VII. Las grietas de Arcadia I #3
Se quitó las botas y dejó que sus pies tocaran la hierba húmeda.
Lucien la observó desde la distancia. No dijo nada. Como siempre. Hasta que ella habló.
—¿Sabéis qué es lo más molesto?
—¿Qué?
—Que no sé si estoy huyendo o empezando algo nuevo.
Lucien no respondió inmediatamente. Se acercó al río. No demasiado. Respetando esa distancia que siempre mantenía.
—Quizá ambas cosas.
Agatha lo miró.
—Eso no ayuda.
—No intentaba ayudar.
Ella frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué intentabais hacer?
Lucien miró el agua.
—Responder.
Agatha guardó silencio. Porque era una diferencia pequeña. Pero importante. Lucien nunca intentaba darle una solución.
Solo le mostraba una puerta. Ella decidía si cruzarla.
—¿Qué significa? —preguntó de pronto.
Lucien levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Agatha lo observó fijamente.
—Saekir.
El silencio cambió. Fue mínimo. Pero Agatha lo notó. Por primera vez desde que lo conocía…
Lucien dudó. Solo un instante. Pero dudó.
—Una palabra antigua —respondió.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabéis más que muchas personas.
—No me cambiéis el tema.
Lucien sostuvo su mirada.
—No es una palabra fácil de traducir.
Agatha cruzó los brazos.
—¿Y eso significa que no podéis explicarla?
—Significa que algunas palabras pierden parte de su significado cuando se llevan a otro idioma.
Ella entrecerró los ojos.
—Eso suena como una forma elegante de no responder.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Lucien.
—También podría serlo.
Agatha se quedó mirándolo. Y ahí estaba otra vez. Esa pequeña grieta. Ese instante donde el mármol parecía tener vida.
—Entonces decidme algo —dijo ella.
—¿Por qué me llamáis así?
Lucien no respondió. El viento movió los árboles. El agua continuó su camino. Finalmente habló.
—Porque hay personas que pasan su vida intentando descubrir quiénes son.
Agatha esperó.
—Y hay otras que pasan su vida intentando ocultar quiénes son.
La miró.
—Vos no pertenecéis a ninguno de esos grupos.
Ella frunció el ceño.
—¿Entonces a cuál pertenezco?
Lucien bajó la mirada.
—Al de las personas que tienen más de una respuesta.
Agatha no entendió completamente. Pero algo en esa frase quedó con ella. Porque no sonaba como una acusación. Sonaba como si Lucien estuviera describiendo algo que para él era evidente.
Esa noche, cuando todos dormían… Agatha permaneció despierta junto al fuego. Miró sus manos. Ya no llevaba los anillos de la princesa.
Ya no llevaba la ropa de la corte. Ya no llevaba el peso de una corona que nunca pidió. Pero seguía siendo ella. Y quizá ese era el problema.
Porque no sabía si quería encontrar a la princesa que había perdido… O asegurarse de que nunca volviera. A unos metros, Lucien abrió los ojos. No estaba dormido.
Nunca parecía estarlo completamente. Miró hacia donde estaba Agatha. Y en voz tan baja que nadie pudo escuchar… Susurró:
—Saekir…
No como un nombre. Como un recuerdo. La noche avanzó lentamente. El fuego frente a Agatha comenzaba a apagarse.
Las llamas ya no eran altas.
Solo quedaban pequeñas brasas iluminando el rostro de una mujer que ya no sabía si estaba dejando atrás una vida…
O si por fin estaba comenzando una. Agatha levantó la mirada hacia Lucien. Seguía despierto.
Era extraño. La mayoría de las personas cuando estaban cansadas lo demostraban. Bajaban la guardia. Se distraían.
Se volvían más humanas. Lucien parecía hacer lo contrario. Como si el silencio fuera el lugar donde mejor sabía existir.
—¿Nunca descansáis? —preguntó de pronto.
Lucien levantó la mirada. No parecía sorprendido de que ella estuviera despierta.
—Sí descanso.
Agatha miró hacia él.
—No lo parece.
—Eso no significa que no ocurra.
Ella negó con la cabeza.
—Sois desesperante.
—Me lo habéis dicho antes.
—Y seguiré diciéndolo.
Lucien asintió.
—Lo sospechaba.
Agatha lo miró unos segundos. Y contra todo pronóstico… sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi imperceptible. Pero real.
Casi imperceptible. Pero real. Al amanecer retomaron el camino. El paisaje cambió poco a poco.
Las tierras cercanas a Arcadia quedaron atrás. Los caminos eran menos cuidados. Las aldeas más pequeñas. La gente ya no se inclinaba al verlos pasar.
Nadie reconocía a Agatha. Y todavía no sabía cómo sentirse al respecto.
Una parte de ella esperaba que alguien la mirara y dijera su nombre.
Que alguien recordara que era una princesa. Pero otra parte… La más sincera… Se sentía aliviada.
Lucien cabalgaba a su lado.
—¿Os ocurre algo? —preguntó.
Agatha lo miró.
—¿Por qué pensáis que me ocurre algo?
—Porque lleváis diez minutos mirando a las personas como si esperaseis que os reconocieran.
Ella apartó la mirada. Molesta porque había acertado.
—Quizá solo estoy observando.
—Puede ser.
—¿No vais a decirme que estoy equivocada?
—No.
Agatha frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no lo estáis.
Aquella respuesta la descolocó. Esperaba una corrección. Una enseñanza. Algo.
Pero Lucien simplemente aceptó.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí.
—Es extraño.
—¿Qué cosa?
—Que alguien pueda tener razón y aun así no necesite demostrarlo.
Lucien la miró.
—Quizá porque tener razón no siempre es lo importante.
Agatha guardó silencio. Otra frase del Sacerdote de Mármol. Otra frase que parecía sencilla… Pero que de alguna manera se quedaba con ella.
Al mediodía llegaron a una pequeña aldea. No estaba en los mapas importantes. No tenía grandes edificios. Ni murallas.
Ni riquezas. Pero tenía algo que Arcadia había olvidado hacía mucho tiempo: personas que no fingían. Lucien detuvo el caballo.
—Nos quedaremos aquí unas horas.
Agatha bajó la mirada hacia las casas.
—¿Por qué?
—Necesitamos provisiones.
Ella miró a su alrededor.
—Podríamos haber seguido.
Lucien negó.
—Podríamos.
—Entonces, ¿por qué no?
Él observó la aldea.
—Porque hay personas que necesitan ayuda.
Agatha siguió su mirada. Un anciano sentado frente a una casa. Una mujer cargando agua. Niños jugando en la calle.
Nada parecía urgente. Nada parecía importante para alguien como Lucien. Pero él ya estaba desmontando. Y eso hizo que Agatha entendiera algo.
Para él… Nunca había personas pequeñas. Nunca había problemas insignificantes. Mientras Lucien hablaba con algunos habitantes, Agatha permaneció apartada.
Observándolo. Seguía intentando encontrar la grieta. La falla. El momento donde el hombre perfecto dejaba de ser perfecto.
Pero no encontraba nada. Y eso la irritaba.
—¿Seguís buscando una razón para desconfiar? —dijo una voz.
Agatha se giró. Era Lucien.
—No —respondió demasiado rápido.
Él la miró. No dijo nada. Agatha suspiró.
—Quizá.
Lucien asintió.
—Es comprensible.
Ella arqueó una ceja.
—¿No vais a decirme que debería confiar más?
—No.
—¿No?
—La confianza no se exige. Se construye.
Agatha lo observó. Porque esa respuesta sí era diferente. No era una lección.
Era una verdad. Esa tarde, mientras se preparaban para partir, Agatha vio algo. Un niño pequeño corrió hacia Lucien. Le entregó una pequeña flor silvestre.
Lucien la recibió con la misma seriedad con la que había recibido los informes del consejo.
El niño sonrió.
—Para usted.
Lucien miró la flor. Después al niño.
—Gracias.
El pequeño salió corriendo. Agatha no pudo evitar sonreír.
—Nunca pensé que vería al Sacerdote de Mármol aceptar una flor.
Lucien miró la flor entre sus dedos.
—¿Por qué?
—Porque parece algo demasiado normal para vos.
—Quizá porque también soy normal.
Agatha soltó una pequeña risa.
—Esa es la mentira más grande que habéis dicho.
Lucien la miró. Y por primera vez… Pareció no tener una respuesta inmediata. Esa noche, cuando volvieron al camino…
Agatha miró la flor que Lucien había guardado cuidadosamente en su libro. No dijo nada. Pero algo había cambiado. Seguía sin entenderlo.
Seguía sin confiar completamente. Seguía pensando que ocultaba algo. Pero ahora sabía una cosa: El Sacerdote de Mármol no era una estatua.