VII. Las grietas de Arcadia I #2
—Algún día entenderás que gobernar significa tomar decisiones que otros no pueden tomar.
Agatha la miró.
—No.
Su voz fue más baja. Más peligrosa.
—Algún día entenderé que hay personas que llaman sacrificio a hacer daño cuando son ellas quienes tienen el poder para decidir.
Por primera vez… Los ojos de Eleonora cambiaron ligeramente. No por dolor. Por molestia.
Una pequeña grieta. Porque Agatha había dejado de comportarse como una hija herida. Estaba hablando como alguien que empezaba a verla realmente.
—Ten cuidado con tus palabras —dijo Eleonora.
—¿Por qué? —preguntó Agatha.
—¿Porque son verdad?
El aire se volvió más frío. La puerta permanecía cerrada. Nadie interrumpía. Nadie se atrevía.
Dos mujeres de la misma sangre. Pero completamente diferentes. Una había aprendido a sobrevivir controlando el mundo. La otra había sobrevivido negándose a dejar que el mundo la controlara.
—¿Sabes cuál es tu mayor problema, Agatha? —preguntó Eleonora.
Agatha sonrió ligeramente.
—Estoy segura de que estáis a punto de iluminarme.
Eleonora ignoró el comentario.
—Confundes libertad con hacer lo que deseas.
—Y vos confundís autoridad con tener derecho a decidir sobre todos.
El golpe de las palabras fue inmediato. Eleonora la miró. Fría.
—Tu impulsividad ha provocado esto.
Agatha entendió entonces. No había arrepentimiento. No había preocupación por lo ocurrido. Para Eleonora, el error no era haber sufrido.
El error era haber sido descubierta.
—Eso es lo que pensáis, ¿verdad? —susurró Agatha.
—Que el problema no fue lo que hice. El problema fue que alguien lo vio.
Eleonora no respondió. Y su silencio respondió por ella. Agatha sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse.
No porque la enviaran lejos. No porque hubiera perdido su título. Sino porque finalmente aceptó algo que llevaba años intentando negar. Quizá nunca había estado esperando una madre.
Quizá había estado esperando una versión de Eleonora que jamás existió.
—Decidme una cosa.
Su voz tembló apenas. Pero no de miedo. De decepción.
—¿Alguna vez fui vuestra hija?
Eleonora permaneció quieta. Agatha continuó.
—¿O solo fui otra obligación de la Corona?
El silencio fue absoluto.
Desde fuera, cualquiera habría pensado que la reina estaba simplemente manteniendo la compostura.
Pero Agatha ya no veía una reina. Veía una mujer que había elegido no responder. Y eso fue suficiente. Una risa pequeña escapó de sus labios.
Vacía.
—Entiendo.
Eleonora dio un paso hacia ella. No con ternura. Con autoridad.
—Aprende algo, Agatha.
Su voz era baja. Controlada.
—En este mundo, las palabras tienen consecuencias.
Agatha sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Vos me lo habéis enseñado mejor que nadie.
Durante unos segundos ninguna se movió. Entonces Agatha hizo una reverencia. Perfecta. La reverencia de una princesa.
La última que le ofrecería.
—Si eso es todo, Majestad.
No dijo madre. No dijo señora. No dijo nada que perteneciera a una familia. Solo un título.
Eleonora la vio alejarse. Y, por primera vez, algo en su expresión vaciló. No porque estuviera herida, sino porque había perdido una pieza que creía tener bajo control.
La puerta se cerró. Al otro lado del pasillo… Agatha caminó sin detenerse. No lloró.
No allí. No frente a ellos. Pero cada paso alejándose de esa habitación era una despedida. No de Arcadia.
No todavía.
Sino de la idea de que algún día Eleonora la miraría y vería a su hija.
La noche cayó sobre Arcadia. Pero aquella noche el castillo no parecía su hogar. Parecía un lugar que ya había comenzado a despedirse de ella. Agatha cerró la puerta de sus aposentos.
No con rabia. No con dramatismo. Simplemente cerró.
Como si al hacerlo pudiera dejar afuera todo lo que había ocurrido ese día.
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Miró la habitación. El enorme lecho. Los vestidos perfectamente ordenados.
Las joyas colocadas con precisión sobre el tocador. Los libros de etiqueta. Los perfumes. Los regalos enviados por nobles que apenas conocían su nombre.
Todo aquello representaba a la princesa Agatha. Pero no a ella. Se acercó lentamente al espejo. La mujer que le devolvía la mirada parecía una desconocida.
El vestido era hermoso. La postura era perfecta. El cabello estaba arreglado como correspondía a una hija de la Corona. Pero sus ojos…
Sus ojos seguían siendo los mismos. Los de la niña que corría por los pasillos.
Los de la joven que prefería una espada de entrenamiento antes que una clase de protocolo.
Los de alguien que nunca había encajado en el molde que otros habían construido para ella.
—Qué ridículo… —susurró.
Toda una vida intentando demostrar que podía ser una princesa. Cuando lo único que quería era que la dejaran ser Agatha. Abrió el armario. Sus dedos recorrieron las telas.
Seda. Encaje. Bordados. Todos hermosos.
Todos ajenos. Tomó uno de los vestidos. Lo observó unos segundos.
Recordó cuántas horas había pasado siendo preparada para eventos donde debía sonreír aunque no quisiera.
Inclinar la cabeza. Hablar con cuidado. No reír demasiado fuerte. No caminar demasiado rápido.
No parecer demasiado ella. Dejó el vestido nuevamente en su lugar. Luego caminó hasta el viejo baúl del fondo. Uno que llevaba meses sin abrir.
Al levantar la tapa… Sonrió. Ahí estaba. Su verdadera vida.
Los pantalones de montar. Las botas gastadas. La camisa sencilla. El cinturón de cuero.
Incluso la pequeña bolsa de monedas que todavía tenía desde aquella noche en la taberna.
Aquella noche absurda. La noche del desconocido al que había dejado atrás antes del amanecer. Y ahora debía marcharse lejos de Arcadia acompañada por Lucien.
—Qué ironía… —murmuró.
De todas las personas posibles… Tenía que ser el Sacerdote de Mármol. Comenzó a cambiarse. Cada prenda de princesa desapareció.
El vestido. Las joyas. Los adornos. La diadema.
Cuando sostuvo la pequeña pieza de oro entre los dedos, no sintió tristeza.
Ni nostalgia. Solo una extraña paz. La dejó sobre el tocador. No como una renuncia.
Como una elección. Cuando terminó… Volvió a mirarse en el espejo. Ya no veía a una princesa preparada para ser mostrada al mundo.
Veía a una mujer lista para enfrentarlo. Su cabello castaño con reflejos dorados caía libre sobre sus hombros. Su ropa era sencilla. Cómoda.
Real.
—Mucho mejor —dijo.
Y por primera vez en días… Sonrió de verdad. Antes de salir tomó una hoja de papel. Pensó durante varios segundos.
Podría escribir una carta. Podría explicar su dolor. Podría reclamar. Podría decir todo lo que no había podido decir en aquella habitación.
Pero no lo hizo. Porque algunas personas no merecían escuchar lo que habían elegido ignorar. Escribió una sola línea. No os preocupéis. La princesa obedecerá.
La dejó sobre el tocador. Debajo de la diadema. La última ironía. Porque la princesa obedecería.
Pero Agatha… Agatha haría su propio camino. El amanecer llegó cubierto de niebla. El patio estaba casi vacío.
Los soldados preparaban las monturas. Una pequeña escolta esperaba. Y junto a las puertas de Arcadia… Estaba Lucien.
Dos caballos. Y una vieja mula. Cuando escuchó pasos acercándose, levantó la vista. Durante un instante…
No vio a la princesa. Vio a la mujer que había conseguido algo que muy pocos lograban: molestarlo.
La mula levantó la cabeza. Resopló. Como si también la reconociera. Ella sonrió.
—Hola, vieja amiga.
Lucien observó la escena en silencio.
—Debo admitir que empiezo a pensar que la mula os eligió a vos.
Agatha colocó el equipaje sobre la montura.
—Tiene buen gusto.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso está por debatirse.
Ella lo miró.
—¿Acabáis de hacer una broma?
Hubo una pausa.
—No.
—Sí lo hicisteis.
—No.
Agatha sonrió.
—El Sacerdote de Mármol está evolucionando.
Lucien suspiró.
—Ya empieza.
Entonces ocurrió. Lucien murmuró algo. Muy bajo. Casi para sí mismo.
—Saekir.
Agatha giró la cabeza.
—Otra vez esa palabra.
Lucien ya estaba montando.
—No era nada.
—No.
Ella entrecerró los ojos.
—No me digáis eso. Ahora quiero saberlo más.
—Ese es precisamente el problema.
Agatha lo miró confundida. Pero Lucien no explicó. Las puertas de Arcadia comenzaron a abrirse. El sonido de los antiguos mecanismos llenó el amanecer.
Agatha miró hacia el castillo. Por un instante. Solo uno. Allí estaba todo.
Su infancia. Su familia. Sus heridas. Sus recuerdos.
Después apartó la mirada. Y avanzó. El camino dejó atrás las murallas. Por primera vez en años, Agatha no escuchaba campanas anunciando su presencia.
No había sirvientes esperando. No había guardias inclinando la cabeza. No había voces susurrando:
«La princesa Agatha.» Solo estaba el sonido de los cascos sobre la tierra. Y eso era extraño. Pero también era tranquilo.
Lucien cabalgaba a su lado en silencio. Demasiado silencio. Agatha lo miró de reojo.
—¿Siempre sois así?
Lucien giró ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
—Callado.
—No.
Ella esperó. Pero él no continuó. Agatha suspiró.
—Ese era el momento donde una persona normal explica algo.
—No sabía que estaba obligado a hacerlo.
—No lo estáis.
Hizo una pausa.
—Ese es precisamente el problema.
Lucien pareció pensarlo.
—Entonces quizá la conversación está funcionando.
Agatha lo miró sorprendida. Y después soltó una pequeña risa.
—No puedo creerlo.
—¿Qué?
—El Sacerdote de Mármol acaba de intentar hacer un chiste.
Lucien volvió la vista al camino.
—No era un chiste.
—Claro que lo era.
—Era una observación.
—Peor.
Agatha sonrió.
—Cada vez sois más extraño.
Durante varias horas siguieron avanzando. La Ciudadela desapareció completamente detrás de los árboles.
Y con ella desapareció la última prueba visible de que Agatha había pertenecido a ese lugar.
Pero algo seguía persiguiéndola. No Arcadia. No Eleonora. No la Corona.
La pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué había aceptado irse tan fácilmente? ¿Por qué una parte de ella sentía alivio?
Esa era la parte que más la enfurecía. Porque significaba que quizá llevaba mucho tiempo esperando escapar. Al caer la tarde hicieron una pausa cerca de un río.
La escolta comenzó a preparar el campamento. Agatha se alejó unos pasos.