La Médium V. El adiós de los inocentes #3
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V. El adiós de los inocentes #3

Intentó bromear. Pero su voz salió más baja de lo esperado. Ian sonrió apenas.

—Probablemente.

Ella se levantó. Necesitaba romper aquel momento. Necesitaba recordar quién era. Quién era él.

Quién era Astrid. Pero entonces Ian habló.

—Agatha.

Ella se detuvo. No por la forma en que dijo su nombre. Sino porque sonó igual que cuando eran niños. Sin títulos.

Sin distancia. Solo ella.

Durante años había escuchado su nombre salir de sus labios de muchas formas.

Como una orden. Como una broma. Como una queja cuando ella conseguía arrastrarlo a alguna aventura absurda. Pero aquella vez fue diferente.

Se giró lentamente.

—¿Qué?

Ian permaneció en silencio unos segundos. Parecía buscar una respuesta. Una explicación. Algo que justificara por qué necesitaba decir su nombre en ese momento.

Pero no la encontró. Porque la verdad era demasiado simple. Estaba cansado. Y ella estaba allí.

—Nada —dijo finalmente.

Agatha sostuvo su mirada. Conocía esa respuesta. Era la misma que Ian daba siempre cuando algo le importaba demasiado. «Nada».

Como si negar algo pudiera hacerlo desaparecer. Ella sonrió con tristeza.

—Sigues haciendo eso.

Ian frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—Pretender que estás bien para que los demás no tengan que preocuparse.

Él bajó la mirada. Porque no podía negarlo. Agatha volvió a sentarse. Esta vez más cerca.

No porque quisiera provocar algo. Sino porque siempre había sido así entre ellos. Desde niños. Cuando uno estaba mal, el otro se quedaba.

—Mañana todos esperarán que seas el héroe —dijo ella en voz baja.

—El capitán que nunca duda.

El hombre que siempre sabe qué hacer. Hizo una pausa.

—Pero yo sé que no eres eso.

Ian levantó la mirada. Agatha continuó:

—Eres el chico que se escondía aquí porque no quería decepcionar a nadie. Eres el que se quedaba despierto estudiando estrategias porque tenía miedo de no ser suficiente. Eres el que fingía no tener hambre para dejarle su postre a Astrid cuando éramos pequeños.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ian.

—Eso lo recuerdas.

—Recuerdo todo de ti.

La frase salió demasiado rápido. Demasiado sincera. Agatha se quedó quieta. Ella misma pareció darse cuenta de cómo había sonado.

Apartó la mirada.

—Quiero decir… Hemos vivido muchas cosas juntos.

Ian no respondió. Porque sabía que era verdad. Agatha había estado allí durante casi toda su vida. Había visto sus victorias.

Sus derrotas. Sus momentos de orgullo. Y sus momentos de miedo. Pero había una diferencia.

Una diferencia que ambos conocían. Astrid tenía su corazón. Agatha tenía sus recuerdos. Y esa frontera, que siempre había parecido clara…

Esa noche empezó a volverse borrosa. Ian cerró los ojos un instante. El cansancio. El vino.

La tensión de la partida. La ausencia de Astrid. Todo parecía pesar más cuando dejó de luchar contra ello.

—No quiero irme —admitió.

Agatha sintió que algo dentro de ella se rompía. Porque por primera vez no estaba escuchando al capitán. Estaba escuchando al hombre.

—Lo sé —susurró.

—Pero volverás.

Ian abrió los ojos. La miró. Y durante un instante ninguno de los dos dijo nada. No había una promesa.

No había una declaración. Solo dos personas intentando encontrar consuelo en una noche demasiado difícil. Y eso era precisamente lo peligroso. El silencio entre ellos se prolongó.

Demasiado. Agatha lo supo antes que él. Ese pequeño cambio. Esa pausa donde las palabras dejaron de ser suficientes.

Se levantó lentamente.

—Deberíamos irnos.

La frase salió casi como un intento de salvarlos. De recordarles a ambos dónde estaban. Quiénes eran. Pero Ian no se movió.

Seguía mirándola. No como un capitán. No como el amigo de la infancia que conocía desde siempre.

Sino como alguien agotado que, por un momento, había olvidado que estaba a punto de marcharse.

—Agatha…

Ella negó suavemente.

—Ian.

No dijo nada más. Ian no respondió. Y ese silencio fue peor que cualquier palabra. Agatha lo conocía demasiado bien.

Sabía cuándo estaba pensando. Sabía cuándo estaba triste. Pero aquello era diferente. Era enojo.

No contra ella. Contra todo. Contra una guerra que podía arrancarle la vida. Contra un deber que siempre llegaba antes que sus deseos.

Contra un reino que esperaba que entregara todo de sí mismo sin preguntarle cuánto le quedaba.

—Estás enfadado —dijo Agatha en voz baja.

Ian soltó una risa corta, sin humor.

—¿Enfadado?

Apartó la mirada.

—Mañana voy a marcharme. Voy a llevar hombres conmigo sabiendo que algunos quizá no vuelvan. Y la única persona que quería ver antes de irme… No pudo venir.

Agatha sintió el peso de esas palabras.

—Ian…

—No.

La interrumpió. No con dureza. Con cansancio.

—No me digas que lo entiendes. Porque todos dicen que entienden. Todos creen que saben lo que se siente. Pero nadie está dentro de mi cabeza. Nadie siente lo que es tener que fingir que no tienes miedo porque todos esperan que seas el hombre que no lo tiene.

La voz se le quebró apenas. Solo un instante. Pero Agatha lo escuchó. Y eso fue suficiente.

Porque debajo de la rabia estaba el dolor. Ian dio un paso hacia ella. No como el capitán. No como alguien que tenía el control.

Como un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniéndose.

—Estoy cansado, Agatha —susurró.

—Estoy cansado de perder cosas antes de poder tenerlas.

Aquella frase la golpeó. Porque entendía que no hablaba solo de esa noche. Hablaba de toda una vida. De todo aquello que siempre había tenido que dejar atrás.

Agatha quiso responder. Quiso recordarle a Astrid. Quiso detenerlo. Pero durante un segundo ninguno encontró las palabras correctas.

Y ese fue el error. Porque cuando las palabras desaparecen… A veces las personas actúan antes de pensar. Ian la tomó por la cintura con un movimiento impulsivo.

No fue delicado. Fue desesperado. Como si intentara silenciar todo lo que estaba sintiendo.

Como si pudiera escapar de la culpa, del miedo y de la despedida durante un solo instante.

Agatha quedó inmóvil. Sorprendida. Porque aquello no era el Ian que conocía. No era el hombre paciente que siempre medía sus pasos.

Era alguien roto. Alguien que había perdido el control. Y durante un segundo… Ella también lo perdió.

El beso llegó cargado de todo aquello que ninguno se había permitido sentir.

No fue dulce. No fue una promesa. Fue una explosión de emociones equivocadas. Rabia.

Dolor. Deseo. Soledad. Una necesidad desesperada de sentir algo distinto al miedo.