VII. Las grietas de Arcadia I
CAPÍTULOVIILAS GRIETAS DE ARCADIA I
«Los reinos no caen cuando sus enemigos atraviesan sus murallas. Caen cuando las personas dentro de ellas empiezan a romperse.»
El amanecer llegó demasiado pronto. Para algunos fue una nueva oportunidad.
Para otros, solo la confirmación de que el mundo continuaba aunque ellos no estuvieran preparados.
Arcadia despertó entre campanas y órdenes. Los soldados cambiaban guardias. Los mensajeros cruzaban los patios con documentos sellados.
Los nobles discutían en voz baja sobre la guerra que acababa de comenzar.
Pero en la torre oriental… Astrid se preparaba para partir. No llevaba una corona. No llevaba joyas.
No llevaba el vestido ceremonial que todos esperaban de una princesa.
Solo llevaba un vestido blanco sencillo, el símbolo de Lumen sobre su pecho y esa expresión serena que había aprendido desde niña.
La expresión de alguien que sabía que su deber siempre estaría por encima de sus deseos.
Agatha la observaba desde la puerta.
Y por primera vez en mucho tiempo no encontró una broma que decir.
Porque Astrid no parecía una princesa que partía. Parecía alguien que estaba dejando una parte de sí misma atrás.
—No tienes que hacer esto —dijo Agatha finalmente.
Astrid levantó la mirada. No parecía sorprendida. Como si hubiera esperado escuchar esas palabras.
—Sí tengo que hacerlo.
—Siempre dices eso.
Agatha entró en la habitación.
—«Tengo que hacerlo». «Hago lo correcto». «Es mi deber» —imitó suavemente su voz.
Astrid sonrió un poco.
—Porque es verdad.
Agatha negó con la cabeza.
—Ese es el problema contigo.
Astrid arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—Que realmente lo crees.
Durante un instante ninguna habló. Porque ambas sabían que era cierto. Astrid había sido criada para ser un símbolo. Una promesa.
Una esperanza para Arcadia. Pero Agatha siempre había visto lo que había detrás de esa imagen. La chica que también tenía miedo. La hermana que también quería elegir.
—Volveré —dijo Astrid.
Agatha bajó la mirada.
—Lo sé.
Pero ambas sabían que en tiempos de guerra nadie podía prometer algo así.
Cuando Astrid salió de sus aposentos, la Ciudadela entera pareció inclinarse ante ella.
Sirvientes. Guardias. Consejeros. Todos veían a la futura reina.
Nadie veía a la joven que dejaba atrás una parte de su corazón.
Agatha sí. Y quizás por eso dolía más. Desde el balcón superior, observó cómo el carruaje comenzaba a alejarse. Astrid no miró atrás.
No porque no quisiera. Porque sabía que si lo hacía… Quizá no podría marcharse. Agatha permaneció allí hasta que el último estandarte desapareció entre la niebla.
Y solo entonces comprendió algo: Arcadia empezaba a sentirse más grande. Más fría. Más vacía.
Como si cada persona que amaba estuviera siendo llevada lejos de ella. En el Salón del Consejo, mientras tanto… Eleonora observaba los mapas sobre la mesa. No parecía una mujer preocupada.
No parecía una madre viendo partir a su hija. Parecía una reina evaluando una partida. Cada pieza tenía una posición. Cada movimiento tenía una consecuencia.
Alaric estaba junto a la ventana. El cansancio era evidente en su rostro.
—Astrid ha partido —dijo.
Eleonora no apartó la mirada del mapa.
—Lo sé.
—¿Y no tenéis nada que decir?
Ahora sí levantó los ojos.
—¿Qué esperáis que diga?
Alaric guardó silencio. Porque esa era precisamente la dificultad con Eleonora. Nunca respondía desde la emoción. Siempre desde la estrategia.
—Es nuestra hija —dijo finalmente.
Una pausa.
—No una pieza del tablero.
Eleonora sostuvo su mirada. Y por un instante… Pareció que algo cruzaba por sus ojos. Pero desapareció demasiado rápido.
—En una guerra, Majestad, todos somos piezas.
Alaric frunció el ceño.
—No habléis así.
—¿Por qué? —preguntó ella con calma.
—Porque es verdad.
Alaric permaneció mirando a Eleonora. Durante años había conocido sus silencios. Sabía cuándo estaba preocupada. Sabía cuándo algo la inquietaba.
Pero aquel silencio era diferente. No era miedo. No era tristeza. Era certeza.
—¿Qué estáis planeando? —preguntó finalmente.
Eleonora no respondió de inmediato.
Caminó hasta la mesa central y colocó una mano sobre uno de los informes.
—Arcadia está entrando en una etapa peligrosa.
—Eso ya lo sé.
—No.
Su voz fue tranquila. Demasiado tranquila.
—Sabéis que hay una guerra en nuestras fronteras. Pero no entendéis todavía que el peligro no viene únicamente de fuera.
Alaric la observó con atención.
—Explicaos.
Eleonora levantó la mirada.
—Un reino dividido es más fácil de destruir que un reino derrotado.
El rey guardó silencio. Porque aquello era cierto. Y ella lo sabía.
—Astrid está lejos —dijo Eleonora.
—Ian está en el frente.
Hizo una pausa.
—Y ahora Agatha…
No terminó la frase. No hacía falta. Alaric entendió.
—No.
La respuesta fue inmediata. Eleonora lo miró.
—Ni siquiera he terminado.
—No importa —respondió él.
—Conozco esa expresión.
La expresión de alguien que ya tomó una decisión. Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Eleonora. No era cariño. Era reconocimiento.
—Siempre habéis sido demasiado bueno leyendo a las personas.
—Y vos siempre habéis sido demasiado buena ocultando lo que pensáis.
El silencio entre ambos se volvió más pesado. La puerta del salón se abrió. Lucien entró acompañado de dos consejeros. Al ver la tensión en el ambiente, se detuvo.
No preguntó. No era necesario.
Había aprendido que algunas conversaciones revelaban más por lo que dejaban de decir.
—¿Interrumpo? —preguntó.
Eleonora recuperó inmediatamente su expresión habitual. La máscara volvió a su lugar.
—No. Estamos hablando del futuro de Arcadia.
Lucien miró a ambos.
—Una frase peligrosa.
Eleonora arqueó ligeramente una ceja.
—¿Por qué?
—Porque muchas veces cuando alguien dice «el futuro de un reino»…
Hizo una pausa.
—Está pensando en algo más concreto.
Alaric lo miró. Casi como si agradeciera que alguien hubiera dicho aquello. Pero Eleonora no reaccionó.
—Siempre habéis tenido una forma curiosa de hablar, Lord Lucien.
—Y vos siempre habéis tenido una forma curiosa de escuchar —respondió él.
La tensión no fue evidente. Pero estaba ahí. Dos personas midiendo la profundidad del otro. Horas después…
Agatha recibió la noticia. No de la reina. No del rey. De un sirviente.
Y eso fue lo primero que la enfureció. Porque incluso para cambiar su vida… No habían considerado necesario hablar con ella. Encontró a Eleonora en uno de los salones privados.
Como siempre. Perfectamente arreglada. Perfectamente tranquila. Como si nada estuviera ocurriendo.
—¿Es verdad? —preguntó Agatha.
Eleonora levantó la vista del documento que estaba leyendo.
—Depende de qué información hayas recibido.
Aquella respuesta hizo que Agatha apretara la mandíbula.
—No hagáis eso.
—¿Qué cosa?
—Hablar como si todo fuera un juego de palabras.
Eleonora dejó el documento sobre la mesa.
—Entonces pregunta correctamente.
Agatha dio un paso adelante.
—¿Me vais a enviar lejos?
Silencio. No una sorpresa. No una duda. Silencio de alguien que ya sabía que ese momento llegaría.
—Sí.
La respuesta fue tan simple que dolió más. Agatha soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro. Por supuesto. Ni siquiera vais a intentar explicarlo.
—No necesito explicarte cada decisión que tomo.
La mirada de Agatha cambió. Ahí estaba. La respuesta que esperaba. No una madre.
Una reina.
—Nunca necesitasteis que entendiera —dijo Agatha.
—Solo que obedeciera.
Eleonora no negó nada. Y eso fue peor. Agatha sintió cómo la rabia reemplazaba a la tristeza. Porque la tristeza todavía esperaba algo.
Una disculpa. Una explicación. Una señal de que debajo de aquella frialdad existía algo. Pero Eleonora no le dio nada.
—¿A dónde me enviaréis? —preguntó.
—A un lugar seguro.
—No os pregunté eso.
Agatha sostuvo su mirada.
—¿Dónde?
Eleonora tardó unos segundos.
—Con Lucien.
Aquello la tomó por sorpresa.
—¿El Sacerdote de Mármol?
Por primera vez en la conversación, algo parecido a una reacción apareció en Eleonora.
No una emoción. Interés.
—Así que ya tiene un apodo.
Agatha cruzó los brazos.
—No cambiéis de tema.
Eleonora se levantó.
—Lucien puede enseñarte cosas que aquí nunca aprenderás.
Agatha soltó una risa seca.
—¿Eso es una forma elegante de decir que queréis deshaceros de mí?
Eleonora se acercó. Su voz bajó.
—Es una forma elegante de decir que aún no entiendes tu lugar.
Y esas palabras… Fueron las que terminaron de romper algo. Agatha permaneció inmóvil. Las palabras de Eleonora seguían resonando en la habitación.
«Aún no entiendes tu lugar.» No era una preocupación. No era una advertencia. Era una sentencia.
Durante años Agatha había esperado que, en algún momento, su madre dejara de verla como un problema.
Como la hija difícil.
Como la pieza que no encajaba en el retrato perfecto de la familia real.
Pero allí estaba la respuesta. Nunca había sido una cuestión de encajar. Era una cuestión de obedecer.
—Mi lugar… —repitió Agatha lentamente.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
—Qué interesante.
Eleonora la observó sin cambiar de expresión.
—¿Qué?
—Que siempre habláis de mi lugar.
Agatha dio un paso hacia ella.
—Mi lugar como princesa. Mi lugar como guardiana. Mi lugar dentro de la Corona. Pero nunca habláis de mi lugar como hija.
El silencio cayó entre ambas. Eleonora no apartó la mirada. Y esa fue la parte que más dolió. Porque Agatha buscaba una reacción.
Una grieta. Algo. Pero la reina era exactamente eso que todos decían que era. Impenetrable.
—No conviertas esto en algo personal —dijo Eleonora.
Agatha soltó una risa breve. Sin alegría.
—¿Algo personal?
Miró a su alrededor. A las paredes. A los retratos de generaciones de reyes.
—Me estáis enviando lejos de mi hogar. Me estáis separando de mi hermana. De mi padre. De todo lo que conozco. Y queréis que no lo tome como algo personal.
Eleonora caminó hasta la mesa. Recogió uno de los documentos.
—Estoy protegiendo a la Corona.
Ahí estaba. La palabra. Siempre la misma. Agatha cerró los ojos un instante.
—Claro. La Corona. Siempre la Corona. Nunca vos. Nunca yo. Nunca nosotros.
Eleonora dejó el documento sobre la mesa.