La Médium VI. El hombre llamado Lucien #2
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VI. El hombre llamado Lucien #2

—Bienvenido a Arcadia.

Lucien sostuvo su mirada durante un instante. No demasiado. Solo lo suficiente.

—Gracias, Alteza. Espero que mi presencia sea de ayuda para el reino.

Agatha arqueó una ceja.

—Eso depende.

Varios consejeros intercambiaron miradas. Astrid cerró los ojos un segundo.

—Agatha…

Pero Lucien no pareció ofenderse. Al contrario. Una pequeña expresión divertida apareció en su rostro.

—¿Depende de qué?

Agatha cruzó los brazos.

—De cuánto tiempo pensáis quedaros.

El silencio duró un momento. Ella esperaba una respuesta solemne. Algo sobre el deber. Sobre la fe.

Sobre el servicio a la corona. Pero Lucien simplemente respondió:

—Esa es una pregunta razonable. Y me temo que ni yo mismo tengo todavía la respuesta.

Aquello la desconcertó. Agatha había esperado un discurso. No honestidad.

—Pensé que los sacerdotes siempre tenían respuestas —dijo.

Lucien inclinó apenas la cabeza.

—Algunos tienen respuestas para todo.

Hizo una pequeña pausa.

—No siempre significa que sean correctas.

Por alguna razón… Esa respuesta le molestó. No porque fuera mala. Sino porque era difícil discutir contra ella.

Agatha soltó aire por la nariz.

—Vaya. Así que también sois de los que hablan como si cada frase estuviera escrita en un libro antiguo.

Astrid la miró.

—Agatha.

Pero Lucien solo sonrió. Muy ligeramente.

—No sabía que mi reputación había llegado tan rápido.

—No es vuestra reputación —respondió ella—. Es vuestra forma de hablar.

Lucien la observó unos segundos. Y entonces dijo:

—Entiendo.

Agatha esperó una explicación. No llegó. Frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No vais a defenderos?

—¿De qué?

La pregunta la dejó sin respuesta. Porque, técnicamente… No lo había acusado de nada. Lucien no estaba intentando ganar la conversación.

No estaba intentando vencerla. Simplemente estaba escuchando. Y eso era mucho más desconcertante. Alaric soltó una pequeña risa.

—Creo que acabáis de encontrar a alguien capaz de seguir vuestro ritmo, Agatha.

Ella miró al rey.

—Eso está por verse.

Lucien bajó la mirada con una expresión casi divertida. Y en ese instante, sin saber todavía por qué… Agatha pensó algo que nunca habría admitido en voz alta. Ese hombre era extraño.

Demasiado extraño. El rey hizo un gesto hacia las grandes ventanas del salón.

—Lord Lucien, necesitaré hablar con vos sobre la situación del frente.

Lucien inclinó la cabeza.

—Por supuesto, Majestad.

Astrid miró a Agatha.

—Podemos retirarnos.

Las dos hicieron una breve reverencia. Cuando comenzaron a salir, Agatha sintió esa extraña sensación nuevamente. Esa impresión de que alguien la observaba. No con insistencia.

No de una forma incómoda. Simplemente… Como si Lucien estuviera intentando recordar algo. Giró ligeramente la cabeza.

Y sus ojos se encontraron. Fue solo un instante. Pero suficiente. Lucien no apartó la mirada inmediatamente.

Tampoco sonrió. Solo inclinó levemente la cabeza en un gesto educado. Como si reconociera una pregunta que ella todavía no había formulado. Agatha fue la primera en romper el contacto.

No sabía por qué. Y eso la molestó más de lo que quería admitir. Las puertas se cerraron detrás de ellas.

—¿Qué? —preguntó Astrid con una pequeña sonrisa.

Agatha la miró.

—¿Qué qué?

—Esa cara.

—No tengo ninguna cara.

Astrid soltó una risa.

—La tienes.

Agatha siguió caminando por el corredor.

—Solo intento entender por qué todo el mundo habla de él como si fuera una especie de milagro enviado por la Diosa.

Astrid negó divertida.

—Porque es un hombre excepcional.

—Eso sigue sonando sospechoso.

—Agatha…

—Vamos, Astrid.

Se detuvo y la miró.

—Nunca he entendido por qué la gente desconfía de los hombres arrogantes, pero jamás de los que parecen demasiado perfectos.

Astrid pensó unos segundos.

—Quizá porque la bondad también existe.

La respuesta fue sencilla. Pero hizo que Agatha callara. Porque una parte de ella sabía que Astrid tenía razón. El problema no era que Lucien pareciera bueno.

Era que parecía demasiado fácil creerlo. Mientras tanto, dentro del Salón del Trono… La atmósfera cambió. Las sonrisas desaparecieron.

Las formalidades quedaron atrás. Solo permanecieron cuatro personas. El rey. La reina.

Lord Armand. Y Lucien. Sobre la mesa central había mapas extendidos. La frontera oriental marcada con tinta roja.

Lucien se acercó sin prisa. No necesitó preguntar. Las posiciones hablaban por sí solas.

—¿Noticias del frente? —preguntó.

Armand respondió:

—Todavía no. Esperamos el primer informe en los próximos días.

Lucien recorrió el mapa con la mirada. No observaba los ejércitos. Observaba los espacios vacíos.

Los caminos. Las rutas secundarias. Los lugares donde nadie miraba.

—Algo os preocupa —dijo Eleonora.

No era una pregunta. Lucien levantó la vista.

—Nada.

Hizo una pausa.

—Y precisamente eso es lo que me preocupa.

Armand frunció ligeramente el ceño.

—Explicaos.

Lucien apoyó dos dedos sobre una ruta comercial.

—Cuando un enemigo prepara un movimiento, deja señales. Suministros. Exploradores. Cambios en las posiciones. Pero aquí… no hay nada.

El rey cruzó los brazos.

—¿Pensáis que están ocultando algo?

—Pienso que están esperando.

La sala quedó en silencio. Lucien continuó:

—Una guerra no siempre se gana atacando primero. A veces se gana dejando que el enemigo avance creyendo que tiene ventaja.

Eleonora observó el mapa.

—¿Creéis que Ian corre peligro?

Lucien no respondió de inmediato. Y ese pequeño retraso llamó la atención de Armand.

—Creo que todos los hombres que marchan a una guerra corren peligro —contestó finalmente.

—Pero también creo que el capitán Brooks entiende algo que muchos olvidan.

El rey levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

Lucien miró la posición del ejército.

—Que una batalla no termina cuando el enemigo retrocede. Termina cuando sabes por qué retrocedió.

Armand permaneció callado. No le gustaba admitirlo. Pero había algo en Lucien que le resultaba incómodo. No era su conocimiento.

Eso podía explicarse. Era otra cosa. La forma en que observaba. Como si cada persona en esa habitación fuera también un libro abierto.

Mientras tanto, en el corredor… Agatha caminaba junto a Astrid.

—Voy a llamarlo así —dijo de pronto.

Astrid la miró confundida.

—¿A quién?

Agatha no dudó.

—Al Sacerdote de Mármol.

Astrid se detuvo.

—¿Perdón?

Agatha sonrió.

—Vamos. Tiene la expresión de alguien tallado en piedra. Habla como si cada frase estuviera escrita en un templo. Y estoy bastante segura de que si alguien lo empuja, primero le pedirá disculpas a la pared.

Astrid intentó contener la risa. Falló.

—No puedes llamarlo así.

—Claro que puedo.

—Es el Gran Prior del Templo de Lumen.

—Precisamente. Eso lo hace más divertido —respondió Agatha.

Astrid negó con la cabeza, todavía sonriendo. Pero no pudo evitar pensar algo: después de una noche tan dolorosa…

Era la primera vez que veía a Agatha reír de verdad. Y quizá, aunque no lo supiera todavía… Lucien había llegado a Arcadia en el momento exacto.

La noticia de la llegada de Lord Lucien recorrió la Ciudadela antes del mediodía.

No hizo falta ningún anuncio oficial. Los sirvientes la llevaban de un pasillo a otro. Los guardias la comentaban durante los cambios de turno.

Las damas de compañía hablaban de él mientras paseaban por los jardines. Parecía que una sola persona había conseguido cambiar el ánimo del castillo. Agatha lo notó mientras cruzaba la galería oriental.

—Es increíble —dijo una doncella.

—Dicen que visitó las aldeas del norte durante la última hambruna.

—Y que rechazó vivir en una residencia más grande.

—Mi madre dice que una vez caminó tres días bajo la lluvia para atender a unos campesinos enfermos.

Agatha escuchó los comentarios mientras seguía caminando. Frunció el ceño. No porque no creyera que fueran ciertos. Sino porque una persona que acumulaba tantos elogios comenzaba a parecerle sospechosa.

—Parece una leyenda —murmuró.

—Algunos dirían que lo es.

Agatha se giró. Era Edith. La anciana bibliotecaria del castillo.

Una mujer que llevaba más años entre aquellos muros que muchos de los nobles que ahora caminaban por ellos.

—No pretendía hablar en voz alta —dijo Agatha.

Edith sonrió.

—Con los años una aprende a escuchar incluso lo que la gente intenta ocultar.

Ambas comenzaron a caminar lentamente hacia la biblioteca.

—¿Lo conocéis? —preguntó Agatha.

—Desde hace mucho tiempo.

—¿Y es realmente como dicen?

Edith tardó unos segundos en responder. Como si quisiera escoger cuidadosamente sus palabras.

—No.

Agatha levantó las cejas. Por fin una respuesta interesante.

—¿No?

La anciana sonrió.

—No es como dicen. Es más complicado.

Eso llamó la atención de Agatha.

—¿Complicado?

—La gente suele convertir en símbolo aquello que no comprende. Lucien es un hombre. No una estatua. No un milagro. No una respuesta a todos los problemas.

Agatha sonrió de lado.

—Entonces coincidimos.

Edith soltó una pequeña risa.

—Aunque debo admitir que a veces ayuda bastante a que la gente piense lo contrario.

—¿Porque nunca se enfada?

—Porque sabe cuándo hacerlo.

La respuesta sorprendió a Agatha. Edith continuó:

—La calma no significa ausencia de emociones. Significa que no permites que ellas decidan por ti.

Agatha guardó silencio. Porque esa frase le recordó a alguien. Ian.

La diferencia era que Ian sentía demasiado y luchaba contra ello.

Lucien parecía haber aprendido a caminar junto a sus emociones sin dejar que lo dominaran.

Dos formas completamente distintas de sobrevivir. Llegaron a una de las ventanas de la biblioteca. Desde allí se podía ver el patio del templo. Varias novicias caminaban por el jardín.

Y entre ellas estaba Lucien. Pero no iba delante. No caminaba como alguien importante. Caminaba escuchando.

Una joven sacerdotisa hablaba con él con evidente nerviosismo. Lucien no la interrumpía. No corregía. No daba respuestas.

Simplemente esperaba. Cuando terminó, la muchacha sonrió. Una sonrisa tranquila. Como si hubiera conseguido soltar un peso que llevaba demasiado tiempo cargando.

Agatha observó la escena en silencio.

—Eso es lo que todos ven, ¿verdad? —preguntó.

Edith la miró.

—¿Qué cosa?