VIII. Las grietas de Arcadia II #2
—Ya hay soldados haciéndolo.
Agatha no se detuvo.
—Sí.
Caminó unos pasos.
—Pero la del arroyo sabe a hierro.
Uno de los soldados la miró confundido. Lucien también.
—¿Cómo podéis saberlo sin probarla?
Agatha giró la cabeza. Una pequeña sonrisa apareció.
—Porque hay alisos.
Señaló la zona superior del río.
—Y el terreno cambia de color veinte pasos más arriba.
Después volvió la vista hacia el agua.
—Debe haber un manantial.
Silencio. Lucien no respondió. Porque cada vez que pensaba haber entendido una parte de ella… Aparecía otra.
Agatha desapareció nuevamente entre los árboles. Uno de los soldados se acercó despacio.
—Mi lord…
Lucien seguía mirando el lugar por donde ella se había ido.
—¿Sí?
El hombre dudó antes de preguntar:
—¿De verdad es una princesa?
Lucien tardó varios segundos en responder. Porque por primera vez la pregunta no le parecía sencilla. Después dijo:
—Empiezo a creer que esa es la pregunta equivocada.
La noche cayó rápido.
El bosque se llenó del canto de los grillos y del sonido del fuego.
Los soldados hablaban entre ellos. Reían. Contaban historias de campañas pasadas. Agatha permanecía sentada sobre un tronco.
Con un pequeño cuchillo entre las manos. Tallaba un trozo de madera. Lucien la observó. No parecía estar haciendo nada importante.
Solo… Tallando. Pero incluso en eso había algo diferente. No buscaba terminar una obra perfecta.
Solo estaba creando algo porque quería hacerlo. Uno de los soldados se acercó.
—¿Qué estáis haciendo, Alteza?
Agatha levantó la mirada. La expresión cambió inmediatamente. No de enfado. De decisión.
—No me llaméis Alteza.
El hombre se quedó quieto.
—Pero…
Ella volvió a la madera.
—La Alteza se quedó en Arcadia.
Una pausa.
—Aquí solo está Agatha.
El soldado miró incómodo hacia Lucien. Esperando una corrección. Pero Lucien no dijo nada. Porque entendía algo:
Agatha no estaba rechazando su sangre. Estaba rechazando la jaula que venía con ella.
La pequeña pieza de madera seguía tomando forma entre las manos de Agatha.
El cuchillo se movía con precisión. No con la habilidad de un artesano profesional. Sino con la paciencia de alguien que había aprendido observando. Una curva.
Un corte. Otro detalle. Poco a poco… La madera dejó de parecer un simple trozo de rama.
Uno de los soldados se inclinó para mirar mejor.
—¿Qué estáis haciendo?
Agatha no levantó la vista.
—Nada importante.
El hombre sonrió.
—Eso parece bastante trabajo para algo que no es importante.
Ella terminó un pequeño detalle y giró la pieza. Era una figura. Una mula. Con las orejas exageradamente grandes.
El soldado soltó una carcajada.
—Se parece.
Agatha la miró.
—Es un homenaje.
Como si la criatura real estuviera escuchando, la mula que descansaba cerca movió las orejas.
Agatha sonrió.
—¿Ves? Hasta ella está de acuerdo.
Algunos soldados rieron. Era una escena sencilla. Extrañamente sencilla.
Después de días de tensión, órdenes y miedo… Solo era un grupo de personas alrededor de un fuego.
Y una mujer que acababa de tallar una pequeña figura de su compañera de viaje.
Lucien observó la talla desde su lugar. Era simple. Nada extraordinario. Pero estaba bien hecha.
Demasiado bien para alguien que parecía haber aprendido por su cuenta.
—¿También aprendisteis eso fuera del castillo? —preguntó.
Agatha levantó la mirada.
—Sí.
—¿Quién os enseñó?
Ella pensó un momento.
—Un viejo carpintero.
Lucien esperó. Porque sabía que siempre había algo más. Agatha sonrió.
—Le caía mal.
Una pequeña pausa.
—¿Y aun así os enseñó?
Ella negó.
—No.
Los soldados ya esperaban la respuesta. Agatha miró la figura.
—Le robaba los trozos de madera.
Después añadió:
—Y aprendí mirando.
Hubo un silencio. Lucien la observó. Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Una pequeña risa escapó de él.
Fue breve. Casi imperceptible. Pero ocurrió. El campamento entero quedó en silencio.
Los soldados giraron la cabeza. Como si acabaran de presenciar un fenómeno imposible. Agatha levantó lentamente la mirada.
Parpadeó.
—¿Acabáis de reíros?
Lucien recuperó inmediatamente su expresión habitual. La piedra volvió a colocarse en su rostro.
—No.
Agatha entrecerró los ojos.
—Os escuché.
—Imposible.
—Sacerdote de Mármol…
La sonrisa apareció en sus labios.
—Eso fue una risa.
Lucien tomó su taza.
—Fue tos.
Uno de los soldados bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Agatha lo vio.
—No me ayudéis.
El hombre se enderezó rápidamente.
—No, Alteza.
Agatha lo señaló.
—Eso.
Una pausa.
—Eso es exactamente lo que quiero decir.
El soldado no entendió. Ella suspiró.
—Todos estáis aterrorizados de él.
Los hombres intercambiaron miradas. Uno de ellos respondió sin pensar:
—Es difícil no hacerlo.
Agatha observó a Lucien. El hombre que podía detener una discusión con una sola mirada. El hombre que caminaba como si cargara el peso de cien secretos.
El hombre que todos trataban como si fuera una estatua. Y después dijo:
—Pues yo todavía no encuentro el motivo.
Lucien sostuvo su mirada. Por primera vez… No tuvo una respuesta preparada. Porque esa era la diferencia.
Los demás veían lo que Lucien había construido alrededor de sí mismo. La distancia. El silencio. La autoridad.
Agatha veía las grietas. No porque fuera más inteligente que ellos. Sino porque nunca había sabido respetar las paredes que otros aceptaban. El fuego siguió ardiendo.
La conversación volvió poco a poco. Pero algo había cambiado. Muy pequeño. Casi invisible.
El Sacerdote de Mármol había reído. Y Agatha lo había visto. Al amanecer… La calma desaparecería.
Porque el bosque que tenían delante ya no sería un camino. Sería una prueba. Y por primera vez desde que salieron de Arcadia… Agatha y Lucien no serían viajeros.
Serían objetivos. El cuarto amanecer llegó envuelto en una niebla espesa. Demasiado espesa. Agatha ajustó las cinchas de la mula mientras observaba el bosque.
Algo no estaba bien. No sabía explicar por qué. No era un sonido. No era una imagen.
Era una sensación.
La misma que había tenido muchas veces antes de que algo saliera mal.
El silencio era demasiado perfecto. Demasiado limpio. La mula, que normalmente parecía tener opinión sobre absolutamente todo, permanecía inquieta. Movía las orejas.
Golpeaba el suelo con una pata. Agatha frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de los soldados.
Ella no respondió inmediatamente. Miró los árboles. Después el camino. Después las ramas.
—No lo sé.
Y decir eso le molestó más de lo que quería admitir. Porque Agatha estaba acostumbrada a confiar en sus instintos. Pero algo allí escapaba a su comprensión. Lucien ya estaba preparado.
De pie junto a su caballo. Mirando hacia el bosque. Agatha lo observó.
La mano del Sacerdote de Mármol descansaba sobre la empuñadura de su espada.
Todavía no la había desenvainado. Pero tampoco se había separado de ella. Entonces entendió. Él también lo sentía.
—¿Vos también? —preguntó.
Lucien no giró.
—Sí.
Agatha bajó la voz.
—Pensaba que me diríais que estaba imaginando cosas.
—No.
Una pausa.
—Hoy no.
Ella lo miró.
—Eso no es precisamente tranquilizador.
—No pretendía serlo.
La pequeña escolta reanudó la marcha. Pero algo había cambiado. Los soldados ya no conversaban. Ya no reían.
Ya no caminaban distraídos. El bosque parecía observarlos. No había pájaros. No había animales.
Ni siquiera el sonido constante de los insectos. Solo los cascos. El barro. Y el crujido de las ramas bajo sus pasos.
Agatha levantó lentamente la mirada. Las copas de los árboles permanecían inmóviles. Ni una hoja se movía. Ni una rama oscilaba.
Era como si el bosque estuviera conteniendo la respiración. Un cuervo atravesó el cielo. Solo uno. Agatha siguió su vuelo.
El animal desapareció hacia el norte. Y entonces sintió algo. No miedo. Reconocimiento.
Como si aquella escena le estuviera diciendo algo que todavía no comprendía. Miró a Lucien.
—Sacerdote de Mármol.
Él no apartó la vista del camino.
—¿Sí?
—¿Siempre sois tan tranquilo cuando algo va mal?
Lucien tardó un segundo en responder.
—No.
Agatha esperó.
—Solo cuando necesito que los demás no entren en pánico.
La respuesta la sorprendió. Porque era la primera vez que él admitía algo parecido. No era que no sintiera miedo. Era que sabía esconderlo.
Media hora después… Lucien levantó el puño. Toda la columna se detuvo. Los soldados reaccionaron inmediatamente.
Sin preguntas. Sin dudas. Eso le dijo algo a Agatha. Ellos confiaban en él.
Incluso cuando no sabían qué estaba ocurriendo. Lucien desmontó. Se agachó junto al camino. Observó el barro.
No tocó nada. Solo miró. Agatha bajó de la mula y se acercó.
—¿Qué encontrasteis?
—Nada.
Ella frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Lucien levantó ligeramente la mirada.
—Exacto.
Agatha siguió su mirada. El camino estaba vacío. Demasiado vacío. El barro estaba húmedo.
Pero no había huellas. Ni recientes. Ni antiguas. Como si nadie hubiera pasado por allí en días.
Y eso era imposible. Ese era el camino principal hacia el este. Ella se arrodilló. Pasó los dedos por la tierra.
Todavía estaba húmeda. Miró los bordes del sendero. Las hierbas estaban dobladas. Pero no hacia el camino.
Hacia el interior del bosque. Su expresión cambió.
—Nos están rodeando.
Lucien no respondió. Porque había llegado a la misma conclusión. Uno de los soldados se acercó.
—¿Mi lord?
Lucien se puso de pie. Su voz fue tranquila. Demasiado tranquila.
—Escudos al frente.
El silencio que siguió fue inmediato. Todos entendieron. Algo se acercaba. Agatha llevó la mano hacia su daga.
No porque creyera que podía ganar una batalla. Sino porque había aprendido algo: la guerra no pregunta si estás preparado. Simplemente llega.
Entonces lo escuchó. Un sonido. Casi imperceptible. Arriba.
No delante. No detrás. En los árboles. Una rama crujió.
Agatha levantó la mirada lentamente. Las hojas apenas se movían. Pero una de ellas… Una sola…
Cayó. Sin viento. Sin razón. Y en ese instante comprendió.
—No están delante…
Lucien giró la cabeza hacia ella.
—Lo sé.
Agatha tragó saliva.
—Están esperando.
Una pausa.
—En los árboles.
El bosque permaneció inmóvil. Un segundo. Dos. Tres.