VIII. Las grietas de Arcadia II #3
Y entonces… El silbido cortó el aire. La guerra había encontrado a Agatha. El silbido llegó antes que el golpe.
Una fracción de segundo. Nada más. Después… La flecha atravesó el aire.
El primer caballo cayó con un sonido brutal.
El animal lanzó un relincho desgarrador antes de desplomarse sobre las patas delanteras.
Su jinete apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cayó al barro. Tres flechas más descendieron desde los árboles. La emboscada había comenzado.
—¡Escudos!
La voz de Lucien atravesó el caos. No fue un grito desesperado. Fue una orden.
Una orden que hizo que los soldados reaccionaran incluso antes de comprender lo que ocurría.
Las espadas abandonaron las vainas. Los escudos se levantaron. Los caballos comenzaron a encabritarse. Y el bosque…
El bosque dejó de estar vacío. Agatha sintió cómo la mula temblaba debajo de ella. Nunca la había visto así. Nunca.
El animal que había cruzado caminos difíciles. El animal que había soportado el peso de sus escapadas. El animal que parecía tener más carácter que muchos nobles de Arcadia… Ahora estaba aterrorizado.
—Tranquila… —susurró.
Pero ella misma no estaba tranquila. Todo ocurría demasiado rápido. No podía distinguir enemigos. Solo veía movimiento.
Sombras entre los árboles. Acero brillando bajo la niebla. Gritos. Sangre.
Un soldado cayó a pocos metros de ella. Otro intentó cubrirlo. Una flecha atravesó su escudo. Entonces alguien apareció entre los árboles.
Directamente hacia ella. No hacia Lucien. No hacia los soldados. Hacia ella.
El hombre llevaba una espada levantada. Agatha sintió que el mundo se reducía a ese instante. Su mano fue hacia la daga. La sacó.
La sostuvo con ambas manos. Como le habían enseñado. Como había practicado. Pero cuando tuvo al hombre frente a ella…
Su cuerpo no respondió. No era miedo. Era algo peor. Era comprender.
Comprender que una cosa era sostener una espada en entrenamiento. Y otra muy distinta… decidir si una persona debía morir por tu mano. El atacante levantó el arma.
Agatha no se movió. Un destello apareció frente a ella. El sonido del metal chocando rompió el momento. Lucien.
El golpe fue limpio. Preciso. Rápido.
Tan rápido que Agatha tardó unos segundos en entender que el atacante ya estaba en el suelo.
Lucien ni siquiera la miró.
—¡Moveos!
Una flecha pasó entre ambos. Agatha reaccionó. Giró hacia la mula.
—Vamos.
El animal obedeció. Dos pasos. Tres. Entonces…
El sonido. Un impacto seco. La mula soltó un gemido ahogado. No de dolor.
De sorpresa. Agatha sintió cómo el cuerpo bajo ella se vencía. Cayeron juntas. El aire abandonó sus pulmones.
Rodó por el barro. Durante unos segundos solo escuchó un zumbido. Después levantó la cabeza. Y la vio.
La flecha sobresalía de su cuello. Muy cerca de la clavícula. La mula intentó levantarse. Sus patas resbalaron.
Volvió a caer.
—No…
La voz de Agatha salió rota. Dejó caer la daga. Se arrastró hasta ella. Sus manos buscaron la herida.
Como si sus dedos pudieran detener lo inevitable.
—Vamos… —susurró.
—Vamos, vieja…
El animal respiró con dificultad. Agatha negó con la cabeza.
—No.
Otra vez. Más bajo.
—No me hagas esto.
La mula movió apenas las orejas. Como si todavía la escuchara. Como si todavía estuviera ahí. Agatha apoyó una mano sobre su cuello.
—Levántate.
Una lágrima cayó sin que ella se diera cuenta.
—Por favor.
La mula lo intentó. Una vez. No pudo. Su respiración se hizo más lenta.
Más débil. Hasta que finalmente… Se detuvo. El combate seguía alrededor.
Pero Agatha dejó de escucharlo. Todo desapareció. No había soldados. No había enemigos.
No había guerra. Solo estaba ella. Y la criatura que nunca había pedido formar parte de aquella historia. La misma que había robado.
La misma que había sacado de Arcadia. La misma que había elegido seguirla. Una mano cerró sobre su brazo. Lucien.
—Tenemos que irnos.
Agatha no respondió. Seguía mirando la mula.
—Saekir.
Nada. Lucien apretó un poco más.
—Van a alcanzarnos.
Entonces Agatha habló. Pero su voz ya no tenía rabia. Ni sarcasmo. Ni esa fuerza que siempre parecía llevar encima.
Solo culpa.
—Nunca debí traerla.
Lucien bajó la mirada.
—Agatha…
Ella negó.
—Los caballos estaban preparados.
Miró el cuerpo inmóvil.
—Los soldados sabían qué hacer.
Una pausa.
—Ella no.
Silencio. Y Lucien entendió. No estaba llorando una pérdida. Estaba acusándose.
Sin decir nada… Lucien soltó las alforjas del animal. Las colocó sobre su propio caballo. Después tomó la manta de viaje.
Cubrió lentamente el cuerpo de la mula. No era un entierro. No podían permitirse uno. Era una despedida.
Agatha observó el gesto. Porque esperaba que Lucien dijera algo. Que intentara convencerla. Que le dijera que no era culpa suya.
Pero no lo hizo. Porque sabía que algunas heridas no se cierran con palabras. Le tendió la mano. Esta vez…
Agatha la aceptó. Pero antes de alejarse… Se arrodilló una última vez. Apoyó la frente contra el cuello del animal.
Y susurró:
—Perdóname.
Después se levantó. Y caminó. Mientras se internaban entre los árboles… Agatha no volvió la vista atrás.
No porque no quisiera. Porque si lo hacía… Sabía que no sería capaz de continuar. Y sin saberlo…
Acababa de aprender la primera lección de la guerra: las decisiones nunca mueren solas. Siempre se llevan a alguien con ellas. El bosque volvió a tragárselos.
Pero esta vez el silencio era diferente. Antes había sido un silencio lleno de preguntas. Ahora era un silencio lleno de pérdida. Lucien avanzaba unos pasos por delante.
Una mano sujetando las riendas de su caballo.
La otra presionando una herida en su costado que Agatha no había notado hasta entonces.
Porque él no se había permitido mostrarla. No mientras había peligro. No mientras ella estaba en el suelo. No mientras la mula todavía respiraba.