La Médium VI. El hombre llamado Lucien #5
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VI. El hombre llamado Lucien #5

Y siguió caminando. Agatha lo observó alejarse. Y por primera vez pensó algo diferente. Quizá el problema con Lucien no era que pareciera una estatua.

Quizá era que, de vez en cuando… Parecía demasiado humano. La noche cubrió Arcadia lentamente.

Las luces de la Ciudadela fueron apagándose una a una hasta que solo quedaron encendidas las antorchas de los pasillos principales y las lámparas del templo.

Lucien prefería esas horas. No porque rechazara el día.

Sino porque la noche tenía algo que el ruido del mundo no permitía.

Silencio. Entró en la pequeña sala privada del templo.

No era un lugar digno de un hombre que muchos consideraban una de las figuras más importantes de Lumen.

No había oro. No había adornos. No había símbolos de poder.

Solo una mesa de madera antigua, algunos libros y una pequeña ventana desde donde podía verse la ciudad.

Dejó los documentos sobre la mesa. Por primera vez en todo el día… Permitió que sus hombros bajaran ligeramente. El peso que llevaba no era visible.

Pero estaba allí. Siempre había estado allí.

Lucien tomó uno de los libros más antiguos que descansaban en la estantería.

No tenía título. No porque se hubiera perdido, sino porque nunca había pertenecido a los hombres que escribían nombres sobre las cosas.

Lo abrió lentamente. Las páginas estaban gastadas. Algunas palabras habían desaparecido con el paso del tiempo. Pero una línea seguía siendo perfectamente visible.

«Aquello que duerme en la sangre no desaparece. Solo espera.» Lucien cerró los ojos. Durante unos segundos volvió a ser otra persona. No el Gran Prior.

No el consejero. No el hombre que todos en Arcadia creían conocer. Solo Lucien. El hombre que había esperado durante años.

El hombre que había visto pasar generaciones enteras mientras mantenía una promesa. Un golpe suave en la puerta rompió el silencio. Lucien cerró el libro inmediatamente.

—Adelante.

Un joven sacerdote entró.

—Mi lord.

—¿Qué ocurre?

El muchacho dudó.

—La niña del hospicio. Aren.

Lucien levantó la mirada.

—¿Cómo está?

—La fiebre ha bajado.

Lucien asintió. Una pequeña expresión de alivio apareció en su rostro.

—Bien.

El joven sonrió.

—No entiendo cómo podéis preocuparos tanto por alguien que ni siquiera conocéis.

Lucien lo miró.

—Esa es precisamente la razón por la que debemos hacerlo.

El sacerdote bajó la cabeza.

—Sí, mi lord.

Cuando salió, Lucien volvió a mirar el libro. La expresión tranquila regresó. Pero esta vez había algo diferente. Cansancio.

Porque incluso los hombres que parecen hechos de piedra pueden agotarse. Al día siguiente, Agatha volvió a encontrárselo. No lo estaba buscando. Al menos eso se repetía.

Caminaba por los jardines interiores cuando lo vio sentado bajo uno de los árboles más antiguos de la Ciudadela.

Sin escolta. Sin asistentes. Sin nadie alrededor. Solo él y un libro.

Agatha se detuvo. Era extraño. La mayoría de los hombres importantes necesitaban demostrar que eran importantes. Lucien parecía hacer todo lo contrario.

—¿Sabéis que la gente podría pensar que os habéis perdido? —dijo.

Lucien levantó la vista.

—¿En mis propios jardines?

—Precisamente.

Los hombres misteriosos suelen aparecer en lugares donde nadie los espera. Él cerró el libro.

—¿Soy misterioso?

Agatha se acercó unos pasos.

—Sois un sacerdote que habla como un filósofo, camina como si no tuviera prisa y consigue que todos crean que es incapaz de cometer un error.

Hizo una pausa.

—Sí. Diría que sois misterioso.

Lucien la observó.

—¿Y eso os molesta?

Agatha pensó la respuesta.

—No.

Después hizo una pausa.

—Eso es lo que me molesta.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Lucien. Muy pequeña. Pero esta vez Agatha la vio.

—Entonces parece que finalmente he conseguido molestaros.

Lucien negó.

—No.

Agatha frunció el ceño.

—¿No?

—Me habéis hecho sonreír.

Ella lo miró sorprendida.

—Eso es peor.

—¿Peor?

—Sí. Ahora tengo que aceptar que el Sacerdote de Mármol tiene sentido del humor.

Lucien inclinó la cabeza.

—Una tragedia terrible.

Agatha soltó una risa. Y durante un instante… El peso desapareció. Solo un instante.

Pero existió. Desde la distancia, sin que ellos lo notaran… Una figura observaba la escena. No con sospecha.

Con interés. Armand. No le preocupaba que Agatha hablara con Lucien. Le preocupaba algo más.

Que Lucien parecía conseguir algo que otros no podían. Acercarse a las personas sin pedirles nada. Y ese tipo de hombres eran difíciles de controlar. Porque un hombre que no busca poder…

Es mucho más difícil de manipular. Armand se retiró en silencio. Guardando una nueva pregunta. ¿Quién era realmente Lucien Vale?

Esa noche, cuando Agatha volvió a sus aposentos, encontró algo sobre su mesa.

Un pequeño libro. No recordaba haberlo dejado allí. Lo abrió. Era un antiguo texto del Templo de Lumen.

En la primera página había una frase escrita a mano. Debajo, una firma sencilla: Lucien.

«A veces la persona que más necesita perdón es aquella que cree que no lo merece.»

Agatha cerró el libro. No sabía si aquello era un consejo. Una casualidad. O algo más.

Pero por primera vez en muchos días…

No sintió que la culpa fuera lo único que existía dentro de ella.

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