La Médium VII. Las grietas de Arcadia I #4
34%

VII. Las grietas de Arcadia I #4

Solo era un hombre que había aprendido a parecer una. Los días siguientes fueron distintos. No porque el camino fuera más fácil.

Sino porque Agatha estaba empezando a acostumbrarse a no ser quien todos esperaban que fuera.

Ya no había sirvientes preparando su ropa. Ya no había doncellas recordándole cómo comportarse. Ya no había una corte observando cada gesto. Si tenía frío, encendía su propio fuego.

Si tenía hambre, buscaba su comida. Si algo le molestaba… Lo decía. Aunque eso último nunca había sido un problema para ella.

Lucien lo había notado. Por supuesto que lo había notado. Parecía notar todo.

—¿Vais a seguir mirándome así? —preguntó Agatha mientras ajustaba la correa de su mochila.

Lucien levantó la vista.

—¿Así cómo?

—Como si estuvierais intentando resolver un acertijo.

—No intento resolveros.

—¿No?

—No.

Hizo una pausa.

—Intento comprenderos.

Agatha soltó una risa corta.

—Eso suena peor.

—¿Por qué?

—Porque nadie consigue hacerlo.

Lucien inclinó ligeramente la cabeza.

—Quizá porque todos intentan hacerlo desde lo que esperan que seáis.

La respuesta la dejó callada. Porque era exactamente eso. Todos tenían una versión de Agatha. La princesa rebelde.

La hija problemática. La hermana de Astrid. La decepción de Eleonora.

Pero casi nadie se había preguntado quién era ella cuando nadie estaba mirando.

Al tercer día llegaron a un antiguo camino de piedra. Lucien detuvo el caballo. Agatha miró alrededor. No había nada.

Solo árboles.

—¿Nos perdimos?

Lucien bajó de la montura.

—No.

—Eso es exactamente lo que diría alguien perdido.

Él ignoró el comentario. Se acercó a una roca cubierta de musgo. Pasó la mano sobre la superficie. Agatha observó con curiosidad.

—¿Qué hacéis?

—Recordando.

Ella frunció el ceño.

—¿Recordando una piedra?

—Un camino.

—Eso es incluso más extraño.

Lucien sonrió apenas.

—Los caminos guardan más historias de las que las personas imaginan.

Agatha se acercó.

—¿Y esta qué historia guarda?

Lucien retiró la mano. Por un momento pareció que iba a responder. Pero no lo hizo.

—Una antigua.

Agatha suspiró.

—Claro.

Otra respuesta de sacerdote.

—¿Esperabais otra?

—Esperaba una respuesta normal.

—Entonces viajáis con la persona equivocada.

Continuaron avanzando. Al caer la tarde, el paisaje empezó a cambiar. Las tierras salvajes dieron paso a campos más cuidados. Pequeños templos aparecieron entre las colinas.

Símbolos de Lumen tallados en piedra. Agatha observó todo con atención. Era diferente a Arcadia. En la Ciudadela todo estaba construido para demostrar poder.

Aquí… Parecía construido para recordar.

—Es bonito —dijo sin darse cuenta.

Lucien la miró.

—¿Qué cosa?

Ella señaló los pequeños santuarios.

—Esto. No parece que intenten impresionar a nadie. Solo parece que está aquí.

Lucien guardó silencio unos segundos.

—Quizá esa sea la diferencia entre honrar algo y usarlo.

Agatha lo miró de reojo. Otra vez. Otra frase que parecía sencilla. Otra frase que escondía más de lo que decía.

Cuando llegaron al primer templo de Lumen, varios sacerdotes salieron a recibirlos. Todos inclinaron la cabeza al ver a Lucien.

—Gran Prior —dijeron al unísono.

Ante sangre. Ante una corona. Aquí se inclinaban ante él. Y Lucien parecía incómodo con eso.

No orgulloso. Incómodo. Un joven sacerdote tomó las riendas de su caballo.

—Os esperábamos.

Lucien asintió.

—Lo sé.

Agatha levantó una ceja.

—¿Lo sabíais?

Lucien la miró.

—Era probable.

—No.

Ella bajó de la montura.

—No me hagáis eso.

—¿Qué cosa?

—Responder como si siempre supierais algo que los demás no.

Lucien la observó. Y por un instante pareció divertido.

—Intentaré evitarlo.

Agatha sonrió.

—No vais a hacerlo.

—Probablemente no.

Dentro del templo, Agatha sintió algo extraño. No era miedo. Era familiaridad. Y eso la incomodó.

No había estado allí antes. Lo sabía. Pero algunos lugares no necesitan ser conocidos para sentirse antiguos. Los grandes pasillos estaban llenos de libros.

Murales. Símbolos. Historias escritas en una lengua que no reconocía. Lucien caminaba delante de ella.

Y por primera vez… Agatha pensó algo que nunca habría admitido: quizá no había sido enviada lejos de Arcadia. Quizá había sido enviada exactamente al lugar donde debía estar.

La idea le molestó. Porque significaba aceptar que Eleonora podría haber tenido razón en algo. Y eso era casi insoportable. Esa noche, en la habitación que le habían preparado…

Agatha encontró un pequeño cuenco con agua y una tela limpia. Nada lujoso. Nada digno de una princesa. Y extrañamente…

Eso le gustó. Se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver las luces del templo. En algún lugar del edificio estaba Lucien.

Un hombre que todos parecían conocer. Excepto ella. Y quizá ese era el problema. Porque cuanto más tiempo pasaba con él…

Más preguntas aparecían. No menos. En otra sala del templo… Lucien permanecía frente a un antiguo mural.

No había sacerdotes. No había testigos. Solo él. Sus dedos rozaron una inscripción casi borrada.

Una palabra. Una sola. Saekir. Cerró los ojos.

No como quien recuerda un nombre. Sino como quien recuerda una promesa.

— ✦ —