla de madera de la mula. Lucien se quedó mirándola unos segundos.

No a ella. A la figura. Tan sencilla. Tan imperfecta.

Y aun así… Había sido lo único que Agatha decidió llevar consigo. Sin querer… Pensó:

«No se parece a Eleonora.» La idea apareció sin permiso. La rechazó inmediatamente. No tenía importancia.

No debía tenerla. Pero por primera vez… Lucien entendió algo incómodo: Agatha no era una versión incompleta de nadie.

Era algo completamente diferente. Se sentó junto al fuego apagado. La espada volvió a descansar sobre sus piernas. Y esperó el amanecer.

El amanecer llegó lentamente. Primero cambió el color del cielo. Después volvió el sonido del bosque. Los pájaros.

El agua corriendo entre las piedras. El viento moviendo las ramas. Como si la naturaleza no supiera que un reino había caído. Como si el mundo tuviera la crueldad de continuar.

Agatha abrió los ojos con el primer rayo de sol. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Después volvió todo. La emboscada.

La mula. El mensaje. Arcadia. La realidad cayó sobre ella antes incluso de levantarse.

Lucien ya estaba despierto. Por supuesto. Sentado junto a las pocas brasas que quedaban. La espada sobre sus piernas.

La mirada perdida en algún punto que ella no podía ver. Agatha bostezó.

—Empiezo a sospechar que nunca dormís.

Lucien levantó apenas la mirada.

—Duermo.

Ella se incorporó.

—Mentís fatal.

Por un instante… Algo cambió en la expresión de Lucien. Muy poco. Pero suficiente.

—Creía que esa frase era vuestra.

Agatha sonrió.

—La he adoptado.

Se acomodó el cabello.

—Alguien tiene que recordaros que sois un pésimo mentiroso.

Lucien no respondió. Pero esta vez… Agatha lo vio. La comisura de sus labios casi se movió.

Casi. Era una victoria pequeña. Pero era suya. Recogieron el campamento en silencio.

Las ruinas volvieron a quedar atrás. Ocultas entre la niebla. Como si nunca hubieran existido. Pero Agatha no podía dejar de pensar en ellas.

En la mentira de Lucien. En la piedra. En aquella sensación extraña de que algo antiguo la había observado. Durante un largo rato solo caminaron.

Agatha iba unos pasos detrás. Pensando. Hasta que habló.

—Anoche mentisteis.

Lucien no dejó de avanzar.

—¿Sobre qué?

—Sobre las ruinas.

Silencio.

—Las conocíais.

Él continuó caminando. Agatha soltó una pequeña risa.

—Vuestros silencios empiezan a ser bastante elocuentes.

—Y vuestras preguntas demasiado insistentes.

—Eso tampoco es un no.

Lucien no respondió. Y eso fue respuesta suficiente. El sendero comenzó a dividirse. Dos caminos.

Uno descendía hacia el oeste. El otro subía entre las montañas. Lucien se detuvo. Agatha lo notó inmediatamente.

Era extraño. Él nunca dudaba. Siempre parecía saber dónde estaba. Qué hacer.

Qué decir. Pero esta vez… Observaba ambos caminos. Como si uno de ellos escondiera una decisión que no quería tomar.

—¿Cuál? —preguntó Agatha.

Lucien no respondió enseguida.

—Ninguno.

Ella frunció el ceño.

—Solo hay dos.

—Precisamente.

Lucien se arrodilló. Apartó algunas piedras del suelo. Debajo apareció una marca antigua. Casi borrada por los años.

Agatha se acercó. Intentó verla mejor.

—¿Qué significa?

Lucien volvió a cubrirla con tierra.

—Nada que deba preocuparos.

Ella soltó aire por la nariz.

—Otra vez esa respuesta.

Siguieron caminando. Pero esta vez Agatha permaneció callada. No porque hubiera perdido interés. Porque estaba uniendo piezas.

Después de unos minutos… Habló.

—No vais a Lumen.

Lucien no respondió. Y ese silencio fue suficiente. Agatha continuó.

—Nunca pensasteis llevarme allí.

Esta vez él sí se detuvo. La miró.

—¿Cómo lo sabéis?

Agatha se encogió de hombros.

—Porque desde que salimos de Arcadia nunca preguntasteis cuánto faltaba.

Pausa.

—Ni buscasteis el camino más rápido.

Otra pausa.

—Siempre buscasteis el más seguro.

Lucien permaneció inmóvil. Ella continuó:

—Eso solo tiene sentido si vuestro destino cambió hace días.

Por primera vez… Agatha había desmontado uno de sus razonamientos. No con magia. No con conocimientos antiguos.

Con observación. Lucien la estudió durante varios segundos. Después respondió:

—Tenéis razón.

Ella esperó. Nada más llegó. Agatha abrió las manos.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No vais a explicarme nada?

—Todavía no.

Ella negó con la cabeza.

—Sois realmente insoportable.

—Lo sé.

Eso la sorprendió. Porque no esperaba que lo admitiera.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

Lucien miró hacia las montañas.

—A un lugar donde podréis encontrar respuestas.

Agatha entrecerró los ojos.

—Eso suena exactamente como algo que diría alguien que no quiere decir la verdad.

—Puede ser.

Ella lo señaló.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Otra respuesta que parece una respuesta, pero no lo es.

Por primera vez… Lucien pareció ligeramente divertido.

—Tenéis una habilidad especial para encontrar problemas.

Agatha sonrió.

—Y vos una para esconderlos.

Caminaron unos metros más. Entonces Agatha se detuvo.

—No voy a seguir así.

Lucien giró.

—¿Así cómo?

Ella señaló el camino.

—Sin saber.

El viento bajó entre las montañas.

—Pasé toda mi vida en un palacio donde todos decidían qué podía conocer.

Miró hacia él.

—Qué podía hacer.

—Qué debía pensar.

Su voz no tenía rabia. Eso era lo más importante. Solo cansancio.

—Y ahora llegáis vos…

Una pausa.

—Y hacéis exactamente lo mismo.

Lucien no respondió. Porque la comparación era injusta. Y al mismo tiempo… No lo era.

Él había pasado siglos protegiendo secretos. Manteniendo distancias. Controlando información. Pero Agatha no era una pieza que debía mover.