VIII. Las grietas de Arcadia II #4
Agatha caminaba detrás. Las alforjas colgadas sobre sus hombros. No pesaban demasiado. Pero cada paso era más difícil que el anterior.
Porque no llevaba solo provisiones. Llevaba el recuerdo de lo que había ocurrido. Había pasado más de una hora desde la emboscada. El sonido de las espadas había quedado atrás.
Los gritos. Las flechas. El caos. Todo parecía pertenecer a otra vida.
Agatha miraba el suelo mientras caminaba. Las botas se hundían ligeramente en la tierra húmeda.
—Sacerdote de Mármol…
Lucien no se detuvo.
—¿Sí?
Ella tardó unos segundos en hablar.
—¿Creéis que ella sabía?
Lucien redujo el paso.
—¿Qué cosa?
Agatha tragó saliva.
—Que no iba a volver.
Silencio. Lucien no respondió inmediatamente. Porque sabía que no hablaba de la mula. Hablaba de todo.
De Arcadia. De la guerra. De la vida que había dejado atrás. Finalmente dijo:
—No creo que los animales piensen en el futuro como nosotros.
Agatha bajó la mirada.
—Quizá por eso son mejores.
Lucien la observó de reojo. No respondió. Porque en ese momento entendió algo. Agatha no estaba sufriendo porque hubiera perdido una posesión.
Estaba sufriendo porque, por primera vez, alguien había pagado el precio de una decisión que ella tomó.
Continuaron avanzando. El sol empezó a caer. La luz atravesaba los árboles en líneas doradas. Pero ninguno de los dos disfrutó del paisaje.
Hasta que Lucien levantó una mano. Agatha se detuvo inmediatamente. Esta vez no preguntó. Había aprendido.
Lucien escuchaba. A lo lejos… Algo. Un sonido irregular.
Un caballo. No galopaba. Tropezaba. Como si cada paso fuera una lucha.
Lucien llevó la mano a la espada. Agatha hizo lo mismo con la daga. No porque estuviera preparada. Porque ahora sabía que no podía permitirse no estarlo.
Entre la niebla apareció un caballo oscuro. Cubierto de barro. Empapado de sangre. Sin silla.
Sin estandarte. Sin escolta. Solo llevaba a un hombre encima. Y apenas podía mantenerse.
Lucien dio un paso adelante.
—¡Alto!
El jinete levantó la cabeza. Llevaba el uniforme de Arcadia. O lo que quedaba de él. La tela estaba desgarrada.
La armadura rota. Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre. Cuando vio a Lucien… Algo parecido al alivio apareció en sus ojos.
—Mi lord…
Intentó desmontar. No pudo. Cayó al suelo. Lucien llegó hasta él antes de que golpeara la tierra.
Lo sostuvo. Agatha se acercó detrás. El soldado respiraba con dificultad. Cada respiración parecía costarle una batalla.
Buscó algo bajo la coraza. Con manos temblorosas sacó un pequeño cilindro de cuero. Sellado. El emblema de la Corona.
Lo extendió hacia Lucien.
—Para…
Una pausa.
—El rey.
Lucien tomó el mensaje. Rompió el sello. Desenrolló el pergamino. Leyó la primera línea.
Y algo cambió. Muy poco. Pero Agatha lo vio. El Sacerdote de Mármol desapareció durante un instante.
No había calma. No había distancia. Solo una expresión que no había visto antes. Preocupación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Agatha.
Lucien no respondió. Siguió leyendo. El soldado cerró los ojos un momento. Como si incluso hablar fuera demasiado esfuerzo.
—Nos…
Tragó saliva.
—Nos engañaron.
Lucien levantó la mirada.
—¿El Primer Batallón?
El hombre asintió débilmente.
—Información…
Otra respiración dolorosa.
—Falsa.
Agatha sintió un vacío en el estómago. El soldado continuó:
—Nos esperaban.
Sus dedos se cerraron sobre la tierra.
—Todo era una trampa.
El silencio fue absoluto. Lucien dobló lentamente el pergamino.
—¿El capitán Ian?
La pregunta salió antes de que Agatha pudiera detenerla. El soldado la miró. Y durante unos segundos… No respondió.
Ese silencio fue peor que cualquier respuesta. Finalmente negó lentamente.
—No…
Agatha dejó de respirar.
—No lo vimos caer.
Una pausa.
—Pero…
El hombre cerró los ojos.
—Nadie salió.
El mundo pareció quedarse quieto. Ian. El nombre que no había pronunciado desde que salió de Arcadia.
El hombre que representaba una parte de la vida que había dejado atrás.
No había una confirmación. No había un cuerpo. Pero la guerra rara vez entregaba certezas. Solo ausencias.
El soldado volvió a hablar.
—Las fortalezas…
Su voz era apenas un susurro.
—Del oeste…
Otra pausa.
—Cayeron.
Agatha miró a Lucien. Por primera vez parecía no tener una respuesta. Ni una estrategia. Ni una frase tranquila.
Nada. El hombre que parecía tener siempre un plan… Estaba leyendo la destrucción de su mundo en un pedazo de papel. El soldado miró al cielo.
Como si buscara fuerzas que ya no existían. Y entonces pronunció sus últimas palabras:
—Arcadia…
Su voz se quebró.
—Está perdida.
Su cabeza cayó hacia un lado. Y el bosque volvió a quedar en silencio. Agatha permaneció inmóvil. Primero la mula.
Ahora esto. La guerra ya no era una palabra que escuchaba en los salones. Ya no era un problema de reyes. De mapas.
De soldados. La guerra tenía nombres. Tenía rostros. Tenía pérdidas.
Lucien dobló lentamente el pergamino. Miró hacia el oeste. Hacia un reino que quizá ya no existía como antes. Y por primera vez desde que Agatha lo conocía…
El Sacerdote de Mármol no parecía una estatua. Parecía un hombre.
Un hombre que acababa de perder la certeza de que podía salvar algo.
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