La Médium VI. El hombre llamado Lucien #4
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VI. El hombre llamado Lucien #4

La primera que no tuvo que fingir en días. Lucien no dijo nada. Solo la observó. Como si aquella risa fuera más importante que cualquier confesión.

Y eso fue lo que más la desconcertó. Porque por unos segundos… No pensó en Ian. No pensó en la culpa.

No pensó en la noche que deseaba borrar. Solo estuvo allí. En una biblioteca. Discutiendo con un hombre imposible de leer.

Y eso la hizo sentirse culpable de nuevo. Agatha apartó la mirada.

—Esto ha sido un error.

Lucien inclinó la cabeza.

—¿Hablar conmigo?

Ella dudó.

—No.

No supo explicar qué quería decir. Porque no era él. Era ella.

Era la sensación de que por un momento había dejado de cargar con algo.

Lucien tomó nuevamente el manuscrito.

—A veces una pausa no significa olvidar aquello que duele.

Agatha lo miró.

—¿Y qué significa?

Lucien sostuvo su mirada.

—Significa recordar que todavía sois capaz de sentir algo más.

Agatha permaneció en silencio. La frase de Lucien quedó suspendida entre los estantes.

«Recordar que todavía sois capaz de sentir algo más.» No sabía por qué esas palabras le molestaban tanto. Quizá porque eran ciertas.

Quizá porque durante los últimos días había permitido que la culpa ocupara cada espacio dentro de ella.

Cada recuerdo. Cada pensamiento. Cada momento de tranquilidad parecía una traición. Como si sonreír significara olvidar.

Como si respirar significara aceptar algo que no podía aceptar.

—No sois como dicen —dijo finalmente.

Lucien levantó la vista del manuscrito.

—¿Eso es bueno o malo?

Agatha se encogió de hombros.

—Todavía no lo decido.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de él.

—Entonces tendré que ser paciente.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Siempre sois así?

—¿Así cómo?

—Tan tranquilo. Tan…

Hizo un gesto buscando la palabra correcta.

—Imposible de molestar.

Lucien cerró el libro.

—No soy imposible de molestar.

Agatha arqueó una ceja.

—¿No?

—No.

—Entonces decidme algo que os moleste.

Lucien pareció pensarlo. Por primera vez desde que lo conocía, pareció realmente buscar una respuesta.

—La arrogancia.

Agatha sonrió.

—Eso es muy conveniente viniendo de un sacerdote.

—¿Por qué?

—Porque podéis decirlo mientras todos os llaman sabio, extraordinario y casi santo.

Lucien no se ofendió. Pero su mirada cambió ligeramente. Una sombra. Pequeña.

Casi invisible.

—Los títulos son peligrosos —dijo.

—La gente comienza a creer que eres la imagen que construyeron de ti.

Agatha dejó de sonreír. Porque aquella respuesta no sonaba como una reflexión. Sonaba como una confesión.

—¿Y vos? —preguntó.

—¿Creéis lo que dicen de vos?

Lucien miró hacia las estanterías. A los libros.

A los miles de relatos escritos por personas que habían vivido antes que ellos.

—No —respondió.

—Pero tampoco lucho contra ello.

Agatha frunció el ceño.

—¿Por qué?

Lucien tardó unos segundos.

—Porque intentar convencer a todos de quién eres es otra forma de necesitar su aprobación.

Aquello la dejó callada. Porque Agatha conocía demasiado bien esa sensación. La necesidad de demostrar. De justificar.

De gritar al mundo que no era la persona que todos creían. Un sonido de campanas interrumpió el silencio. La biblioteca comenzó a llenarse del eco lejano del templo.

Lucien miró hacia la ventana.

—Debo irme.

Agatha se sorprendió de sentir cierta decepción. Una sensación que rechazó inmediatamente. No. No era eso.

Era simplemente curiosidad. Eso era todo.

—Claro.

Lucien pasó junto a ella. Pero antes de llegar a la puerta se detuvo.

—Alteza.

Agatha lo miró.

—¿Sí?

Lucien sostuvo su mirada.

—No todas las cargas deben llevarse en silencio.

Ella sintió una punzada. Porque esa frase era demasiado parecida a algo que necesitaba escuchar.

—¿Es otra enseñanza del templo? —preguntó intentando recuperar su tono habitual.

Lucien inclinó apenas la cabeza.

—No. Es solo algo que aprendí tarde.

Y continuó caminando. Agatha permaneció inmóvil. Observando cómo el Sacerdote de Mármol desaparecía entre los pasillos.

Más tarde, en sus aposentos… Agatha se sentó frente al espejo. La habitación estaba en silencio. Por primera vez en días no estaba llorando.

No estaba recordando la bodega.

No estaba imaginando el rostro de Astrid si algún día descubría la verdad.

Solo estaba pensando. En Lucien. En su manera extraña de hablar. En la forma en que parecía escuchar incluso cuando no decía nada.

En cómo había conseguido que riera sin pedirle nada a cambio.

—Qué irritante… —murmuró.

Porque era mucho más sencillo odiar a alguien arrogante. A alguien cruel. A alguien que merecía distancia. Pero Lucien no era nada de eso.

Era educado. Era paciente. Era amable. Y eso lo hacía mucho más difícil de entender.

Esa noche, en otra parte de la Ciudadela… Lucien permanecía en la torre del Gran Prior. Sobre la mesa había varios pergaminos. Informes del templo.

Cartas del consejo. Mapas de Arcadia. Pero su mirada no estaba en ninguno de ellos. Estaba en un pequeño objeto que descansaba junto a una vela.

Un fragmento antiguo. Un símbolo que nadie en la corte conocía. Sus dedos rozaron la superficie lentamente. Durante un instante…

La serenidad desapareció. Solo un instante.

—Aún no recuerda… —susurró.

El viento movió la llama. Lucien cerró los ojos. Porque sabía que algunos recuerdos no desaparecían. Solo esperaban el momento adecuado para regresar.

La Sala del Consejo nunca estaba completamente en silencio. Incluso cuando no había discusiones, siempre existía algún sonido: El roce de las plumas sobre el pergamino. El movimiento de los mapas.

El fuego de las antorchas consumiéndose lentamente. Pero aquella noche había algo diferente.

Quizá porque dos hombres que no acostumbraban a revelar sus pensamientos estaban sentados frente a frente.

Lucien permanecía junto a la mesa central. Armand estaba al otro lado. Entre ambos descansaban los informes del reino. Pero ninguno parecía estar leyendo realmente.

—Debo admitir algo —dijo Armand.

Lucien levantó la mirada.

—¿Sí?

—Esperaba que fuerais diferente.

Una expresión casi divertida apareció en el rostro de Lucien.

—¿Y cómo esperaba encontrarme?

Armand tomó la copa de vino que tenía delante.

—Más arrogante.

Lucien esperó.

—La mayoría de hombres con vuestra reputación disfrutan recordándole al mundo por qué son importantes.

Una pequeña pausa.

—Vos parecéis hacer todo lo contrario.

Lucien bajó la mirada hacia los documentos.

—Los hombres que necesitan recordar constantemente su importancia suelen ser los primeros en olvidarla.

Armand sonrió apenas.

—Respuesta muy propia de un sacerdote.

—¿Eso os molesta?

—No —respondió Armand—. Me intriga.

Lucien lo observó. Porque esa era una palabra peligrosa viniendo de Armand. Intriga. No era admiración.

Era análisis. Armand caminó alrededor de la mesa lentamente.

—Arcadia está atravesando un momento complicado.

La guerra. La ausencia del capitán Brooks. Las tensiones en la corte. La gente necesita figuras en las que creer.

Lucien asintió.

—Sí.

—Y vos parecéis encajar perfectamente en ese papel.

Lucien guardó silencio. Armand sonrió levemente.

—¿No os gusta?

—Los papeles son útiles en los escenarios —dijo Lucien.

—Pero peligrosos cuando las personas olvidan que solo son papeles.

Aquella respuesta hizo que Armand se detuviera.

Porque era la segunda vez en el día que Lucien hablaba como si estuviera respondiendo algo más profundo que la conversación.

Como si cada frase tuviera una segunda capa.

—Tenéis una forma interesante de ver el mundo —comentó Armand.

—Todos tenemos una forma de verlo.

—La diferencia es que algunos saben que están mirando a través de un cristal.

Lucien lo miró.

—¿Y vos?

Armand sonrió.

—Yo prefiero saber dónde están las grietas.

El silencio que siguió fue breve. Pero suficiente. Lucien entendió. Armand no hablaba solo de cristales.

La puerta se abrió. El rey Alaric entró acompañado de Eleonora. Ambos hombres se separaron inmediatamente. La conversación cambió.

Como si nunca hubiera ocurrido. Pero ambos habían tomado nota. Armand había confirmado algo: Lucien era más peligroso de lo que parecía.

No porque fuera un enemigo. Sino porque era imposible saber qué estaba pensando. Y Lucien había confirmado algo más: Armand no era un hombre que buscara servir al reino.

Era un hombre que buscaba comprender cómo funcionaba. Y esa diferencia podía cambiarlo todo. Más tarde, cuando el consejo terminó… Lucien salió al corredor principal.

No esperaba encontrar a nadie. Pero allí estaba Agatha. Sentada en uno de los bancos de piedra. Mirando el jardín nocturno.

—¿Esperabais a alguien? —preguntó Lucien.

Agatha levantó la vista.

—No.

Hizo una pausa.

—Bueno, quizá.

Lucien se acercó unos pasos.

—¿A quién?

Ella miró hacia otro lado.

—A nadie.

Él no insistió. Y eso, como siempre, la irritó.

—¿Nunca preguntáis dos veces?

Lucien inclinó la cabeza.

—Si alguien no quiere responder la primera vez, normalmente la segunda no cambia la respuesta.

Agatha soltó aire.

—Es desesperante hablar con vos.

—Me lo han dicho antes.

—Supongo que muchas veces.

—Algunas.

Ella sonrió de lado.

—Por fin admitís algo.

Lucien la observó.

—¿Qué cosa?

—Que no sois perfecto.

Por un momento… Algo cambió en su expresión. Tan rápido que casi pudo haber sido imaginación. Pero Agatha lo vio.

Una pequeña grieta. Un instante donde el mármol parecía dejar de ser mármol.

—Nunca he dicho que lo sea —respondió.