V. El adiós de los inocentes #4
Pero incluso en medio de aquel instante… Había una verdad que ninguno podía borrar. Astrid. El nombre que ninguno pronunció.
La persona que seguía estando allí aunque no estuviera presente. Cuando finalmente se separaron, el silencio fue brutal. Ian respiraba agitado.
Agatha lo miraba como si acabaran de despertar de un sueño peligroso. Y entonces llegó la realidad. La guerra seguía existiendo. La partida seguía esperando.
Y Astrid seguía siendo Astrid. Ian cerró los ojos. Como si quisiera retroceder el tiempo unos segundos. Pero ya era tarde.
—¿Qué hemos hecho? —susurró Agatha.
Y por primera vez en toda la noche… Ninguno de los dos tuvo una respuesta. El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier discusión. Porque ambos sabían la verdad.
No había excusas. No había una explicación que pudiera hacer desaparecer aquel instante. Agatha dio un paso atrás. Su mano tembló ligeramente mientras apartaba la mirada.
—Astrid…
El nombre de su hermana salió de sus labios como una herida abierta.
Ian sintió cómo aquella palabra terminaba de devolverlo a la realidad. Astrid. No la princesa. No la futura Médium.
Astrid. La mujer que lo esperaba siempre. La mujer que confiaba en él más que nadie. La mujer a la que había prometido regresar.
Bajó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo no encontró una forma de justificarse.
Había pasado años diciendo a sus soldados que el verdadero valor no estaba en no sentir miedo.
Estaba en controlar aquello que podía destruirlos. Y esa noche… Él había perdido el control.
—Lo siento.
Fue lo único que pudo decir. Agatha negó lentamente. No porque no aceptara sus disculpas. Sino porque sabía que esas dos palabras no podían arreglar nada.
—No digas eso.
Ian levantó la mirada. Ella tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Todavía no.
—No porque no sea verdad. Porque lo es. Pero no quiero que me digas que lo sientes como si esto hubiera sido solamente un error mío.
La culpa también era de ella. Ella también había permitido que ocurriera. Ian apartó la mirada.
—Nunca quise hacerte daño.
Agatha soltó una pequeña risa rota.
—Lo sé. Y eso es lo peor. Porque si hubieras querido hacerlo… sería más fácil odiarte.
Aquellas palabras lo golpearon más fuerte que cualquier reproche.
Porque Agatha nunca había sido alguien que buscara herirlo. Nunca. Ella había sido su amiga. Su familia.
Una de las pocas personas que lo conocían antes de convertirse en el hombre que todos admiraban.
Y precisamente por eso dolía más. Ian tomó su capa de la silla. Necesitaba salir de allí. Necesitaba distancia.
Necesitaba volver a ser el hombre que debía ser antes de que amaneciera.
Antes de que alguien lo viera. Antes de que el mundo descubriera que él también podía equivocarse. Antes de que Astrid pudiera mirarlo a los ojos.
—Ian…
La voz de Agatha lo detuvo. Él no se giró.
—¿Qué?
Ella abrió la boca. Quería decir muchas cosas. Que lo amaba. Que se arrepentía.
Que deseaba volver atrás. Que ojalá aquella noche nunca hubiera ocurrido. Pero ninguna de esas palabras debía salir. Porque algunas verdades, una vez dichas, ya no podían esconderse.
—Nada.
Ian permaneció inmóvil unos segundos. Después asintió. Y se marchó. El corredor de la Ciudadela estaba frío.
Demasiado frío. Ian caminó sin rumbo durante varios minutos. Había enfrentado enemigos. Había entrado en batallas donde sabía que podía morir.
Pero nunca había sentido una derrota como aquella. Porque una herida de espada podía cerrarse. Una batalla podía ganarse después. Pero había errores que se quedaban contigo.
Llegó al patio interior. Levantó la mirada hacia las torres. Hacia donde sabía que estaba Astrid. Durante unos segundos pensó en ir hacia allí.
Pensó en buscarla. Pensó en decirle la verdad. Pero se detuvo. Porque no sabía qué dolía más.
Confesarle lo que había ocurrido…
O verla sonreír sin saber que él acababa de romper algo que no tenía derecho a tocar.
Mientras tanto, en la bodega… Agatha seguía sentada frente a la mesa. La copa continuaba allí. El vino seguía intacto.
Todo parecía igual. Excepto ella. Porque acababa de perder la inocencia de una manera que nunca imaginó. No porque hubiera dejado de ser buena.
Sino porque había descubierto que incluso las personas que aman profundamente pueden equivocarse.
Y en algún lugar de la Ciudadela… Alguien más había visto suficiente. No toda la historia. No las lágrimas que vendrían después.
No la culpa. Solo una grieta. Una oportunidad.
Lord Armand permanecía en silencio en la galería superior, observando cómo la oscuridad cubría lentamente los jardines.
No necesitaba saber más. Había aprendido que los secretos más peligrosos no eran los grandes escándalos. Eran los pequeños momentos que podían destruir una imagen perfecta.
Ian Brooks era considerado un hombre incapaz de fallar. Un hombre de honor. Un hombre en quien el rey confiaba. Y ahora…
Armand sabía que incluso los hombres más honorables tenían debilidades. Una sonrisa leve apareció en su rostro. No de alegría. De certeza.
Porque una espada podía detenerse con un escudo. Pero una duda… Una duda podía destruir un reino entero.
— ✦ —