IX. Después de la caída
CAPÍTULOIXDESPUÉS DE LA CAÍDA
El bosque había recuperado su silencio.
Pero ya no era el mismo silencio de aquella mañana. Antes ocultaba enemigos. Ahora… Ocultaba recuerdos.
Las hojas crujían bajo sus botas mientras avanzaban sin un rumbo visible. Lucien caminaba unos pasos delante. No miraba atrás. No hacía falta.
Sabía que Agatha seguía allí. Ella tampoco hablaba. Una de las alforjas de la mula descansaba ahora sobre su espalda. La otra iba sujeta al caballo de Lucien. Él había intentado cargar con ambas. Ella no se lo permitió.
Era el último peso que todavía podía cargar por ella. Durante casi una hora… Ninguno rompió el silencio. Hasta que Agatha habló.
—¿Siempre es así?
Lucien continuó caminando.
—¿Así cómo?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Después.
Lucien no se detuvo. La palabra quedó flotando entre ambos. Después de una batalla. Después de una pérdida.
Después de descubrir que el mundo que conocías podía desaparecer en un solo día.
Él tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Agatha esperó. Como si aquella respuesta tuviera una segunda parte. No llegó. Siguieron caminando.
El sendero comenzaba a ascender. Las raíces daban paso a piedra. Las hayas desaparecieron poco a poco. Solo quedaron robles antiguos.
Torcidos. Como si hubieran soportado demasiados inviernos. Agatha apretó las correas de las alforjas. El peso empezaba a sentirse.
Pero no se quejó. Lucien lo notó. Aunque no dijo nada. Ella volvió a hablar.
—No pienso seguir alejándome de Arcadia.
Lucien continuó caminando. No respondió.
—¿Me escuchasteis?
—Sí.
—Entonces decid algo.
Él se detuvo. No se volvió inmediatamente.
—¿Qué queréis que diga?
Agatha aceleró el paso hasta quedar frente a él.
—Que vamos a regresar.
El viento movió las ramas sobre ellos. Lucien soltó el aire lentamente.
—No.
Una sola palabra. Sin dureza. Sin enfado. Solo una certeza.
Agatha sonrió con incredulidad.
—No os estaba pidiendo permiso.
—Lo sé.
Ella sostuvo su mirada.
—Mi padre puede seguir vivo.
—Puede.
—Astrid también.
—Puede.
La respuesta la irritó. No porque fuera cruel. Porque era demasiado lógica.
—Entonces…
Respiró hondo.
—¿Cómo podéis seguir caminando como si nada hubiera ocurrido?
Lucien no apartó la mirada.
—Porque caminar es lo único que todavía puede manteneros con vida.
Agatha apretó la mandíbula.
—¿Y si ellos siguen vivos?
—Entonces necesitáis llegar viva hasta ellos.
Silencio. Ella desvió la vista. Odiaba admitirlo. Pero aquella lógica era difícil de romper.
Reanudaron la marcha. Pasaron varios minutos. Esta vez fue Lucien quien habló.
—¿Por qué la mula?
Agatha lo miró, sorprendida.
—¿Qué?
—Podíais haber elegido cualquier caballo.
Pausa.
—Elegisteis una mula.
Ella bajó la mirada. Durante un instante pareció volver a verla. A su lado. En el barro.
Antes de que la guerra se la arrebatara. Después sonrió apenas. Una sonrisa triste.
—Porque nadie la quería.
Lucien esperó. Sabía que todavía no había terminado.
—Los caballos eran rápidos.
Agatha miró el camino.
—Bonitos.
Una pausa.
—Todos los elegían primero.
El viento pasó entre los árboles.
—Ella nunca.
Silencio.
—Pensé que conmigo tendría una vida mejor.
Lucien no respondió. Pero comprendió algo. Agatha no había elegido aquella mula porque fuera útil. Ni porque fuera conveniente.
La había elegido porque había reconocido algo en ella. Algo demasiado familiar. Ser la última elección. El camino volvió a estrecharse.
Las montañas comenzaron a aparecer entre la niebla. Lucien levantó la vista. Las reconocía. Agatha siguió la dirección de sus ojos.
—¿Habéis estado aquí antes?
Él tardó unos segundos.
—Muchas veces.
Ella arqueó una ceja.
—Entonces conocéis este lugar.
—Lo suficiente para no perderme.
Agatha lo observó.
—Esa tampoco era la pregunta.
Por primera vez… Lucien dejó escapar una leve sonrisa. Tan pequeña que casi desapareció antes de existir.
—No.
Una pausa.
—No lo era.
Agatha lo miró unos segundos. Y decidió no insistir. Había descubierto algo curioso. El Sacerdote de Mármol hablaba poco.
Pero cuando no quería responder… Siempre contestaba otra cosa. El sol empezó a ocultarse. Entonces las vieron.
Las ruinas. No eran grandes. Ni majestuosas. Apenas unas columnas partidas y algunos muros devorados por el musgo.
Parecían haber sido olvidadas incluso por el tiempo. Agatha recorrió el lugar con la mirada.
—¿Qué era esto?
Lucien permaneció inmóvil. Demasiado tiempo. Solo un instante. Pero suficiente.
Agatha lo notó.
—¿Lucien?
Él volvió la mirada hacia las piedras.
—No lo sé.
La respuesta salió demasiado rápido. Y por primera vez… Agatha supo que mentía. No porque fuera una gran mentira.
Porque era una mentira de alguien acostumbrado a ocultar verdades. Ella no dijo nada. Todavía.
Las ruinas parecían haber sido abandonadas mucho antes de que alguien pudiera recordarlas.
No tenían la grandeza de un palacio. Ni la solemnidad de un templo. No había estatuas de antiguos reyes. Ni símbolos de gloria.
Solo piedra. Piedra vieja. Piedra que había sobrevivido cuando todo lo demás había desaparecido. Agatha dejó lentamente las alforjas junto a un muro cubierto de musgo.
Miró alrededor. Había algo extraño en aquel lugar. No era miedo. Era una sensación más difícil de explicar.
Como si las ruinas no estuvieran vacías. Como si simplemente estuvieran esperando. Lucien descargó el caballo. Agatha seguía observando.
—No parece un templo.
Él acomodó las mantas sin mirarla.
—No lo es.
Ella levantó una ceja.
—Pensé que no sabíais qué era.
Lucien continuó con lo que hacía.
—He dicho que no sabía qué era.
Pausa.
—No que no supiera qué no era.
Agatha lo miró unos segundos. Después soltó una pequeña risa.
—Otra respuesta que no responde nada.
Lucien no contestó. Porque era cierto. Mientras él preparaba un pequeño refugio bajo una pared todavía en pie… Agatha comenzó a recorrer las ruinas.
Sus botas levantaban pequeñas nubes de polvo. Todo estaba extrañamente limpio. No limpio de verdad. Sino…
Como si el bosque evitara invadir aquel lugar. No había grandes árboles creciendo entre las piedras. Solo musgo. Y flores pequeñas.
Blancas. Delicadas. Agatha se agachó. Nunca las había visto.
Acercó la mano.
—No las toquéis.
La voz de Lucien llegó desde el otro lado del patio. Agatha retiró los dedos inmediatamente.
—¿Son venenosas?
—No.
Ella frunció el ceño.
—Entonces…
Lucien tardó un instante en responder.
—Simplemente no las toquéis.
Aquella respuesta era precisamente el tipo de respuesta que más odiaba. Porque significaba que había algo. Algo que él sabía. Y que ella no.
La noche cayó sobre las montañas. El viento era diferente allí. Más frío. Más pesado.
Como si aquellas piedras conservaran un invierno antiguo. Agatha aceptó el cuenco que Lucien le ofrecía. Lo miró con desconfianza.
—Otra vez sopa.
—Sí.
Probó una cucharada. Su expresión fue suficiente. Lucien ya sabía la respuesta antes de escucharla.
—Sigue estando horrible.
Él tomó su propio cuenco. Probó. Con absoluta calma.
—Ha mejorado.
Agatha lo miró. Después soltó una risa.
—Eso dice mucho más de vuestro gusto que de mi cocina.
Por un instante… Lucien respondió sin pensar.
—Nunca dije que cocinarais bien.
Silencio. Agatha abrió los ojos. Después sonrió.
—Eso ha sido casi una broma.
La expresión de Lucien volvió inmediatamente a su lugar. Fría. Controlada.
—No exageréis.
Ella negó divertida.
—El Sacerdote de Mármol haciendo humor. Quién lo diría.
Lucien no respondió. Pero esta vez… Agatha pudo ver que estaba intentando no sonreír.
Mucho después… Cuando el fuego comenzaba a apagarse… Agatha levantó la vista hacia el cielo. Frunció ligeramente el ceño.
—Qué raro…
Lucien no levantó la cabeza.
—¿Qué ocurre?
Ella señaló las estrellas.
—No encuentro la Corona del Norte.
Aquella frase consiguió algo que pocas cosas lograban. Lucien dejó de moverse. Muy despacio… Alzó la vista.
Las estrellas estaban donde siempre. Excepto una. Faltaba. No respondió.
Agatha volvió a mirar.
—Juraría que estaba allí.
—Quizá os equivocáis.
Ella negó inmediatamente.
—No.
Su voz fue más firme.
—Mi padre me enseñó esas constelaciones.
Miró el cielo.
—Las conozco desde niña.
Lucien permaneció en silencio. Pero por dentro… Una idea comenzó a formarse. No era una certeza.
Todavía no. Solo una posibilidad.
«Está cerca.» No de Arcadia. Del límite. Agatha terminó el cuenco.
Se envolvió en la manta. Cerró los ojos.
—Buenas noches, Sacerdote de Mármol.
Lucien tardó unos segundos en responder.
—Buenas noches…
Hizo una pausa. La palabra salió más baja. Más antigua. Más personal.
—Saekir.
Agatha sonrió sin abrir los ojos. Ya no preguntó qué significaba aquel nombre. Por primera vez… Le gustaba no saberlo.
El fuego terminó consumiéndose poco a poco. Los troncos dejaron de crepitar. Solo quedaron pequeñas brasas respirando entre la ceniza. Pero Agatha no dormía.
Cada vez que cerraba los ojos… Volvía a escuchar el último sonido de la mula. El último aliento. El peso de su cuerpo cayendo.
Giró sobre la manta. Miró hacia Lucien. Dormía sentado. O eso parecía.
La espalda apoyada contra una columna. La espada descansando sobre sus piernas. No parecía descansar. Parecía esperar.
Agatha suspiró.
—No podéis dormir así.
Los ojos de Lucien se abrieron inmediatamente. Como si nunca hubiera estado dormido.
—Sí puedo.
Ella negó.
—Eso no cuenta como dormir.
—Es suficiente.
Agatha lo observó.
—Debéis de ser insoportable cuando enfermáis.
Lucien la miró.
—No suelo tener ese problema.
Ella sonrió.
—Claro.
Pausa.
—También imaginaba que nunca habíais sido niño.
Por primera vez… Él desvió ligeramente la mirada.
—Hace mucho.
Agatha sonrió.
—Entonces sí hubo un niño.
Lucien no respondió. Y, curiosamente… Ella tampoco insistió. El viento comenzó a colarse entre las columnas.
Traía un sonido extraño. No era un animal. No era agua. No era el movimiento de las ramas.
Era algo más bajo. Más lejano. Como un murmullo. Agatha abrió los ojos.
—¿Lo oís?
Lucien permaneció inmóvil.
—¿El qué?
Ella levantó ligeramente la cabeza.
—Eso.
Los dos guardaron silencio. El fuego crepitó suavemente. Las brasas se movieron. Pero fuera de eso…