La Médium VI. El hombre llamado Lucien
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VI. El hombre llamado Lucien

CAPÍTULOVIEL HOMbrE LLAMADO LUCIEN

«Algunos hombres no necesitan levantar la voz para cambiar el destino de un reino.»

El amanecer llegó con una calma casi ofensiva.

Las primeras luces del sol descendían sobre las torres blancas de Arcadia, iluminando la piedra como si el reino no acabara de enviar a cientos de hombres hacia una guerra.

Desde la ventana de sus aposentos, Agatha observaba el patio principal. Vacío.

Apenas quedaban algunos escuderos recogiendo restos de la partida: barriles olvidados, cuerdas abandonadas, huellas de barro que todavía marcaban el camino por donde el ejército había salido.

El día anterior aquel lugar había estado lleno de voces. Órdenes. Caballos. Acero.

Ahora solo quedaba silencio. La guerra había comenzado. Y por primera vez desde que podía recordar… Ian ya no estaba en Arcadia.

Agatha apoyó lentamente la frente contra el cristal. Estaba frío. Pero no tanto como la culpa que llevaba dentro. No había conseguido dormir.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a aquella noche. La bodega. El olor del vino. La luz de las velas.

La desesperación en los ojos de Ian. Y aquel instante que ninguno de los dos podría borrar. No era el beso lo que más dolía. Era lo que vino después.

La expresión de él cuando volvió a recordar quién era. No había visto felicidad. Ni deseo. Solo culpa.

La misma culpa que ahora respiraba junto a ella.

—Ojalá nunca hubiera ocurrido… —susurró.

Pero las cosas que rompen algo dentro de una persona nunca desaparecen solo porque uno lo desee.

Unos golpes suaves interrumpieron sus pensamientos. Tres. Siempre eran tres. Agatha no necesitó preguntar.

—Pasa.

La puerta se abrió lentamente. Astrid apareció al otro lado. Vestía un sencillo vestido color marfil.

Su cabello estaba recogido de manera imperfecta, como si hubiera salido de sus aposentos con demasiada prisa.

Al verla, sonrió. La misma sonrisa de siempre. La que hacía parecer que incluso las cosas más difíciles podían soportarse.

—Sabía que estarías aquí.

Agatha intentó devolverle la sonrisa.

—¿Tan fácil soy de leer?

Astrid entró en la habitación.

—Solo cuando estás triste.

Se acercó hasta la ventana. Durante unos segundos ambas observaron el patio. El mismo lugar. Dos corazones diferentes.

Dos ausencias diferentes. Finalmente Astrid habló.

—Me levanté antes del amanecer.

Agatha giró ligeramente.

—¿Sí?

Astrid asintió.

—Pensé que quizá todavía no se habría ido.

Su voz bajó.

—Pero cuando llegué al patio…

Hizo una pausa.

—Ya no estaba.

El pecho de Agatha se cerró. Porque ella sí había tenido unos últimos momentos con él. Momentos que ahora daría cualquier cosa por poder borrar. Astrid no lo sabía.

Y esa verdad pesaba más que cualquier castigo.

—Volverá —dijo Agatha.

La seguridad de su voz sorprendió incluso a ella misma. Astrid la miró. Había esperanza en sus ojos. Una esperanza limpia.

Sin culpa. Sin sombras.

—¿De verdad lo crees?

Agatha sostuvo su mirada. Y mintió con una verdad que necesitaba creer.

—Sí. Ian siempre encuentra el camino de regreso.

Astrid sonrió. Y esa sonrisa fue casi más dolorosa que cualquier reproche. Astrid permaneció unos instantes junto a la ventana.

El viento movía suavemente las cortinas. Abajo, Arcadia comenzaba a despertar. Los cocineros cruzaban el patio con cestas de pan recién horneado. Los jardineros regresaban a sus tareas.

Los guardias retomaban sus puestos. El reino seguía adelante. Como si nada hubiera cambiado. Como si un hombre no hubiera partido hacia una guerra.

Como si dos corazones no estuvieran cargando con secretos demasiado pesados.

—Es extraño… —murmuró Astrid.

Agatha volvió la vista hacia ella.

—¿Qué cosa?

Astrid miró el patio.

—Todo.

Hizo un pequeño gesto hacia el exterior.

—Ayer parecía que el mundo se estaba acabando. Y hoy… Todo continúa.

Agatha sonrió con tristeza.

—Los reinos no pueden detenerse porque unas pocas personas estén sufriendo.

Astrid bajó la mirada.

—Ojalá pudieran.

Aquella respuesta dolió más de lo que Agatha esperaba. Porque su hermana siempre había sido así. Podía sostener un reino entero sobre sus hombros… Pero nunca se permitía admitir cuánto pesaba.

—¿Sabes qué fue lo peor? —preguntó Astrid después de un momento.

Agatha sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Qué?

Astrid miró hacia la ventana.

—No despedirme.

Su voz apenas fue un susurro.

—No pude decirle que volviera. Que tuviera cuidado. Que…

Se detuvo. No terminó la frase.

Pero Agatha sí la terminó por ella. Que lo amaba. Sintió que algo dentro de ella se quebraba. Porque ella había escuchado algo que Astrid nunca tuvo.

No una confesión. No unas palabras. Solo un instante. Un impulso.

Un error. Y ahora llevaba un recuerdo que no le pertenecía.

Astrid era incapaz de decirlo porque había sido criada para algo más grande que sus propios deseos.

Una futura reina. Una futura Médium. Una mujer destinada a poner el mundo antes que a sí misma. Agatha apartó la mirada.

No podía seguir observándola.

No podía soportar la pureza de alguien que jamás habría tomado lo que no le pertenecía.

Entonces Astrid habló de nuevo.

—¿Y tú?

Agatha tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Yo qué?

Astrid la miró.

—¿Pudiste despedirte?

El tiempo pareció detenerse. Una mentira. Eso era todo lo que necesitaba. Una sola palabra.

—Sí.

Salió casi en un susurro. Astrid sonrió con alivio.

—Me alegra. Al menos una de las dos pudo hacerlo.

Agatha sintió que aquella frase pesaba más que cualquier condena. Porque era verdad. Ella había tenido esa oportunidad.

Y la había convertido en algo que jamás debería haber ocurrido. Tres golpes suaves resonaron en la puerta. Ambas volvieron la cabeza.

—Adelante.

Una doncella real entró e hizo una reverencia.

—Sus Altezas. Sus Majestades solicitan vuestra presencia en el Salón del Trono.

Astrid frunció ligeramente el ceño.

—¿Tan temprano?

La doncella inclinó la cabeza.

—Han llegado invitados importantes.

Agatha cruzó los brazos.

—¿Quién?

La joven dudó apenas un instante.

—Lord Lucien ya se encuentra en palacio.

El nombre no provocó nada en Agatha. Pero la reacción de Astrid fue inmediata. Una sonrisa apareció en su rostro. Una de sorpresa.

Y casi de alegría.

—¿Lord Lucien? Pensé que tardaría varios días más.

—Llegó durante la noche, Alteza.

Astrid comenzó a acomodarse el vestido.

—No deberíamos hacerlo esperar.

Agatha observó la reacción de su hermana.

—¿Lo conoces?

Astrid sonrió.

—Hace años que no lo veo. Pero dicen que no ha cambiado nada.

Agatha arqueó una ceja.

—Eso no sé si es algo bueno.

Astrid soltó una pequeña risa.

—Es un hombre extraordinario.

Agatha hizo una mueca.

—Cada vez que alguien dice eso, normalmente descubro que significa «demasiado perfecto para ser normal».

Astrid negó divertida.

—Algún día dejarás de desconfiar de todo el mundo.

Agatha abrió la puerta.

—Ese día será muy aburrido.

El camino hacia el Salón del Trono transcurrió entre murmullos. Los sirvientes se apartaban al verlas pasar. Astrid respondía a cada saludo con una sonrisa. Agatha apenas asentía.

Su mente seguía dividida entre la culpa… Y la extraña curiosidad que había despertado aquel nombre. Lucien. No sabía por qué.

Pero algo en la forma en que Astrid lo había mencionado le resultaba extraño.

No era admiración. Era confianza.

Como si aquel hombre hubiera formado parte de sus vidas mucho antes de que Agatha pudiera recordarlo.

Cuando llegaron a las puertas del salón, los guardias golpearon el suelo con sus lanzas.

Las enormes puertas comenzaron a abrirse. Y entonces… Agatha vio por primera vez al hombre que todo Arcadia parecía conocer.

El murmullo del interior desapareció casi al instante. Agatha avanzó junto a Astrid.

La luz de la mañana atravesaba los grandes vitrales, dibujando figuras de colores sobre el suelo de piedra.

Alaric permanecía junto al trono. Eleonora estaba a su lado. Y frente a ellos… Había un hombre.

Agatha esperaba encontrarse con alguien acorde a la descripción de Astrid. Un hombre imponente. Quizá alguien con la arrogancia de aquellos que sabían que eran admirados. Pero no encontró eso.

Lucien no parecía esforzarse por ser importante. Y eso era, precisamente, lo extraño.

Vestía una túnica oscura perfectamente cuidada, de líneas sencillas, con discretos bordados dorados que apenas brillaban cuando la luz los alcanzaba.

No llevaba espada. No llevaba armadura.

No llevaba las joyas ni adornos que muchos nobles utilizaban para recordar al mundo quiénes eran.

Solo un anillo de plata con el símbolo del Templo de Lumen. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y sus ojos eran grises, de una calma difícil de descifrar. Su rostro era sereno. Demasiado sereno.

No era la tranquilidad de alguien que no tenía problemas. Era la tranquilidad de alguien que había aprendido a convivir con ellos. Agatha lo observó unos segundos.

Había algo en él que le resultaba incómodo. No porque pareciera peligroso. Sino porque parecía imposible de alterar.

Como si las palabras, las provocaciones o los conflictos rebotaran contra él sin encontrar dónde quedarse.

—Sus Altezas.

La voz de Lucien rompió el silencio. Grave. Educada. Controlada.

Agatha sintió una extraña sensación al escucharla. No por la voz. Sino por el recuerdo que intentó aparecer y desapareció demasiado rápido. Una imagen borrosa.

Un momento que no conseguía alcanzar. Frunció ligeramente el ceño. No. Era imposible.

El rey sonrió.

—Permitidme presentaros oficialmente a Lord Lucien Vale, Gran Prior del Templo de Lumen y consejero de la Corona.

Lucien inclinó la cabeza con respeto.

—Es un honor volver a encontrarme con las hijas de Arcadia.

Astrid hizo una elegante reverencia.

—El honor es nuestro, mi lord. Mi madre hablaba de vos cuando éramos niñas.

Lucien sonrió apenas. No era una sonrisa exagerada. Era una pequeña muestra de calidez.

—Espero que fueran buenos recuerdos.

—Los mejores —respondió Astrid sin dudar.

Agatha observó aquel intercambio. Había algo que no terminaba de comprender. Astrid confiaba en él. Y Astrid no entregaba su confianza fácilmente.

Eso despertaba su curiosidad. Y también su sospecha. Hizo una reverencia más breve.