La Médium VIII. Las grietas de Arcadia II
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VIII. Las grietas de Arcadia II

CAPÍTULOVIIILAS GRIETAS DE ARCADIA II

El camino descendía entre robles centenarios.

La niebla de la mañana todavía cubría parte del valle, aferrándose a las raíces de los árboles como si el bosque se negara a despertar completamente.

Durante más de una hora… Ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el lento trote de la vieja mula. Y el paso firme del caballo de Lucien.

Agatha parecía completamente cómoda. Como si hubiera pasado media vida viajando por caminos como aquel. Lucien, en cambio… No dejaba de observarla de reojo.

No porque desconfiara. Porque no conseguía entenderla. Una princesa debería haberse quejado del barro. Del frío.

De dormir bajo las estrellas. De la incomodidad de una silla de montar. Ella, sin embargo… Silbaba.

Muy bajo. Una melodía desconocida. Lucien finalmente rompió el silencio.

—Cantáis mal.

Agatha ni siquiera dejó de silbar.

—No estaba cantando.

—Peor todavía.

Ella soltó una risa.

—Vaya… Pensé que los sacerdotes hacían votos de paciencia.

Lucien mantuvo la mirada al frente.

—No soy sacerdote.

La respuesta salió demasiado rápido. Agatha dejó de silbar. Levantó una ceja.

—¿No?

Lucien corrigió inmediatamente:

—Quise decir…

Hizo una pausa.

—No uno especialmente paciente.

Agatha sonrió de lado.

—Eso tiene más sentido.

Volvió a silbar. Lucien respiró despacio. Apenas llevaban una hora de viaje.

Y ya empezaba a comprender por qué aquella mujer podía sacar de quicio a cualquiera.

Un conejo cruzó el camino. La mula se detuvo en seco. Agatha descendió con total naturalidad. Se agachó.

Observó unas pequeñas huellas sobre el barro. Lucien permaneció sobre el caballo.

—¿Qué hacéis?

—Mirar.

—Eso ya lo veo.

Ella señaló el suelo.

—Zorro.

Lucien bajó la vista. No distinguía nada.

—¿Cómo lo sabéis?

Agatha siguió las marcas con la mirada.

—Porque crecí escapándome del castillo.

Levantó la vista hacia él.

—No encerrada dentro —dijo mientras continuaba caminando unos metros.

—Además…

Hizo una pausa.

—Hace menos de una hora.

Lucien la observó. Aquello sí le sorprendió. No esperaba que una princesa supiera leer rastros. Ni que caminara por el bosque como si perteneciera a él.

Agatha volvió a montar.

—¿Qué? —preguntó al notar que seguía mirándola.

Lucien negó lentamente.

—Nada.

Ella sonrió.

—Mentís fatal.

Él sostuvo su mirada.

—No he mentido.

—Entonces decidme qué pensáis.

Silencio. Lucien respondió con absoluta calma:

—Empiezo a creer que nunca conocí a la princesa Agatha.

Ella dejó escapar una pequeña risa. No había arrogancia. No había orgullo. Solo una sinceridad inesperada.

—No.

El viento movió suavemente su cabello castaño con reflejos dorados.

—Nunca la conocisteis.

Una pausa.

—Porque nunca existió.

Durante unos segundos… Ninguno volvió a hablar. Y por primera vez desde que salieron de Arcadia… Lucien comprendió algo:

El verdadero viaje no consistía en llevar a una princesa hasta Lumen.

Consistía en descubrir quién era realmente la mujer que cabalgaba delante de él.

El camino siguió descendiendo entre los árboles.

La niebla terminó de desaparecer cuando el sol alcanzó las copas más altas, dejando pequeños fragmentos de luz sobre el sendero.

La escolta avanzaba en silencio. Aunque ya no era el mismo silencio de antes. Había cambiado. Al principio habían observado a Agatha como una carga.

Una princesa acostumbrada a los salones de piedra. Una mujer que necesitaría protección en cada paso. Pero después de verla encontrar un rastro donde ellos solo veían barro…

Después de verla moverse por el bosque con la seguridad de quien conocía el terreno… Algo había empezado a cambiar. Uno de los soldados se acercó a Lucien.

—Mi lord.

Lucien giró ligeramente la cabeza.

—Habla.

—Hay un desvío unas millas más adelante.

Señaló el mapa.

—Si seguimos el camino principal llegaremos antes del anochecer.

Lucien asintió.

—Tomaremos…

—El sendero del río.

La voz de Agatha interrumpió. Todos giraron hacia ella. Seguía montada sobre la mula. Como si acabara de decir algo completamente obvio.

El soldado parpadeó.

—¿Perdón?

Agatha miró hacia el bosque.

—El sendero del río.

—Ese camino es más largo.

—Sí.

—Entonces no tiene sentido.

Ella se encogió de hombros.

—El camino principal no sirve.

El soldado frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabéis?

Agatha lo miró.

—Porque el puente está roto.

Silencio. Lucien la observó.

—¿Lo habéis visto?

Ella negó.

—No.

El soldado abrió la boca para responder, pero Agatha continuó:

—Pero ha llovido demasiado durante los últimos días.

Señaló las ramas húmedas.

—El río debe estar más alto de lo normal.

Después miró hacia la dirección del camino principal.

—Ese puente era viejo.

Una pausa.

—Si sigue en pie, será porque los dioses tienen sentido del humor.

Uno de los soldados soltó una pequeña risa. Intentó ocultarla rápidamente. Lucien, sin embargo, no apartó la mirada de Agatha. Porque esa era la diferencia.

Ella no hablaba como alguien que quería demostrar que sabía más. Hablaba como alguien acostumbrada a observar antes de actuar. El soldado negó con la cabeza.

—Eso sigue siendo una suposición.

Agatha sonrió.

—Sí.

La respuesta lo desconcertó.

—¿Y lo admitís?

—Claro.

Miró alrededor.

—Solo que algunas suposiciones están mejor hechas que otras.

El hombre no supo qué responder. Lucien intervino.

—Tomaremos el sendero del río.

El soldado dudó.

—Pero, mi lord…

Lucien lo miró. No alzó la voz. No fue necesario.

—He dado una orden.

El hombre inclinó la cabeza.

—Sí, mi lord.

Dos horas después… Encontraron el puente. O lo que quedaba de él. Las vigas colgaban sobre el agua embravecida.

La corriente golpeaba la madera rota con una fuerza que hacía imposible cruzar.

Durante unos segundos nadie habló. Uno de los soldados soltó un silbido.

—Por todos los dioses…

Lucien desmontó lentamente. Observó el puente. Después giró la cabeza. Agatha estaba junto a la mula.

Rascándole las orejas. Completamente tranquila.

Como si no acabara de evitar que todos perdieran horas intentando cruzar un camino destruido.

—¿Qué? —preguntó al notar que la miraban.

Lucien permaneció en silencio. Agatha entrecerró los ojos.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Esa mirada.

—¿Cuál?

—La de «no entiendo qué clase de criatura sois».

Por un instante… Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Lucien. Muy leve. Casi invisible.

—No he pensado eso.

Agatha lo señaló.

—Mentís fatal.

Lucien volvió a mirar el puente.

—Quizá.

Ella sonrió. Porque acababa de conseguir algo extraño. Una pequeña victoria. Había logrado que el Sacerdote de Mármol admitiera algo.

Continuaron avanzando. Esta vez… Ninguno de los soldados cuestionó las indicaciones de Agatha. Ella tampoco pareció darse cuenta.

O quizá sí. Quizá simplemente no le importaba. Porque Agatha nunca había buscado demostrar que era capaz. Solo había estado sobreviviendo.

El sol comenzaba a descender cuando el bosque volvió a abrirse. Frente a ellos apareció un pequeño arroyo de aguas cristalinas. Lucien levantó una mano.

—Descansaremos aquí.

Los soldados desmontaron. Algunos comenzaron a llenar los odres. Otros recogieron leña para el fuego. Agatha permaneció quieta unos segundos.

Observando. Como si estuviera escuchando algo que los demás no podían percibir. Y entonces… Simplemente desapareció entre los árboles.

Uno de los soldados la vio alejarse.

—¿La sigo?

Lucien ni siquiera levantó la vista.

—No.

El hombre dudó.

—¿Y si intenta escapar?

Lucien miró hacia donde Agatha había desaparecido.

—Si quisiera escapar…

Hizo una pausa.

—No habría esperado a que desmontáramos.

El soldado no respondió. Porque empezaba a entender algo. La princesa no necesitaba una oportunidad para huir. Necesitaba una razón para quedarse.

Pasó un cuarto de hora. Luego veinte minutos. La escolta continuó con sus tareas. Nadie parecía preocupado.

Excepto aquellos que todavía no conocían a Agatha. Finalmente… La escucharon regresar. Los pasos sobre las hojas.

Agatha apareció entre los árboles. Traía las botas cubiertas de barro. Algunas hojas atrapadas en su cabello. Y un pequeño saco de tela colgado del hombro.

Lo dejó junto al fuego. Dentro había setas. Frutos silvestres. Y varias raíces.

El cocinero de la escolta abrió mucho los ojos.

—¿Dónde encontrasteis todo esto?

Agatha señaló vagamente hacia el bosque.

—Allí.

El hombre miró el saco. Después a ella.

—¿Cómo sabíais que había comida?

Agatha lo observó con auténtica confusión.

—Porque hay comida.

El soldado parpadeó. Era una respuesta tan simple que no sabía cómo discutirla. Mientras preparaban la cena, Lucien observó el contenido del saco. No tocó nada.

Solo miró. Agatha estaba separando las plantas con cuidado. Un montón aquí. Otro allí.

Sin equivocarse.

—Dos de esas setas son venenosas —dijo finalmente.

Agatha levantó la vista.

—Sí.

Lucien esperó.

—Entonces…

Ella sonrió ligeramente.

—No pensaba cocinarlas.

Silencio. Uno de los soldados miró las setas con desconfianza.

—¿Entonces para qué sirven?

Agatha tomó una de ellas entre los dedos.

—Si las machacáis…

Hizo una pausa.

—Y las mezcláis con grasa…

Miró al soldado.

—Las ratas no vuelven durante semanas.

Lucien permaneció inmóvil. No esperaba esa respuesta. No era conocimiento de una princesa. Tampoco de alguien entrenado en una academia militar.

Era conocimiento de alguien que había tenido que aprender porque lo necesitaba.

—¿Quién os enseñó? —preguntó.

Agatha continuó clasificando las plantas. Tardó unos segundos en responder.

—La gente.

Lucien frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué gente?

Ella se encogió de hombros.

—Toda la que no vivía dentro del castillo.

La frase quedó suspendida. No fue una acusación. No fue una queja. Solo una verdad.

Y eso la hizo más fuerte. Lucien entendió algo en ese momento. Agatha no había aprendido esas cosas porque alguien hubiera decidido educarla. Las había aprendido porque había mirado.

Porque había escuchado. Porque había salido de las paredes donde todos creían que debía permanecer. La princesa de Arcadia había sido criada por la corte. Pero Agatha…

Agatha había sido criada por el mundo. Cuando terminó de separar las plantas, se puso de pie. Tomó un cubo vacío.

—Voy por agua.

Lucien levantó la mirada.