VI. El hombre llamado Lucien #3
—La razón por la que lo admiran.
La anciana asintió.
—En parte.
Agatha siguió mirando.
—¿Y la otra parte?
Edith sonrió ligeramente.
—Esa todavía no la sabe nadie.
La respuesta quedó flotando. Agatha volvió a mirar hacia el jardín. Como si esperara descubrir algo escondido. Pero Lucien simplemente levantó la vista.
Y sus ojos encontraron los de ella. Otra vez. No hubo sorpresa. No hubo incomodidad.
Solo ese extraño reconocimiento silencioso. Lucien inclinó apenas la cabeza. Un saludo. Nada más.
Agatha apartó la mirada primero. Y eso la molestó. Mucho.
—Empiezo a entender por qué lo llamo así.
Edith sonrió.
—¿Así cómo?
Agatha cruzó los brazos.
—El Sacerdote de Mármol.
Edith parpadeó. Después soltó una pequeña carcajada.
—No creo que él lo sepa.
—Mejor —respondió Agatha.
—Si lo supiera, probablemente diría algo tan tranquilo que me haría sentir culpable por burlarme.
Edith negó divertida.
—Eso sí suena como él.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a descender… Un llanto rompió la tranquilidad del patio del templo. Agatha, que caminaba por uno de los corredores cercanos, se detuvo.
No era su intención mirar. Pero el sonido llamó su atención. Abajo, una familia esperaba frente a las puertas del templo. El padre sostenía a un niño pequeño entre sus brazos.
La madre lloraba en silencio. Y frente a ellos… Estaba Lucien. No había consejeros.
No había nobles. No había espectadores importantes. Solo un hombre arrodillado frente a una familia desesperada. El niño apenas podía respirar.
Su pequeño cuerpo temblaba entre los brazos de su padre.
La madre intentaba contener las lágrimas, pero el miedo era demasiado evidente en su rostro.
—Por favor… —susurró.
—Nos dijeron que aquí podrían ayudarlo.
Lucien no respondió inmediatamente. No porque dudara. Sino porque primero observó al niño. Su respiración.
El color de su piel.
La forma en que apretaba los dedos contra la ropa de su padre.
No miró títulos. No preguntó nombres. No preguntó cuánto podían ofrecer. Solo vio a un niño que necesitaba ayuda.
Se arrodilló frente a él.
—¿Cómo se llama?
El padre tragó saliva.
—Aren.
Lucien asintió.
—Bien, Aren. Vamos a ver si conseguimos que vuelvas a molestar a tus padres pronto.
El niño abrió apenas los ojos. Una expresión débil, pero casi parecida a una sonrisa. La madre se llevó una mano al rostro. Agatha observaba desde arriba.
Y algo en ella cambió ligeramente. Porque esperaba una oración. Un discurso. Alguna frase sobre la voluntad de la Diosa.
Pero Lucien simplemente actuó.
—¿Cuánto tiempo lleva enfermo?
—Tres días —respondió el padre.
—Empezó con fiebre. Después dejó de comer.
Lucien miró al joven sacerdote que estaba junto a él.
—Elian.
—Sí, mi lord.
—Preparad una habitación. Traed agua limpia, corteza blanca y compresas frías. Y avisad a los sanadores.
El joven dudó.
—El hospicio está casi lleno.
Lucien levantó la mirada. No había dureza en sus palabras. Pero tampoco había espacio para discutir.
—Entonces encontraremos espacio.
Elian bajó la cabeza.
—Sí, mi lord.
La madre tomó la mano de Lucien.
—No sabemos cómo agradecerle.
Él negó suavemente.
—Todavía no tenéis nada que agradecer.
La mujer lo miró confundida. Lucien volvió la vista hacia el niño.
—Agradeced cuando vuestro hijo vuelva a correr por los campos. Antes no.
La mujer comenzó a llorar. Pero esta vez no era desesperación. Era alivio.
Agatha permaneció quieta. No se había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba observando. Hasta que escuchó una voz detrás de ella.
—Parece que el Sacerdote de Mármol ha conseguido sorprenderte.
Se giró. Astrid estaba a unos pasos de distancia. Agatha frunció el ceño.
—No estaba sorprendida.
Astrid sonrió.
—Claro.
—Solo estaba observando.
—Por supuesto.
Agatha cruzó los brazos.
—No entiendo por qué todo el mundo actúa como si fuera imposible que una persona sea buena sin convertirse en una leyenda.
Astrid miró hacia el patio.
—Quizá porque no es tan común.
Agatha guardó silencio. Porque sabía que era cierto. Lucien no había hecho aquello para que alguien lo viera. No había buscado reconocimiento.
Ni elogios. Ni siquiera había notado que ella estaba allí. Y eso… Eso era lo que más la desconcertaba.
—Sigue pareciéndome extraño —dijo finalmente.
Astrid la miró divertida.
—¿Qué cosa?
Agatha miró hacia donde Lucien había desaparecido.
—Que alguien pueda ser tan tranquilo todo el tiempo.
Astrid sonrió.
—Quizá no está intentando parecer tranquilo. Quizá simplemente lo es.
Agatha hizo una pequeña mueca.
—Eso es aún más extraño.
Astrid rió suavemente. Y por primera vez desde la partida de Ian… Agatha se permitió sonreír también. Esa tarde, el castillo recuperó poco a poco su ritmo.
Pero algo había cambiado. Agatha seguía teniendo culpa. Seguía pensando en Ian. Seguía recordando aquella noche.
Pero ahora había una nueva presencia en Arcadia. Una persona que no parecía pedir nada de nadie. Una persona que observaba más de lo que hablaba.
Una persona que parecía conocer las preguntas antes de que fueran formuladas. Sin saberlo, terminó entrando en la biblioteca. No porque buscara a Lucien. Se dijo eso a sí misma.
Había ido porque necesitaba silencio. Porque necesitaba escapar de sus propios pensamientos. Porque los libros eran más fáciles de entender que las personas. Pero en cuanto cruzó las puertas de madera…
Escuchó una voz.
—Buscáis un libro que no existe.
Agatha se detuvo. Al otro lado de la estantería… Lucien levantó la vista lentamente. Un manuscrito descansaba abierto entre sus manos.
Y por supuesto… Parecía completamente tranquilo. Como si no acabara de aparecer en su camino.
Como si la biblioteca hubiera decidido colocar al Sacerdote de Mármol justo allí para molestarla.
Agatha entrecerró los ojos.
—¿Siempre aparecéis así?
Lucien cerró lentamente el libro.
—¿Así cómo?
—Como si ya supierais lo que la gente va a decir antes de que abra la boca.
Una pequeña sonrisa apareció en él. Casi imperceptible.
—No lo sé. Solo observo.
Agatha apoyó un hombro contra la estantería.
—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que sabe demasiado.
Lucien no respondió. Y eso la irritó. Porque con cualquier otra persona, ese silencio habría sido incómodo. Con él…
Parecía una respuesta. Agatha permaneció apoyada contra la estantería. Esperando. No sabía exactamente qué esperaba.
Quizá que Lucien continuara hablando. Quizá que explicara por qué parecía saber siempre qué decir. Pero él simplemente cerró el manuscrito. Con calma.
Demasiada calma.
—¿Qué libro buscáis? —preguntó.
Agatha arqueó una ceja.
—Pensaba que ya sabíais que no existe.
Lucien la observó.
—No he dicho que supiera cuál era.
—Pero acabáis de decir que busco uno que no existe.
—Porque no habéis venido por un libro.
Aquello la hizo guardar silencio. Solo un instante. Pero fue suficiente. Lucien no sonrió por haber acertado.
No parecía disfrutar de tener razón. Simplemente había dicho algo que para él era evidente. Y eso era mucho más irritante.
—¿Siempre habláis así con las personas? —preguntó Agatha.
—¿Así cómo?
—Como si estuvierais leyendo una página abierta.
Lucien bajó la mirada al manuscrito.
—Las personas no son páginas.
Agatha cruzó los brazos.
—Vaya. Qué inesperado.
Él levantó ligeramente la vista.
—Pero dejan señales.
Esa respuesta hizo que su expresión cambiara. Porque era una frase sencilla. Pero había algo en ella que la incomodó. Lucien continuó:
—Una persona que busca un libro mira los títulos. Una persona que busca distraerse toca los lomos sin leerlos. Una persona que busca una respuesta camina hasta cansarse.
Agatha miró hacia los estantes. Porque era cierto.
Llevaba varios minutos allí. Había recorrido pasillos enteros. Pero no había leído una sola palabra.
—¿Y vos siempre analizáis a todo el mundo? —preguntó.
—No.
—Entonces, ¿por qué a mí?
La pregunta salió más directa de lo que pretendía. Lucien guardó silencio. Por primera vez pareció pensar antes de responder.
—Porque vos queréis que nadie lo haga.
Aquella frase la dejó inmóvil. Agatha dejó de sonreír.
—No sabéis nada de mí.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza.
—Es verdad. No sé lo que ocurrió. No sé qué estáis intentando olvidar. No sé qué os hace sentir culpable. Pero sé reconocer a alguien que está castigándose por algo que todavía no se ha perdonado.
El aire pareció volverse más pesado. Agatha sintió un golpe en el pecho. Demasiado cerca. Demasiado preciso.
—No tenéis derecho.
Su voz salió más fría. Lucien asintió.
—Tenéis razón.
Agatha esperaba que se defendiera. Que explicara. Que intentara justificar sus palabras. Pero no lo hizo.
Simplemente aceptó.
—No tengo derecho. Y precisamente por eso no volveré a hablar de ello.
Aquella respuesta la desconcertó. Porque no había orgullo. No había intento de ganar.
Solo respeto. Agatha apartó la mirada.
—Sois extraño.
Lucien cerró el libro.
—Me lo han dicho antes.
—No me sorprende.
Por fin apareció una pequeña sonrisa en sus labios. Una sonrisa casi invisible.
—Y aun así seguís aquí.
Agatha abrió la boca para responder. Pero no encontró una respuesta rápida. Eso también la molestó. Con Ian siempre sabía qué decir.
Con Astrid siempre sabía cómo protegerla. Con Lucien… No sabía dónde colocar sus defensas.
—Creo que entiendo por qué os llaman de tantas formas —dijo finalmente.
Lucien arqueó apenas una ceja.
—¿De tantas formas?
Agatha lo miró.
—Todavía estoy decidiendo cuál usar.
Él esperó. Y ella sonrió de lado.
—Aunque tengo una candidata.
Lucien ya parecía sospechar que no sería un cumplido.
—¿Cuál?
Agatha hizo una pausa.
—El Sacerdote de Mármol.
Silencio. Por un segundo pensó que, por fin, había conseguido provocarlo. Pero no. Lucien simplemente la observó.
Después… Sonrió. Muy ligeramente.
—Una descripción curiosa.
Agatha parpadeó.
—¿No os molesta?
—¿Debería?
—Normalmente a la gente no le gusta que la comparen con una estatua.
Lucien miró sus propias manos. Después volvió a verla.
—Las estatuas permanecen de pie durante siglos.
Agatha frunció el ceño.
—Eso ha sido una respuesta muy de sacerdote.
—Lo sé.
Y por alguna razón… Ella soltó una risa. Pequeña. Real.